Exploración de la ciudad - Ulf Hannerz

September 7, 2017 | Author: Ligre | Category: Anthropology, Sociology, Ethnography, Society, Knowledge
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Traducción de I sa b e l V

e r ic a t y

Palom a V

il l e g a s

ULF HANNERZ

EXPLORACION DE LA CIUDAD

Hacia una antropología urbana

Primera edición en ingles, l’iiin cra edición en español, Primera reim presión ( f .g e -e s p a ñ a ) ,

1980 1986 1993

Título original: Exploring the City. In qu ines Toward an Urban A nthropology © 1980, Columbia University Press, Nueva York ISBN 0-231-03982-4 DR. © 1986, F o n d o d e C u l t u r a E c o n ó m i c a , S. A. Avda. Picacho Ajusco, 227. 14200 México D. F.

de

C.

V.

F o n d o d e C u l t u r a E c o n ó m ic a , su c u r sa l pa r a E spaña

Vía de los Poblados (Edif. Indubuilding-Goico, 4-15), 28033 M adrid I.S.B.N.: 84-375-0369-8 Depósito Legal: M-647-1993 Impreso en España

RECO N O CIM IEN TO S

Las notas de gratitud — que inician un libro, pero que suelen ser la parte que se escribe al final— son testimonio de la única parte de una red personal y de algunas fases de la carrera de alguna persona. Pueden documentar la travesía por muchos ambientes, una serie de experiencias importantes y varie­ dad de diálogos, en marcha o discontinuos. Hacia el final del capítulo introductorio, esbozo algunos de los factores personales que han influido en que Exploración de la ciudad sea el tipo de libro que es, y menciono allí tres experiencias de campo: en Washing­ ton, D. C., en Kafanchan, Nigeria, y en las Islas Caimán. Parece adecuado expresar primero lo que aprendí en estos lugares acerca de lo que es urbano y lo que no lo es, y luego agradecer a los amigos, conocidos e informantes, colectivamente, por cuanto hicieron para aumentar m i comprensión del tema. En algunos casos he podido distinguir individualmente a quienes más me ayudaron, o lo haré en el futuro, en otras publicaciones. Pero algunos, en virtud de la ética del trabajo de campo y la publicación, permanecerán anónimos. Es muy probable, desde luego, que para muchos de ellos resulte difícil ver los vínculos que hay entre las situaciones concretas que vivimos juntos y algunas de las nociones más abstractas de las páginas siguientes. De todas formas, las conexiones existen. En cuanto a la vida académica, es con más frecuencia posible distinguir la influencia directa de compañeros particulares de red sobre lo que cons­ tituye este libro, aunque en algunos casos es inevitable hacer referencia a otras colectividades. La más diversa y extensa de ellas comprende a los colegas y estudiantes que han respondido a mis puntos de vista sobre la antropología urbana en muchos seminarios y conferencias en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Escandinavia, y que me han permitido compartir los suyos. Quienes constituyen un grupo más compacto, aunque ahora puede muy bien estar igualmente disperso, fueron los participantes de un seminario de antropología urbana en el Departamento de Antropología de la Univer­ sidad de Pittsburgh, donde fui miembro visitante de la facultad en 1971-1972. Aunque entonces todavía no había pensado seriamente en escribir un libro sobre el tema, este seminario me ayudó a empezar a ordenar mis ideas. Leonard Plotnicov y Keith Brown, con quienes di el seminario, estaban igual­ mente interesados en analizar lo que consideraban característico de la vida y la antropología urbanas, dentro y fuera de la sala del seminario, y co­ laboraron mucho para que aquél fuera un año memorable. Espero que reconocerán en este libro muchos problemas que se expusieron por primera

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RECONOCIMIENTOS

vrz en nuestras conversaciones de Pittsburgh, ya fueran planteados por uno dtí ellos o por m í: debo confesar que no siempre puedo recordarlo bien. **

En una etapa más tardía del desarrollo de este libro hubo otra excursión universitaria. Durante la primavera de 1976, fui becario de Investigación Simón Sénior en el Departamento de Antropología Social de la Universidad de Manchester. Dado que esto me dio la poco frecuente oportunidad de pasar un periodo más largo leyendo, pensando y escribiendo sin mayores distracciones y en un medio estimulante, agradezco sobremanera a mis colegas de entonces en Manchester el que me hayan recibido. John Comaroff, Chris l uller y Keith H art fueron especialmente útiles como interlocutores. Puesto que el papel del departamento de Manchester ha sido tan importante en el desarrollo de los estudios urbanos antropológicos, las ventajas de aquel periodo se relacionaron con cosas tan concretas como las bibliotecas especializadas o con otras menos tangibles, pero que conformaban la sensación real de un ambiente propicio a mis preocupaciones. Sin embargo, como es natural, ha sido en m i departamento permanente de la Universidad de Estocolmo donde he tenido las mayores oportuni­ dades de ensayar diversas ideas a lo largo de los años en que este libro ha estado en progreso — no siempre uniforme— , y donde esta obra ha tomado forma en otros sentidos. Los seminarios sobre Antropología urbana, Información personal en las relaciones sociales, Análisis de carreras y Aná­ lisis cultural, entre 1970 y 1978, han sido especialmente fructíferos en este sentido; sus participantes constituyen otro grupo estrechamente unido, al que debo dar colectivamente las gracias. Stefan M olund, Kristina Bohman y Tomas Gerholm han leído en distintos momentos borradores de diversos capítulos y a menudo me han ayudado con sus críticas a clarificar mis pre­ supuestos y afinar mis argumentos, y también han llamado m i atención sobre iluminadoras referencias etnográficas y de otros tipos. U n grupo de colegas, alumnos y ex alumnos de posgrado del mismo departamento — entre ellos los tres antes mencionados— , tienen también m i gratitud por haber actuado como los mejores guías que puede tener un antropólogo urbano cuando los he visitado durante las investigaciones de campo, en ciudades de tres continentes. Y cuatro concienzudos auxiliares del departamento, Kerstin Lagergren, U lla Forsberg Froman, Gunnel Nordstrom y Lena Haddad, han prestado cuidadosa atención a la mecanografía de partes y versiones del manuscrito, lo que les agradezco mucho. Además de los grupos de redes personales de Pittsburgh, Manchester y Estocolmo, debo agradecer a algunas personas más el interés que se han tomado por este libro. A través de conversaciones o correspondencia, me han favorecido con sus puntos de vista Gerald D . Berreman respecto al capítulo i, A. L. Epstein y J. Clyde Mitchell en relación con los capítulos rv

RECONOCIM IENTOS

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y v, Jeremy Boissevain y Alvin W . Wolfe en el capítulo v, y Erving Goffman en el capítulo vi. U n lector anónimo que leyó el manuscrito completo para la Columbia University Press hizo varias sugerencias útiles, de las cuales finalmente sólo he podido seguir algunas. Y John D . Moore, de la misma Columbia University Press, ha sido un editor muy amable, aunque la termi­ nación del manuscrito se retrasó repetidamente. Tal como ahora se presenta al lector, Exploración de la ciudad es un libro un tanto diferente del que en principio pensaba escribir, cuando empecé el proyecto de organizar m i concepto de la antropología urbana. Esto se debe en parte a que me di cuenta, ya después, de que el tiempo en que podía esperar terminar un volumen con el amplísimo alcance originalmente pre­ tendido parecía cada vez más lejano, como un espejismo. Y , de todos modos, difícilmente habría cabido entre dos cubiertas: aun como aparece, Explora­ ción de la ciudad no es una obra de reducido volumen. Es posible que encuentre otras oportunidades de ocuparme de asuntos y materiales que ahora debo dejar de lado. Pero, por supuesto, otra razón por la que el libro se ha expandido un poco aquí, y contraído otro poco allá, y ha partido en algunas direcciones que yo no había previsto inicialmente, es la continua influencia de amigos y colegas. No será, espero, el producto final de mis diálogos con ellos, ya que deseo tener a muchos de ellos en m i red personal cuando pase a otros aspectos del estudio antropológico de las ciudades. Creo, por lo tanto, que, sea cual fuere el mérito que este libro tenga, debo compartirlo con quienes ayudaron y me estimularon en la empresa. No obs­ tante, a diferencia de algunos autores recientes, pienso que sería injusto d e m i parte sugerir que quienes me han ofrecido tal apoyo también deben prepararse para compartir la culpa por las diversas faltas. Acepto la opinión de que esta carga debe ser llevada por el autor solo. Después de todo, si éste fuera un libro con el que mis amigos y colegas quisieran asociarse d e todo corazón, ¿por qué no lo habrían escrito ellos mismos? También en otros sentidos la escritura suele ser una empresa solitaria. La soledad necesaria la he encontrado las más de las veces durante periodos en que estuve lejos de los enredos de la vida urbana, en una casa veraniega aislada, con un jardín lleno de malas hierbas y viejos frutales, con gatos visitantes y un erizo residente, al sur de Suecia. Aquí, perversamente, se inició este libro sobre antropología urbana, y es aquí donde llega ahora a su fin. Incluso para un urbícola devoto, debe reconocerse al final que el campo tiene su utilidad. U lf H a n n e r z Utvalinge, abril de 1980.

I. LA EDUCACIÓN DE UN ANTROPÓLOGO URBANO

a c e poco más de una década apenas existía una antropología urbana. La preocupación por el urbanismo como parte de la civilización y el interés por definir sus propiedades transculturalmente ya habían llevado a un puñado de estudiosos a Tom buctú* y otros lugares lejanos. Pero todavía a princi­ pios de los años sesenta un estudiante de urbanismo comparativo podía decir que los antropólogos eran “una gente notoriamente agoráfoba, antiurbana por definición” (Benet, 1963a, p. 212). Sólo en esa década la tendencia de los antropólogos a ir a las ciudades {o simplemente a permanecer en ellas) se hizo realmente pronunciada. Hubo varias razones para ello. En las sociedades exóticas, a las que los antropólogos habitualmente prestaban su mayor aten­ ción —y que ahora aprendían a describir como “el Tercer M undo”— , la gente dejaba cada vez más los pueblos para trasladarse a centros urbanos nuevos, que crecían a gran elocidad; y quienes estudiaban su manera de vivir difícilmente podían pasar por alto este hecho. En los Estados Unidos, muchos antropólogos se vieron más directamente conmovidos por los desa­ rrollos que estaban teniendo lugar allí mismo. En los anos cincuenta, la autoimagen norteamericana era la de una sociedad de masas próspera y homogeneizada: los intelectuales se quejaban de un exceso de conformismo mediocre. En los años sesenta, se redescubrieron la etnicidad y la pobreza, que generalmente se definían como “problemas urbanos” . Al mismo tiempo, en Europa la migración internacional del trabajo y, en menor medida, la influencia de los refugiados de las convulsiones políticas estaban cambiando el carácter de muchas ciudades. Había una búsqueda de explicaciones nuevas, y los antropólogos pensaban que podían participar en ella. Se habían espe­ cializado en “otras culturas”, pero las habían buscado lejos; ahora las encontraban en los barrios socialmente inferiores.1 De la presencia de los antropólogos en las ciudades al surgimiento de una antropología urbana hay, sin embargo, todavía un paso más. La identificación colectiva de la nueva especialidad académica y el uso normal de la etiqueta de antropología urbana han sido más bien cosa de los años setenta que de

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* En francés Tom bouctou; en inglés, Timbuktu. [T.] 1 Ciertamente tampoco ha sido insignificante el hecho de que en un número cada vez mayor de países del Tercer Mundo dejaran de ser especialmente bienvenidos los investigadores extranjeros. Además, parece cada vez más difícil conseguir financia* miento para hacer trabajo de campo en el extranjero, en especial quizás a los jóvenes antropólogos norteamericanos. La antropología urbana en el propio país puede ser, pues, una salida.

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la década precedente. El prim er libro que llevaba el título de Antropología urbana apareció en 1968. Desde 1973, autores y editores lo han usado (de un modo más bien poco imaginativo) para otros cinco volúmenes.2La re­ vista Urban Anthropology empezó a publicarse en 1972. Obviatnente hoy día los antropólogos urbanos empiezan a formar una comunidad. Solicitan sus propios puestos como especialistas en los departamentos de antropología, se reúnen en sus propios congresos y escriben, en no escasa medida, unos para otros, cuando no preparan libros de texto para instruir a los alumnos en lo concerniente a las ciudades. Las reacciones a estos desarrollos han sido de varios tipos. La antropo­ logía urbana como ahora existe puede atribuirse ciertos logros; también confronta varios problemas no resueltos, y no hay ningún acuerdo general acerca de sus perspectivas. U n practicante sugiere que la “antropología urbana puede convertirse en el nuevo centro creativo de la moderna antro­ pología social comparativa” (Gutkind, 1968, p. 77); otro considera que la d elim ita ció n de tal ca m p o es “espuria y retrógrada, dado que tiende a servir de excusa para mantener un asunto dentro de una disciplina que no puede y no debe manejarlo” (Leeds, 1972, p. 4). Para algunos, los recursos teóri­ cos y metodológicos de la tradición antropológica parecen insuficientes para la investigación urbana; para otros, el problema es precisamente que los nuevos urbanólogos no prestan suficiente atención a las ideas desarrolladas por los antropólogos en otros contextos sociales. Quienes conocen un tanto lo que ocurre en la disciplina hermana, la sociología, pueden haberse dado cuenta de que allí las bases para una especialidad urbana, teórica o sustan­ tiva, han estado hasta cierto punto en duda. Otros han llegado independien­ temente, y tal vez con más lentitud, a una incertidumbre similar. Lo que para unos es una cuestión de pertinencia, para otros puede ser mero oportu­ nismo: una “lucha indigna por encontrar salvajes sustitutos en los barrios bajos”, según palabras de Robín Fox (1973, p. 20). Puede por tanto parecer que la antropología urbana no tiene pasado y sí tiene motivos para preocuparse por su futuro. Sin embargo este libro es en buena medida retrospectivo: un intento por rastrear algunos de los pasos hasta el presente. ¿Q ué motivos hay para acometer tal empresa? En buena parte, debo adm itir que se encuentran en la forma en que los antropólogos entraron en la ciudad. No fueron tanto sus propias reflexiones acerca de la naturaleza y el estado de su disciplina lo que los llevó allí, sino hechos externos que exigían atención. Al precipitarse en u n campo definido 2 El primer volumen con este título es el de Eddy (1 9 6 8 ); los otros son el de Southall (1973a), Gutkind (1974), Uzzell y Provencher (1 9 7 6 ), Fox (1977) y Bashman (1978). Bastante semejantes son los libros de Weaver y W hite (1 9 7 2 ), Foster y Kemper (1974), y Eames y Goode (1977).

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por la lucha racial, instituciones defectuosas y el crecimiento de barrios de barracas (shantytowns), a menudo dedicaron poco tiempo a ponderar qué es urbano en la antropología urbana y qué es antropológico en ella. No hubo sino la más simple y menos autoconsciente de las transferencias posibles de la antropología básica al nuevo contexto. Las especialidades de la antropolo­ gía que se daban por supuestas eran una sensibilidad a la diversidad cultural, la proximidad a la vida diaria continua que se relaciona con la observación participante como método principal de investigación, y una disponibilidad para definir los problemas de un modo amplio, “holísticamente”, más que de una forma estrecha. Tales características de método y perspectiva tendían a llevar al antropólogo, en Estados Unidos no menos que en otros sitios, al enclave étnico, al gueto, que tuviera las características culturales y de orga­ nización con que él pudiera —a su curiosa manera propia— sentirse cómodo. Pero Jo que a menudo influía más en llevarlo allí era, por supuesto, que ese tipo de comunidad enfrenta con frecuencia problemas sociales. Así, la antropología urbana norteamericana, en particular, se h a convertido, según palabras de Taylor, en “una ciencia de reformadores”. Se ha aplicado a cues­ tiones de salud y beneficencia públicas, ley y justicia, escuelas y empleos, el ambiente físico y sus cambios. Ciertamente no hay por qué lam entar esto. La preocupación por las buenas obras sin duda seguirá siendo u n a parte de la antropología urbana, a la cual podemos considerar muy útil en tales campos. También sería inexcusable que un antropólogo procedente de uña sociedad mucho más homogénea sugiriera que los antropólogos urbanos norteamericanos debieran dejar de prestar atención a los sectores étnicos de sus ciudades. Obviamente la etnicidad sigue siendo una fuerza viva en la sociedad estadounidense. Sin embargo, el resultado de esto es una antropología del sentido común, cuya cualidad tiende a medirse más por su importancia práctica y sus resul­ tados que por su pura valía intelectual. Aunque de ese trabajo pueden resultar contribuciones teóricas, es probable que sean subproductos no pre­ vistos. O tro resultado de las mismas realidades de la investigación es que el campo de la antropología urbana ha sido definido muy ampliamente. Lo más frecuente es que se suponga que incluye todos los estudios en que la ciudad es el escenario más que el foco de atención.3 L a etnicidad y la pobreza, por ejemplo, pueden presentarse en la ciudad, pero no son por definición fenó­ menos típicos de la ciudad. El uso eufemístico de “problemas urbanos” en la retórica política no es una guía confiable al respecto. Las investigaciones sobre la vida familiar urbana, o las actividades de las pandillas juveniles, * Este planteamiento se lo debo a Henning Siverts, en un seminario en el Departa­ mento de Antropología Social de la Universidad de Bergen, el año 1971.

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o las culturas ocupacionales, tampoco tienen que ocuparse de ninguna carac­ terística intrínsecamente urbana. Esta generosa inclusión de todo tipo de intereses, ideas y hallazgos, junto con una relativa falta de preocupación por lo que podría ser su común denominador, también contribuye a dar la imagen de un antropólogo urbano que parece carecer de una estructura de ideas coherente y unificadora. En este libro trataremos de clasificar algunos de los elementos de tal estructura. Es probable que inevitablemente esto nos lleve a buscar ante todo una antropología urbana concebida de manera más estricta, en que la atención se dirija al urbanismo mismo, sea lo que fuere que esta frase quiera decir al final. En gran medida, dejaremos de lado lo que parece ser simple­ mente la práctica rutinaria de la antropología dentro de los límites de la ciudad. Pero esto no tiene que significar que hay que empezar de nuevo desde cero. Podemos tener un panoram a más claro del territorio que se ha de explorar si aprovechamos las oportunidades que se nos presenten para observarlo desde los hombros de gigantes o, incluso, a veces desde la altura de personas pequeñas como nosotros. En otras palabras, trataremos de reunir algunos componentes de un pasado útil para la antropología urbana que tenemos en mente. La antropología urbana necesita su propia historia de las ideas, una conciencia colectiva del crecimiento de los conocimientos rela­ tivos a les elementos básicos de la ciudad y de la vida en la ciudad. Algunos de estos conocimientos pueden tener ya una edad venerable; otros son productos de un pasado muy reciente, que incluso se funde con el presente. H an aparecido en diversas circunstancias, y puede ser a menudo útil (o por lo menos intelectualmente agradable) examinarlos primero dentro de dichas circunstancias. Otros, por supuesto, se han presentado repetidamente bajo disfraces levemente distintos en muchos tiempos y lugares. Aún falta por hacer mucho del trabajo de trazar sus interconexiones y de combinarlas en un diseño. Sin embargo, describir lo que sigue como una historia parcial del pensa­ miento antropológico urbano sólo seria correcto hasta cierto punto, y hasta cierto punto crearía malentendidos. Ante todo implicaría una autonomía excesiva de tal campo. Mucho de lo que constituye un pasado útil para la antropología urbana de hoy se originó al otro lado de las fronteras académi­ cas, aunque ahora las ideas en cuestión parezcan afines a una perspectiva antropológica. Deben ser expropiadas, por ejemplo, de la historia, la socio­ logía y la geografía. También está la cuestión de la relación entre la ram a urbana y la antropología en su conjunto. Uno puede considerar a los antropólogos urban os bien como urbanólogos con un conjunto particular de instrumentos o como antropólogos que es­ tudian un tipo particular de ordenamiento socia1, Estas dos formas de con­

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siderar su trabajo no están totalmente desvinculadas, sino que sugieren énfasis diferentes. Creo que la mayor parte de la antropología urbana reciente se presta principalmente a la primera definición; y ha surgido el siguiente in­ terrogante: “¿Cuál es la contribución de la antropología a los estudios urba­ nos?” El interrogante complementario sería: “ ¿Cuál es la contribución de lew estudios urbanos a la antropología?” Las dos preguntas merecen ser planteadas una y otra ve/ para ver si sus respuestas han estado desarrollán­ dose. Pero si hasta ahora para el prim er interrogante ha habido sobre todo respuestas normales referentes a las características de la antropología, el segundo acaso sea más teóricamente provocativo y puede tal vez asegurar que la comunicación entre la antropología general comparativa y su rama en la ciudad se vuelva un flujo de dos direcciones. Para cumplir con su pretensión de ser “la ciencia de la hum anidad”, la antropología tiene que ser reconstruida para incluir el estudio de la vida urbana. No puede dedicarse solamente a investigar comunidades pequeñas y poco complicadas, principalmente en las partes no occidentales del mundo. La contribución especial de la parte urbana al conjunto de la antropología consiste en el conocimiento de una gam a de fenómenos sociales y culturales, que en otros sitios se encuentran con m enor frecuencia o nunca, y que han de observarse teniendo en cuenta el ambiente de la variación hum ana en general, Desde este punto de vista, hemos de añadir, la acumulación de antropó­ logos urbanos en los enclaves étnicos de nuestras ciudades puede parecer una evasión. Son los lugares más parecidos a las sedes tradicionales de investi­ gación antropológica que se pueden encontrar en la ciudad: “pueblos urba­ nos” en términos de Gans (1962a). En el caso ideal, una gran proporción de las relaciones sociales de la población están contenidas dentro del enclave. Los compatriotas del pueblerino urbano conforman un equipo en el que encuentra no sólo a sus vecinos sino también a sus amigos y parientes, y él interactúa con ellos en esas funciones sobre todo dentro del territorio del pueblo. Cuanto más pequeña sea la población, más probable será que forme una densa red de relaciones en que uno pueda partir de una persona, tra­ zar unos cuantos vínculos y volver por un camino circular a la misma per­ sona; y se puede hacer esto por varios camines diferentes. Como lo expresa Gans, es posible que no todos conozcan a todos los demás, pero sí saben algo de todos los demás. Además, puede haber considerable continuidad de estas relaciones en el tiempo, ya que los pueblerinos se ven unos a otros, día tras día y no es frecuente que experimenten en sus vidas cambios tales que puedan romper sus vínculos. Los niños que han crecido juntos pueden muy bien, al llegar a adultos, ser amigos, vecinos y tal vez parientes por afinidad.

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No todos los barrios étnicos son así. Para hacer una mayor contribución al panoram a etnográfico, que es uno de los mayores recursos de la antro­ pología, los antropólogos de la ciudad deben tal vez prestar gran parte de su atención precisamente a lo opuesto del pueblo urbano. Tendemos a pen­ sar en la ciudad más bien como un lugar donde las personas no se conocen bastante bien (al menos inicialmente), donde las amistades m utuas se des­ cubren más que se dan por supuestas, y donde se pueden hacer rápidos traslados a través de la estructura social. Contra esto puede decirse que tales fenómenos no son en realidad más típicos de la ciudad que del pueblo urbano. Esto puede ser cierto en un sentido, pero carece de importancia en otro. Hay un sentido en que probablemente estaremos de acuerdo en que son “más urbanos” que el pueblo urbano: es más probable encontrarlos en la ciudad que fuera de ella. Si somos fieles a nuestra herencia antropo­ lógica, nos interesarán más las variaciones de forma que los promedios; en este sentido son importantes manifestaciones del urbanismo. A lo largo de este libro, nuestras inquisiciones estarán por lo tanto diri­ gidas a identificar los discernimientos particulares que el estudio de la vida urbana puede ofrecer a la antropología. Al mismo tiempo, hay que entender que nuestra propia m anera de seleccionar y conceptualizar los fenómenos puede ser en sí misma una contribución de la antropología a los estudios urbanos. El pensamiento urbano antropológico es fundamentalmente pensa­ miento antropológico. Tanto lo que pueda £ener de original como lo que tom ará prestado de otras fuentes (y que después posiblemente transforme) está determinado por la confrontación de la mente antropológica con las realidades urbanas. Esto tal vez resulte un experimento un tanto paradójico sobre la adaptabilidad del análisis antropológico. Tras décadas de trabajo para construir un aparato conceptual que permita comprender sociedades tradicionales distantes, temiendo constantemente la cautividad moral e inte­ lectual que es el etnocentrismo, encaramos ahora la prueba de dicho aparato en nuestras propias ciudades. Sus efectos, espero, incluirían el desarrollo de ideas que podrían resultar valiosas también en otros campos de la antropo­ logía, aunque la naturaleza de la vida urbana bien puede mostrar la utilidad de tales ideas en forma particularm ente notable. Espero que la perspectiva esbozada aquí satisfaga a aquellos antropólogos que critican la noción de una antropología urbana porque sienten que di­ ferenciarla con una etiqueta propia es m arcar su secesión de la disciplina madre. Les preocupa que el establecimiento de una identidad aparte lleve a un rechazo del método y la teoría antropológicos por considerárselos inade­ cuados para los estudios urbanos. Obviamente, ésta no es mi concepción de esta disciplina. Gomo ram a de la antropología, la antropología urbana no está más separada que los estudios de, por ejemplo, las sociedades

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campesinas o nómadas. Nadie sugiere que el estudio antropológico de los campesinos se haya divorciado de la antropología propiamente dicha; nadie niega que ésta se ha beneficiado con el crecimiento de los estudios campesi­ nos, que no hace mucho también constituían un interés recién surgido. Sin embargo, se reconoce al mismo tiempo que el estudio de las sociedades campesinas implica un conjunto de conceptos e ideas para los que es práctico tener una designación común. Ni más ni menos, creo que debe reclamarse para la antropología urbana: es una especialización reconocible, pero sin que deje de ser parte integrante de la antropología. Por otro lado, la preocupación por la contribución intelectual de los es­ tudios urbanos a la antropología puede parecer un mero academicismo, el abandono de toda pertinencia. Se puede responder a esta objeción, ante todo, que hay lugar para más de una antropología urbana. Por lo menos en esta etapa temprana, ciertamente debemos estar dispuestos a dejar crecer mil flores y esperar que encuentren Ja form a de florecer en el ambiente concreto. Además, se puede responder que el antropólogo cuyo campo es Boston o Berlín debe tener tanta o tan poca licencia —según se quiera— para cul­ tivar su curiosidad por la curiosidad misma como el que va a vivir entre los bongo-bongos. Pensar de otra m anera tendría mucho de etnocentrismo, así fuera bien intencionado. Es cierto que si Boston o Berlín resultan ser parte de nuestra propia sociedad nativa, uno puede ser más capaz de desem­ peñar el papel activo de anttopólogo-abogado que en los lugares donde sólo está “de visita”. Sin embargo, parece haber en principio escasa diferencia entre rechazar ese papel mientras está uno en casa y evitarlo yéndose a Bongo-Bongo. Naturalm ente también es dable esperar que una atención más crítica a la teoría y la conceptualizacíón en los puntos de reunión de la antropología y el urbanismo pueda llevar a una aplicación práctica, más poderosa y calibrada con más precisión, de la antropología a los asuntos urbanos. Ade­ más, no debemos caer en la tram pa de considerar sólo el trabajo estricta­ mente académico y la dedicación, definida de un modo también estrecho, a la ingeniería social poco sistemática como únicos recursos de los antropólogos. L a importancia de la antropología reside también en su potencial, no siem­ pre realizado, de hacer reflexionar a la gente acerca de la variabilidad de la condición hum ana y acerca de su propia situación particular. Podría extenderme un poco en torno a este poder de la antropología. En 1935, Charles Duff, satírico inglés, publicó un Inform e antropológico sobre un suburbio de Londres, en que parodiaba lo que podría decir un antropólogo de esa época si prestara atención a su propia sociedad.4 Esto 4 Este volumen, al que se le ha prestado escasa atención, se ha presentado con mayor amplitud en otra ocasión (Hannerz, 1973).

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dice él profesor Vladimir Chernichewski, ficticio “científico eminente” a cuyo nombre escribía Duff: La ciencia de la antropología no se ocupa solam ente d el desnudo salvaje, sino del hom bre o la m ujer en vestido inform al o traje de cerem onia. Para el ver­ dadero hom bre de ciencia poco im porta si se trata de u n suburbio o una selva, el baile de jazz m oderno o una orgía sexual de salvajes, la m agia de los bosques o el deísm o antropom órfico de un verdulero suburbano, las curas y encanta­ m ientos del curandero bantú o el trabajo de un m iem bro del R eal Colegio de M édicos. La diferencia entre nosotros y los salvajes es a m enudo más aparente que real: el traje de calle p uede esconder a un bruto, y la capa de pintura puede descubrir a un tierno corazón [Duff, 1935, p. 12].

Hasta cierto punto el antropólogo urbano de hoy puede concordar con el relativismo del profesor Chernichewski. Pero Chernichewski usa su licen­ cia para hacer que el suburbícola y el salvaje parezcan igualmente cómicos, y se ridiculiza a sí mismo apareciendo como incapaz de entender de cerca a ninguno de los dos. L a táctica que podríamos preferir es la de que la antro­ pología, gracias a la atención que presta a cualquier estilo de vida como uno más entre un número casi infinito de posibilidades, pueda contribuir a la exotización de lo que nos es familiar; su extraneza recién adquirida puede posibilitar un pensamiento fresco e incisivo. No sólo la perspectiva básica de la antropología hacia las interrelaciones de la vida social se ha de prestar bien para lo que C. Wright Mills (19^1, p. 5) llamaba la imaginación sociológica, que permite a su poseedor “entender el escenario histórico más amplío en términos de su significado para la vida interna y la carrera ex­ terior de una variedad de individuos”. Hay también una imaginación pecu­ liarmente antropológica, que entraña una agudización de la comprensión mediante comparaciones implícitas o explícitas con la vida bajo otros orde­ namientos sociales y culturales. Descansa en la posibilidad de comprenderse a uno mismo comprendiendo a otros. Esto es también una contribución de la antropología a los estudios urbanos: la antropología urbana es un instru­ mento gracias al cual los habitantes de la ciudad pueden pensar de una Forma nueva acerca de lo que les rodea. Puede ser útil desarrollar aquí un poco más mi concepto de la naturaleza de la antropología, ya que continuará matizando todo lo que sigue. T al vez el producto más característico del trabajo antropológico sea la etnografía, explicaciones sobre todo cualitativas y ricamente contextualizadas del pensa­ miento y la acción humanos. De m anera un poco esquemática es posible concebir tal etnografía, por una parte, como algo íntimamente relacionado con la forma en que el trabajador de campo antropológico se aproxima a la realidad; por otra, como la fuente de la que se extrae y refina la teoría

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antropológica, para ser después utilizada como guía de la futura producción de etnografía. Este complejo de industria intelectual puede no parecer muy eficaz. Algunos observadores pensarán que una parte demasiado grande de la etnografía queda convertida en escoria. Sin embargo, uno desde luego ten­ dría que considerar esto en el contexto del natural interés del antropólogo por el descubrimiento. En virtud de que es su tradición explorar terrenos sociales y culturales desconocidos, quiere extremar su sensibilidad a lo ines­ perado: hechos nuevos, nuevas relaciones entre los hechos. Es fácil entender el hincapié en la observación participante y el “holismo”, al menos parcial­ mente motivado por el carácter exploratorio de la empresa. Aquí también cabe el uso de la imaginación antropológica, por el cual incluso escenas familiares se pueden tornar extrañas y por tanto susceptibles de proporcio­ nar descubrimientos nuevos. Pero en este punto particular nos pueden interesar menos los procedi­ mientos de campo antropológicos y más el pensamiento antropológico, la estructura conceptual que forma también parte de una actitud antropológica frente a la realidad. La perspectiva que desarrollo aquí es la de un antro­ pólogo social, y me sugiere una m anera de trazar el contraste entre yo mismo y una especie de sociólogo arquetípico. Esto es tal vez útil, ya que los antropólogos urbanos parecen padecer a menudo de una angustia crónica por no ser suficientemente diferentes de los sociólogos urbanos, especialmente de los primeros sociólogos urbanos. H ace muchos t años, Beals (1951, p. 4) citó el argumento de un sociólogo, según el cual si los antropólogos conti­ nuaban como habían empezado el estudio de la cultura moderna, en algún momento reinventarían la sociología, sólo que por lo menos con cincuenta años de retraso respecto del resto del campo. Más recientemente, Shack (1972, p. 6) se lamentaba de que gran parte de la antropología urbana parece ser sólo “el retom o a la sociología de los años cuarenta” . En cambio, propone, la antropología urbana debe recurrir a la tradición antropológica de análisis comparativo del comportamiento institucional; como ejemplos, sugiere que el principio de la oposición complementaria o el análisis de los ciclos de desarrollo en los grupos domésticos pueden ser valiosos en los estudios urbanos. No tengo objeción a estos ejemplos, y la extensión de conceptos antro­ pológicos generales al campo urbano está ciertamente de acuerdo con mi concepto de la antropología urbana como parte integrante de una visión comparativa general de la sociedad hum ana. Pero esto no debe degenerar en un escolasticismo, en pasar por alto las formas en que la vida urbana tiene sus propias características peculiares, cuya comprensión puede ayudar en sí misma a desarrollar ideas para la antropología general. Por tales razones, uno puede encontrar que incluso “el análisis comparativo del com­

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portamiento institucional” es una definición demasiado restringida de ia antropología, pues una de las áreas en que la antropología de las sociedades complejas ha hecho importantes contribuciones es precisamente la del com­ portamiento no-institucionalizado: el espíritu de empresa, la manipulación de redes, etcétera. En mi opinión, la diferencia entre la antropología y la sociología urbanas se entiende mejor de otra manera. L a distinción a que me refiero la expresa muy claramente Leach (1967) en sus comentarios a un estudio social sobre el Ceilán rural: el sociólogo, con su orientación estadística, sugiere Leach, parte de la premisa de que el campo de observación consiste en ‘'unidades de población”, “individuos” ; en cambio, el antropólogo social piensa en sus datos como si estuvieran constituidos por “sistemas de relaciones” . Es decir, la imagen antropológica de la sociedad es más específicamente la de episodios de interacción y de más duraderas interdependencias entre las personas. Los individuos, tal como se ocupa de ellos el antropólogo social, mantienen contactos con los demás; son entidades construidas por los papeles que desempeñan al participar en estas variadas situaciones. Los sociólogos más a menudo intentan hacer frente a la paradoja de separar a las personas de la verdadera diversidad de sus vínculos existentes, descontextualizándolas, pero definiéndolas de alguna manera como animales sociales. Esta diferencia de tendencias es lo fundamental. La mayor facilidad con que se pueden emplear los números para tratar a los individuos en comparación con los datos relaciónales es secundaria, aunque sea notable como síntoma. Así pues, subrayamos aquí la perspectiva relacional sobre las situaciones sociales, sobre la parte que toca de ellas a cada persona y sobre las formas en¿que una vida social compleja puede estar constituida por ellas. Admito que esto no basta para distinguir estrictamente a la antropología urbana de todo lo que pasa por sociología urbana, ni a la antropología de la socio­ logía. A veces los antropólogos tienen razones para contar a los individuos, y encontraremos sociólogos que piensan en términos relaciónales tanto como cualquier antropólogo. En el campo urbano, esto último está ejemplificado tanto por los clásicos como por algunos estudiosos con una afiliación pro­ fesional sociológica que se han convertido recientemente en tranquilos etnó­ grafos de salones de strip-tease, clubes de descanso y centros de masaje.5 Con todo, podemos discernir que, tal como han evolucionado, la antropología y la sociología tienen distintos centros de gravedad, no sólo en la elección del tema sino también analíticamente. L a antropología, al trasladarse a la ciudad, no tiene que hacerse totalmente indistinguible de la sociología, y en un momento de reflexión podemos tal vez darnos cuenta de que la “socio5 Un órgano oficioso de esta última tendencia es la publicación Urban Life, que empezó a aparecer en 1972.

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logia urbana” que como antropólogos nos es más afín es, en realidad, de acuerdo con este criterio, “antropología urbana”. Con un poco de arrogancia, podemos incluso sentir algunas veces que su análisis se podría haber llevado más lejos si nos hubiéramos percatado de esto. Por otra parte, el hecho de que la definición de la frontera entre sociología y antropología sea un tanto vaga no tiene por qué ser preocupante. El imperativo territorial no debe ser intelectualmente respetable; además, las visitas m utuas entre la antro­ pología y la sociología han sido a menudo beneficiosas, cuando se han dado. En no escasa medida, la borrosa línea divisoria que tenemos es un accidente de la historia. En este libro no seremos muy respetuosos con ella. Quienes no sean tan decididamente antropólogos sociales pueden sorpren­ derse de que haya elegido el punto de vista relacional, más que el concepto de cultura, como m arca distintiva de la antropología. En los medios aca­ démicos norteamericanos, en particular, se encuentra a menudo la noción, un tanto peregrina, de que “los sociólogos estudian la sociedad, mientras que los antropólogos estudian la cultura”. U no piensa que difícilmente podrían estudiar ninguna de las dos sin estudiar en cierta medida ambas. Sin em­ bargo, la idea ciertamente contiene algo de verdad: hay algunos antropó­ logos que se ocupan de las cogniciones sin desarrollar un concepto amplio de la estructura social; y los sociólogos, en sus descripciones de la sociedad, a veces prestan muy escasa atención a cosas como ideas, conocimiento, creen­ cias o valores. Creo que también en la antropología urbana la idea de cultura será mucho más central de lo que h a sido normalmente en la sociología urbana. Mis motivos para dar primacía a la idea relacional de la sociedad pueden tener cierto parecido con la famosa frase de Fortes (1953, p, 21) de que la estructura social puede verse como “Ja cultura entera de un pueblo determinado, tratada dentro de un marco teórico especial” , pero tienen una relación más directa con nuestra manera de entender el urba­ nismo. Es mucho más probable que este último se defina en términos socia­ les más que culturales; tendemos a generalizar acerca del urbanismo ante todo como un tipo característico de sistema de relaciones sociales, y sólo secundaria y derivativamente como un conjunto de ideas que comparten los urbícolas. La cultura urbana, en consecuencia, puede ser más fácilmente conceptualizada cuando la descripción de la estructura social está ya muy avanzada. Parece muy posible, al mismo tiempo, que los estudios urbanos pudieran ayudar a que los antropólogos se formen u n concepto de los procesos y la organización culturales mucho más complejo del que suelen tener. L a cul­ tura, como se ha dicho, es u n asunto de tránsito de significados. L a imagen es especialmente buena para nuestros propósitos, pues de inmediato se ve que los patrones de tránsito urbano tienen ciertas peculiaridades y que

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algunos vehículos pueden ser más adecuados para ellos que otros. El sistema social urbano puede promover cierto tipo de ideas o dar origen a pro­ blemas particulares de la organización de la cultura. Puede haber ideas acerca de cómo m anejar los contactos con forasteros, si hay muchos en el am­ biente en cuestión. O si, como resulta probable en un sistema social com­ plejo, por lo menos algunos individuos se pueden considerar participantes de varias culturas, la forma de tratar esta diversidad puede ser un pro­ blema de análisis. Nos ocuparemos de estas cuestiones, aunque no mucho más, en este volumen. T al es, pues, en los términos más generales posibles, m i idea de la visión antropológica de la sociedad, las bases de mi interpretación de las diversas maneras de describir y analizar la vida urbana en los capítulos que siguen. Podría referirme a continuación, de un modo similarmente sinóptico, a lo que supongo que son las realidades del urbanismo, la otra parte de la ecua­ ción en el encuentro del antropólogo con la ciudad. Pero dejaré que estas concepciones se desplieguen gradualmente en lo que sigue. En cambio añadiré sólo unas pocas notas de índole más-personal, que pueden aclarar qué clase de libro he escrito. Aunque creo que sería útil para los antropólogos urbanos que se reunieran por un tiempo y trabajaran en algún aparato de conceptos de diverso alcance y vieran hasta qué punto éstos podrían servir para organizar inte­ lectualmente este campo, quizá, por lo dicho, resulte obvio que en mi elección personal de tales ideas ordenadoras no soy muy leal a ninguna tradición antropológica. He dicho que escribo como un antropólogo social; esto se puede entender como el carácter elegido de alguien favorablemente inclinado hacía la tendencia británica del pensamiento antropológico. En efecto, pienso que son admirables los esfuerzos de esta tendencia por lograr un análisis sistemático y que abarque las relaciones sociales. Pero muchas de sus ideas centrales tienen una historia más larga, y en el transcurso de los años se han extendido también hasta otros rincones del mundo, donde han sido rediseñadas. Estos desarrollos anteriores y posteriores, como probablemente se verá, han tenido para mí un interés tan grande como los del centro esta­ blecido. Además, el concepto de antropología urbana que se presenta aquí ha reci­ bido la influencia de un p ar de otras predilecciones mías. Quiero prestar detenida atención a la formación y el tratam iento del significado en las interacciones, con lo que busco un análisis cultural lo bastante flexible para que se adapte al análisis social de estructuras complejas, hasta ahora mucho más desarrollado. Para ello, me r i atraído bastante pronto hacia el interaccionismo simbólico, tendencia del pensamiento social norteamericano, aun­ que en su mayor parte un tanto exterior a su antropología académica..

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Aunque mi interés por él no ha sido particularmente sistemático, ciertamente desempeña un papel en las páginas que siguen. Sin embargo, ahora veo una afinidad bastante grande entre él y la antropología simbólica que más recien­ temente se ha convertido en un componente importante de la antropología en Estados Unidos, Mí interés por la historia social sólo se hará evidente de un modo más disperso. Sí creo, sin embargo, que los antropólogos urbanos harían bien en acercarse más a los estudios históricos, especialmente cuando inician es­ tudios comparativos más sistemáticos sobre el urbanismo, Espero poder decir algo más sobre esto en una obra posterior. Posiblemente esta síntesis personal, elaborada de modo incompleto tal vez, tiene algo que ver con mi propia experiencia académica. He tenido la opor­ tunidad de hacer alguna observación participante con antropólogos tan to norteamericanos como ingleses; y dado que la antropología urbana se ha desarrollado con mucho mayor ímpetu en ios Estados Unidos que en ninguna otra parte, me encuentro sosteniendo una especie de diálogo especialmente con dichos desarrollos. Pero paso la mayor parte de mi tiempo en un medio académico sin ninguna tradición nacional establecida en el tipo de antropo­ logía de que yo me ocupo. T al vez esto me ha dado un poco más de libertad para seguir ideas en direcciones un tanto idiosincráticas, por sobre las fron­ teras de los universos del pensamiento que en otros lugares pueden estar más claramente delimitadas. ! Pero las actividades y experiencias distintas de las originadas dentro del círculo de los colegas de la profesión pueden también haber tenido sus efec­ tos en lo que considero que es materia de la antropología urbana. Aunque afirmo que todo, desde un cierto conocimiento de las ideas acerca de la ciudad, de las obras en que estas ideas han sido expresadas y de las per­ sonas que están detrás de dichas obras, forma parte de la educación de un antropólogo urbano, también debe recurrir bastante al entrelazamiento de los temas urbanos con su propia biografía. Gomo muchos otros antropólogos, he pasado virtualm ente toda mí vida en áreas urbanas. (Tal vez entre­ vemos aquí otra razón por la cual la disciplina se haya dedicado cada vez más a los estudios en las ciudades: muchos de nosotros no sabemos gran cosa sobre las prácticas agrícolas, la cría de animales domésticos y otros aspectos de un a vida más cercana a la naturaleza y estamos, en este sentido, mal preparados para aprender acerca de las formas de vida rurales.) Además, me gustan las ciudades; uso otros hábitat casi siempre brevemente para observar contrastes. En mis días libres, es más posible que busque calles remotas que no las montañas o la playa. He sido habitante ordinario durante periodos bastante largos de ciudades suecas, norteamericanas e inglesas; y, más brevemente, he podido hacer algo de turismo antropológico en comu­

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nidades urbanas de África, Asia, Australia, Oceanía, América Latina y el Caribe, así como en otros lugares de Europa. Esto me ha proporcionado la oportunidad de reflexionar sobre lo que es diferente y lo que es de alguna manera igual entre poblaciones pequeñas y ciudades grandes de dis­ tintos sitios. Además, tres experiencias de trabajo de campo antropológico han influido también en mi manera de pensar acerca de la vida urbana:* una de ellas más indirectamente, otras dos muy directamente. A finales de los sesenta, pasé dos años en Washington, D. C., haciendo lo que ahora consideraría (de acuerdo con lo que se ha dicho hasta aquí) antropología en la ciudad; pero, en su mayor parte, no antropología urbana en estricto sentido. En otras palabras, el foco de mi interés no era especí­ ficamente el carácter urbano de los estilos de vida en que participé, aunque de modo gradual me hice más consciente de esa línea de investigación y me interesé más en ella. E ra un estudio centrado en un barrio negro de bajos ingresos, realizado casi totalmente mediante la observación participante para que mi papel de investigador fuera mínimamente ambiguo en una atmós­ fera más bien tensa. El libro que resultó de ello (Hannerz, 1969) trata sobre la. interacción de la confinación étnica y las oportunidades económicas limi­ tadas en la configuración de una gama de adaptaciones colectivas: una cultura compleja arraigada tanto en el pasado como en el presente. Entre los temas específicos estaban la dinámica de los papeles sexuales del gueto, el conocimiento compartido que servía de fuente para la identidad común entre los habitantes del gueto y la relación entre sus pensamientos y acciones y la cultura preponderante norteamericana. Pero, de un modo menos evi­ dente, me ocupaba también, por ejemplo, de las incertidumbres que tanto ellos como yo enfrentábamos ante la vida de la calle. M ás que antes, me di cuenta de que uno puede a veces verse forzado a considerar como pro­ blemas a las personas desconocidas, en un escenario urbano. Tam bién me hice consciente de las dificultades para elegir y delimitar una unidad de observación en un estudio urbano. El barrio en cuestión podía ser consi­ derado en ciertos sentidos como un pueblo urbano; pero para algunas per­ sonas no era una arena tan importante de sus vidas como para otras: si algunos individuos apenas se movían lejos de él, otros venían a casa casi exclusivamente para dormir, y a veces tampoco hacían esto con mucha regularidad. Podía haber vínculos fuertes de parentesco y amistad con per­ sonas del Sur rural, y una falta general de contactos personales fuera de la comunidad negra. Sin embargo, como Washington tenía una población negra tan amplia, el gueto en su conjunto bastaba para lograr relaciones sociales que no eran ni compactas ni estáticas. Como un ejemplo más de la forma en que los problemas del urbanismo se mezclaban con los de la pobreza y la etnicidad, pude notar que a veces me preguntaba por las diferen-

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cías entre la vida en un gueto negro de Washington y de otras ciudades, como Newark o D etroit: ¿en qué medida la naturaleza de la comunidad entera afecta a la comunidad étnica anidada dentro de ella?, si se ha visto un gueto, ¿realmente se han visto todos? M i segunda experiencia de campo, en 1970 (de la que doy cuenta en Hannerz, 1974a), fue un estudio más bien breve de la política local en las Islas Caimán, del Caribe, y sus relaciones con la antropología urbana están lejos de ser obvias. Estuvo precisamente basado en la capital —llamada Georgetown, como tantos otros lugares de lo que fue alguna vez parte del Imperio Británico—, pero era poco más que el pueblo más importante de un territorio muy pequeño. En realidad, la importancia de esa experiencia para mi comprensión del urbanismo radica en que me proporcionó considerable contraste. La sociedad caimaniana es lo más cerca que he llegado, como etnógrafo practicante, de una estructura social en pequeña escala, y esto no era menos evidente en su política. El mecanismo formal de gobierno estaba basado en ideas importadas de una sociedad de masas, con papeles sumamente diferenciados y procedimientos impersonales. Las relaciones entre los caimanianos, por otra parte, eran a veces demasiado próximas para ser cómodas, y más o menos toda su personalidad tendía a estar implicada en las interacciones. Ésta era también la form a en que preferían llevar a cabo su hacer político, y así su choque con las buenas maneras del gobierno tenía algunos momentos dramáticos?. A mí me era ú t i l para preguntarm e qué función desempeña la información personal en las variables construcciones de las relaciones sociales. M i trabajo de campo más reciente fue en Nigeria, a mediados de los años setenta, y en este caso los objetivos de la investigación fueron en estricto sentido propios de la antropología urbana. Habiendo realizado un estudio de la vida en un enclave de una gran ciudad, quería ahora experimentar con­ ceptual y metodológicamente con el estudio de toda una comunidad urbana. L a sede de campo elegida fue Kafanchan, una ciudad que ha crecido a partir de un im portante crucero de ferrocarril durante los últimos cincuenta años y que ahora presenta una gran diversidad ocupacional y étnica.6 El “mo­ saico1’ es una metáfora popular cuando tratamos de sintetizar el carácter de una comunidad como ésa, y ciertamente es en cierto sentido una metá­ fora adecuada. Pero si algunos de los grupos que constituyen la comunidad están relativamente bien imidos y sus fronteras son duras, como en un mosaico, otros se entremezclan o superponen entre sí. Además, la historia de K afanchan ha reflejado de cierta m anera el volátil pasado de Nigeria en su conjunto, y ésta es una de las razones por las que la dimensión dia6 Uno de los primeros informes sobre este proyecto, centrado en la metodología, se encuentra en Hannerz (19 7 6 ).

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crónica de su estructura social tiene una gran importancia. El mosaico se convierte en un caleidoscopio, donde la m ultitud de partes toman una y otra vez nuevas configuraciones. Empecé en Kafanchan a captar la totalidad de los racimos de relaciones ordenados de acuerdo con líneas étnicas, ocupacional es, religiosas, recreadonales y de otros tipos. La persecución de ese objetivo lo lleva a uno a los iglesias, tribunales, mercados, bares de alcohol de palma, patios de casas de vecindad y una variedad de otros escenarios. Idealmente —y el estudio ciertamente no ha llegado hasta allí— se desearía una imagen de la estructura social urbana de arriba abajo, desde el conjunto de vínculos más inclusi­ vos hasta los menos inclusivos aun si estos últimos sólo se pueden presentar mediante muestras. En el proceso se adquiere también una apreciación de la forma en que están ordenados estos diversos componentes de la vida comunitaria en una coexistencia física dentro de un espacio restringido. Indu­ dablemente, esta organización espacial y visual debe de imprimirse en las mentes de los etnógrafos urbanos en muchos escenarios. Kafanchan también agudizó mi percepción del hecho de que para entender una comunidad urbana en su conjunto, uno debe verla asimismo en su contexto más amplio. La ciudad no hubiera llegado a existir de no haber sido por la construcción de un sistema nigeriano de ferrocarriles. Su sede podría ser todavía un trozo de sabana, usada en parte por cultivadores de subsistencia de una aldea cercana y atravesada ocasionalmente por pastores con sus ganados. Mas como la situación ha resultado distinta, kafanchan se ha convertido en el eje de una pequeña región, servida (o tal vez, a veces, más bien regida o explotada) por los burócratas, comerciantes, médicos, enfermeras, maestros, líderes religiosos y artesanos de la ciudad. Los campesinos acuden allí para vender sus productos, pero a veces también por el placer de contemplar la escena urbana. Dejando de lado todas estas conexiones entre el campo y la ciudad, uno podría obtener una imagen muy extraña de un lugar como Kafanchan. Estas impresiones de tres campos, por tanto, pueden esbozar muchas de las cuestiones planteadas en este libro, ya que han sido una parte importante de mi propio trabajo en curso en antropología urbana. Y sin embargo, en las páginas que siguen Washington, Georgetown y Kafanchan no están notoria­ mente presentes. Los materiales para una antropología urbana que aquí subrayaré son los que han recibido un reconocimiento más amplio por su importancia en la investigación urbana, aunque la forma de reunirlos y de interpretarlos puede no ser tan usual. No todos los capítulos se ocupan de trozos similares del pensamiento urbano. Primero, en el capítulo siguiente, nos concentramos en Chicago y el notable trabajo precursor en la etnografía urbana realizado allí sobre todo en las décadas 1921-1930 y 1931-1940. Éste

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es un caso en que desatendemos Ja frontera entre la sociología y la antro­ pología, ya que de lo que nos ocuparemos será la “Escuela sociológica de Chicago’ Pero al final, encontramos ios estilos contrastantes de conceptúa- , lización, que confieren, después de todo, cierta importancia a dicha frontera. De aquí pasamos, en el capítulo III, a una búsqueda más amplia de ideas sobre lo que puede ser el tema del urbanismo. Éste podría ser considerado el capítulo central del libro, y al mismo tiempo el que tiene contenidos más diversos; toda clase de ciudades aparecen en él, y también varias disciplinas. En el capítulo iv, hay un enfoque más claro, semejante al que trata sobre la escuela de Chicago. Nos ocupamos aquí, de nuevo, de una forma par­ ticular de urbanismo: el de las poblaciones mineras del África central, tal como fueron estudiadas a finales de la era colonial por los antropólogos del Instituto Rhodes-Livingstone (también identificables como miembros de la “Escuela antropológica de Manchester” ) . Hay una relación íntim a tam ­ bién entre este grupo y el tema del capítulo v: un análisis de red, pues éste ha desempeñado un papel prominente en el desarrollo de ese modo de conceptualizar las relaciones sociales. Pero nos basamos aquí en una colección más variada de colaboradores al pensamiento relativo a las redes, no todos pertenecientes a la antropología académica. El análisis de red, desde luego, no se limita a la investigación urbana, pero parece im portante tratarlo aquí, ya que puede ser de particular utilidad para entender aspectos de la vida en la ciudad. La (parte principal del capítulo vi la desempeña Erving Goffman, pensador brillante y un tanto controvertido que, además, se sitúa de forma que navega entre la sociología y la antropología. Con su obra como punto de partida, consideramos el problema de definir a la per­ sona — tanto la construcción como la presentación dei yo— en circunstancias urbanas. Esto es también un retorno al punto de partida, pues Goffman pertenece a una generación posterior de la escuela de Chicago. En el último capítulo, trataremos de reunir los hilos sueltos de los precedentes, para deli­ near lo que hemos concluido que es la antropología urbana. Así pues, enrolaremos a un pequeño ejército de guías que nos ayuden a explorar la ciudad. Hay todavía otros que nos habrían llevado en excur­ siones adicionales, pero también he visto razones para dejar de lado a algunos de los candidatos más obvios. Los estudios de Lloyd W arner y sus asociados, publicados en Yankee City, con seguridad constituyen un importante cuerpo de investigación con una inspiración reconocidamente antropológica. Sin embargo, su influencia ha sido mayor en el campo de la estratificación social que en el del urbanismo, y tal vez no es motivo de m ucha sorpresa que los antropólogos de hoy día les presten escasa, atención. Además, quizá ya se ha dicho bastante: “h a habido tantas críticas sobre W arner, que muy bien puede ser hora de pedir una m oratoria” (Bell y Newby, 1971, p. 110).

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Se puede probablemente apelar a argumentos similares para excluir el es­ tudio de los Lynds sobre Middletown y —más cerca de nosotros en el tiem­ po— la polémica sobre la “cultura de la pobreza”, tan importante para lo que se entendía por antropología urbana en los Estados Unidos a finales de los años sesenta. Yo participé en dicha polémica con mi estudio sobre Washington; y parece suficientemente ejemplificado en los libros de Lewis (1966) y Valentine (1968) y el volumen compilado por Leacock (1971). U n complejo de investigaciones sobre el cual habría estado más tentado de tratar es el del urbanismo latinoamericano, realizado por antropólogos de los Estados Unidos e Inglaterra. Para empezar, habría sido complemento útil de lo que se dice sobre pueblos y ciudades africanos en el capítulo iv. Sin embargo, los primeros trabajos dedicados sobre todo a asentamientos ilegales — o colonias de “paracaidistas”—, parecen menos ricos en ideas analíticas acerca del urbanismo; mientras que la segunda ola, teóricamente importante, con su preocupación por conexiones regionales e internacionales más amplias, es algo tan propio del presente que me sería difícil m anejar su continuo desarrollo. Nos ocupamos sobre todo, repito, de recuperar el pasado útil. Así pues, empecemos con Chicago, tal como era en su adolescencia.

II. ETNÓGRAFOS DE CHICAGO E l c r e c i m i e n t o de Chicago en el siglo xix y principios del xx, práctica­ mente de la nada hasta convertirse en una gran metrópoli, fue espectacular. De los estados del Este y de muchos lugares de Europa, la gente acudía para tom ar una parte, grande o pequeña, de la riqueza creada por la industria de conserva de carnes, acererías, el comercio del trigo e industrias y comercios de otras clases. De vez en cuando algún forastero alcanzaba un éxito que superaba todas las expectativas; otros se, encontraban en esa desesperada pobreza que tan a menudo es el reverso de una sociedad que se industrializa rápidamente en condiciones de liberalismo (laissez-faire). Algu­ nos de los recién llegados triunfaban sólo recurriendo al crimen; pero cierta­ mente éste no era un camino seguro hacia una vida cómoda para cualquiera que lo intentara. En la joven clase trabajadora, se organizaban sindicatos y grupos políticos para lograr acciones colectivas: el primero de mayo de 1886, la que probablemente fue la primera manifestación del Primero de Mayo en el mundo marchó por la avenida M ichigan a favor de la jornada de ocho horas. Unos días después, una reunión de protesta de los trabajadores en la plaza de Haymarket terminó en caos cuando al intervenir la policía para dispersarla, estalló una bomba, lo cual provocó disparos indiscrimina­ dos, que tuvieron por resultado la m uerte de varios policías y manifestantes. El “affaire de Haymarket” fue durante mucho tiempo un símbolo de los peligros de las ideologías extranjeras, como el anarquismo y el socialismo, para la sociedad norteamericana. Este volátil Chicago era también un punto de entrada hacia el Oeste, de modo que algunos forasteros seguían su viaje desde allí. Pero hacia finales del siglo xix esta opción ya no era tan atractiva como antes. Junto con la Feria Internacional de Chicago en 1893 —motivo de orgullo para los chicaguenses que consideraban a su ciudad como un canto al éxito— , se realizó aquella reunión de historiadores en que el joven Frederick Jackson T urner señaló el final de la era fronteriza, al mismo tiempo que especulaba sobre su importancia para la cultura norteamericana. En las décadas siguientes, la continuada expansión de la sociedad estadounidense se concentraría todavía más en las ciudades, y Chicago m antendría un lugar prominente. Como muchas otras ciudades cambiantes, Chicago ha cubierto las huellas de su prim era historia. La Hull House, antigua institución de servicio social desde la cual una pequeña banda de idealistas que, guiada por Jane Adams, trataba de m ejorar las condiciones de los barrios bajos que la rodeaban, aún está en pie; pero ahora un tanto aislada, como pequeño museo, en las 29

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afuerás de un nuevo complejo académico. A unos cientos de metros de allí, la plaza de Haymarket ha sido cortada en dos por una arteria, y del monumento erigido para conmemorar el desempeño de los policías en la “defensa de la ciudad” aquella desastrosa tarde de mayo, sólo queda la base, apenas perceptible si uno no está buscándola. Varias versiones de la estatua que estaba encima de ella han sido voladas a lo largo de los años, una de ellas por los weathermen,* en 1969. Pero si la ciudad ya no es exactamente la misma, la juventud de Chicago ha sido documentada con eficacia de muchas otras maneras. H a habido novelistas: Theodore Dreiser, en Sister Carrie, mostró una ciudad que pare­ cía dedicada principalmente al crecimiento mismo y a la corrupción de los jóvenes recién llegados; Upton Sinclair ha relatado en The Jungle [La selva] la triste carrera del inmigrante lituano Jurgis Rudkus, desde traba­ jador en un matadero, presidiario, obrero metalúrgico, vagabundo y ladrón, hasta granuja político. Están las memorias de Jane Addams sobre Tw enty Y e a rs a t th e H i d l H o u s e [Veinte años en la Casa Hull]. Hay un c a p ítu lo dedicado a la política de Chicago en The Shame of the Cities [La vergüenza de las ciudades], de Lincoln Steffens, obra en la cual tal vez con sorpresa, encontramos que la ciudad, por lo menos en 1903, no se hallaba realmente entre las más corruptas. U na institución local que todavía está viva y en funciones ha desempeñado un papel no menos importante en nuestra comprensión no sólo del Chicago de principios del siglo, sino del urbanismo en general. Desde la prim era Guerra M undial hasta los años treinta, los sociólogos de la Universidad de Chicago realizaron una serie de estudios basados en investigaciones de su propia ciudad, los cuales han sido reconocidos ampliamente como el inicio de los modernos estudios urbanos y como el cuerpo de investigación social más importante efectuado sobre cualquier ciudad particular en el mundo con­ temporáneo. Aunque se ha escrito antes acerca de ellos, podemos recordarlos una vez más para incorporarlos explícitamente a la herencia de la antro­ pología urbana.1 * G rupo clandestino autonom brado “los meteorólogos” p o r un verso de una can ­ ción de Bob D ylan: “No necesitas un meteorólogo p ara saber hacia dónde sopla el viento” . [T.] 1 H e preferido no atestar el texto que sigue con referencias y reservarlas para puntos específicos que requieran de una documentación precisa. Esta n ota se ha de inter­ pretar, por el contrario, como un miniensayo bibliográfico sobre fuentes que me han servido p ara desarrollar mi propia interpretación de los sociólogos de Chicago. Ya que se tra ta de un grupo de académicos que ha recibido muchos comentarios en los últimos años, no pretendo ofrecer un cuadro completo de lo que se ha escrito sobre ellos. En el texto se citan o resumen u n a serie de monografías de las obras de los soció­ logos de Chicago. No obstante, gran parte del im portante trabajo de Thomas y Park

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Las instituciones jóvenes, a menos que estén muy respetuosamente dedicadas a imitar a sus venerables predecesoras, tienen oportunidad de hacer algunas innovaciones. La Universidad de Chicago abrió sus puertas en 1892, y pronto tuvo el prim er departamento de sociología de las universidades norteameri­ canas. En este periodo los reclutas de la nueva disciplina procedían en general de campos más establecidos; y, tal vez por esta razón, la sociología norteamericana de aquella época podría dividirse en dos grandes tendencias: una filosofía social especulativa, que teorizaba en gran escala sobre las bases de la sociedad hum ana y el progreso social, y un movimiento de investi­ gación social, conceptualmente débil pero sobremanera preocupado por reunir datos sobre los rasgos indeseables de la sociedad industrial en desarrollo. (M ás o menos medio siglo después, esta última tendría un paralelo en la prim era ola de investigaciones sobre ciudades del Tercer M undo; véase Mitchell, 1966b, pp. 39-40.) Ambas tendencias buscaban mejorar la condi­ ción hum ana, pero entre ellas había una gran brecha. Por la forma en que contribuyó a salvarla, la obra más im portante de los primeros veinte años adoptó otras formas, y se ha recopilado en libros sólo en los últimos años. La colección “Heritage of Sociology” de la University of Chicago Press es especialmente útil al respecto. Contiene un volumen de W. I. Thomas sobre Social Organization and Social Personality (1966), recopilado y prologado por Janowitz. Ralph I-I. Turner ha llevado a cabo una recopilación similar de la obra de Park On Social Control and Collective Bekavior (1967), y en la misma colección existe también una reedición de The City, colección de ensayos de Park, Burgess y McKenzie, publicados por primera vez en 1925, y la primera disertación doctoral en alemán de Park, The Crowd and the Public, traducida y publicada junto con algunos otros ensayos en edición a cargo de Henry Elsner, Jr.} en 1972. La colección de Louis Wirth On Cities and Social Life (1964a), compilada y prologada por Reiss, y la de Roderick McKenzie On Human Ecology (1 9 6 8 ), con un trabajo similar llevado a cabo por Hawlery, están en el mismo formato que los dos primeros volúmenes sobre Thomas y Park. Otras obras útiles en la, serie “Heritage of Sociobiology” son la breve memoria de Robert Faris, Chicago Sociology 1920-1932 (1970) así como The Social Fabric of the M etró­ polis (1971), en donde el compilador, James F. Short, Jr., ofrece una lúcida visión general de la sociología urbana de la escuela de Chicago a modo de introducción a una selección de textos de sus miembros. Fuera de esta colección, hay tres volúmenes de los ensayos de Park, Race and Culture (1950), Human Communities (1952) y Society (1955), a cargo de Everett C. Hughes. El segundo de estos volúmenes contiene los textos dedicados más directamente al urbanismo; las referencias que en el texto hago a páginas se refieren a este volumen, fácil de conseguir, y no a las publicaciones originales, que están dispersas; Hay, por supuesto, muchas coincidencias entre estos tres volúmenes y los de la serie “Heritage” . Hay una colección anterior de ensayos de Thomas en Social Bekavior and Personality, recopilados por Volkart y publica­ dos en 1951 por el Social Science Research Council.

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del departamento, por lo menos en cuanto a influencia intelectual dura* dera, fue probablemente la de William Isaac Thomas. Thomas insistía en una investigación empírica sistemática y colaboró a sustraer el estudio de la organización social de las inclinaciones biologistas que lo habían caracterizado anteriormente. Subrayaba la necesidad de entender el punto de vista del participante —la “definición de la situación”, como la llamaba— y, como contrapartida a esta innovación metodológica, fue pio­ nero en el uso de “documentos personales” : diarios, cartas y autobiografías, así como relatos de experiencias vividas recogidos por psiquiatras, trabaja­ dores sociales o científicos sociales. En una narración autobiográfica, Thomas ha sugerido que inicialmente tropezó con este método por accidente: Rastreo el origen de ini interés por el docum ento hasta una larga carta, reco­ gida en un día lluvioso en e l callejón de detrás de mi casa. La misiva, que dirigía a su padre un a m uchacha que estaba tom ando un curso de capacitación en un hospital, se refería a las relaciones y discordias familiares. Se m e ocurrió entonces que aprenderíamos m ucho si tuviéramos bastantes cartas de este tipo [Baker, 1973, p, 250].

Pudo demostrar muchas de sus ideas en su gran estudio sobre los grupos de inmigrantes europeos, el cual lo llevó a largos viajes en busca de materia­ les nuevos. Al final, se limitó a los polacos, con la colaboración del joven Entre los numerosos comentarios generales sobre los sociólogos de la escuela de Chicago, merecen especial mención dos libros recientes, Sociology and Public Affairs: The Chicago School (1975) de Carey y Quest for an American Sociology: Robert E. Park and the Chicago School (1977) de M a tte w se ste último es de lectura especial­ mente agradable. Dignos de mención son también un capítulo de Stein en The Eclipse of Community (1960) y otro de Madge en The Origins of Scientific Sociology (1962). Éste tiene un capítulo adicional sobre The Polish Peasant in Europe and America de Thomas y Znaniecki. El capítulo del que son autores Burgess y 'Bogue (1967) cae dentro de la retrospectiva. Se hace hincapié sobre Park en el artículo de Bumet (1964) sobre la sociología de Chicago; Hughes ha retratado brevemente a Park en un ar­ tículo que apareció por primera vez en el semanario New Society y después fue reimpreso en The Founding Fathers of Social Science (1969) de Raison así como en The Sociological Eye de Hughes (19 7 1 ), en donde otros artículos mencionan los estudios urbanos de Chicago. M e parece que el análisis de Park escrito por los White (1962) exagera sus tendencias antiurbanas. Hay también un artículo en dos fas­ cículos sobre Thomas de Young (1962-1963) y otro sobre la colaboración ThomasZnaniecki en The Polish Peasant del que es autor Symmons-Symonolewicz (1968). Es famosa la apreciación que de este estudio hace Blumer (1939). Baker publicó esbozos autobiográficos de Thomas y Park en 1973. Hay un ensayo general de Bendix (1954) sobre las ideas de Wirth y una crítica a su estudio del gueto escrita por Etzioni (1959). La polémica, casi interminable sobre su “Urbanism as a Way of Life” será tema del próximo capítulo; para bibliografía, véase el capítulo ni, nota 3.

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filósofo social polaco Florian Znaniecki, quien inició a partir de entonces su propia carrera norteamericana. Los cinco volúmenes de T he Potish Peasant in Eurofie and America [El campesino polaco en Europa y América], publi­ cados entre 1918 y 1920, son un hito de la sociología norteamericana. Más o menos al mismo tiempo, Thom as dejó la Universidad de Chicago, bajo la amenaza de un escándalo personal. (U n detective lo encontró en un cuarto de hotel con la esposa de otro y tuvo pocas dudas de cómo definir la situación; Thomas se defendió contra los cargos, pero de una m anera un tanto provocativa. El clima moral de la universidad era aparentemente muy parecido a cuando Thorstein Veblen la dejó por similares circunstancias* más o menos una década antes.) Thomas dejó tras de sí un complejo de ideas importantes; entre ellas, además de las ya mencionadas —y un poco irónicamente, tal vez, dadas las circunstancias—, un concepto de la desor­ ganización social — “el decrecimiento de la influencia de las reglas sociales de comportamiento existentes sobre miembros individuales del grupo’’—, que hacía más hincapié en el proceso social que en características individuales. Esta idea tendría un lugar central en los estudios urbanos de Chicago. Pero a pesar de todas sus contribuciones propias, la más importante que hizo Thomas al desarrollo de la sociología urbana consistió, quizá, en traer a la universidad a Robert Ezra Park. Guando llegó para asumir un puesto en Chicago, Park ya tenía detrás cincuenta años de vida variada: había crecido en una ciudad de Minnesota, en un barrio donde dominaban los inmigrantes escandinavos, había ido a la Universidad de Michigan y poco después entró a trabajar en el Minneapolis Journal. Sus muchos años como periodista le hicieron desarrollar su punto de vista respecto de la vida urbana: cuando el editor de la fuente de la ciudad se dio cuenta de que seguía una historia mucho más tiempo que nadie, Park se convirtió en un reportero investigador. Fue un periodo en que la prensa popular adquirió espíritu de reforma; se habían iniciado las denuncias de corrupción, aunque aún no tenían el nombre de muckraking. Park sólo quería llevar a cabo su trabajo de un modo más sistemático. Infor­ maba sobre los fumaderos de opio y las casas de juego, hablaba de las causas del alcoholismo basándose en datos de casos concretos y rastreó la fuente de una epidemia de difteria haciendo un m apa de su expansión. Habiéndose iniciado con estas experiencias, escribió después en un pasaje frecuentemente citado, que quizá había “cubierto más terreno, vagando por las ciudades de diferentes partes del m undo, que cualquier hombre viviente” . Pero a la larga el progreso del periodismo dejó a Park insatisfecho, y pasóa ser estudiante de filosofía en H arvard. Tras un año allí, continuó su. * Véase, por ejetnplo, John P. Diggins: E l bardo del salvajismo; Fondo de Cultura Económica, México, 1983. {Editor.]

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trabajo académico en Alemania, donde obtuvo un profundo conocimiento de las corrientes intelectuales europeas, asistió a conferencias de Georg Simmel y otros, y terminó el doctorado en Heidelberg con una breve disertación so­ bre el comportamiento colectivo. Esto parece muy alejado de la vida de un periodista, pero en cierto modo todo venía de sus primeras experiencias. La opinión pública, decía en su tesis, era muy fácilmente manipulada por frases llamativas: t;el periodismo moderno, que se supone debe instruir y dirigir a la opinión pública, informando y comentando los acontecimientos, generalmente resulta un mecanismo para controlar la atención colectiva”. De vuelta en los Estados Unidos, Park pronto salió de nuevo del mundo académico y volvió al reformismo. Se convirtió en agente de prensa de la Gongo Reform Association (Asociación de Reforma del Congo), organización de misioneros bautistas que querían llamar la atención sobre el mál go­ bierno del rey Leopoldo en el Congo, y colaboró con artículos en Everybod'/s, importante publicación de denuncia. Planeaba ir a estudiar la situa­ ción in situ cuando se vio llevado a interesarse en cambio por las relaciones interraciales en Estados Unidos. Booker T . Washington, el más influyente líder negro de la época, lo invitó a su instituto de Tuskegee, y allí perma­ neció Park como asistente de Washington durante varios años. Llegó a cono­ cer íntimamente el Sur, y también acompañó a Washington en un viaje de estudios por Europa para com parar la situación de los negros sureños con la de los campesinos y trabajadores europeos. En Tuskegee, Washington y Park organizaron también una conferencia internacional sobre el problema racial. Y en dicha conferencia, en 1911, Thomas se encontró con Park por pri­ mera vez; dos años después pudo traerlo a la Universidad de Chicago. Al principio, se trataba de un empleo a corto plazo; al final, Park se quedó allí veinte anos. U

na

v is ió n

del

u r b a n is m o

A lo largo de estos años en Chicago salió de la plum a de Park un continuo flujo de comentarios analíticos sobre la vida contemporánea. En virtud de su experiencia con las relaciones raciales en Estados Unidos y con la con­ tinua influencia de la inmigración sobre la sociedad norteamericana, no es sorprendente que los problemas de las minorías constituyeran uno de sus campos de trabajo más importantes; el otro fue el urbanismo; y no siempre era fácil separar una cosa de la otra. Park se expresaba principalmente en artículos y prólogos de libros de sus alumnos; de este modo iba haciendo sin cesar contribuciones a una estructura de ideas. Pero el diseño de la estruc­ tu ra estaba aparentemente ya muy claro en su mente cuando se inició este

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periodo. En su prim er y más famoso estudio urbano: “La ciudad. Sugerencias para la investigación del comportamiento humano en un medio urbano”, publicado en 1915, poco después de su llegada a Chicago, había una visión del urbanismo que era a la vez el producto de una larga experiencia y la enunciación ele un programa de investigación para los años siguientes. Park fue capaz de considerar el urbanismo tanto en gran escala como en los más menudos detalles. Su familiaridad con autores como Simmel y Spengler le mostraba que la ciudad era en la historia universal una fuerza capaz de formar y liberar a la naturaleza hum ana de una m anera nueva. Al mismo tiempo, era un hombre que había pasado diez años de su vida sobre el pulso de las noticias, observando lo que ocurría en las calles y detrás de las fachadas. En su primer trabajo sobre la investigación urbana, estaban visibles ambos aspectos de sus intereses. Por una parte, señalaba las variadas carac­ terísticas de los barrios urbanos: cómo algunos eran pequeños mundos aisla­ dos, hogares de poblaciones de inmigrantes con pocos vínculos con la sociedad que les rodeaba; mientras que otros eran aglomeraciones anónimas de indi­ viduos en movimiento, y otros más, como las áreas de vicio, se caracterizaban mejor por la forma en que las usaban quienes vivían en ellas. Todos estos diferentes barrios debían ser descritos y entendidos. Pero, al mismo tiempo, el gran cambio que trajo el urbanismo fue una creciente división del tra­ bajo, la cual servía para destruir o modificar el tipo de organización social anterior, que se basaba en factores como el parentesco, la casta y los vínculos locales. La división del trabajo creaba un nuevo tipo de hombre racional y especializado. . . , o, más bien, varios tipos, pues cada ocupación ponía su propio sello en las personas. L a implicación práctica para la investigación era que había que investigar una variedad de formas de vivir: la d ep en dienta, el p olicía, el vendedor am bulante, el taxista, e l guarda noc­ turno, el clarividente, e l artista de revista o variedades, e l curandero, el barm an, e l jefe de pabellón, el esquirol, el agitador sindicalista, e l maestro de escuela, el reportero, el agente de bolsa, el prestamista: todos ellos son productos carac­ terísticos de las condiciones de la vida urbana; cada u n o, con su particular experiencia, conocim ientos y p u n to de vista determ ina, para cada grupo vocacional y para la ciudad en su conjunto, su individualidad [Park, 1952, pp. 24-25].

También algunas instituciones merecían estudio: ¿qué ocurría en la ciudad con la familia, la Iglesia, los tribunales?; ¿qué nuevas formas de organización surgían con el urbanismo? Por otra parte, estaba la prensa y su función en la conformación de la opinión pública: ¿qué tipo de persona era el periodista?: ¿detective?, ¿historiador?, ¿chismoso? Respecto de la bolsa de valores, ¿cuáles eran la psicología y la sociología de sus fluctuaciones? Y en cuanto a la organización política, ¿cuál era la naturaleza de las reía-

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ciones sociales en la política de camarillas y en la política de reforma? En parte, estas cuestiones pertenecían al campo del comportamiento colectivo, y por tanto Park pudo volver a algunas de sus pasadas preocupaciones aca­ démicas. Había una preocupación constante por el “orden moral” .2 En cualquier sociedad, pensaba Park, el individuo lucha por preservar su respeto de sí mismo y su punto de vista, pero sólo puede lograrlo ganándose el reconoci­ miento de otros. Esto es lo que convierte al individuo en una persona. Pero en la ciudad este orden moral de las relaciones está sembrado de dificultades especiales. El dinero, más que el civismo, se convierte en el medio de inter­ cambio. L a gente apenas se conoce entre sí: “En estas circunstancias, la posición social del individuo está sobremanera determ inada por signos con­ vencionales —por la moda y la ‘presentación’— , y el arte de vivir se reduce considerablemente a patinar sobre superficies quebradizas y a un escrupuloso estudio del estilo y las formas” (Park, 1952, p. 47). Esta idea de la superficialidad de las relaciones sociales urbanas seria un tema recurrente en los estudios urbanos de Chicago. Sin embargo, Park se daba perfecta cuenta de que también existían en la ciudad vínculos íntimos y estables, y que las condiciones urbanas tenían influencia en la forma que tom aban esos vínculos. En la ciudad había suficiente gente para m antener una variedad de estilos de vida, y suficiente libertad para que muchos grupos no se vieran demasiado obstaculizados por la desaprobación de otros. el contagio social tiende a estim ular en tipos divergentes las diferencias tem peram entales com unes, y a suprim ir rasgos que los identifican con los tip os norm ales que les rodean. La asociación con otros de la m ism a condición pro­ porciona no sólo un estím ulo, sino un apoyo m oral para los rasgos que tien en en com ún y qqe no encontrarían en una sociedad m enos selecta. En la gran ciudad, los pobres, los viciosos y los delincuentes, am ontonados en una in ti­ m idad malsana y contagiosa, se u n en endogám icam ente, com penetrándose [ . . . ] . D ebem os, pues, aceptar estas “regiones m orales” y a las personas más o m enos excéntricas o excepcionales q ue habitan en ellas, en u n sentido, al m enos, com o parte de la vida natural, si n o norm al, d e un a ciudad [Park, 1952, pp. 50-51],

Por lo menos hay aquí parte de una teoría de los procesos culturales urbanos, de la cual estamos tal vez dispuestos a aceptar algo, y parte proba­ 2 El concepto de “orden moral” fue más utilizado que definido en los escritos d e Park; es dable sospechar que no era un tema con limites claramente trazados. U n o de los análisis a que aludo aquí y que a mi parecer es esclarecedor se publicó en 1925 en el ensayo entonces titulado “The Concept of Position in Sociology”, después reim­ preso en Human Communities (1952, pp. 165-177).

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blemente nos resultará insatisfactoria. El vocabulario ya no es nuestro, y nos podemos sentir incómodos con él. El énfasis en la base interaccional del desarrollo cultural, que se puede considerar el centro de ese enunciado, parece válido, y volveremos al tema. Park también señalaba cuidadosa­ mente que ésta era una noción analítica general, no sólo aplicable a los criminales o anormales. L a ciudad hace posible que distintas personas tengan diferentes relaciones; y un grupo de características semejantes puede propor­ cionar apoyos morales para un comportamiento que otros desaprobarían. En una comunidad pequeña, cada una de esas personas podría haber sido la única persona de ese tipo, y las presiones de la conformidad habrían obstaculizado expresiones de lo que habría quedado en m era idiosincrasia. Sin embargo, Park se ocupó con menos eficacia de qué era exactamente lo que hacía que la gente interactuara. Aquí tendía a caer en la psicología individual, considerando las inclinaciones personales por un tipo u otro de comportamiento como más o menos supuestas. Así la ciudad parece más bien una influencia permisiva que activamente conformadora: tendía a "extender y desnudar a los ojos públicos todos los caracteres y rasgos humanos que generalmente son oscurecidos y suprimidos”. A estas alturas probablemente querríamos investigar un poco más los determinantes socioestructurales del comportamiento en la ciudad. Describir los distintos "mundos sociales” o “regiones morales” se convirtió en la principal tarea de los sociólogos de Chicago.^ Pero la coexistencia de estos mundos en la ciudad también puede llevar a otros interrogantes sobre las relaciones entre ellos. En un pasaje que por sí mismo podría parecer suficiente para estimular bastante labor de investigación, Park mostraba una de las formas en que podían interactuar: Los procesos de segregación establecen distancias morales q ue convierten a la ciudad en u n m osaico de pequeños m u n d os que se tocan pero no se com pe­ netran. Esto hace posible que los individuos pasen rápida y fácilm ente de un m edio m oral a otro, y estim ula el fascinante pero peligroso experim ento de vivir al m ism o tiem po en varios m undos diferentes y contiguos, pero por lo demás m uy alejados entre sí [Park, 1952, p. 47].

Esta faceta de la organización cultural de la ciudad quedó, sin embargo, muy desatendida por los seguidores de Park en los años posteriores. Podrían examinarse tal vez los escritos sobre el “ hombre marginal”, lanzados en 1923 por el propio Park, como una continuación de esta senda, aunque muchos de ellos se perdían en un atolladero de conceptualizaciones inadecuadas. Pero aquí como en otros de sus trabajos sobre el orden moral, Park y los demás chicaguenses tendían a dejar tras de sí asuntos inacabados, más que a no llegar a desarrollar una interpretación de la vida urbana.

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las

pl a n t a s: el orden

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la

c iu d a d

Hubo en realidad un esfuerzo más sistemático por descubrir lo que se con­ sideraba la otra dimensión fundamental de la vida urbana — de hecho, de toda vida hum ana— : la cruda lucha por la existencia* Ya en su prim er trabajo importante sobre la ciudad, Park había señalado las características extremadamente variables de los barrios; también pudo atestiguar que estas características no permanecían estables con el paso del tiempo. Según pa­ labras de uno de sus discípulos (Zorbaugh, 1929, p. 235), un observador del escenario de Chicago a principios del siglo x x podía ver cómo las calles residenciales de m oda se han convertido en el corazón del distrito de las casas de huéspedes; las casas de huéspedes se han convertido en casas de vecindad; las que fueron casas d e vecindad se utilizan ahora como estudios y tiendas. U n grupo ha sucedido a otro; el m undo de la m oda se ha v u elto e l de las habitaciones am uebladas, y a este m u n d o han llegado los desastrados habitantes de los barrios bajos. E l K ilgubbin irlandés se ha transformado en el Smoky H ollow sueco; e l Smoky H ollow sueco, en la P equeña Sicilia, y ahora la P equeña Sicilia se convierte en barrio negro.

Park reflexionó sobre estos cambiantes diseños en una serie de trabajos en los que desarrollaba su “ecología hum ana”. Ésta era una perspectiva analítica en que los fenómenos peculiarmente humanos del consenso y la comunicación tenían escasa importancia, y cuya inspiración en el darwinismo social era obvia. Había un estrato de vida hum ana en que la gente tendía a comportarse como las otras cosas vivientes, un estrato “subsocial” o “biótico” en que la competencia era la forma básica de coexistencia. Aunque tales tendencias podían estar o no limitadas por factores de un orden superior como las constricciones morales, tenían gran influencia en la conformación de la ciudad moderna. Park encontró la analogía con la ecología de las plantas especialmente adecuada, y trabajó sobre la utilidad para los estudios urbanos de conceptos tales como el dominio, la simbiosis y la sucesión. Aun así, lo más importante era la competencia, y él la veía como una compe­ tencia por el espacio. Así, los habitantes más fuertes del medio urbano ocuparían los lugares más ventajosos, y otros se adaptarían a sus demandas. Con el paso del tiempo, los primeros podían expandirse, por lo cual los demás tendrían que cambiar de lugar. El principio de la simbiosis, según \ el cual diferentes habitantes se beneficiarían m utuamente de la coexistencia en un medio, era un factor modificador dentro del esquema general. Los propios escritos de Park sobre ecología hum ana eran sobre todo enun­ ciados de principios generales unidos a buenos ejemplos. Correspondió a sus

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asociados más jóvenes, particularmente a Roderick McKenzie y Ernest Burgess, elaborar los conceptos y mostrar aplicaciones prácticas; este último realizó especialmente dicho trabajo dentro del contexto de Chicago. Como la ecología hum ana estaba concebida como una sociología del espacio y puesto que la competencia era la principal fuerza de regulación, se entendía que las diversas actividades humanas se distribuirían vsegún los valores del terreno. De esto derivó Burgess su famoso diagrama ideal de la ciudad como una serie de círculos concéntricos (gráfica 1). Dentro del prim er círculo estaba el distrito comercial central — en Chicago, el loop [lazo]— con los terrenos más valiosos. El segundo círculo contenía una “zona de tran­ sición” que estaba siendo invadida desde el centro por el comercio y la industria ligera. Esto la hacía poco atractiva para la mayoría de los habi­ tantes, que, por lo tanto, escapaban a las áreas residenciales de las zonas más periféricas. Pero la zona de transición contenía todavía colonias de artistas, barrios de inmigrantes y áreas de pensiones. Sólo se trasladarían cuando pu­ dieran permitirse el lujo de rechazar su deteriorado ambiente o cuando el crecimiento del rico centro los forzara a alejarse aún más. Los procesos económicos creaban así “áreas naturales” , como lo expresaban los sociólogos de Chicago: barrios que no habían sido conscientemente diseñados sino que simplemente crecían. Esta concepción de la ciudad ha sufrido muchas críticas, en parte a causa de la tendencia de Burgess y otros a dejar una ideaBconfusa respecto de si su interpretación debía considerarse válida sólo para Chicago o para cualquier ciudad industrial, o para cualquier ciudad del tipo que fuere.3 De hecho, habría sido prudente tener solamente pretensiones más limitadas. El esquema parece presuponer, por ejemplo, una división del trabajo de gran alcance, con muy diversos usos del terreno y una separación entre la residencia y el trabajo; ignoraba el hecho de que los traslados por la ciudad serían mucho más inconvenientes en determinadas circunstancias que en otras (lo que dependería sobre todo de la tecnología del transporte), de manera que vivir en ios suburbios fuera una molestia para la gente que tenía todavía cierto poder de elección; excluía la consideración de los rasgos naturales de la sede urbana; y, además, no tiene que cumplirse siempre el presupuesto de qye el terreno estaba realmente en el mercado y no poseía valores de otro tipo. Por supuesto, el modelo se aplicaba muy bien a Chicago; aun cuando los círculos de Burgess tenían que extenderse hasta las aguas del lago Michigan por un lado y había que quitar importancia a las diferencias norte-sur. 3 Los textos que comentan los determinantes del uso del territorio urbano, tal como lo inspiró inicialmente el esquema de Burgess, son en la actualidad muy extensos. Schnore (1965) y London y Flanagan (1976) son de los escritores que proporcionan útiles perspectivas comparativas.

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G r á f ic a

1. Diagrama ideal de la ciudad desarrollado por Burgess.

Ésta era una ciudad nueva donde ningún sentimiento por áreas particulares se había vuelto lo bastante fuerte para alterar los procesos económicos; era, además, un lugar plano. Y a pesar de las limitaciones que pudiera tener ese marco de referencia, fue importante en la orientación de los sociólogos de Chicago. En el caso de los estudios a que prestamos especial atención más adelante, les dio bases en territorios particulares, sobre todo dentro de la zona de transición. Pero, como veremos, en estos casos la localización del fenómeno en el espacio era generalmente sólo el prolegómeno al trabajo etnográfico en que los conceptos ecológicos, tal como estaban, se veían su­

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perados tanto por factores culturales como por otros factores de la conciencia humana. En otros estudios, la dimensión espacial resultaba más importante, ya que se dedicaban al análisis en gran escala de la distribución de fenó­ menos sociales particulares en la ciudad. Hemos visto que Park, como perio­ dista, ya había experimentado con mapas de distribución de las cosas que investigaba. En la Universidad de Chicago esta idea fue adoptada como una importante herram ienta de investigación, y Burgess en s particular dedicaba normalmente sus clases de "patología social” a la elaboración de tales mapas. El resultado acumulativo de las investigaciones de este tipo fue una serie de estudios correlativos que empleaban datos cuantitativos abstractos, que no es, como sugerimos en el capítulo precedente, la forma de conceptualización e investigación que en general favorecen los antropólogos. Pero en la ecolo­ gía sociológica urbana se volvió cada vez más dominante, sin cambiar fun­ damentalmente cuando estudiosos posteriores intentaron reconstruir la pers­ pectiva para evitar algunos errores propios de los inicios de la escuela de Chicago. Así pues, al concentrarse en los datos de conjunto y desatender la visión interior, se había tomado un camino distinto del que atrae más al antropólogo. Park, por su parte, dudaba de si era acertado ignorar datos cualitativos, pero también tenía la decisión de hacer científica a la socio­ logía. Y la ciencia en esa época creía mucho en las medidas. Así pues, alrededor de 1930, en la Universidad de Chicago y en otros sitios, lo que se llamaba sociología urbana empezó a separarse de la etnografía.

L os

ESTUDIOS DE CHICAGO COMO ANTROPOLOGÍA

Parece justificado sugerir, pues, que se crearon en Chicago dos tipos de estudios urbanos, concebidos unidos pero que derivaban en direcciones dis­ tintas según los términos de las actuales distinciones entre inclinaciones disci­ plinarias. Uno se volvió más estrechamente sociológico, y hay una línea de descendencia seguida desde él hasta la actual sociología urbana. El otro, más antropológico, podría decirse que sólo por adopción puede formar parte de la ascendencia de la antropología urbana. De paso, podemos señalar que la relación es un tanto más fuerte que eso. Cuando el programa de investigación urbana se puso en marcha, el divor­ cio entre la sociología y la antropología aún no había ocurrido en la U ni­ versidad de Chicago. H asta 1929 no se creó un departamento de antropología separado. No es muy conocido el hecho de que Leslie White fue producto de este departam ento adjunto, ya que su posterior antropología evolutiva tenía pocas semejanzas obvias con las preocupaciones de los urbanistas de Chicago. W hite ha comentado después que Park fue el maestro más estimu-

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lahte que tuvo en Chicago, aun cuando no sabía bien qué había aprendido de él (Matthews, 1977, p. 108). Por otra parte, Robert Redfield, quien obtuvo su doctorado en el departam ento más o menos al mismo tiempo, llevó las preocupaciones chicaguenses al corazón de la antropología, como veremos en el siguiente capítulo; era, además, yerno de Park. Tam bién es importante señalar que en esa época los sociólogos todavía tenían cuidado de familiarizarse con el estado actual de la antropología (y los antropólogos con el de la sociología), más de lo que tienden a hacer recientemente. Además, la Universidad de Chicago tenía una atmósfera inte­ lectual en la que los contactos entre las diversas ciencias sociales eran extra­ ordinariamente fuertes. En este contexto debemos considerar el hecho de que Thomas, ya en 1909, había publicado el Source Book for Social Origins [Guía de los orígenes sociales], importante compendio de datos etnológicos que, en edición revisada de 1937, tuvo el nuevo título de Primiíiue Behavior [Comportamiento primitivo]. En su artículo de 1915 sobre los estudios urba­ nos, Park señalaba q u e el método antropológico podía ser u n a fuente de inspiración para las futuras investigaciones urbanas; esta observación suya ha sido citada repetidas veces: La antropología, la ciencia d e l hom bre, se ha preocupado sobre todo, hasta ahora, por el estudio de los pueblos prim itivos. Pero el hom bre civilizado es un objeto muy interesante de investigación, y, al m ism o tiem po, su vida está más abierta a la observación y el estudio. -La vida y la cultura urbanas son más variadas, matizadas y complicadas; pero los m otivos fundam entales en ambos casos son los mismos. Los mismos pacientes m étodos de observación que antro­ p ólogos com o Boas y L ow ie han em pleado en el estudio de la vida y maneras d e los indios norteam ericanos podrían ser em pleados, incluso más fructífera­ m en te en la investigación d e las costumbres, creencias, prácticas sociales y concepciones generales de la vida que prevalecen en la Pequeña Italia, sita en el lado norte inferior de Chicago, o en el registro de las com plejas formas folklóricas de los habitantes d e la. Greenwich V illage y alrededores de la Plaza W ashington, en N ueva York [Park, 1952, p. 15].

Sin embargo, Park tenía también otras fuentes para una aproximación etnográfica a la vida urbana —su experiencia periodística era una de ellas, el naturalismo literario de Zola, Dreiser y Upton Sinclair era otra—, y lo im portante no es sólo la genealogía intelectual. El punto clave es más bien que, sin im portar de dónde hayan venido las influencias originales ni a dónde hayan ido a parar inmediatamente después, muchos de los estudios resultaron más bien semejantes a la antropología urbana de hoy día. Esto no es tan cierto en lo que se refiere a la teoría explícita, cuanto en relación con la elección de los métodos y temas, y la forma de presentación. L a batería

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metodológica de estos chicaguenses era similar a la de los antropólogos al subrayar la observación de los fenómenos sociales en su escenario natural pero incluyendo también entrevistas informales, encuestas y la recolección de documentos personales como historias de individuos, en una mezcla que varia­ ba de un estudio a otro. Al entretejer los datos reunidos por estos medios, los resultados eran etnografías bien redondeadas con un énfasis en la pre­ sentación cualitativa. Y, como pueden m ostrar los siguientes esbozos de cinco de los estudios más conocidos, los temas seleccionados eran instituciones y formas de vida de tipos que han tendido a atraer también el interés de los más recientes antropólogos urbanos.

L os

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“ h o b o h e m ia ”

De la serie de estudios famosos sobre los mundos sociales de Chicago, el primero que se publicó fue The Hobo, de Neis Anderson de 1923. El kobo,* tal como Anderson lo conoció, era un trabajador migratorio, en general nacido y criado en Estados Unidos, que se movía por el país sin seguir ningún plan fijo. La construcción y las granjas, el trabajo en los bosques, la pesca y cualquier cantidad de trabajitos temporales podían emplear al hobo. Pero poco después del estudio de Anderson, se volvió obvio que este tipo particular de nóm ada moderno era uná especie en extinción. El kobo había formado parte de una segunda frontera norteamericana, que se movía hacia el Oeste con aproximadamente dos décadas de retraso respecto de la prim era fron­ tera, tras los ferrocarriles. Las nuevas poblaciones y ciudades, nuevas fincas agrícolas e industrias, hacían posible una fuerza de trabajo móvil, y en parte incluso ía demandaban. Al cerrarse también esta frontera, las salidas para los trabajadores transitorios se hicieron más escasas. Y con ello el hobo pasó a la historia de la frontera. Gran parte del territorio cubierto por la sociedad de los hoboes quedaba, desde luego, más hacia el Oeste, pero Chicago era con todo la capital del hobo: a Chicago viajaban los hombres entre un trabajo y otro; era la ter­ minal de importantes ferrocarriles, y los hoboes eran habituales polizones de los trenes de carga. Ellos mismos habían tomado parte en la construcción de las vías de ferrocarril, y en Chicago, como en otros sitios, sus asentamientos ilegales, conocidos como jungles (selvas), estaban a menudo localizados jun* H obo tiene en inglés el doble significado de “trabajador migratorio” y de “va­ gabundo, vago, mendigo” . Como se trata de un tipo social bien definido y sin equi­ valentes, como sería el ctochard francés, mantengo la palabra inglesa que lo desig­ na. [T.]

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tb a las vías. Pero en Chicago las “selvas” no eran sino una parte del mundo del hobo. La kobo hernia de Anderson formaba parte de la zona de tran­ sición, área con pensiones baratas que podía competir con los incómodos asentamientos ilegales, pero también un lugar donde el hobo podía relacio­ narse con una variedad de personas e instituciones. Neis Anderson estaba particularmente bien equipado para emprender un estudio de la vida del hobo: él mismo había abandonado la escuela secun­ daria para convertirse en joven hobo. Vagó durante algún tiempo por el Oeste, hasta que una familia de granjeros de U tah que le había dado trabajo lo animó a volver a la escuela y seguir a continuación estudios universi­ tarios. Se pagó los estudios haciendo trabajos eventuales; luego un maestro le aconsejó hacer estudios de posgrado en sociología, en Chicago. Al prin­ cipio utilizó su experiencia previa como material para los trabajos del curso; después se obtuvieron fondos para que pudiera continuar sus estudios en dicho campo. Para Anderson como sociólogo, esto era observación partici­ pante; para Anderson c o m o hobo, el estudio era una m anera de “salir ade­ lante” . Y el campo de investigación eran las propias calles, callejones y cantinas donde había vendido periódicos de niño. Anderson estimaba que de 300 mil a 500 mil hombres sin hogar pasaban por Chicago cada año, y se quedaban sólo unos días o periodos más largos, según una variedad de factores, tales como el estado del mercado de trabajo y la época del año. D urante el invierno se quedaban en la ciudad temporadas más largas. En cualquier momento dado habría entre 30 mil y 75 mil de estos hombres en Chicago, Pero los hombres sin hogar que así se reunían por las “principales arterias” de los barrios transícionales de Chicago no eran todos hoboes. Podían distinguirse cinco grandes tipos, según Anderson, y el hobo sólo era uno de ellos. El primero era el trabajador de temporada, que seguía aproximadamente un ciclo anual regular, casi siempre de trabajo agrícola, como los trabajadores migratorios de los cultivos norteamericanos de hoy. En la terminología del nomadismo, su rutina migratoria podía ser considerada una especie de trashumación. El segundo tipo era el hobo, tam ­ bién trabajador migratorio, pero que no seguía un itinerario predecible y recurrente. El tercer tipo, migratorio pero no trabajador, era el tramp (vaga­ bundo), que vivía de la mendicidad y tal vez del robo. Los del cuarto grupo formaban la kome guará (guarnición lo cal); eran trabajadores, pero no migratorios. Mientras que el hobo generalmente no tomaba empleos en Chicago, el guarda local era una especie de contrapartida urbana y locali­ zada de aquél; pérmanecía en la misma comunidad pero iba de un trabajo mal pagado a otro no calificado, con sus raíces, si acaso las tenía, en la sociedad callejera de la hobohemia. El quinto tipo era el burn (vago, hol­ gazán), más arruinado que ninguno, que no trabajaba ni se desplazaba.

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Entre estos tipos había, desde luego, gradaciones, y los hombres pasaban constantemente de una categoría a otra. No siempre era fácil saber por qué los hombres sin hogar habían llegado a serlo, pues el pasado de cada hombre era su secreto, aunque las noticias menos personales sobre las condiciones de vida en el camino se intercam­ biaban muy voluntariamente, Pero podían entreverse una variedad de razo­ nes: algunos simplemente buscaban nuevas experiencias; otros eran empu­ jados fuera de los empleos regulares por contracciones del mercado de trabajo; otros más tenían detrás de sí crisis familiares; algunos sufrían taras físicas o mentales. Con las condiciones de vida y trabajo que enfrentaban los hombres sin hogar, la mayoría term inaría más tarde en esta últim a ca­ tegoría. El alcoholismo se llevaba su parte, lo mismo que el consumo de drogas, en menor escala. Los hombres tenían muy pocas contrapartidas femeninas.4 La mayoría no estaban casados; algunos se habían separado de sus familias. Las prácticas homosexuales se presentaban con cierta frecuencia, tal vez especialmente en los campos de trabajo, así como en otras situaciones de aislamiento sexual. En Chicago había más oportunidades de encontrar compañía femenina, en las salas de bailes, entre las muchachas de los teatros de vodevil o con las pros­ titutas. Algunos se instalaban con sus compañeros y dejaban el mundo de los que carecían de hogar, pero para la mayoría sólo había relaciones transi­ torias. Las relaciones entre hómbres y mujeres en la hobo hernia eran sólo uno de los muchos ejemplos de simbiosis entre los hombres sin hogar y otros grupos e instituciones. H abía alrededor de cincuenta oficinas de empleo que mantenían a los hoboes yendo y viniendo entre Chicago y el Oeste. H abía prestamistas, restaurantes donde se podía comer un menú poco entusiasmante por diez centavos, hoteles baratos y pensiones de mala muerte para pasar la noche. Había escuelas de barberos donde los aprendices necesitaban a 4 Existe, no obstante, la autobiografía de una mujer hobo, “Box Car Bertha”, Sister of the R oad, publicada tal como se relató al doctor Ben L. Reitman (1975; primera edición en 1937). Reitman, al que se menciona en el libro de Anderson, era a su vez una persona llamativa. Abandonado de pequeño por sus padres, a los ocho años hacía recados a las prostitutas y unos años después se embarcó. Cuando trabajaba de conserje en el policlínico de Chicago, llamó la atención de los médicos, quienes le ayudaron a recibir una educación médica. Participó intensamente en el mundo de los hoboes, sobre todo en sus actividades educativas, pero fue asimismo un personaje bien conocido en el mundo bohemio de Chicago y en el D ill Pickle Club que Zorbaugh mencionó en The Gold Coast and the Slum. Durante un largo período fue amante de Emma Goldman, la anarquista; se supone que tuvo también amoríos con la viuda de Albert Farsons, activista política, cuyo marido había sido uno de los dirigentes laboris­ tas radicales que fue ahorcado por haber tomado parte en el Haymarket Affair (véase Adelman, 1976, pp. 109-114).

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álguien en quien practicar: alguien que no se quejara de los resultados mientras el precio fuera bueno. M ientras que en la ciudad los hoboes tenían mucho tiempo libre, pero poco dinero, se pasaban la mayor parte del tiempo caminando por las calles de arriba abajo, m irando los escaparates en busca de comida y trabajo. Iban hasta la plaza Washington —“Bughouse Square” [Plaza del Manicomio] en los mapas de los hoboes— para oír a los oradores callejeros soltar discursos sobre variados temas de ciencia, política, economía y religión. Se paraban a escuchar los cantos de los coros de las misiones o la inspirada habilidad verbal de los vendedores ambulantes. Si su situación económica era par­ ticularmente mala podían dedicarse ellos mismos a la venta ambulante o a la mendicidad. Si bien los más de estos hombres eran tal vez hostiles a la reli­ gión organizada, algunos podían aceptar ser “convertidos” a cambio de cama y comida; pero esto era más común entre bums (vagos, holgazanes) y tramps (vagabundos) que entre los hoboes. La designación para ellos era mission stifjs [vagos de la misión]: aquellos hombres errantes tenían un vocabulario muy desarrollado de tipos sociales que les permitía comunicarse eficazmente acerca de las adopciones y personalidades de su mundo en cons­ tante flujo. Un jungle buzzard [gallinazo de la selva] vivía de pedir limos­ na en las “selvas” y lavaba las cacerolas y teteras de los demás a cambio de comerse lo que había quedado en ellas. U n jack roller * robaba a los otros vagabundos mientras estaban borrachos o dormidos; Clifford Shaw (1930), también de la escuela de Chicago, hizo ‘un famoso estudio biográfico sobre un joven de este tipo. U na gun molí ** era una vagabunda peligrosa. T al como los esquimales tienen un elaborado conjunto de designaciones para las diferentes clases de nieve, los hoboes necesitaban términos con los que pensar y hablar de tipos de personas. Aunque hizo poco más que señalar la existen­ cia de estos términos, la atención que Anderson les prestó se podría considerar como un primer paso en dirección de un estudio etnocientífico del nomadismo urbano, continuado más recientemente por Spradley (1970, 1972), cuyos estudios sobre los vagabundos han demostrado que algunos de los mismos términos estaban todavía en uso cerca de cincuenta años después. * D e jack, “dinero”, y roller, aquel que roba a ebrios; es slang de Chicago. Véanse Harold Wentworth y Stuart B. Flexner: Dictionary of American Slang; Thomas Y. Crowell, Publishers, Nueva York; y Jack London: The Road. [Editor.] ** Gun molí, voz del slang estadounidense, tiene dos acepciones: la primera — que es a la que sé refiere el autor— , “ladrona, delincuente” (de gonif — slang también-—, “robar” ) ; la segunda, “mujer cómplice de un delincuente” — de un gángster, por ejem­ plo—- (por creerse que derivaba de la voz — no slang— gun: “arma” ). M olí, que desde el siglo xvm significaba 1) “mujer”, “novia” y 2) “prostituta”, se empezó a emplear —quizá por lo antes dicho— a partir más o menos de 1930 con el significado de “querida o cómplice de un gángster”. Véanse Wentworth y Flexner, op. cit. [Editor.]

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La móvil forma de vida del hobo obviamente no permitía ninguna orga­ nización social sólida; y los hombres m antenían las agencias exteriores, como las misiones y casas de caridad, a cierta distancia. Sin embargo, había un par de organizaciones que no sólo eran para el hobo, sino, en cierta medida, también suyas. Ambas tenían el objetivo político de mejorar la situación del trabajador migratorio, pero sus estrategias diferían. U na era la refor­ mista International Brotherhood Welfare Association [Asociación Internacio­ nal Fraternal de Beneficencia], i b w a , fundada por James Eads How, here­ dero de una fortuna familiar, que esperaba hacer desaparecer la pobreza mediante la educación. Con ese fin, m antenía ‘'colegios para hoboes”, salas de conferencias donde los hombres podían venir a escuchar ponencias y discutir las cuestiones del día. La i b w a tenía también hostales. Aun así, en virtud del control de How sobre los fondos, sólo podía ser parcialmente un organismo de los propios hombres sin hogar: en parte seguía siendo un instituto de caridad, aunque estaba dedicado a la finalidad de lograr “una sociedad sin clases”. Con ello difería grandemente del otro organismo,, el cual tenía una influencia importante en la sociedad de los hoboes: Industrial Workers of the World [Trabajadores Industriales del Mundo], iw w , los wobbties. L a iw w , desde luego, no tenía por objetivo solamente organi­ zar a los hoboes, pero entre ellos encontró su más fuerte apoyo, y esto con­ tribuyó a convertir a Chicago en capital de los wobblies. No obstante, sus organizadores viajaban ampliamente por el Oeste, vendiendo los rojos carnés de miembro, a veces mediante la persuasión ideológica, a veces mediante amenazas. Por lo menos algunos de los hoboes podían ser, por tanto, con­ siderados como una parte políticamente consciente de un lumpenproletariado. Eran los que apoyaban a las librerías radicales de la hobohemia, leían el Hobo News y el Industrial Solidarity, y, según una lista de lecturas recomen­ dadas de la Iw w , de abril de 1922, podían reflexionar sobre el significado de Ancient Soáety, de Lewis Henry M organ. Procuraban difundir su men­ saje hablando en la “Plaza del M anicomio” ; algunos de ellos intentaban escribir también; aunque pocos, como Joe Hill con sus canciones, lograban algún reconocimiento por sus esfuerzos siquiera entre los demás hoboes. T al vez porque Anderson, con su pasado, pudo hacer del libro una “inves­ tigación interior”, The Hobo está entre las mejores monografías de Chicago en términos de riqueza etnográfica. Si había cierta vena de romanticismo en su imagen del mundo de los hombres sin casa ni hogar, ello puede haberse debido en parte a una tendencia general entre los sociólogos de Chicago y en parte a cierta nostalgia propia. Pero esta nostalgia, a su vez, podía quizá basarse en una conciencia de que, al menos para el hobo, este m undo podía contener una forma de vida razonablemente viable y una visión coherente del mundo. El hobo, escribió Park en The City [La ciudad], era

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“el bohemio en las filas del trabajo común”, Pero si algunos podían pensar que era un modo de vida que tenía sus satisfacciones, sin duda no era así para todos los hoboes, y probablemente lo era aún menos para el tramp y el bum. Habiendo desaparecido el hobo y quedando sólo estos últimos, los barrios frecuentados por vagos y desarraigados de las ciudades norteameri­ canas, sucesores de la hobohemia como barrios de los hombres sin hogar, apenas si se quedan con poco más que los elementos de la tragedia hum ana.

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p a n d il l a s

En los años veinte, Chicago tenía una multitud de organizaciones con nom­ bres como “Baldes de Sangre”, “los Sucios Jeques” * y “las Gimientes Vam ­ piresas” ** y “los Rudos de Hawthorne”. Estos y otros ejemplos de mu­ chachitos y jóvenes en grupos (que incluían pocas veces mujeres) fueron el tem a de T he Gang [La pandilla], de Frederic M. Thrasher, publicado por primera vez en 1927, investigación precursora sobre la delincuencia en la vida urbana. Su subtítulo lo describía como “un estudio sobre 1. 313 pandillas de Chicago” ; cifra enorme si consideramos que los más recientes estudiosos de las pandillas a menudo se han conformado con cubrir una, y también una cifra que puede sugerir que este estudio consistiría en la manipulación esta­ dística de datos cuantitativos masivos. Y sin embargo, tal no es el caso, ya que los datos de Thrasher sobre las diversas pandillas no eran estrictamente comparables, y por tanto, en general, se adaptan mal a semejante trata­ miento. Algunos datos procedían de informaciones periodísticas, otros, de la observación personal, otros más de los documentos personales de miembros de las bandas y de observadores del mundo pandilleresco, (Thrasher al parecer se ganó el favor de muchos pandilleros mostrando sus habilidades como mago.) De hecho, no está claro exactamente cómo enumeró sus pan­ dillas Thrasher. Contarlas y separarlas como entidades discretas ciertamente presentaría sus dificultades, pues “el proceso de formación de las pandillas es un continuo flujo y reflujo, y hay poca permanencia en la mayoría de los grupos” . Algunas sólo tenían tres miembros; otras incluían miles. En el primer caso, por supuesto, un característico “ahora lo ves, ahora no lo ves”, debe de haber sido inescapable. M ientras Thrasher pudo ofrecer tablas de datos numéricos sobre algunas * En inglés, sheiks (jeques). En la jerga de aquellos tiempos sheik significaba “tenorio”, “conquistador” . D e la novela de Edith M. Hull The Sheik, que para el cinematógrafo protagonizó Rodolfo Valentino. [Editor.] ** En inglés, shebas, En el loop de Chicago se llamaba sheba a la “mujer fatal”, “vampiresa”. [Editor.]

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características de las pandillas —pero sólo para proporciones muy variables de las poblaciones de 1. 313— empleaba la amplitud de su información sobre todo para indicar temas y variaciones. U n lector tardío de Gang, aparte de tal vez impacientarse un poco con algunos de los argumentos psicológicos, podría encontrar esta presentación a veces un poco desenfocada o, en el peor de los casos, contradictoria. Cuando se trata de generalizar sobre grupos de muy diferentes orientaciones y membrecías, tales problemas son previsibles. Por ejemplo: aunque la mayoría de los miembros de las pandillas eran adolescentes, Thrasher tenía grupos con miembros de hasta seis años de edad y otros con pandilleros de hasta cincuenta. Ciertamente habría sido una tarea más manejable ocuparse de un número menor de grupos, o de grupos de un tipo más claramente delimitado. En cambio, lo que Thrasher ofreció a sus lectores fue un panoram a general de todo el complejo pandilleril, irritantemente oscuro en ciertos sentidos pero muy iluminador en otros.5 Un descubrimiento importante fue que la formación de pandillas tenía un aspecto territorial. Surgían en un terreno propio que coincidía bastante con la zona de transición del esquema ecológico de Burgess. Probablem ente el concepto más im portante del estudio es el térm ino intersti­ cial; es decir, q ue pertenece a espacios situados entre u n a cosa y otra. En la naturaleza las materias extrañas tien d en a reunirse y apelmazarse en todas las grietas, hendiduras y resquebrajaduras: los intersticios. T am b ién hay fisuras y fallas en la estructura de la organización social. Isa pan d illa se puede con­ siderar como u n elem en to intersticial en e l marco de la sociedad, y el terri­ torio pandilleresco com o una región intersticial en el trazado de la ciudad [Thrasher, 1963, p. 20].

El punto era im portante, primero, porque sugería que las pandillas for­ maban parte de las características sociales del área misma, más que de cualquier grupo particular de gente que llegara a encontrarse allí. Thrasher observó que una variedad de grupos inmigrantes habían pasado por la zona de transición como lugar de primer asentamiento y que, en tanto que todos tendían a formar pandillas mientras estaban allí, sus tasas de formación de pandillas generalmente declinaban drásticamente cuando se trasladaban fuera del lugar. Así, las pandillas debían considerarse como una parte integrante de la desorganización social que él juzgaba típica de la zona de transición. A pesar de ello, no podía ignorar totalmente las formas en que la etnicidad canalizaba la vida pandilleril. De las 880 pandillas sobre las cuales 5 La biografía escrita por Shaw, The Jack-Roller (19 3 0 ), es un útil complemento al trabajo de Thrasher, pues proporciona un estudio de caso extenso y coherente de la vida de un joven pandillero.

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tenía datos relativos a la composición étnica, alrededor del 60% era exclu­ siva o predominantemente de un solo grupo étnico. Como es de suponer, algunos grupos étnicos constituían más pandillas que otros, simplemente por conformar una proporción más alta de la población. Pero también había algunas variaciones en cuanto a esta proporción: los polacos, italianos, irlan­ deses y negros tenían desde este punto de vista muchas pandillas; los alema­ nes, judíos y suecos tenían pocas. En parte, pero no totalmente, esto- estaba en función de qué grupos étnicos habían empezado ya a salir de la zona de transición, como calculaba Thrasher con las cifras de Chicago en su con­ junto. Además, estas cifras no nos dicen si algún grupo étnico daba origen a pandillas más grandes que los otros, de modo que un número pequeño de pandillas pudiese abarcar a una parte relativamente grande de la población. Probablemente, sin embargo, había también algunas diferencias culturales y de organización reales entre los grupos étnicos: Thrasher se valió del con­ traste entre judíos e irlandeses como ejemplo. No obstante, la etnicidad no era el único fundamento, quizá ni siquiera el más importante, de la formación de las pandillas ni de los conflictos pandilleriles: había antagonismo entre grupos de diferente nivel económico, y la homogeneidad étnica puede a menudo haber sido una coincidencia con la territorialidad. Los pandilleros se reclutaban generalmente a nivel del vecin­ dario, y dado que gran parte de la zona de transición consistía en una variedad de barrios étnicos, las pandillas étnicas erap una consecuencia natural. Si estos barrios se veían amenazados por la invasión de otro grupo, la solidaridad étnica de la banda podía verse aum entada, ya que el conflicto entre pan­ dilleros se convertía en una expresión de la lucha. Por otra parte, allí donde los barrios mixtos habían alcanzado cierta estabilidad, las pandillas también eran mixtas. T hrasher encontró el origen de las bandas en los pequeños e informales grupos de juego de los niños, incluso antes de la edad escolar; ésa era una ra­ zón por la que pensaba que había que considerarlo todo desde estos grupos hasta la política de camarillas y el crimen organizado, como un solo campo social. Gradualmente, los grupos adquirirían una estructura interna y tradi­ ciones compartidas. Lo que finalmente convertía a un grupo en una pandilla era, sin embargo, la reacción de oposición y desaprobación por parte de quienes la rodeaban: la pandilla era un grupo en conflicto. Ciertamente, no siempre estaba en un conflicto agudo. Thrasher observó que gran parte de sus actividades consistían simplemente en vagar por ahí y explorar el mundo, ensayando nuevos modelos de comportamiento y creando románticas fantasías para distraerse, al menos momentáneamente, de su res­ tringido ambiente. Excursiones, deportes, teatros de revísta y películas de suspenso tenían un papel tan importante en esto como las peleas entre

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bandas. En ello veía Thrasher una inacabable búsqueda de experiencias nue­ vas, uno de los “cuatro deseos” que Thomas ha formulado como los princi­ pales resortes de las motivaciones hum anas.6 Pero no relacionó muy clara­ mente esta búsqueda con la posición estructural de los pandilleros. Mientras que sociólogos de la delincuencia más recientes, con una concepción más socializada del hombre, a menudo han considerado el Comportamiento pandilleril en términos de inseguridad de posición social y problemas similares, para Thrasher era un signo de independencia. El territorio de la pandilla era una frontera moral y cultural, donde la naturaleza hum ana podía expre­ sarse crudamente, y el pandi llero era u n hombre de frontera. Pero volvamos a la relación con los conflictos. Esto no tomaba una forma idéntica ni igualmente aguda en todas las bandas; por ello, Thrasher delineó una tipología que nos permite entender un tanto las variaciones. El “tipo difuso” era sólo una pandilla rudim entaria. Sus miembros podían vivir en el mismo barrio e interactuar así diariamente, y en ocasiones peleaban juntos. Pero las lealtades o la estructura interna no estaban fuertemente desarrolla­ das. U na pandilla de este tipo podía d ar origen, en general a causa de un conflicto más amplio, al “tiposolidificado”, “una maquinaria de lucha bien integrada, mediante la cual la pandilla presenta un frente sólido ante sus enemigos” . Éste era el tipo más puro de grupo en conflicto, que valoraba el conflicto mismo, atesoraba su reputación de dureza y m antenía un có­ digo de lealtad estricto. Solía constar de un grupo de adolescentes. Cuando sus miembros crecían, y si no abandonaban simplemente la vida pandilleril, podía haber algunas secuencias de desarrollo optativas. La pandilla podía convertirse en una sociedad secreta, con rituales al parecer motivados por arrebatos de misticismo. Éste quizá sería un grupo en general pacífico, que buscaba un modelo de organización grupal con algún prestigio en la sociedad más amplia y que continuaba proporcionando sociabilidad a sus miembros. O tra posibilidad era que se convirtiese en un “tipo convencionalizado” de pandilla, descartando su orientación conflictiva más burda y alcan­ zando la legitimidad como “club” con algún propósito socialmente aceptable. L a variante más común era el club atlético, a partir del cual al menos algunos miembros establecerían contacto con los deportes organizados. Pero con frecuencia se vinculaba también a la política, ya que un político marrullero le daba su patronazgo a cambio de diversos tipos de apoyo, como el de promover su voto el día de las elecciones. Ésta era una posibilidad de que la pandilla se integrara a la estructura más amplia del mundo adulto. O tra era que se orientara más instrumentalmente al crimen y se uniera de modo definitivo al mundo clandestino. Muchas pandillas, por supuesto, 6 Los “cuatro deseos” eran, a saber: experiencia nueva, seguridad, respuesta y reco­ nocimiento (véanse Volkart 1951, pp. 111 ss.; Thomas 1966, pp. 117 « .)

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tenían el hábito ocasional de robar, por una mezcla de motivos económicos y expresivos, y sus barrios eran a menudo baluartes del crimen organizado

que podían desempeñar algún papel en su socialización informal. Algunas bandas tenían sus propios Fagins*, observa Thrasher. Y durante 3a ley seca,, había un amplio margen para las actividades ilícitas. Guando las pandillas se convertían en sociedades secretas o clubes atléticos,, necesariamente adquirían una estructura más formal. En otros tipos de pandillas, las relaciones internas solían estar ordenadas más informalmente; si bien tal orden podía también estar entreverado con la organización formal. En virtud de la atención que prestó no sólo a los líderes sino también al papel del “chistoso”, los “niñitas”, los “fanfarrones” y los “tontos” del grupo en la división instrumental y expresiva del trabajo dentro de la pandilla, T hrasher actuó de un modo más específicamente microsociológico que la mayoría de los sociólogos de Chicago y mostró una notable percepción de la dinámica del pequeño grupo. En esto, así como en el descubrimiento de la raigambre de las pandillas en las estructuras de la política de camarillas y el crimen organizado, prefiguraron los logros de William F. Whyte (1943) en Street Comer Society [La sociedad de la esquina], Whyte pudo, desde luego, ser más sistemático en algunos sentidos, ya que se ocupó sólo de una banda, y estableció definitivamente el hecho de que el barrio bajo tiene una orga­ nización social propia, más que una mera desorganización. Pero Thrasher, aun ateniéndose estrictamente al vocabulario de sus colegas, no estuvo muy alejado de ese descubrimiento: Las pandillas representan el esfuerzo espontáneo d e los m uchachos por crear un a sociedad para sí mism os allí donde no existe ninguna adecuada a sus necesidades [ . . . ] Las costumbres e instituciones encargadas norm alm ente d e dirigir y controlar no han logrado funcionar eficazm ente en la experiencia d el muchacho; lo cual está indicado por la desintegración de la vida fam iliar, la ineficacia de las escuelas, el form alism o y exterioridad de la religión, la corrupción e indiferencia d e la política local, los bajos salarios y m onotonía d e las ocupaciones, el desem pleo y la falta de oportunidades para una recrea­ ción satisfactoria. T od os estos factores entran en la im agen de la frontera moral y económ ica y, unidos al deterioro de la vivienda, la salubridad y otras condiciones de vida en los barrios bajos, dan la im presión de desorganización y decadencia generales. La pandilla funciona respecto de estas condiciones de dos maneras: ofrece u n sustituto de lo que la sociedad no es capaz de dar y proporciona alivio a la supresión y al com portam iento desagradable [Thrasher, 1963, pp. 32-33].

* D e Fagin, personaje dé la novela de Dickens: Oliver Twist. Persona que recibe objetos robados o que adiestra a ladrones, o que realiza ambas actividades. [Editor.]

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En otras palabras: la pandilla misma era una organización más que una desorganización, una adaptación a un medio ambiente indiferente. Éste sería un ejemplo suficientemente obvio de cómo a veces los conceptos de la escuela de Chicago traicionaban la observación de la ciudad de Chicago.

E l b a r r io j u d ío e n E u r o p a y e n E s t a d o s U n i d o s

El libro de Louis W irth, The Ghetto (1928), fue, en mayor medida que las demás monografías sobre barrios particulares de Chicago, un trabajo de his­ toria social, cosa nada sorprendente, puesto que el barrio judío hizo su aparición en Estados Unidos con un pasado ya hecho y obvio en el Viejo Mundo, Así pues, W irth dedica casi la prim era m itad de su libro a tratar el fenómeno del gueto en Europa, desde los tiempos de la diáspora hasta el siglo xix, caracterizado por la emancipación en Europa occidental y por la creciente represión en el Este. Al principio, los guetos eran concentra­ ciones voluntarias de judíos en barrios particulares; con el paso del tiempo, la separación quedó públicamente regulada, al tiempo que los medios de vida de los judíos se circunscribían cada vez más a un número limitado d e nichos. Por una parte, la historia del gueto en Europa es, pues, la de una institucionalización de una frontera étnica. Los judíos eran útiles por lo menos para algunos sectores de la sociedad que los rodeaba, y por tanto ampliam ente tolerados, pero con continuos acosos y estallidos persecutorios que un miembro de la minoría difícilmente podía permitirse olvidar. Por o tra parte, el gueto tenía una considerable autonomía en cuanto a sus asuntos internos se refiere. El m undo exterior tendía a tratarlo como una comunidad unificada, responsable en su conjunto de la conducta de sus miembros. Los impuestos, por ejemplo, se les exigían como una suma global a los funcio­ narios de la sinagoga. Dentro de esta comunidad, las instituciones religiosas, legales, educativas y de beneficencia crecieron, encerrando a los moradores del gueto en una red vital que los conectaba entre sí y los separaba de los que quedaban fuera. Pero también tenía una dimensión informal y emo­ cional apenas menos im portante para el hombre del gueto. Mientras que sus contactos con el mundo exterior eran categóricos y abstractos, dentro de su propia comunidad estaba en su casa. Aquí podía descansar de la etiqueta y el formalismo con que regulaba su conducta en el mundo de los gen­ tiles. El ghetto ofrecía liberación. El mundo en su conjunto era frío y ajeno, su contacto con él estaba confinado a relaciones abstractas y racionales; pero dentro del ghetto se sentía libre [ ...] Siempre que volvía de un viaje a un mercado lejano o de su trabajo diario, que tenía que realizarse las más de las veces en el mundo gentil, volvía al rincón familiar, para ser allí recreado

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y reafirmado com o hom bre y com o judío. Incluso cuando estaba m uy lejos de su gente, vivía su verdadera vida interior en sus sueños y esperanzas acerca d e ella. C on su propia gen te podría conversar en esa lengua hogareña y fam iliar que el resto del m undo no podía entender. Estaba unido por problem as co­ m unes, por numerosas cerem onias y sentim ientos a este peq u eñ o grupo que vive su propia vida sin recordar al m undo que queda más allá de los confines del ghetto. Sin el respaldo de su grupo, sin la seguridad de que disfrutaba e n , este circuito interior de amigos y com patriotas, la vida habría sido intolerable.

En su tratamiento del gueto europeo, W irth empleó particularm ente el ejemplo de Frankfurt, el más famoso de los barrios judíos de Europa occi­ dental. Pero durante el siglo xix, los judíos de Europa occidental fueron arrastrados cada vez más a la corriente central de vida de sus respectivas sociedades. Muchos estuvieron en la prim era línea de la ilustración inte­ lectual cosmopolita. En Europa oriental, la situación era muy diferente. A me­ nudo aislados en medio de una sociedad campesina, los judíos continuaron volviéndose hacia el interior de su propia comunidad, y su visión del m undo siguió estando fuertemente teñida de misticismo. M ientras los guetos occiden­ tales empezaban a disolverse, las comunidades orientales seguían encasilladas en su posición de minoría. Esta diferencia entre el Este y el Oeste europeos fue un hecho de fundamental importancia cuando empezó la historia del gueto norteamericano. ¿Cómo era, pues, el gueto de Chicago, según la descripción de W irth? P ara empezar, durante un periodo de varias décadas de la vida de los judíos en la ciudad, realmente no existía nada que pudiera llamarse un gueto. L a pequeña comunidad judía, que reclutaba a sus nuevos miembros me­ diante un lento goteo, no estaba exactamente distribuida al azar en el espacio, pero tampoco estaba aislada. Sus miembros participaban en general con bastante éxito en el comercio y tenían una gran gama de contactos con otros chicaguenses. Dado que la mayoría de ellos eran de origen alemán, tenían poca inclinación a levantar barreras contra la sociedad que les ro­ deaba, y procuraban conformar las instituciones que iban creando de modo que se adaptaran al modelo general de la vida respetable en la urbe nor­ teamericana. Y sin embargo, a finales del siglo xix el número de judíos recién llegados seguía creciendo, y ahora se trataba sobre todo de europeos orientales: polacos, rusos, rumanos. Éste fue el periodo en que realmente empezó el crecimiento de un gueto en el West Side [lado oeste] de Chicago, que continuó hasta que, con una población de más de un cuarto de millón en la época del estudió de W irth, la comunidad judía de Chicago llegó a ser la segunda más grande de cualquier ciudad norteamericana, aunque muy superada por la de Nueva York. Pero, desde luego, no todos ellos vivían en el gueto. En prim er lugar, los judíos m ejor establecidos permanecían en

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los barrios más satisfactorios, donde para entonces ya se habían arraigado. Y aquellos para quienes el gueto servía de entrada iban gradualmente sa­ liendo de él. La cuestión central del estudio de W irth era dónde elegía vivir el judío de Chicago, ya que, fiel a las inclinaciones ecológicas de su confraternidad sociológica, observaba que “el lugar donde vive un judío es un indicativo tan bueno como otro cualquiera respecto de qué tipo de judío es”. En efecto, el gueto del West Side resultó en algunos sentidos semejante a los viejos guetos de Europa. Un muro, aunque ahora invisible, parecía rodearlo todavía y escudar su vida comunitaria de las influencias exteriores. Florecieron las sinagogas ortodoxas, compensando con su número su tam año y apariencia con frecuencia modestos. La lengua era el yiddish, y la vida social, tanto formal como informal, giraba en torno al Landsmannschaften de las perso­ nas que procedían de la misma ciudad o región del país de origen. Las sina­ gogas, sociedades de ayuda mutua, sociedades funerarias y escuelas religiosas se formaban sobre esta base, y los compatriotas recordaban juntos el pasado e intercambiaban ideas acerca de su nuevo país. Sin embargo también se creaban instituciones sobre la base de la comunidad en su conjunto. H abía una imprenta y un teatro yiddish. El sionismo y el socialismo tenían amplia difusión, como ya poseían en Europa oriental. Pero a pesar de toda la intensidad de su vida interior, el gueto era una comunidad vulnerable. Desde él principio mismo, sus habitantes vieron que había judíos que preferían vivir fuera de él, que aparentemente rechazaban las ideas del gueto acerca de la identidad judía. Los judíos alemanes, por supuesto, destacaban dentro de este grupo; los europeos orientales del gueto a menudo los consideraban entonces como apóstatas. Aun así, otros vínculos unían a los dos sectores. Los europeos orientales habían llegado casi sin un centavo, y la vida en el gueto estaba caracterizada para estos recién llegados por la absoluta miseria. Motivados sin duda en parte por el humanitarismo y la solidaridad étnica, los judíos alemanes emprendieron una variedad de proyectos para ayudar a los pobres del gueto; por otra parte, también los inspiraba el deseo de respetabilidad —que tan a menudo ha sido un motivo importante entre los miembros de las minorías norteamericanas más venta­ josamente situados—, pues entendían que la reputación de los judíos del gueto se reflejaría sobre la suya propia. P ara muchos de los europeos orien­ tales, uno de estos compatriotas étnicos ya prósperos se convertiría además en el primer patrón. Sin embargo, aunque los dos grupos estaban así en cierta forma ligados, la naturaleza jerárquica de los vínculos también contribuiría a la discordia. Con el tiempo, los judíos a lemanes no fueron ya los únicos símbolos de la problemática relación entre el judaismo y el éxito, tal como lo entendía

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el gueto. Los que pasaban de tener una carreta en el mercado de la calle Maxwell a ser dueños de una pequeña tienda o una empresa comercial empezaron a alejarse de las costumbres que interferían con su progreso, y la nueva generación era todavía más propensa a cuestionar los antiguos valores. Este dilema de adaptación llevó a la diferenciación de la comunidad del gueto, y también a su decadencia como centro de la vida étnica. Los habi­ tantes tenían un vocabulario para distinguir estos fenómenos. Había judíos de éxito que eran m enschen* que habían salido adelante sin sacrificar m u­ cho de su judaicismo. Pero también había allrigktnicks,** considerados como oportunistas culturales cuya movilidad económica iba acompañada de una falta de respeto por los valores tradicionales de la comunidad.7 Los que parecían amoldar su nueva conducta al modelo de los judíos alemanes se con­ virtieron en deitchuks. Éstos se alejaron del gueto del West Side, ocupando gradualmente el área de Lawndale que antes habitaban los irlandeses y alemanes, con lo cual este nuevo barrio, sociaimente superior pero con un sabor étnico mucho menos marcado, empezó a ser conocido por los habi­ tantes del gueto como Deutschland.*** Sin embargo, cada vez más personas ascendían y salían del gueto, hasta que quienes habían venido a Lawndale para escapar de él se encontraron que éste los había seguido hasta su nueva sede, aunque hubiera perdido algunas de sus características. Y así empezó una nueva ola de dispersión, hacia barrios que nunca tendrían una concen­ tración étnica tan fuerte. T he Ghetto muestra las influencias 'acostumbradas del pensamiento ecoló­ gico de Chicago. Hemos visto cómo W irth encontró en la residencia un índice útil acerca del estilo de vida. Algunos factores culturales particulares, como el acceso al mercado y las relaciones con otros grupos étnicos, pueden haber tenido alguna influencia en la localización del gueto; sin embargo, las leyes de la competencia económica prevalecían, y así el gueto era básicamente el mismo tipo de “área natural” que la Pequeña Sicilia, el Cinturón Negro e incluso la zona de vicio. Cada área tenía su propia vida, mientras que entre ellas los contactos eran superficiales. De nuevo W irth trajo a colación la imagen de la simbiosis entre plantas. Pero más que una obra de la ecología de Chicago, T h e Ghetto puede considerarse como una expresión de la influencia del pensamiento de Park * Personas, en alemán. [T.] ** Del inglés all right, “está bien”, “de acuerdo”, y — posiblemente— el sufijo, diminutivo-despectivo, yiddish -ik, -nik (empleado en la formación de sustantivos). “Acomodadizo”, “convenenciero”, etc., parecen traducciones apropiadas. [Editor.] 7 Existe cierta similitud entre el contraste Mensch-AUrigktnick y la distinción de Paine (1963) entre "propietarios absolutos” y “empresas libres”. *Alemania, en alemán. [T.]

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acerca de las relaciones raciales.8 El típico “ciclo de relaciones raciales” iba del aislamiento, pasando por la competencia, el conflicto y la adaptación, a la asimilación: el gueto representaba la adaptación y la salida de él era el principio de la asimilación. Ésta era, sin embargo, una fase difícil. El indi­ viduo que se encontraba en ella sería, según el término acuñado por Park, “un m arginal”. En el estadio precedente, W irth sugería un tanto tajante­ mente, “el judío del gueto es un provinciano y tiene una personalidad empequeñecida”. Cuando ingresa en la sociedad más amplia, “se halla en el m apa de dos mundos, sin estar en casa en ninguno de los dos”. Escritores posteriores, como hemos señalado, han hecho amplio uso del con­ cepto del hombre m arginal; otros han sido muy críticos al respecto. Sin embargo, esto sólo nos concierne tangencialmente. En cambio, lo que tal vez debiera subrayarse es que el estado de flujo que W irth describió a partir del gueto no tenía que term inar necesariamente en la asimilación. Como ha señalado Amitai Etzioni (1959) en una crítica de T he Ghetto, una co­ munidad cínica, aunque de un tipo un tanto diferente, se podría estabilizar de nuevo sin una base territorial. Para W irth, un agnóstico de origen judío alemán, esa idea puede no haber resultado ni interesante ni deseable. Pero tal vez también su falta de interés por tal posibilidad fue el precio que tuvo que pagar por su inclinación ecológica.

Panorama

del

Low er N

orth

S id e

En su introducción a The Gold Coast and the Slum [La Costa de O ro y el barrio bajo], de Harvey W. Zorbaugh (1929), Robert Park trazó una distinción entre las comunidades “descriptibles” y las “no-descriptibles” : las primeras eran lugares de unidad y encanto; las últimas carecían de estas cualidades. El Lower N orth Side de Chicago, tema de la monografía de Zorbaugh, era claramente no-descriptible. Más cuestionable era el hecho de que se pudiera considerar en realidad como una comunidad, ya que el área compartía poco más que una designación común. Tampoco era real­ mente, como el título del volumen puede hacer creer, cuestión de sólo dos comunidades. Zorbaugh de hecho distinguía seis “áreas naturales” en el Lower N orth Side: la Costa de Oro, la zona de pensiones, Bohemia, los abandonados negocios y la zona de diversiones en la calle N orth Clark, el barrio bajo y la Pequeña Sicilia. Además de éstas, algunas tenían más el carácter de comunidad que otras. De cualquier forma, el alcance de este estudio fue más amplio que los de la mayoría de sus contemporáneos. Tam ­ 8 Hay que observar aquí que el esquema del “ciclo de relaciones raciales” estuvo inspirado en la ecología.

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bién coincidía en parte con el terreno estudiado por éstos; de modo que pudo aprovechar hasta cierto punto, por ejemplo, el estudio de Thrasher acerca de las pandillas, el de Anderson sobre el hobo y el de Cressey sobre el taxi-dance hall.* Lo más frecuente era que los urbanistas de Chicago estudiaran a los pobres, los forasteros o los más o menos carentes de reputación. El capítulo de Zorbaugh sobre la Costa de Oro es una excepción. La Costa de Oro, que rodeaba la orilla del lago Michigan, era el hogar de muchos chicaguenses acomodados, pero sobre todo de los Cuatrocientos, la autoconsciente clase superior de la ciudad. La guía “quién es quién” de este grupo, con sus universidades, clubes y matrimonios, era un librillo, el Social Register; y el Blue Book of Etiquette era la codificación de su estilo de vida. Varios miembros de este grupo escribieron documentos para el estudio de Zorbaugh, que representaban "amistosas indicaciones y autoanálisis semihumorísticos”, y el capítulo se construyó en torno a ellos. Era un mundo de ocio. Había que asistir a los estrenos de la ópera y a los bailes y reunio­ nes de los clubes más adecuados, y se debía incluir en el horario semanal al peluquero, la manicura, la sesión de masaje y la clase de francés. D urante una parte considerable del año, desde luego, uno podía no encontrarse en Chicago, sino en Europa o en lugares de descanso de Estados Unidos. Sin embargo, también había responsabilidades para con la sociedad. Se podía participar en alguno de los organismos jde mejoras que actuaban en los barrios más pobres, y se tenía que colaborar voluntaria y económicamente en obras de caridad. Ésta era, de hecho, una de las formas en que una familia de riqueza nueva podía ingresar en la verdadera minoría selecta: contribuyendo de un modo ostensible a la obra de caridad preferida por una m ujer de sociedad ya establecida; con lo cual se lograba una invitación a su círculo social, aunque al principio fuera sólo hasta su periferia. O tra forma podía ser enviar a los hijos a las escuelas adecuadas y lograr contactos a través de ellos. L a sociedad selecta de Chicago se iba haciendo menos cerrada e iba abandonando su carácter de casta, cosa que lamentaban algunos de los Cua­ trocientos. Pero los recién llegados por lo menos tendrían que adaptarse a la jerarquía del estilo: no se podía llegar a la ópera en un taxi, ni llevar paquétes o paraguas, y cuando las dependientas adoptaban una nueva moda en el vestir, los habitantes de la Costa de Oro que tuvieran ambición social debían abandonarla. Algunas de estas dependientas tenían su casa —o lo que dubitativamente llamarían su casa— no demasiado lejos de la Costa de Oro, en ese “mundo de habitaciones amuebladas” que la sucedía hacia el oeste. Ésta fue en ctra * Véase, páginas adelante, el subcapítulo Bailar para comer. [Editor.]

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época un área de residencias a la moda, las cuales, sin embargo, habían sido ocupadas, una tras otra, por casas de pensión; y así se había convertido en un área natural de tipo muy diferente. Mientras que la Costa de Oro tenía sus grupitos de muy intensa interacción y sus habitantes mantenían una severa vigilancia sobre las reputaciones personales, la zona de las pen­ siones mostraba considerable atomismo social y anonimato. En algunos puntos se mezclaba con el barrio bajo; en su parte más respetable, al norte, jóvenes solteros de ambos sexos, de un estrato modesto de oficinistas, constituían la mayor parte de la población, en un intervalo poco sensacional entre dos ciclos familiares. Naturalmente, semejante barrio podía estar m arcado por la transitoriedad, no sólo porque era parte de una etapa de la vida de las personas. La gente se m udaba también de una pensión a otra, esperando que la siguiente no fuera un lugar tan lastimoso. H asta los caseros carecían de raíces: Zorbaugh descubrió que la m itad de ellos no llevaban más de seis meses en su domicilio actual. La zona de pensiones proporcionó al sociólogo una plataforma para una dramática formulación de lo que podía ser la vida urbana: Las condiciones de vida en el mundo de las habitaciones amuebladas son la antítesis directa de lo que acostumbramos considerar normal en la sociedad. La exagerada movilidad y el asombroso anonimato de este mundo tienen implicaciones importantes para la vida de la comunidad. Donde las personas van y vienen constantemente; donde viven a lo sumo unos cuantos meses en cada lugar; donde nadie conoce a nadie en su propia casa, para no hablar de su propia manzana (los niños son los verdaderos vecinos, y éste es un mundo sin niños); donde no hay, en fin, grupos de ningún tipo, es obvio que no puede haber ninguna tradición comunitaria ni ninguna definición común de las situaciones, ninguna opinión pública, ningún control social informal. Como resultado, el mundo de las pensiones es un mundo de indi­ ferencia política, de laxitud de las normas convencionales, de desorganización personal y social. El mundo de las pensiones no es en ningún sentido un mundo social, un conjunto de relaciones grupales a través de las cuales se realizan los deseos de las personas. Antes bien, en esta situación de movilidad y anonimato se establecen distancias sociales y la persona está aislada. Sus contactos sociales están más o menos completamente cortados. Sus deseos se frustran, no encuen­ tra en la pensión ni seguridad ni respuesta ni reconocimiento. Sus impulsos físicos se ven reprimidos. Está inquieta, vive solitaria [Zorbaugh, 1929, p. 82]. Claram ente había fundamentos para u n a interpretación como ésta. Los documentos proporcionaron a Zorbaugh ejemplos de pensionistas cuyas vidas pasadas y presentes eran desconocidas p ara sus vecinos, y que se iban sin

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dejar rastro, o de personas cuyo aislamiento podía llevarlas por caminos que no habrían tomado de otra manera. La tasa de suicidios en la zona de pensiones era alta. No obstante, uno puede preguntarse si, en el caso de una población tan andariega, centrar el estudio en su barrio podía realmente llevar a un entendimiento de su tipo de vida, o, tal vez más realistamente, de su variedad de estilos de vida. Porque aunque algunos estaban solos en Ja gran ciudad, otros podían simplemente tener sus contactos importantes fuera del territorio; y quizá algunos de los jóvenes formaban allí relaciones es­ trechas que acababan sacándolos del área de habitaciones alquiladas. El barrio bohemio de Chicago se conocía también como Towertown, por la vieja torre que había servido de depósito de agua y que quedaba como único recordatorio del antiguo North Side anterior al gran incendio de 1871. Tenía lo que tal barrio había de tener: estudios, galerías de arte, librerías y pequeños restaurantes. Cuando se reunían en lugares como el Dill Pickle Club, sus intelectuales expresaban puntos de vista radicales sobre el sexo y la política. Aunque muchos de sus habitantes también resultaban residentes temporales, era mucho más claramente una comunidad que la zona de pensiones. Proporcionaba libertad no sólo mediante el anonimato sino también por la afirmación de principios. Las parejas que vivían juntas sin casarse tenían allí un refugio, lo mismo que las minorías sexuales. Las mujeres encontraban una libertad de iniciativa en su vida cultural que no tenían en ningún otro lugar de la sociedad norteamericana. L a Towertown también tenía cierto número de artistas y autores famosos. Pero la mayoría se habían ido a barrios bohemios mayores y mejores en otros sitios, en Nueva York o en ultram ar. Para Zorbaugh, éste era un signo de decadencia, porque lo que quedaba no 1o impresionaba: “presumidos egocéntricos, neuróticos, rebeldes contra las convenciones de la M ain S treet* o los chismes de la comunidad extranjera, buscadores de ambiente intelectual, que coquetean con lo oculto, diletantes de las artes, aficionados a fiestas en que transgredir levemente un código moral que la ciudad aún no h a destruido” . La expresión personal era la m eta explícita, pero para quienes poseían poco talento esto significaba fingir personajes y llevar máscaras. Como en la Costa de Oro, aquellos con un derecho más auténtico a los valores de la comunidad tenían la compañía de los recién llegados, cuyo dominio de estos valores era más precario. Pero, por otra parte, también estos últimos se preocupaban de mantener las fronteras simbólicas frente a la sociedad en ge­ neral rechazando lo que ésta aceptaba. * En sentido recto, “calle principal” de un lugar (en particular la comercial). En sen­ tido figurado, “costumbres, cultura” características de ella; “ideas materialistas” {espe­ cialmente por la novela de S. Lewis: Main Street). [Editor.]

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Aun así, ni siquiera en este estado pensaba Zorbaugh que podía mantenerse la bohemia. No sólo estaba aumentado el valor del terreno, lo que forzaba a la gente a abandonar sus estudios baratos ante los aplastantes edificios de oficinas; sino que, lo cual era más im portante tal vez, la tolerancia de la bohemia se extendía por la ciudad con la movilidad y el anonim ato: Ya no habría necesidad de una Towertown. Al pasar de la Costa de Oro a través de Ja zona de pensiones y el barrio bohemio hasta la calle N orth Clark, claramente se descendía en el sistema de clases. Esta calle formaba parte de la hobo hernia tal como Anderson la describía. Tam bién era la M ain Street * para gran parte de la zona de pensio­ nes y del barrio bajo, y era el “Rialto ** de la m itad del mundo”, según una frase popular entre los sociólogos de Chicago. Estaba llena de salones de baile, cabarets, restaurantes, billares, casas de empeño y pensiones baratas. Los jóvenes solteros de las pensiones podían buscar diversiones allí, en los salones de baile más pequeños. Los más grandes tenían un público mixto de trabajadores, dependientas, pandilleros, prostitutas y criminales. Las aceras eran territorio de limosneros y vendedores ambulantes. El barrio bajo, del cual North Clark Street era en parte una extensión comercial, resultaba en sí mismo una zona de gran diversidad. T an sólo los alquileres bajos habían llevado allí a personas de muchas clases. Para muchos no era sino una parada en el camino hacia otro sitio. Otros pasaban allí toda su vida. Algunos dé los habitantes, solteros o familias, estaban arruinados económica, m ental y físicamente. O tra categoría incluía al personal del mundo clandestino. U na tercera categoría estaba formada simplemente por personas de la clase trabajadora con ingresos bajos, a menudo pertene­ cientes a minorías étnicas. Zorbaugh encontró representantes de veintiocho nacionalidades. Se hallaban allí la colonia asiría más grande de Estados Unidos, un asentamiento griego, un creciente Cinturón Negro, y grupos de alemanes y suecos que quedaron allí tras de que la mayoría de sus com­ patriotas habían dejado la zona. Para Zorbaugh, el barrio bajo era principal­ mente una zona de desorganización social. Sin embargo, podemos sospechar que estas diversas categorías de gente examinadas más de cerca mostrarían modelos sociales más variados de lo que tal etiqueta permitía pensar, y que en particular las minorías étnicas podían en algunos casos describirse como grupos bastante íntimamente entretejidos. La sexta y últim a zona descrita por Zorbaugh era una de las colonias étnicas, parte del barrio bajo aunque lo bastante grande y distinta para ser destacada en un tratam iento especial: la Pequeña Sicilia, también conocida * Véase la nota precedente. ** Isla en que se encontraba el antiguo distrito comercial de Venecia; como nombre genérico, “mercado o lugar de intercambio”. [Editor.]

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como “Pequeño Infierno”. La zona se había vuelto italiana —-y práctica­ mente del todo siciliana— poco después del cambio de siglo, y ahora más que cuando había sido hogar de otros grupos de inmigrantes, se hallaba convertida en un mundo aparte. O tal vez habría que decir que se había convertido en muchos munditos, porque la conciencia de origen del siciliano era intensamente local. Como los judíos del gueto del West Si de con sus Landsmannschaften, los sicilianos empezaron por organizar su vida sodíal basándose en el lugar de procedencia del país de origen. Este giro hacia el interior por parte de la comunidad tenía muchas impli­ caciones. M antenía un código social mediterráneo de intensas lealtades fami­ liares, un estricto control sobre las mujeres y la idea del honor y de la vergüenza. Permitía a algunos miembros establecer negocios que satisfi­ cieran necesidades derivadas de su cultura que eran desconocidas para el m undo exterior, y a otros, establecerse como agentes a quienes se confiaba, por ejemplo, la búsqueda de empleos para otros en ese mundo o el uso de p o d er d e voto reunid o en la política de camarillas. Hacía posible que unos aterrorizaran a otros mediante actos de violencia, ya que ninguno sería un informante de la policía. Y esta regla de silencio también protegería a quienes habían de subir por la escalera del crimen organizado. Pero esto ya era para Zorbaugh un signo de cambio, porque la pandilla de delincuentes era una respuesta de la segunda generación a los contactos cada vez mayores con la vida norteamericana. Gomo con otros grupos de inmigrantes, la generación más joven tenía que pasar por una desorganización al dar sus primeros pasos hacia un campo social más amplio y dejar las viejas normas atrás. La perspectiva panorámica de The Gold Coast and the Sium sigue siendo impresionante. Tras señalar que Zorbaugh había logrado una de las aspira­ ciones de Robert Park, David M atea (1969, p. 48) ha sugerido que “era como si un antropólogo a quien habían dejado suelto en Chicago hubiera descubierto la Norteamérica urbana en toda su diversidad”. Sin embargo, se puede pensar que si ganó en amplitud de visión comparado con la mayoría de sus colegas, perdió algo de profundidad. Sus descripciones proporcionan, cierto, fascinantes imágenes de la variedad de vidas del Lower North Side; aun así, parecen más bien notas etnográficas enviadas a los archivos coloniales por funcionarios de distrito visitantes (aunque tal vez más vividas), que no cumplen, pues, con el ideal malinowskiano de antropólogo profesional. En cuanto a dar una visión interior, el estudio de W irth sobre el gueto y el de Anderson sobre la hobohemia son considerablemente superiores a T he Gold Coast and the Slum. Tampoco trabajó mucho Zorbaugh la proximidad entre sus seis áreas naturales, aunque la última parte del libro se dedica a un examen de los problemas que enfrentan las agencias y asociaciones de volun­ tarios al tratar de hacer una sola comunidad del Lower North Side. Con

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mucho, lo más probable es que el lector lo recuerde como un estudio de una serie de mundos sociales separados. Lo más factible es que haya sido ésta la intención, pero tal vez una atención mayor a lo que ocurría en las fronteras sociales y a las perspectivas que cada uno de estos mundos tenía de los demás podía haber ligado las partes más claramente en un todo unido. De modo más específico, si la Costa de Oro no era nada más una comunidad ociosa sino un mundo social en el que se ejercía el poder de manera que afectaba a gran parte de la ciudad, Zorbaugh no tenía mucho que decir al respecto. El suyo se convirtió simplemente en un retrato más de un estilo de vida, que se puede colocar junto con otras viñetas de la misma naturaleza. A pesar de tales ciúticas, que se basan en casi otro medio siglo de desarrollos en las ciencias sociales, The Gold Coast and tke Slum merece ser considerado uno de los clásicos de Chicago. Para quien desee una introducción com­ pendiada a la obra de los primeros urbanistas de Chicago, ésta (o la anto­ logía de Short: T he Social Fabric of the Metrópolis [Estructura social de la metrópoli]) sería una buena elección. Tiene la forma característica de pre­ sentación de aquellos urbanistas, un buen esquema de sus concepciones teóri­ cas y una etnografía que puede aún estim ular el pensamiento de los antro­ pólogos urbanos. B a il a r

para

com er

“Compañía femenina en venta y a buen precio.” Así describía Paul G. Cressey la esencia de la nueva institución urbana que servía de tema a su T h e Taxi-Dance H a ll* Publicada en 1932, fue una de las últimas etnografías famosas asociadas a la prim era Escuela de sociología de Chicago. Pero el trabajo de campo había empezado en 1925, y se basaba en una tesis por la que había obtenido la maestría en 1929; de modo que el escenario es en realidad el Chicago de los años veinte más que el de la década siguiente. El taxi-dance hall era un establecimiento de reputación un tanto m ala cuyo origen se encontraba tanto en las escuelas de baile como en los salones de baile normales, abiertos a ambos sexos. Algunos gerentes de escuelas de baile encontraron que ciertos discípulos varones estaban dispuestos a pagar por la oportunidad de bailar con sus instructoras mucho después de la etapa en que realmente necesitaban lecciones; los dueños de los salones de baile, por otra parte, a veces se encontraban con gran número de clientes social­ * El taxi-dance hall es un salón de baile (dance hall) en que se paga por tener una acompañante femenina, llamada taxi-dancer. Para mejor comprensión del texto, dejamos en general estos nombres en inglés. [Editor.]

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mente poco atractivos para los que no había compañía femenina. L a solución lógica era pagar a las muchachas para que bailaran con los clientes. Diez centavos por baile era el precio normal. Los hombres compraban boletos a la entrada, y la muchacha elegida como compañera para un baile recogía el boleto. Entonces cobraba la m itad del valor de sus boletos, mientras que la otra m itad iba a manos del propietario, quien pagaba el salón, la orquesta y los gastos de operación. Este sistema, naturalmente, aseguraba que las'jóve­ nes con más aceptación se llevasen mayores ganancias, y las ponía en situación de competencia. U na cosa puede decirse de la ecología de estos salones de baile que tendían a describirse todavía como academias de baile, aunque pocos clientes resultaban engañados por esta afectación pedagógica: se localizaban allí donde los alquileres eran bajos, y en zonas convenientemente accesibles para sus parroquianos, ahora todos hombres. En la práctica, esto significaba con frecuencia una zona de pensiones, no muy lejos del distrito comercial central. Pero la ecología no era el tema al que Cressey dedicó más páginas. Le preocu­ paba más el taxi-dance hall como “un mundo distinto, con su propia ma­ nera de actuar, hablar y pensar. Tiene su propio vocabulario, sus propias actividades e intereses, su propia concepción de lo que es importante en la vida, y —hasta cierto punto— sus propios sistemas de vida” (Cressey, 1969, página 31). Este mundo tenía tres grupos principales de habitantes: los propietarios, las taxi-dancers y los clientes. En Chicago, casi todos los precursores en establecer taxi-dance halls fueron estadounidenses de origen griego. Cressey encontró la explicación de esto tanto en su movilidad geográfica, gracias a la cual podían conocer esta nueva posibilidad en otras ciudades donde ya había aparecido ese tipo de negocio, como en su prestigio relativamente bajo, que probablemente les excluía del mundo de los salones de baile normales pero los ponía en estrecho contacto con los habitantes de la zona de pensio­ nes. Tam bién señaló que al volverse más rentables los taxi-dance halls, hubo una tendencia a la sucesión étnica, ya que se hicieron interesantes para miembros de grupos étnicos con relaciones políticas más poderosas, factor siempre importante para una empresa que operaba en el límite de la respetabilidad y la legalidad. El segundo grupo, las taxi-dancers, atrajeron casi toda la atención de Cressey. Muchas de ellas, según descubrió, eran “jovencitas atolondradas en el primer arrebato de entusiasmo por las emociones, satisfacciones y el dinero que este mundo transitorio de las salas de baile proporciona” : Sisters Carries cuarenta afíos después de la original. Otras estaban ya más endure­ cidas y se preocupaban menos por las convenciones morales. Sus edades iban de los quince a los veintiocho. En el taxi-dance hall pasaban por un

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proceso de socialización; las conversaciones en el tocador durante el inter­ medio tenían una parte importante en esto. El efecto consistía por una parte en relajar la presión de la etiqueta convencional, por la otra, en regular las relaciones entre las muchachas. La actitud dominante hacia los clientes era que se trataba de “pescados”, gente a la que explotar. Podía suceder, sin embargo, que una muchacha le tom ara simpatía a un parroquiano, y una forma de expresar esto era darle bailes gratis, es decir, sin recogerle el boleto. Pero esta práctica tenía que mantenerse oculta a la administración. Ésta tenía un código de conducta para las jóvenes; ellas tenían uno propio, y éste se cumplía más eficazmente en la pista. ¿Quiénes eran estas muchachas? Al parecer, estaban ya en su mayoría alejadas de las influencias controladoras de la familia y el vecindario antes de ingresar, por diversas vías, en el taxi-dancé hall. Muchas habían crecido en familias incompletas; y, considerando su juventud, puede ser sorpren­ dente el hecho de que unos dos quintos de ellas habían pasado por el divor­ cio. En la mayoría de los casos la familia p a tern a vivía en Chicago o cerca; pero también había un buen número de muchachas inmigrantes. Cressey notó que casi no había jóvenes italianas o del gueto judío, pero que sí había algunas procedentes de la zona judía de segundo asentamiento (Lawndale o áreas similares) y una proporción bastante grande de muchachas de origen polaco. M uchas de ellas tomaban nuevos nombres “profesionales” para usar­ los en el salón. Si la camuflada lista que ofrece Cressey de tales nombres es un indicador verdadero, el cambio tendía a consistid en el paso de nombres eslavos a nombres franceses, anglosajones y celtas.9 U na de las series de hallazgos más notables del estudio de Cressey se refería a la movilidad social de las muchachas del taxi-dance hall. A diferen­ cia de las carreras ocupacionales típicas, la de la taxi-dancer iba hacia abajo en lugar de hacia arriba. Ciertamente, podía estabilizarse en algún punto; pero había, según Cressey, un patrón de decadencia. El primer paso implicaba un cambio de una situación insatisfactoria en la sociedad convencional al mundo del taxi-dance hall, donde la recién llegada podía muy bien disfrutar de popularidad y prestigio. Mas si con el paso del tiempo ya no podía mantener su posición, trataría de restablecerla en círculos nuevos: por ejem­ plo, en un salón de baile menos competitivo o aceptando las atenciones de parroquianos de una posición más baja, como los orientales, que confor­ maban una parte considerable de la población del taxi-dance hall. Aun así, sólo podía mantener su popularidad entre estos últimos mientras no la consideraran “común”. El siguiente paso en el descenso podía ser a los cabarets del Cinturón Negro de Chicago, y el último sería la prostitución 9 Thrasher (1963, pp. 81-82) observa similares cambios étnicos de nombre entre los. boxeadores.

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en un barrio negro. Así, el modelo implicaba un movimiento desde una estima personal baja en una esfera de mayor prestigio a una mayor estima en una esfera de menor prestigio. Esto se podría considerar un corto movi­ miento ascendente; pero una vez dentro de la nueva esfera, la muchacha tendía a sufrir una declinación continua. Cressey pudo ofrecer menos información sistemática acerca de los clientes, en parte porque los hombres que pasaban por esta institución constituían un grupo bastante variado. H abía hoboes y obreros, hombres de negocios de fuera de la ciudad y curiosos de estratos sociales más altos que sólo acudían una sola vez; filipinos, eslavos, griegos, chinos, mexicanos, ovejas negras de familias de clase alta (pero no verdaderos negros); enanos, mutilados, picados de viruela. Obviamente este tipo de salón de baile cubría diferentes clases de necesidades. E ra una forma conveniente de disfrutar de compañía femenina para quienes iban de paso y no tenían tiempo de conocer a nadie por las vías tradicionales. E ra una forma de pasar una noche en la ciudad para los jóvenes pertenecientes a grupos étnicos que mantenían a sus propias jovencitas bajo una estricta supervisión familiar. Aliviaba a los solteros de edad mediana, para quienes las relaciones bien intencionadas tendían a su­ gerir una compañía femenina mucho más aburrida. Pero, claramente, el taxi-dance hall también obtenía muchos de sus clientes de grupos estigma­ tizados que no podían competir. Entre ellos estaban los orientales, y los filipinos constituían una buena parte de ellos, por lo menos un quinto de toda la población de clientes, según el cálculo de Cressey, Los filipinos sufrían discriminación racial; por tanto, tenían grandes dificultades para encontrar compañía del otro sexo; pues de los filipinos que llegaban a Estados Unidos durante los años veinte sólo uno de cada quince era mujer. El hecho de que este tipo de salones de baile también existiera en Filipinas podía ser una razón más para que los filipinos los buscaran en las ciudades norte­ americanas. E ra natural que hombres que no podían establecer fácilmente contactos con mujeres por otros canales intentaran llevar su relación con las taxidancers más allá del baile. La administración de los locales normalmente procuraba impedir tales contactos, pero ocurrían de todas maneras. Ocasio­ nalm ente llevaban al matrimonio; pero lo más frecuenté era que las relaciones así establecidas fueran más o menos mutuamente explotadoras. Entre las que im plicaban relaciones sexuales, Cressey distinguía tres tipos: aquellas en qu e una muchacha se convertía durante un tiempo en amante de un hom­ b re ; aquellas en que se establecía una especie de poliandria a corto plazo, en la que varios hombres contribuían a mantener a una muchacha, conociendo la existencia un o s de otros o incluso siendo amigos; y las citas de una noche. T ales relaciones podían obviamente m arcar u n paso en la carrera deseen-

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dente hacia la prostitución. Pero ésta no era siempre su consecuencia, ni todas las taxi-dancers las establecían. Cressey subrayaba su concepción del taxi-dance hall como un mundo autocontenido, “un medio moral casi completamente apartado de las demás formas más convencionales de vida urbana" . En efecto, una joven podía quedar casi completamente envuelta por la institución, al vivir con otras taxi-dancers, vivir del salón de baile y conocer a sus novios en la pista. Sin embargo, parece razonable vacilar ante este argumento de aislamiento moral, en vista de otros datos que el propio texto proporciona. Las muchachas procedían de otros tipos de vida, y tras un periodo más bien corto pasarían de nuevo a una cosa diferente. M uchas de ellas m antenían alguna forma de contacto con sus familias, y Cressey incluso las describe diciendo que tenían “doble vida”, y evitaban que sus familias se enteraran de cuál era su ocupación. Aunque formuló un patrón típico de carrera como un movimiento descen­ dente, también observó que el anonimato de la sociedad urbana hacía posible que tanto las taxi-dancers como las prostitutas se movieran de una a otra forma de vida y posiciones en la sociedad convencional. Los clientes del salón de baile salían, por supuesto, de muchos círculos, y la red del propie­ tario podía incluir políticos y agentes del orden público. Todo podría ser cuestión de lo que se quiera dar a entender por “aislamiento” de un m undo social. Pero considerando esta variedad de vínculos externos, bien podemos considerar The Taxi-Dance Hall como un estudio pionero de una de esas instituciones nodales en las que muchos mundos urbanos se encuentran.

L a e s c u e l a d e C h ic a g o e n r e t r o s p e c t iv a

En su introducción a una nueva edición de The Jack-Roller* de Shaw, Howard Becker (1966) ha comentado cómo los estudios de Chicago forman un mosaico — de nuevo esta metáfora—, en el que cada uno de ellos con­ tribuye con una pieza al conjunto y sirve de contexto para los demás. Cuando uno llega a la parte de la biografía en que Stanley, el jack-roller, empieza a robar junto con otros muchachos, se puede recordar lo que dice Thrasher -sobre las pandillas y el robo; y cuando por un tiempo el escenario de su vida es la calle West Madison, uno puede volverse a Anderson para tener una descripción más detallada de esta “arteria principal” de los hoboes. Esto es etnografía cooperativa: si el mosaico no forma una imagen de Chicago en su conjunto, entonces por lo menos obtenemos una imagen más am plia del medio urbano de cualquier grupo o institución particular de la * Véase la nota de la' p. 46 (* ).

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que podríamos encontrar normalmente en cualquier estudio suelto. Vale la pena señalar este logro porque apenas si h a tenido parangón en otros lugares. Sin embargo, corresponde en gran parte al lector descubrir para sí los hechos en que basar esta comprensión de más amplio alcance. Los autores mismos tendían más bien a exagerar el aislamiento del mundo social que estudiaban. Como David M atza (1969, pp. 70-71) ha escrito en su impor­ tante crítica de los chicaguenses en Becoming Deviant [Volverse disidente], “había cierta ceguera ante las superposiciones y las conexiones”, con relación al hecho de que, por ejemplo, grupos disidentes “existían en el contexto de la Norteamérica convencional, obtenían sustento de dicho medio, le prestaban servicios, reclutaban de ahí personas y frecuentemente le devolvían disidentes arrepentidos”. Si se considera cada estudio en sí mismo, resulta realmente que la Escuela de Chicago tuyo precursores en virtualmente todos los tipos de antropología tópica de la ciudad que ahora conocemos: estudios sobre enclaves étnicos, estudios sobre pandillas, sobre ocupaciones disidentes, sobre el comporta­ miento en lugares públicos o de diversión pública, sobre barrios mixtos. Pero com parten con muchas de las etnografías urbanas de una generación pos­ terior esa “cierta ceguera”. T al defecto puede sorprender, en vista del interés de Park por el paso de las personas entre distintos medios morales. T al vez los chicaguenses estuvieron a veces más cerca de encontrar una salida en este sentido que los estudiosos posteriores. Así es al menos en cuanto a su conciencia de la dimensión del tiempo. Las relaciones entre diferentes segmentos de la sociedad urbana pueden entenderse a menudo como relaciones que emergen en el tiempo; y, como ha señalado Short (1971, p. xliv), “la escuela de Chicago, más que cualquier otra, desarrolló una sensibilidad a los procesos”. El ciclo de relaciones raciales de Park, el rastreo que hace Thrasher de la pandilla, desde el grupo de juego has a la política o el crimen organizado, y la interpretación que ofrece Cressey de las etapas de la carrera de la taxx-áancer son ejemplos de esto. Si los chicaguenses hubieran dado un reconocimiento mayor a la relativa incircunscripción de estas secuencias de desarrollo, las variables travesías de los grupos e individuos a través de la estructura social podrían haberse com­ prendido mejor. El hecho de que no hayan avanzado más, en circunstancias que parecen haber sido propicias, se entiende quizá mejor teniendo en cuenta la debi­ lidad general del grupo en el análisis de la organización social; por lo cual, los desarrollos de dicho análisis se rezagaron con respecto a los de la ecología y, también, los de la psicología social. La interrelación entre la etnografía y el crecimiento conceptual nunca funcionó realmente bien. Las contribuciones

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etnográficas de la escuela de Chicago han sido en ocasiones descritas, con una referencia explícita o implícita al pasado de Park, como “simple perio­ dismo”. Tal juicio subestima por lo menos los conocimientos del propio Park: como hemos visto, su experiencia académica estaba lejos de ser pue­ blerina, y tenía una profunda imaginación sociológica. Y sin embargo, aunque muchas de sus ideas conservan considerable interés, es cierto que no todas fueron recogidas y continuadas por sus seguidores. Desatendieron algu­ nas de ellas; otras las citaron fielmente, o hasta se esforzaron por incorporar cuantas les fue posible, pero hubo escasa acumulatividad teórica. Uno podría haber deseado, además, que Park transmitiera más eficazmente la inspiración que encontró en los clásicos emergentes de la sociología europea a todos, y no sólo a algunos, de sus discípulos y colegas. En varias de las etnografías hay escasa huella de la influencia directa de aquéllos. Neis Anderson, en el nuevo prefacio a la reedición de T he Hobo, señala que el consejo más importante que recibió de Park fue precisamente que “escribiera sólo lo que veía, oía y sabía, como un reportero de periódico”, y que cuando estaba escribiendo su famoso libro, sus conocimientos empíricos superaron en mucho a su sofisticación teórica. Park, aun cuando compartía algo de la nostalgia de muchísimos teóricos sociales por la comunidad pequeña, tenía también un agudo sentido de las posibilidades únicas que ofrecía la vida urbana. En cambio, esta percepción parece ausente a menudo entre los demás de su grupo, quienes podrían parecerle a un critico más reciente (Feuer, 1973, p. 86), un panal de secretarias pueblerinas de la y m c a * con su vocabulario moral mojigato, que las generaciones posteriores no podían esperar como contri­ bución a la sociología por parte de los locos anos veinte”. Demasiadas cosas, para empezar, se convirtieron en “desorganización” . Ciertamente se requiere un concepto semejante en el estudio de las relaciones sociales, y los antropólogos actuales pueden a veces llevar su relativismo cultural demasiado lejos para evitarlo. Pero los chicaguenses cometieron el error contrario. La definición de Thomas subrayaba la influencia decreciente de norm as; pero ¿qué normas? Aunque, como ha demostrado Park, la es­ tructura social urbana podía permitir que unos grupos tomaran caminos separados y que afirmaran sus propias normas, había una fuerte tendencia en este conjunto de estudiosos a considerar cualquier cosa que no fuera la conformidad con los principios de la sociedad convencional como un asunto de desorganización. Y así, en palabras de M atza (1969, p. 48), concebían la desorganización cuando describían la diversidad. Como excepción parcial, adm itían prontamente que las costumbres de los grupos inmigrantes eran * Young Men’s Christian Assodation nes]). [T.]

(Asociación

Cristiana de Jóvenes [varo­

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realmente diferentes y eran normas por su propio derecho; pero de acuerdo con las creencias asimilacionistas de Park y oíros, pensaban que éste era u n fenómeno pasajero. Cuando la segunda generación de los grupos de inmi­ grantes mostraba otro tipo de comportamiento sin parecer del todo norte­ americanos convencionales, su forma de vida era ya más fácilmente calificada de desorganizada. El uso generoso de esta etiqueta podía obviamente ocul­ tar la variación sistemática en la forma de las relaciones sociales. Tras este tipo de vocabulario y tras el interés relativamente limitado por el desarrollo teórico, se puede percibir el hecho de que las intenciones detrás de estos estudios eran más bien de naturaleza práctica. A pesar del desprecio un tanto provocativo que solía expresar Park, en la fase chicaguense de su cambiante carrera, con relación al tem a de los “bienhechores” —que se supone es resultado de la desilusión que le causaron los misioneros con quienes había trabajado en el asunto del Congo—, la sociología de Chicago todavía tenía mucho que ver con el reformismo. Y si la ecología parecía en camino de convertirse en ciencia inflexible, la etnografía se alineaba m á s con el ala compasiva y su tradición de encuestas para descubrir hechos. Esto también implicaba vínculos con agencias exteriores, y Burgess frecuentemente desem­ peñaba el papel de enlace: para el estudio sobre el hobo, Anderson recibió el patrocinio del Consejo de Agencias Sociales de Chicago y de la Asociación Protectora Juvenil; ésta también colaboró en la investigación de Cressey sobre los taxi-dance halls; el trabajo de Zorbaugh se relacionó con la labor de organizaciones comunitarias, comó el Consejo Comunitario del Lower N orth Side; y Thrasher enumeró no menos de veintiséis agencias que coope­ raron con su estudio de la pandilla. En tales circunstancias, estos estudiantes se encontraban escribiendo no sólo para sus colegas profesionales, sino tam ­ bién, en gran medida, para personas con un interés práctico inmediato en sus descubrimientos. Ciertamente, si “no hay nada tan práctico como una buena teoría”, ese interés no tenía por qué haber limitado el desarrollo de las ideas teóricas en sus estudios. Pero las ideas de pertinencia menos obvia para la reforma social pueden no haber tenido m ucha demanda, y pueden incluso haber sido contraproducentes si su inclusión en las publicaciones las hubiera vuelto menos intelectualmente accesibles para los lectores legos. Por lo que se refiere a la ecología, donde sí hubo un impulso teórico, hemos visto que su valor para el trabajo en etnografía urbana era ambi­ guo. Le ofrecía lo que se puede considerar como un sentido del lugar muy útil. Los estudios de Chicago están muy claramente situados en un territorio particular, no en un vacío como pueden parecer ciertos análisis más pura­ mente de organización. Sin embargo, creó problemas propios. De vez en cuando los mismos chicaguenses volvían ambiguo este sentido del espacio implicando que el orden espacial de Chicago era el orden espacial de cual­

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quier ciudad. La analogía con la ecología vegetal también tenía sus límites, muy obvios; pero la escuela de Chicago no los tomó en realidad muy en cuenta. La gente, a diferencia de las plantas, se mueve de un lugar a otro; no todas sus relaciones se basan en el compartimiento territorial ni en la competencia por la tierra duraderos. Y los urbícolas en especial, como ten­ dremos oportunidad de señalar de nuevo, no suelen obtener su sustento directamente de la tierra, sino en gran medida de los tratos de unos con otros. U na preocupación estrecha por las relaciones espaciales y el tipo de datos que se relacionan más de cerca con ellas probablemente conduciría, por lo tanto, a una visión empobrecida de la vida urbana, aunque de modo claro la ciudad ha de ser reconocida como un fenómeno en parte espacial. Desde el principio, desde luego, Park había señalado que era probable que los vínculos relativos a la localización tuvieran decreciente importancia dentro de la ciudad. En un área como el “mundo de cuartos amueblados” de Zorbaugh, esto es bastante evidente. Los otros caminos posibles que sugirió Park para los estudios ocupacionales en su primer programa de investiga­ ción sí inspiraron algunos trabajos, especialmente el de Everett Hughes, quien, con Redfield, heredó los intereses de gran amplitud y el estilo ensayístico de Park. La perspectiva interaccionista de Hughes y su preocupación por la observación de campo proporcionan un sólido vínculo entre la prim era escue­ la de Chicago y etnógrafos-sociólogos posteriores como Erving Goffman, Howard Becker y Anselm Strauss. Sin embargo, trabajos como el suyo no se convirtieron en parte integrante de la investigación urbana, sino más bien una sociología ocupacional aparte. El trabajo de Park, publicado en 1915, marcó el principio del primer periodo de la etnografía de Chicago; poco más de dos décadas después, otro ensayo de Louis W irth resumía en cierta forma mucho de lo que se había hecho. Como veremos en seguida, había similitudes evidentes entre ambos. Esto puede tomarse como un signo más de que, por lo menos en el área de la organización social, había habido cierto estancamiento teórico, aun cuando ambos trabajos hayan tenido gran importancia. Pero no debemos ser demasiado severos: medio siglo después de publicada, la obra de los etnógrafos de Chicago aún merece ser leída. Algunas de las críticas que se le pueden dirigir también se aplican, como hemos indicado, en el caso de muchísimos estudios recientes. Y si queremos avanzar hacia una antro­ pología más sistemática de la vida urbana, ofrece tantas piezas útiles como ístos. Por supuesto, en lo que se refiere a Chicago mismo, la etnografía ha vuelto. Además, algunos de los estudios más recientes pueden considerarse más o menos complementos muy exactos de los estudios del prim er periodo. El barrio multifacético de Zorbaugh tiene su paralelo de los anos sesenta en

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The Social Order of a Slum [Orden social de un barrio bajo], de Sut­ iles (1968), no tan mezclado en su contenido y mucho más intensivamente analizado. El Jack-Roller hace pareja con Hustler!, historia de la vida de Henry Williamson (1965), criminal negro, publicada por Lincoln Keiser. Los estudios sobre pandillas van desde el de Keiser (1969), sobre una sola gran organización, The Vice Lords [Los señores del vicio], hasta el de Short y Strodbeck (1965) sobre muchas, que por tanto se asemeja más al de Thrasher con sus 1. 313. Si los actores travestistas (Newton, 1972) y los cantantes urbanos de blues (Keii, 1966) son en cierta forma muy diferentes de las taxi-dancers, son, con todo, el centro de mundos sociales donde la diversión es negocio. Pero los observadores participantes también están apare­ ciendo en lugares nuevos: un trabajador de una fábrica de acero, como Komblum (1974), o un capitán de distrito electoral en la m aquinaría política dominante, como Rakove (1975). Obviamente Chicago sigue atrayendo como laboratorio para la investigación social, tal como Park un día lo concibió.

III. EN BUSCA DE LA CIUDAD

Louis W i r t h publicó en 1938 su “Urbanism as a Way of Life” [El urba­ nismo como forma de vida], uno de los ensayos más ampliamente conocidos en las ciencias sociales. Casi al mismo tiempo, otro chicaguense, Robert Redfield, trabajaba en la formulación de su concepto de la anticiudad: la sociedad comunal.* En este capítulo partiremos de la ciudad de W irth, tal como la ilumina el contraste con lo comunal de Redfield, para tratar de aproximarnos a la idea de urbanismo. Identificar sus fronteras, definirlo de una forma válida para todo tiempo y lugar, para el pueblo pequeño y la megalópoli ha resultado ser muy difícil. Es “uno de los términos más pro­ teicos”, en palabras de un reciente y autorizado comentarista (Wheatley, 1972, p. 601). Pero una vísta panorám ica de algunas de las formas que ha adoptado, a los ojos de diferentes intérpretes, debería permitirnos por lo menos averiguar algo de lo que los antropólogos urbanos podrían hacer con él. Así pues, seguiremos señalando las relaciones entre el urbanismo y las * En inglés, folk society. Este término ha representado serios problemas para loa traductores de las obras de los sociólogos anglohablantes — en especial estadouni­ denses— . La traducción más socorrida ha sido “sociedad popular” ; también se la ha llamado “pueblo societal” o, simplemente, “sociedad folk”. Tal desconcierto no es para menos: los mismos sociólogos de habla inglesa han titubeado a veces en la precisión de dicho término. Así, v. gr.} dicen que folk society es un “aproxímate equívalent” de sacred society [sociedad sagrada], la cual tiene otros “aproxímate equivalents” y lo es, por su parte, de Gemeinschaft, voz con que el alemán Tonníes designó un tipo de sociedad; o bien nos hablan de sinónimos simples, llanos: tribal society, preindustrial society, folk society, etcétera. El sociólogo alemán Helmut Schoeck no vacila: afirma que folk society corresponde a Gemeinschaft. Los sociólogos M. H. Biesanz y j. Bíesanz tampoco dudan: folk society es una communal society, (La voz alemana Gemeinschaft significa “comuni­ dad”.) A la misma conclusión llega Francisco López Cámara (traducción de Ely Chinoy: La sociedad) ; folk society = sociedad comunal, Véanse G. A. Theodorson and A. G. Theodorson, A Modern Dicüonary of Sociology (Diccionario de sociología; Editorial P a id ó s); Henry P. Faírchild, ed., Diciionary of Sociology (Diccionario de sociología; Fondo de Cultura Económica) ; David L. Sílís, ed., International Encyclopedia of the Social Sciences, The Macmillan Company & The Free Press, U .S.A.; y, especialmente, M. H, Biezans y J. Bíezans, Introduction to Sociology, Prentice-Hall, EUA, 1978 (Introducción a la sociología — trad. de la edición de 1969— ; Editorial Letras, S.A., México, 1 9 71); Helmut Schoeck: Diccionario de sociología; Editorial Herder, Barcelona; Ely Chinoy, An Introduction to Sociology; Random House, EUA, 1961 — 4a. ed., 1963— (Ely Chinoy: La sociedad', Fondo de Cultura Económica — de la cuarta edición en inglés— , M éxico; 12a. reimpresión, 1983). [Editor.]

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tradiciones culturales particulares; el efecto de las diferentes economías y tecnologías sobre la. forma de vida urbana; las perspectivas hacia una his­ toria urbana comparativa enunciadas por Marx, Weber y otros, y las ideas sobre los sistemas urbanos desarrolladas por los geógrafos. Y luego, en el último tercio de este capítulo, aproximadamente, empezaremos a reunir los elementos de un marco analítico propio. Aunque Redfield estaba personal e intelectualmente vinculado a los soció­ logos de Chicago, sus intereses abarcaban un mundo más amplio, y se dirigieron inicialmente a las pequeñas comunidades tradicionales de los pue­ blos. Su preocupación por cuestiones más amplias acerca de la naturaleza hum ana se asoció con una de las mentes poéticas de la antropología. La pri­ m era fuente de experiencia de campo (en los años veinte) que le llevó a la concepción de la sociedad comunal mostraba sólo huellas de ese modo de vida: el pueblo de Tepoztlán, a unos 95 kilómetros de la ciudad de México. Redfield siguió luego desarrollando sus ideas en el contexto de u n proyecto de investigación que se refería a cuatro comunidades de la penín­ sula de Yucatán: una aldea tribual maya, un poblado campesino, un pueblo comercial y una ciudad de ciertas características cosmopolitas. De aquí en adelante, continuó desarrollando el contraste entre lo comunal y la ciudad, y la influencia de la ciudad en la transformación de lo comunal, en escritos que llegan hasta los años cincuenta.1 Leer estos trabajos, lo mismo que otras de sus obras, es una experiencia agradable para algunos, pero eviden­ temente muy irritante para otros. Tusik, la aldea tribual, pudo servir mejor como modelo de la sociedad comunal. Pero Redfield puso esmero en señalar que ésta era un tipo cons­ truido : La sociedad com unal id eal se definiría reuniendo, en la im aginación, las carac­ terísticas lógicam ente opuestas a las que se encuentran en la ciudad m oderna, sólo si antes tuviéramos conocim iento de personas no urbanas q ue nos per­ m itiera determ inar cuáles son, realm ente, los rasgos característicos de la vida urbana m oderna. E l procedim iento com pleto requiere que lleguem os a conocer muchas sociedades com unales en muchas partes d el m u n d o y que enunciem os, con palabras lo bastante generales para describir a la mayoría de ellas, aquellas características que tienen en com ún entre ellas y q u e la ciudad m oderna n o posee [R edfield, 1947, p. 294], 1 Entre las importantes obras de Redfield se encuentran sus libros de 1930, 1941, 1953 y 1955. U n ensayo de 1947 ha sido la base del compendio de su concepto de sociedad comunal que hemos utilizado aquí y de los intentos recientemente llevados a cabo por definir “la gran línea divisoria” entre estilos por épocas. Otros ensayos afínes, publicados con anterioridad o inéditos, se encuentran en sus obras comple­ tas (1962).

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L a sociedad comunal típica, seguía diciendo, sería una sociedad aislada con un mínimo de contactos exteriores. Sus miembros están en íntim a com uni­ cación entre sí. Hay muy poca movilidad física o no hay ninguna, por lo menos del tipo que alteraría las relaciones dentro de la sociedad o que acrecentaría las influencias externas. La comunicación es solamente hablada: no hay escritura ni lectura que compitan con la tradición oral o la limiten. Los miembros de la sociedad comunal son muy parecidos. Al tener contacto solamente unos con otros, aprenden las mismas formas de pensar y actuar: “los hábitos son lo mismo que las costumbres”. Los viejos ven a los jóvenes hacer lo que ellos mismos hicieron a la misma edad, ya que hay pocos cambios. Hay un sentido muy fuerte de unidad y pertenencia; cada miembro “exige fuertemente las simpatías de los demás” . La división del trabajo se limita a la que existe entre hombre y m ujer; la división de los conocimientos también. L a sociedad comunal es autosuficiente, pues la gente produce lo que consume y consume lo que produce. Su cultura es en buena medida de u n a sola pieza. Normas, valores y creen­ cias son los mismos para todos. Lo que la gente piensa que se ha de hacer es coherente con lo que creen que se hace. Todo en la cultura está íntim a­ mente relacionado con todo lo demás. L a ronda de la vida no va de una actividad a otra diferente. Es una sola gran actividad, de la cual no se puede separar ninguna parte sin afectar al resto. El poder de la sociedad para actuar de un modo coherente y enfrentar con eficacia las crisis no depende del poder de los individuos o de la devoción a un principio único, sino que se debe a la coherencia general de las acciones y los entendimientos. U no no está predispuesto a reflexionar sobre la tradición de una manera crítica u objetiva. No hay sistematización del conocimiento. Las convenciones que atan entre sí a las personas son más bien tácitas que explícitas y contractuales. Se espera que la otra persona responda a las situaciones de la misma forma que uno, y se la trata más como a una per­ sona que como una cosa. De hecho, esta tendencia se extiende de forma que también las cosas son a menudo tratadas como personas. M ás aún: las relaciones no son sólo personales, sino familiares. Las relaciones se conceptualizan y categorizan en los términos de un universo de lazos de parentesco, que crean las diferencias que llegan a existir entre esas relaciones. “Los parientes ¿on las personas modelos para todas las experiencias.” L a sociedad comunal es una sociedad de lo sagrado. Las nociones de valía moral se vinculan a las formas de pensar y actuar. Todas las actividades son fines en sí mismas y expresan los valores de la sociedad. No hay lugar para el móvil enteram ente m undano de la ganancia comercial. L a distri­ bución de los bienes y servicios es un aspecto de ía estructura de las rela­ ciones personales. Los intercambios son prendas de buena voluntad.

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Redfield obviamente tenía una apreciación estética de la armonía de la sociedad comunal. Como él indicaba, si se invierten las cualidades de esa sociedad, se obtiene el urbanismo, con un aspecto muy semejante al que des­ cribía Wirth. Ninguna parte del ensayo de W irth es tan conocida como su definición de la ciudad como un “asentamiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos”. De uno u otro de estos atributos del urbanismo, sugería, se podían derivar otros. De hecho, tenía sin embargo poco de específico que decir acerca de la permanencia; así que el tamaño, la densidad y la heterogeneidad eran los factores que recibían un tratam iento más detallado. El tamaño del agregado de población, en opinión de Wirth, tiene un efecto importante en la naturaleza de las relaciones sociales. En cuanto una comunidad tiene más de unos cuantos cientos de habitantes, se vuelve difícil o imposible para cada individuo conocer a todos los demás personalmente. La m ultitud de personas en interacción requiere un estrechamiento de los c o n ta c to s . T a l vez ningún párrafo aislado de “El urbanismo como forma de vida” es más significativo que el que se dedica a este punto. D e manera característica, los urbícolas se encuentran unos a otros en papeles altam ente segm entarios. Desde luego, dependen de más personas para la satis­ facción de sus necesidades vitales q ue la gen te rural, y, por tanto, se asocian con u n núm ero mayor de grupos organizados; pero dependen m enos de per­ sonas particulares, y su dependencia 4 e' los demás se lim ita a un aspecto suma­ m ente fraccionado de la ronda de actividades de esas otras personas. Esto es en esencia lo que se quiere decir con que la ciudad se caracteriza por con­ tactos secundarios más que primarios. Los contactos de la ciudad pued en cierta­ m ente producirse cara a cara, pero son de todas maneras im personales, super­ ficiales, transitorios y segm entarios. La reserva, la indiferencia, la actitud hastiada q ue los urbícolas m anifiestan en sus relaciones pueden así ser consi­ deradas com o mecanismos para inm unizarse contra las exigencias y expectativas personales de los demás [W h th , 1938, p. 12].

Al no tener un particular interés por los otros como personas completas, los habitantes de la ciudad suelen formarse una idea totalmente racional de sus interacciones, y consideran a los demás como medios para la reali­ zación de sus propios fines. Esto puede considerarse una emancipación del control del grupo, Al mismo tiempo, sin embargo, implica una pérdida del sen­ tido de participación que viene de tener una identificación más íntim a con otras personas. Ésta se remplaza, señalaba W irth (citando a Durkheim ), por un estado de anomia. un vacío social. El carácter segmentario y utilitario de las relaciones se expresa en la variedad de ocupaciones especializadas. Hay un constante peligro de que

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la falta de consideración personal hacia los demás conduzca a relaciones depredatorias. Para reducir el avance de esas tendencias destructivas, la so­ ciedad urbana tiende a instituir códigos profesionales y una etiqueta ocupa­ cional. En la vida económica, las sociedades industriales o comerciales son otro ejemplo típico del carácter distintivo (ethos) de la ciudad; su utilidad y eficiencia resultan del hecho de que la sociedad mercantil no tiene alma. El tamaño de la población también hace imposible para cada individuo estar igualmente comprometido en los asuntos de la comunidad en su con­ junto. Los intereses se articulan por delegación. Lo que dice un individuo tiene poca importancia; mientras que la voz del representante parece ser más claramente escuchada cuanto mayor sea el número de personas en cuyo nombre habla. Entre los resultados de la densidad está la tendencia del urbícola a orien­ tarse según indicios visuales. Dado que los contactos físicos son cercanos pero los contactos sociales son distantes, uno responde al uniforme más que al hombre. El amontonamiento de personas y actividades puede ser una mo­ lestia, y algunas personas y actividades, más molestas que otras. Así aparece la segregación, y en la competencia por cualquier espacio* particular el resul­ tado generalmente estará determinado por la utilización que ofrezca mayores dividendos económicos. El lugar de residencia y el de trabajo tienden a estar divorciados. Los procesos de segregación tienen como consecuencia el mo­ saico urbano de mundos sociales; pero hay suficiente yuxtaposición de modos divergentes de vida para producir tolerancia y una perspectiva relativista mediante la cual la vida se seculariza. L a vida ordenada dentro de la socie­ dad compacta se mantiene mediante la adhesión a rutinas predecibles. La gen­ te de la ciudad vive por el reloj y las señales de tránsito. Sin embargo, la congestión puede causar fricciones e irritación. Y el contraste mismo entre la cercanía física y la distancia social aum enta la reserva y produce sole­ dad a menos que el individuo pueda encontrar desahogos sociales más es­ pecíficos. Gomo el urbícola está expuesto a la heterogeneidad de la ciudad y se mueve a través de contactos con diversos individuos y grupos, llega a aceptar la inestabilidad y la inseguridad como normales, experiencia que contribuye a su cosmopolitismo y sofisticación. Ningún grupo tiene su lealtad completa. Los círculos en los que participa no se pueden ordenar jerárquicamente ni concéntricamente, sino que se tocan o intersecan de diversas maneras. El paso por muchos empleos, barrios e intereses durante su vida, también mantiene al habitante de la ciudad alejado de compromisos muy fuertes con otras personas. Pero a pesar de toda su movilidad no puede adquirir una visión general de la complejidad de su com unidad en conjunto. Por tanto, no está seguro de qué le conviene más, y es vulnerable a las presiones persuasivas

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de los propagandistas. Por razones como éstas, el comportamiento colectivo en las ciudades suele tornarse impredecible.

El

d o m in io

de

la

d ic o t o m ía

El análisis de la vida urbana que hace W irth y la complementaria visión de la sociedad comunal ofrecida por Redfield pueden interesar al urbícola contemporáneo a partir de su experiencia, y también, con igual fuerza al menos, a partir de sus hábitos heredados de pensamiento. Reconocemos como tipos al ciudadano sofisticado y a su opuesto, sea verdaderamente comunal, salvaje noble o simplemente rural: un paleto. De una forma u otra, la dico­ tomía ha estado con nosotros mucho tiempo. Caro Baroja (1963) ha mos­ trado cómo éste era un lugar común en los comentarios sociales de la antigüedad clásica. Más cerca del tipo de ciudad que era el Chicago de W irth, Engels (1969, p. 58) escribió, en la Situación de la clase obrera en Inglaterra, que aunque “este aislamiento del individuo, esta estrecha búsqueda de sí mismo es el principio fundamental de nuestra sociedad en todas partes, en ninguna parte es tan desvergonzadamente desnuda, tan consciente de sí como aquí, en el hacinamiento de la gran ciudad” . (Sin embargo, junto con Marx, reconocía en el Manifiesto comunista que esta experiencia podía rescatar a los hombres del “idiotismo de la vida rural” .) La urbanización explosiva que Engels* observaba y que cambiaba drástica­ mente el rostro de la sociedad europea también inspiró el desarrollo de la disciplina sociológica. A su manera, la Gemeinschaft y Gessellsckaft de Tónnies y la oposición de Durkheim entre solidaridad mecánica y orgánica están también en la línea de los contrastes comunal-urbanos. Georg Simmel, en su ensayo de 1903 sobre la vida mental de la metrópoli, es claramente uno de los antepasados intelectuales más próximos de Louis W irth, en buena medida, probablemente, m ediante su influencia directa sobre el escritor Robert Park. L a influencia fundamental de la gran ciudad sobre la psique hum ana, sugería Simmel, es la "intensificación de la estimulación nerviosa” . Impresio­ nes duraderas, impresiones que varían sólo ligeramente una de otra, impresiones que siguen un curso prefijado y que muestran sólo los contrastes predecibles comprometen a la conciencia menos que el amontonamiento de imágenes rápidamente cambiantes, las discontinuidades perceptibles en una sola m irada y lo inesperado de las nuevas impresiones. Esta últim a es la experiencia del habitante de la ciudad. Se convierte en un sofisticado, reacciona con su cabeza más que con su corazón y se hastía. Es indiferente a toda indivi­ dualidad genuina, porque las reacciones y relaciones que resultan de ella

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no se pueden manejar del todo mediante operaciones lógicas. Tiende a la justicia formal y a la dureza desconsiderada. En gran parte, Redfield y Wírth, en sus trabajos sobre lo comunal y la ciudad, no eran sino oficiantes de un saber establecido. Los estudiosos del pensamiento humano y la vida social también han continuado dicotomizando así en años posteriores, inspirados directamente o no por estas dos o por anteriores fuentes.2 Pero, por lo menos durante algún tiempo, un amplio grupo de sociólogos y antropólogos partieron en sus presupuestos, explícita y muy inmediatamente, del paradigma Wirth-Redfield. Para el sociólogo, que se ocupa sobre todo de su propia sociedad occidental contemporánea, la atención se fijaba más en Wirth, y su contraste entre lo urbano y lo rural —esto último, dentro de su contexto social, no sería exactamente igual a lo comunal— era probablemente el menos dramático. La formulación de R ed­ field atraería más a los antropólogos, con su interés al menos parcial por las sociedades más aisladas y tradicionales que se encuentran en el mundo. De acuerdo con los puntos de vista de ambos autores, la dicotomía se transr formó entonces en un continuo, por el reconocimiento de que las verdaderas sociedades o formas de vida no siempre encajan de manera muy exacta en alguno de los tipos polares, sino que se sitúan entre ellos. Las nociones sobre los continuos comunal-urbano o rural-urbano se con­ virtieron en sociología de libro de texto, particularm ente en Estados Unidos y en el periodo inmediato posterior a la segunda Guerra M undial, y en diversos grados lograron influir sobre estudiosos de otros países. Sin embargo, no han resultado del todo correctas. L a cantidad de investigaciones nuevas inspiradas por estas conceptualizaciones y que se basan acumulativamente en ellas, se considera un tanto limitada. Con demasiada frecuencia parecen con­ geladas, incorporadas pasivamente al sistema de creencias cotidianas de los científicos sociales. Además, son vulnerables, tal como se expresan,3 a diversas críticas. 2 Hay obvias semejanzas, por ejemplo, entre las dicotomías que citamos aquí y los intentos recientes por definir “la gran línea divisoria” entre estilos de pensamiento. Podría recordarnos a Redfield el hincapié que hace Horton (1967) en la falta de conciencia de la existencia de otras posibilidades* o la definición que hace Gellner (1974-, pp. 158 jí .) de la visión de normalidad y la penetración de cláusulas atrin­ cheradas en el pensamiento tradicional. Pero aquí, obviamente, lo que se acentúa no es el contraste urbano-rural en cuanto tal. La obra de Goody (Goody y Watt, 1963; Goody, 1977) ha contribuido a dar a la alfabetización un puesto más importante en la discusión. 3 La polémica en torno a los contrastes comunal-urbano o rural-urbano incluye comentarios de Bener (1963 a ), Dewey (1 9 6 0 ), Duncan (19 5 7 ), Fischer (1 9 7 2 ), Foster (1 9 5 3 ), Gans (1962b), Hauser (1 9 6 5 ), Lewis (1951, 1965), Lupri (1 9 6 7 ), McGee (1964), Miner (1952, 1953), Mintz (1953, 1954), Morris (19 6 8 ), Pahl (1966, 1967), Paine (1 9 6 6 ), Rejss (19 6 5 ), Sjoberg (1952, 1959, 1964, 1965), Steward

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EN BUSCA DE LA CIUD AD E l . U R B A N IS M O D E W l R T H . R A S G O S , P R E S U P U E S T O S , P U N T O S

D É B IL E S

Por lo tanto, debemos examinar un poco más detenidamente la conceptualización de Wirth, los presupuestos subyacentes que le sirven de premisas y las críticas que se le dirigen, esperando que esto pueda iluminar la idea de urbanismo. Sin embargo, antes de proceder a ello uno podría preguntarse qué h a sido y, hasta cierto punto, sigue siendo tan atractivo en la formulación de Wirth. Es, desde luego, un enunciado claro y efectivo en muchos senti­ dos, y lo bastante abarcador dentro de los límites de sus dos docenas de páginas para ocupar por sí mismo el lugar central en su tipo de pensamiento sobre la vida urbana. Para un antropólogo, su atractivo puede residir en gran parte en el énfasis en las relaciones y maneras de pensar sociales. Parece que “El urbanismo como forma de vida” fue hasta cierto punto una reacción contra el tipo de pensamiento ecológico que dominaba entre los sociólogos de Chicago. W irth hizo volver el interés por la gente. El párrafo antes citado, sobre las relaciones que se producen cara a cara y la resultante defi­ nición de la persona, se alinea con una problemática clásica de la antropo­ logía social. Además, por lo menos parte del análisis de W irth está en un nivel de abstracción sobre las instituciones particulares y la forma que se Ies da en cierta tradición, y en parte ofrece por ello un alivio de la tendencia, muy prevaleciente en las ciencias h atia formulaciones más deslumbrante­ mente vinculadas a la cultura. Pero el ensayo de W irth es desigual a este respecto; tan sólo a causa de su concreción, sus famosas proposiciones sobre el tam año decreciente del grupo familiar y la im portancia de las asociaciones voluntarias en la vida urbana, por ejemplo, son más directamente susceptibles de crítica basada en pruebas comparativas. Y al final, algunos de sus enun­ ciados que parecen tener más amplia pertinencia son igualmente limitados en su alcance cultural. Volveremos a esta cuestión. Para enumerar las características del urba­ nismo de Wirth, una prim era cosa que señalar puede ser una fuerte pro­ pensión a ver la ciudad como un sistema cerrado. Hay frases dispersas a lo largo del ensayo que constituyen excepciones a dicha tendencia; pero en conjunto ésta puede ser la mayor falacia de W irth. La ciudad es necesaria­ mente un sistema abierto o un sistema parcial, a diferencia de la sociedad comunal. En ese sentido no son comparables. Redfield se dio cuenta de ello (1 9 5 0 ), Stewart (1958), Tax (1939, 1941) y Wheatley (1972). También es importante un ensayo posterior y publicado póstumamente de Wirth (1964b). Los comentarios que presentamos sólo cubren parcialmente los temas que surgen de esta discusión.

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después, y sustituyó a la ciudad por la “civilización” en su versión del con­ traste entre ambas4. En el caso de W irth hay poco más que alguna leve consideración sobre el efecto externo de la ciudad. La relación entre ciudad y sociedad está expresada como una influencia unívoca, en la que la ciu­ dad actúa sobre su entorno por un proceso de difusión y, así, lo conforma a su propia imagen. Obviamente, este punto de vista se asemeja al de Redfield al identificar tal influencia como una fuerza importante de desor­ ganización en la sociedad comunal. Pero W irth casi no dice nada de cómo se puede mantener una forma urbana de vida en condiciones no urbanas, ya que entiende que esa forma de vida sólo puede originarse bajo las cir­ cunstancias que se encuentran en la ciudad misma. En conjunto, está claro que el modo urbano de vida se encuentra en su forma más reconocible en la ciudad, bajo la influencia directa de tres factores: tamaño, densidad y heterogeneidad. En la teoría de W irth los tres factores se ven casi como variables independientes, y “cuanto mayor y más densamente poblada y más heterogénea sea una comunidad, más acentuadas serán las características asociadas al urbanismo” (W irth, 1938, p. 9). Más a fondo, se puede observar que, en estos términos, la ciudad de W irth es un tipo ideal: es muy grande, muy densa, muy heterogénea. Gomo con otras formulaciones de esta clase, llega a convertirse en un problema práctico qué hacer con los casos reales que son aproximaciones menos exactas. La idea de un continuo, después de todó, suele ser considerada un tanto inmanejable. Casi inevitablemente, en el desarrollo del estudio del urbanismo vuelve a introducirse un umbral de discontinuidad entre lo urbano y lo rural, aunque con escaso consenso en cuanto a dónde hay que colocarlo. De acuerdo con el enunciado recién citado, se podría esperar que la urbanidad de un lugar estuviera determinada por el tamaño, la densidad y la heterogeneidad de su población absoluta. Sin embargo, de nuevo parece cuestionable si uno puede considerar así a la comunidad urbana aparte de su contexto más amplio. Las variables aparentemente simples de tamaño y densidad ofrecen sufi­ cientes pruebas de esto, y juntas proporcionan una concepción más bien demográfica que estrictamente sociológica del urbanismo. La densidad puede definirse como el cociente población/espacio. Pero ¿es realmente la densidad absoluta lo que empleamos como componente en la definición del urbanismo, o es una densidad relativa a las áreas circundantes, es decir, concentración? No en escasa medida, por lo menos, nuestro sentido común parece guiarse por la segunda proposición. Lo que se considera un nivel urbano de densidad en ciertas circunstancias puede no definirse así en una sociedad más densa­ mente poblada en su conjunto. La definición de densidad urbana de un * Véase, por ejemplo, el ensayo “Civilizations as Things Thought About” (Red­ field, 1962, pp. 364-375, en especial la página 370).

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censo indio —mil habitantes o más por milla cuadrada— resulta aplicable a la mayor parte de los campos cultivados de Japón (véase Tsuru, 1963, p. 44). Si se quiere argumentar, entonces, como parece hacerlo W irth, que cierta densidad absoluta produce efectos sociales particulares, las comunidades de que uno se ocupa pueden ser consideradas urbanas en ciertos lugares pero no en otros. Éste es un obstáculo para los estudios urbanos comparativos. La varia­ ble del tamaño ofrece problemas semejantes. No hay ningún acuerdo uni­ versal sobre qué tan populosa ha de ser una comunidad para que sea considerada urbana. Los legos, los funcionarios y los científicos sociales suelen usar las ideas variablemente precisas que prevalecen en sus rincones del mundo. Para la gente acostumbrada a ciudades con millones de habitantes, resulta a menudo sorprendente hablar de los centros urbanos de otros tiem­ pos y lugares, de grande e indiscutible importancia pero con cifras de po­ blación que en otras circunstancias los podrían haber hecho contar como simples pueblos. Respecto de la idea de predecir efectos sociales a partir de las cifras de tamaño y densidad de población, se puede plantear otro problema que, a su manera, también surge de la concepción de la ciudad como un sistema cerrado. Estas cifras, cuando se derivan, por ejemplo, de los registros oficiales del censo, generalmente muestran dónde duerme la gente. En la medida en que los seres humanos se mueven en sus horas de vigilia, se introduce una fuente de error. Esto es evidente en la distribución interna de la gente en la moderna ciudad occidental, dónde el distrito comercial central apare­ ce escasamente poblado porque pocas personas tienen allí su residencia. Tam ­ bién puede verse en la distribución de la gente entre campo y ciudad. La vida urbana también incluye a quienes usan la ciudad sólo una parte del tiempo, la gente que viene a vender al mercado, hace una ronda por los bares, litiga en los tribunales, visita a un amigo en el hospital o mira un desfile. Y algunas comunidades urbanas pueden tener más visitantes de este tipo que otras. Inversamente, desde luego, los urbícolas pueden rebasar los límites de la ciudad para recoger leña, comprar huevos frescos en una granja, vender dudosas novedades a los rústicos o experimentar la comunión con la naturaleza. T al vez no necesitamos a esta altura hablar más de las variables de tamaño y densidad. En el caso de la tercera variable, la heterogeneidad, podría plan­ tearse un problema similar: ¿cuánta heterogeneidad se requiere para que una comunidad sea definida como urbana? Pero aquí los referentes del tér­ mino también parecen menos seguros. Los autores difieren en cuanto a en qué hacía hincapié W irth.5 5 La vaguedad de Wirth acerca de este tema ha llevado a Oscar Lewis (1965, p. 4 9 6 ), por ejemplo, a afirmar que “por ‘socialmente heterogéneo’ se refería pri-

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En cierto sentido, advertido más de paso en “El urbanismo como forma de vida”, cierta cantidad de heterogeneidad podría presumiblemente rela­ cionarse con el tamaño mismo de la población urbana: si se pudiera imaginar una especie de “heterogeneidad generalizada” distribuida uniformemente entre la gente, una comunidad mayor abarcaría más heterogeneidad que una menor. Sin embargo, lo que puede interesar más al observador del urba­ nismo es una relativa concentración de heterogeneidad en la ciudad; una variedad de atributos sociales que pudiera de alguna manera medirse como mayor que el promedio por unidad de población. W irth dio dos razones principales por las que la ciudad sería particularmente heterogénea en este sentido. La una era que la ciudad tiende a reclutar heterogeneidad del exterior. (Éste es un caso en que W irth sí reconoció los contactos exteriores de la comunidad urbana.) Atrae emigrantes de diferentes procedencias, convirtién­ dose así en “el lugar de fusión de razas, pueblos y culturas”. L a otra razón se sabe basada en Darwin y D urkheim : cuando hay un aumento del nú­ mero de organismos que habitan un área determinada, hay diferenciación y especialización, ya que sólo así puede dicha área mantener a números más altos. Este último argumento tiene algo de validez incluso aplicado a la vida hum ana. Sin embargo, vemos a W irth resbalando de nuevo hacia la idea de la ciudad como sistema cerradbi La población densa^ aparece prim ero; luego se introduce una división interna del trabajo. Aunque está reconocido que una parte del mercado ampliado de que depende la especialización se en­ cuentra en el hinterland de la ciudad, el énfasis está más bien en el acceso a la población urbana misma. La gente de la ciudad parece ocupada, y parece ganarse la vida, lavando la ropa unos de otros. Se puede querer especular que esta tendencia a ver la ciudad como en un vacío era uno de los resultados de la experiencia de W irth en Chicago. La división interna del trabajo en u n a metrópoli como ésa es más com­ pleja de la que se puede encontrar en la gran mayoría de las comunidades urbanas. Muchos de sus habitantes podrían probablemente experimentar la ciudad subjetivamente en sus vidas diarias como un universo autocontenido. Sus vínculos exteriores, por más importantes que resulten para todos los habitantes, pueden estar concentrados con fuerza en relativamente pocas manos. U n dato adicional sobre el Chicago del siglo xx era que un gran número de su gente había venido del exterior, como inmigrante de Europa oriental, Irlanda, Italia, Escandinavía y otras regiones. Pero tal vez por mordiaímente a grupos étnicos distintos y no a diferencias de clase” ; y a Paul Wheatley (1972, p. 608) que se sentía “más interesado en la diferenciación por clases que en la diversidad étnica”.

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haber venido desde tan lejos, y no de las granjas de la vecina Indiana o de Illinois, Chicago puede haber sido para ellos más como una isla aislada en el mar. De cualquier forma, aunque las referencias de W irth a la heterogeneidad puedan ser vagas, sugirió de esa m anera que la ciudad intensificaba la hetero­ geneidad, atrayendo la diversidad externa y aumentando la diversidad in­ terna, A veces ambas cosas estaban relacionadas, como cuando la ciudad £iha reunido personas de los confines del muíido poique son diferentes y por tanto útiles las unas para las otras, más que porque son homogéneas y de m entalidad parecida” (W irth, 1938, p. 10). De esta manera, se puede ver la heterogeneidad convertida ella misma en una variable dependiente del tamaño y la densidad. Al mismo tiempo, por supuesto, W irth había intentado asignar a su vez efectos sociales separados a las variables inde­ pendientes de tamaño, densidad y heterogeneidad. Pero hay razones para mos­ trarse escéptico ante tal procedimiento. Si la forma de las relaciones sociales hubiera de cambiar en la dirección de la impersonalidad, la superficialidad y la segmentalidad, por ejemplo, como sugiere la cita antes transcrita, ello no se debería solamente a un aumento en el tam año de la población, sino también a que la población es lo bastante densa para que estos muchos; individuos sean mutuamente accesibles. Si hay procesos de segregación en la ciudad, no se deben sólo a la densidad, sino a la densidad y la hetero­ geneidad combinadas. En otras palabras, no se pueden añadir los efectos del tamaño a los de la densidad y ríos de la heterogeneidad, sino que las características de la vida urbana que pueden deberse a ellos (asi como a otros factores) pueden a menudo tener más que ver con las formas en que se relacionan recíprocamente. Además, el tamaño, la densidad y la heterogeneidad no tienen que rela­ cionarse de la misma manera en todas las ciudades, hecho que complica la idea del continuo rural-urbano o comunal-urbano. Entre los estudios que ejemplifican este punto, está eí de Marvin Harris (1956) sobre Minas Velhas, Brasil. Minas Velhas era rica en diversidad. Había empezado en el siglo xvnr como una comunidad en torno a las minas de oro, y después se convirtió en un centro administrativo, educacional y religioso. Había sesenta y nueve especialidades ocupacionales, y ios que no eran funcionarios públicos pre­ ferían establecer negocios por su cuenta en vez de subordinarse a otros. El individualismo se mostraba también en la escasa atención que se le pres­ taba al santo patrón de la comunidad y en la proliferación de santos patrones personales. Consciente o inconscientemente, abstracta o concretamente, la gente de Minas Velhas apoyaba y desarrollaba el carácter urbano de su comu­ nidad. H abía un amor al ruido, al movimiento, a las multitudes y las casas de las calles más transitadas. L a educación, la forma de emplear las palabras,

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ios procesos legales, los trajes y corbatas: éstas eran las cosas buenas de la vida. Sin embargo, Minas Velhas tenía una población de sólo unos 1 500 h a­ bitantes. Como señalaba Harris, se podrían encontrar muchos ejemplos en la antropología de América Latina de comunidades más grandes pero que eran consideradas sin embargo como aldeas. El tamaño, la densidad y la heterogeneidad pueden tal vez tener que considerarse como constituyentes de diferentes continuos; además, la últim a abarca tantas dimensiones que encontrar una forma de alinearlas para que sean accesibles a una sola medida es u n a tarea sobremanera difícil. Simple­ mente distinguir estas variables principales en el modelo de urbanismo de W irth se convierte en algo muy complejo. No obstante, se han tomado más o menos como algo dado. W irth insistía más bien en delinear el tipo de vida que les correspondía. Esto no es sino una imagen muy generalizada, y muy su gerente, de las experiencias y respuestas del habitante medio de la ciudad, un “hombre de la calle”. Aquí, previsiblemente, se han concentrado muchas de las críticas a W irth que se basan en pruebas empíricas. Entre las más renombradas se encuentra la de Oscar Lewis (1951, 1965), que confrontó el pensamiento comunal-urbano tanto con un nuevo estudio del Tepoztlán de Redfield como con una investigación en la metrópoli de la ciudad de México. Las diferencias entre las dos imágenes de Tepoztlán, particularmente en cuanto a la calidad de las relaciones interpersonales, las han convertido en un caso clásico de la discusión sobre la etnografía inter­ pretativa. En contraste con la armoniosa escena que presentaba Redfield, Lewís encontró que eran cosa común la envidia, la desconfianza y la vio­ lencia. La respuesta de Redfield ante esta divergencia parece característica de sus impulsos humanistas: la reconoció como una prueba del elemento personal en la antropología. Se había preguntado cuáles eran las cosas que los tepoztecos disfrutaban en la vida; Lewis, cuáles eran sus problemas y sufrimientos. Incluso con esto, uno puede pensar que ello arroja algunas dudas sobre su imagen de la sociedad comunal, en la medida en que ésta se inspiraba en Tepoztlán. En la ciudad de México, Lewis no podía comparar sus resultados con ningún estudio local precedente; pero se preguntó en cambio si las con­ cepciones que tenían Wirth, Redfield y Simmel del urbanismo en general podían servir como descripción de la vida de los barrios de clase baja que conoció en la ciudad. H asta donde él podía ver, no servían. Las personas de las vecindades* inmigrantes del campo, no habían sufrido mucho de * Aparece en de vecindad, de contiene muchas (R eal Academia

español en el original. [TJ En México se llama vecindad a la casa acuerdo con la definición académica: C‘casa de vecindad. La que viviendas reducidas por lo común con acceso a patios y corredores” Española: Diccionario, 19a. ed.: Madrid, 1970). [Editor,]

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nada que se pudiera llamar “desorganización”., y sus vidas apenas estaban caracterizadas por el anonimato y la impersonalidad. Parecía como si los lazos de la familia extensa se hubieran fortificado y aumentado, más que lo contrario, aunque las unidades domésticas no fueran tan grandes como, en el pueblo. O tra razón por la que la descripción de las relaciones sociales en W irth no se aplicaba era que las personas que Lewis conoció en la ciudad eran habitantes no tanto de ésta en general como de barrios particulares de un carácter pueblerino. Era allí donde tenían la mayoría de sus con­ tactos, con considerable estabilidad e intimidad. Así pues, Lewis (1965? p. 497) encontró que las variables de núm ero, densidad y heterogeneidad tal como las em plea 'VVÍrtb no son los determ inantes cruciales de la vida social o la personalidad. Hay m u ­ chas variables que intervienen. La vida social no es un fenóm eno de masas. T ie n e lugar en su mayor parte en grupos pequeños, dentro de la fam ilia, dentro de los hogares, dentro de los barrios, dentro de la iglesia, grupos formales e informales, etc. C ualquier generalización sobre la naturaleza de la vida social en la ciudad debe basarse en cuidadosos estudios de estos pequeñosuniversos más que en enunciados a ^riort sobre la ciudad en su conjunto.

Tampoco parecía que estos habitantes de la vecindad se hubieran conver­ tido en secularizados creyentes de la ciencia. De hecho, “la vida religiosa se volvía más católica y disciplinada” y las creencias y remedios de la aldea persistían. Las nociones sobre la mentalidad urbana precisamente merecieron algunas críticas en particular agudas por parte de Lewis. Demasiado a me­ nudo se basaban en teorías anacrónicas e inadecuadas de la personalidad; demasiado a menudo faltaban casi totalmente pruebas empíricas para apoyar­ las. Si las construcciones sobre lo comunal y la ciudad eran en general una mezcla de hechos mal entendidos, adivinaciones e ideología, sus afirmaciones sobre cómo pensaban los habitantes de la ciudad pertenecían por mucho al lado de lo dudoso y no comprobado. El retrato de la calidad de las relaciones sociales en la vecindad de la ciudad de México, tal como lo presenta Lewis, señala un serio error en el razonamiento de Wirth. Parece haber estado pensando en una cantidad fija de contactos sociales, distribuidos densamente en unas pocas relaciones en la sociedad comunal, y diluidos entre muchas en la ciudad, y distribui­ dos en ambos casos de un modo homogéneo entre todas las relaciones. Cierta­ mente, la vida social no está organizada así. Hay, además, cierta presión por lograr una concepción demasiado generalizada del urbícola típico. A pesar del énfasis en la heterogeneidad, nos damos cuenta de que se está supo­ niendo una semejanza. Pero hay muchas clases de ciudades; cada una de ellas tiene muchas clases de habitantes, y cada uno de ellos, a su vez, tiene

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diferentes clases de relaciones. Y casi siempre, algunas de éstas son íntimas, personales y duraderas. El estudio del propio W irth sobre el gueto podía mostrarlo así. Precisamente, Short (1971, p. xxix, n .), en su evocación de la sociología urbana de Chicago, ha escrito que por lo menos a uno de los colegas de Louis W irth le divertía mucho el hecho de que las relaciones del propio W irth estaban lejos de ser “impersonales, superficiales, transitorias y segmentarias”. La crítica a esta concepción de las relaciones urbanas se ha convertido en un género importante de la investigación urbana comparativa, y Lewis no fue el primero en contribuir a ella. Incluye Street Comer Society [La socie­ dad de la esquina], de W'hyte (1943), y algunos de los trabajos que se derivaron de esta obra. Gans (1962a), como hemos señalado, acuñó el tér­ mino que resume gran parte de la critica en The Urban Villagers [Los aldeanos urbanos], en el que escribía como Whyte acerca de los italoestadonnidenses de Boston; y muchos otros autores han señalado igualmente la intimidad de diversos barrios urbanos en todo el mundo. Lo que puede decirse de su argumento principal, aparte de constatar que ahora ya ha perdido mucho del encanto de la novedad, es que corre el riesgo de resultar exagerado. Si W irth no estaba 100% en lo correcto sobre el carácter de las relaciones sociales urbanas, difícilmente se equivocaba en un 100%. No con­ vendría afirm ar que las relaciones entre los habitantes de la ciudad son típi­ camente profundas y amplias, íntimas y duraderas. Lo que merece reconoci­ miento, y una mayor atención analítica, es la variabilidad de las relaciones en la ciudad. U n aspecto adicional de la descripción de W irth sobre el urbícola generalizado debe identificarse. El ensayo insiste, más literalmente de lo que uno puede notar al principio, en una “form a de vida” . Se describe un estilo de vida, y la descripción tiene su punto de partida más o menos, en el individuo sumergido en esa forma de vida. No obtenemos, por otra parte, una visión general y diferenciada del orden social urbano. T al vez la preocu­ pación por una especie de “hombre de la calle” tenía alguna relación con la experiencia de investigación de W irth y sus colegas de Chicago. Con la .excepción de los vislumbres de Zorbaugh respecto de la Costa Dorada, comohemos visto, los chicaguenses “estudiaban hacia abajo” u ocasionalmentehacia los lados, como los etnógrafos urbanos han continuado haciendo típica­ mente. Para llegar al “urbanismo como un orden social” más que como “una forma de vida” tendrían que haber prestado más atención, presumi­ blemente, a los niveles más altos de la política y la economía de la ciudad. Aun así, aparte de la presuposición de una ecología urbana de liberalismo(laissez-faire), los sociólogos de Chicago no tuvieron en general mucho in­ terés analítico por la economía más am plia de la comunidad, ni por asuntos.

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de poder y conflicto: cosa notable en lina ciudad que tenía en su historia sucesos como el incidente del Haymarket.6

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N O C E N T R I S M O , T R A D IC IO N E S

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U R B A N IS M O

Al enfrentar una amplia gama de datos empíricos que, como los de Lewis, serían anómalos desde el punto de vista wirthiano, la idea del urbanismo como una combinación fija de características se torna cada vez más un espe­ jismo que se aleja o se disuelve cuando uno intenta aproximarse. Reiss (1955), por ejemplo, llega a la conclusión, tras enumerar ingredientes fundamen­ tales del contraste urbano-rural, de que casi nada se puede encontrar para distinguir a la ciudad del campo en términos universales y absolutos. U n lugar como Aarhus, segundo centro urbano de Dinamarca, parece menos hetero­ géneo que la antigua frontera norteamericana. U n estudio del empleo del tiempo muestra que los urbícolas dedican tanto tiempo a las relaciones inter­ personales íntimas como los habitantes del campo. U na región rural escasa­ mente poblada puede proporcionar condiciones tan favorables al anonimato como una gran ciudad. Los urbícolas no pueden tener ningún monopolio de la tolerancia frente a comportamientos disidentes, como atestiguan los cua­ treros del Oeste norteamericano, las tasas de homicidio en la Sicilia rural o las altas tasas de embarazos pie maritales entre los campesinos escandinavos. L a movilidad no es una característica urbana en sí misma, sino una función de las estructuras de oportunidad, que pueden estar abiertas o cerradas tanto en la ciudad como en el campo. Las asociaciones voluntarias no atraen a toda la población urbana, pero podemos encontrar en áreas rurales un buen número de ellas, entre las cuales se cuentan tanto los clubes 4-H como el K u Klux Klan. Se h a dicho que la invención y la creatividad se concen­ tran en el centro urbano, pero algunas innovaciones se originan en realidad en las zonas rurales y se extienden a las ciudades. Hay gente en el campo que no trabaja la tierra, y gente urbana que sí lo hace. Se puede considerar la forma de comparación de Reiss un tanto provo­ cativa. Sus pruebas en contra están tan radicalmente descontextualizadas como cualquier lista de rasgos supuestamente urbanos. No obstante, parece aconsejable buscar caminos para salir del atolladero de la sociología de los contrastes urbano-rurales que críticas como la suya demuestran. U n factor • Lo mismo que en la noción de sociedad popular de Redfield, estos temas reci­ bieron poca atención. Cuando en la presentación de 1947 “los jefes, los hombres que deciden los pleitos y dirigen la guerra” hacen acto de presencia, es en el contexto de un festival sagrado, y se hace hincapié en que estaban cumpliendo su deber tradicional.

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con el que hay que contar aquí es el etnocentrismo, de esa especie particular que aflige a los investigadores que generalizan a partir de su propia experiencia de campo a una mayor parte de la hum anidad. Puede haber algo de esto en la imagen de una sociedad comunal aislada y vuelta hacia dentro, que nos presenta Redfield, porque los mayas de Yucatán, que fueron tal vez su modelo más importante, pueden haber desarrollado algunas de sus tendencias a la clausura por reacción a los contactos exteriores: es uno de esos casos de la etnografía mundial en que una sociedad implícita o explícitamente consi­ derada como una forma simple y tem prana en un esquema de evolución en realidad ha sido conformada ya sea por la intervención de alguna forma mas compleja de organización social o por su destrucción. Ahora, sin embargo, nos interesan más W irth y la ciudad. Puede ser un poco injusto acusar a W irth de etnocentrismo, ya que él daba por supuesto que se dirigía a los científicos sociales norteamericanos en el contexto de la sociedad norte americana. Pero como no fue claro y coherente en este punto, y como tanto sus seguidores como sus críticos han estado dispuestos a con­ siderar sus escritos como un intento de formulación más general, no es irrazonable que consideremos qué tipo de ciudad tenía él más a la mano. Esto no lo explica todo, porque las pruebas contra algunas de las afirma­ ciones más exageradas de W irth se podían encontrar en el propio Chicago. Pero el tipo de lugar que era Chicago y el tipo de comunidades urbanas que le eran en general familiáres a W irth dejaron sin duda su huella en su concepción del urbanismo. Era una ciudad que crecía febrilmente, reuniendo personas de muchos países de varios continentes; una metrópoli que, lo hemos dicho, podía parecer casi un mundo en sí mismo, con el dinero por rey. Poco se parecía a todas las demás ciudades. No que fuera necesariamente imposible derivar cualquier idea general de ella; pero podían muy bien resultar traicioneras si se daba por supuesta su validez universal. La aparición de culturas específicas trascendentes en la perspectiva de W irth frente a la ciudad era a veces engañosa. En palabras de Francisco Benet (1963b, p. 2 ), le prometía a Chicago una posición en los estudios urbanos paralela a la de la familia burguesa de Viena en la psicología freudiana. La mezcla étnica era un aspecto de este síndrome, típico de una ciudad joven en un país de inmigrantes. Si la heterogeneidad era característica de las comunidades urbanas también en otros lugares, no necesariamente sería de este tipo. “Es particularmente im portante llamar la atención sobre el peligro de confundir el urbanismo con el industrialismo y el capitalismo moderno”, escribió también W irth; pero la distinción entre el urbanismo y estos otros ismos principales en realidad no recibió mucha atención en “El ur­ banismo como forma de vida” . Cuando W irth pasó a analizar los valores de cambio del terreno como determinantes de la ecología urbana y a tomar

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a la sociedad mercantil, carente de alma, como ejemplo del énfasis urbano en la eficacia impersonal, directamente se refería a todas las ciudades en todas partes. El efecto nivelador de la producción masiva a que se refirió también era industrial más que necesariamente urbana. Todas las imágenes del urbanismo en Europa y Norteamérica estaban, desde luego, entretejidas con el industrialismo y el capitalismo. Para Engels se trataba de una trinidad indivisible, si bien nada santa. Su M anchester estaba como la Coketown de Tiempos difíciles, de Dickens, dedicada a la pro­ ducción fabril y al mismo tiempo a la destrucción del cuerpo y el espíritu humanos, generada por la mina, la fábrica y el ferrocarril (cf. Mumford, 1961, pp. 446 w.). Como mostraba la información sobre su industria de la carne que presenta U pton Sinclair, Chicago era en gran medida una ciudad del mismo tipo. Simmel se había interesado especialmente por el efecto del uso del dinero sobre la mente hum ana y el orden social, y en “The Metropolis and M ental Life” [La metrópoli y la vida mental] también se acer­ caba, por lo tanto, a sugerir que el urbanismo y el capitalismo eran casi la misma cosa. La actitud hastiada podía derivarse en buena parte de este hecho: Esta disposición de ánim o es el fiel reflejo subjetivo de la econom ía m on e­ taria com pletam ente internalizada. A l ser el equivalente de todas las variadas cosas de una y la misma m anera, el dinero se convierte en el m ás pavoroso nivelador. Porque el dinero expresa *todas las diferencias cualitativas de las cosas en térm inos de “ ¿Cuánto?” E l dinero, con toda su indiferencia incolora, se convierte en el com ún denom inador de todos los valores; irreparablem ente vacía el corazón d e las cosas, su individualidad, su valor específico y su incom ­ patibilidad [Simmel, 1950, p. 414].

Así pues, W irth recogía de nuevo -una tradición de pensamiento urbano, pero hizo poco para salir de ella. T al estado de cosas ha sido criticado también muy recientemente por M anuel Castells (1976-1977, pp. 73 ss.), quien intenta llevar el marxismo a la sociología urbana, y sugiere que un análisis de sólo una forma de vida urbana según los lincamientos de W irth es m era ideología, un extravío por su engañosa atribución de las condi­ ciones de vida bajo el capitalismo industrial a la forma espacial. A estas alturas uno podría desistir de la búsqueda de esa elusiva unidad del urbanismo. Al empezar desde cero, tal vez sería posible convertir al etnocentrismo en una fuerza. T al como W irth construyó un modelo del urba­ nismo norteamericano de principios del siglo sx , así cada tradición cultural, joven o vieja, podría diseñar su propio y único tipo de ci udad. . . o una serie de ciudades que se sucedieran unas a otras, en correspondencia con periodos particulares de la historia. Aquí, uno puede tender a mostrar al

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máximo la diferencia cultural. Encontramos tales construcciones en la obra de Jos historiadores culturales, que se ocupan de mostrar cómo una confi­ guración particular de ideas y prácticas se manifiesta en el urbanismo, en “el pueblo musulmán”, o “la ciudad latinoam ericana” . En no menor grado, pueden prestar atención adecuada al hecho de que las tradiciones culturales pueden contener sus definiciones, más o menos explícitas, de lo que es el urbanismo. Se ha dicho que el pueblo musulmán tradicional debe tener un mercado, una mezquita de los viernes y un baño público (cf. Von Grunebaum, 1955, p. 141). Entre los antropólogos, este argumento ha sido esgrimido con fuerza por Pocock (1960), en el contexto de la sociedad hindú. (Cosa poco sorpren­ dente, ya que hay un obvio paralelo en el debate sobre la aplicabilidad transcultural del concepto de casta.) Revisando estudios sobre la sociología “ur­ bana” y “rural” en la India, Pocock quedó impresionado por lo que parecía una confianza incuestionada en ideas importadas. Allí estaba W irth, le gus­ tara o no, en los mohállas de la vieja Delhi. Se suponía que los vínculos de religión y parentesco se debilitarían en la ciudad; en realidad no ocurrió así. Las posibilidades de amistad y vecindad solían ser tratadas, en esas publicaciones, en términos del flujo físico de cuerpos y el diseño de los edificios. No se sabía sí la gente de que se hablaba pertenecía o no a la misma casta o religión. U n estudio de la estratificación social empleaba como modelo el de Yankee City) de' Warner, sin grandes modificaciones para ade­ cuarlo a las circunstancias hindúes. Tal dependencia del pensamiento urbano occidental podría haber sido más comprensible, si no del todo aceptable, pensaba Pocock, si las ciudades hindúes, como muchas de África, hubieran sido creaciones europeas. Pero aunque existía una influencia occidental, la India tenía su propia tradición urbana, con una continuidad cultural directa a partir de la aldea. En la ciudad era donde el sistema de castas llegaba a su pleno desarrollo. El trazado de la ciudad, como el pueblo, era una repre­ sentación del orden del universo, más que de las necesidades espaciales y el poder de compra del comercio y la industria. No había lugar para dos socio­ logías separadas, de aldea y ciudad, en la India. Sin duda sería pobre y deficiente una aproximación al urbanismo que de alguna m anera omitiera sistemáticamente la forma en que las diversas tradi­ ciones culturales pueden estar representadas en él mediante ideas e insti­ tuciones. Sin embargo, parece discutible que el localismo de la teoría y la investigación urbanas uniculturales tampoco pueda ofrecer una satisfacción a largo plazo. T al vez uno puede buscar tipos más amplios de urbanismo en algún punto intermedio entre la tradición de las regiones culturales espe­ cíficas y la noción de la ciudad. V, después de todo, la disposición de muchos autores para traducir como “urbanos” la variedad de conceptos culíuralmente

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específicos, de forma un tanto descuidada, exige que nos preguntemos si noexiste algún común denominador entre ellos. Para probar tales posibilidades, debemos buscar a otros teóricos urbanos distintos de los de la escuela de Chicago.

L as

c iu d a d e s

en

la

s o c ie d a d .

P e r s p e c t iv a s

h is t ó r ic a s

Decir que Chicago es una ciudad de capitalismo industrial sugiere ya formas de dividir al urbanismo en categorías más manejables. U n a es la distinción entre industrial y preindustrial. La revolución industrial dio origen a centros urbanos de un tamaño antes desconocido, desarrolló nuevas formas de con­ siderar el trabajo humano y reunió a la gente bajo nuevas formas de re­ lación. Como Manchester, Chicago y otros de sus productos muestran, creó un nuevo paisaje urbano. Si éste era el tipo de urbanismo que describían W irth y sus colegas, podemos argum entar que se requiere una visión del urbanismo preindustrial que lo complemente. Respuesta explícita a las formulaciones que siguen los lincamientos wirthianos, The Preindustrial City [La ciudad preindustrial], de Gideon Sjoberg (1960), es un intento por proporcionar precisamente ese complemento. La construcción de Sjoberg es un tipo generalizado, que abarca atrevidamente del principio de la vida urbana a través de la Europa medieval hasta algunas ciudades actuales de Asia, África del N orte, Europa meridional y América L atina: “en todas partes las ciudades preindustriales despliegan estructuras sociales y ecológicas notablemente similares, no necesariamente en su con­ tenido cultural específico, pero ciertamente sí en su forma básica” (Sjoberg, 1960, p. 5). Sjoberg localizaba la ciudad preindustrial en lo que llamó la sociedad feudal, término que según sus comentaristas empleó de un modo muy idiosincrático. La tecnología era la clave variable. L a sociedad feudal, en la concepción de Sjoberg, se distinguía de la sociedad comunal en mayores excedentes agrícolas, particularm ente de granos, a los que se llega mediante el uso del arado y la rueda, la m etalurgia mejorada y las obras de irrigación a gran escala. Pero en contraste con la sociedad industrial, dependía casi enteramente de fuentes de energía animadas (humanas y anim ales). Estos excedentes desempeñaron un papel importante en el surgimiento del urbanismo; pero otra condición necesaria fue la centralización del poder en manos de una minoría instruida que controlaba el complejo integral de cargos políticos, religiosos y educativos. El comercio servía en muy grande medida para satis­ facer las necesidades y deseos de esta clase gobernante. La ciudad solía estar rodeada por una muralla, necesaria para la defensa pero también útil para otros propósitos en tiempos de paz, como el control

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de la entrada de gente, para mantener fuera a los indeseables en la medida de lo posible y recoger peajes y derechos aduanales. Dentro de la ciudad también había algunas áreas más o menos cerradas físicamente, como los barrios de las minorías étnicas. Esto era también en parte una medida de seguridad. En el centro de la ciudad estaban los edificios dominantes; palacio, templo, fortaleza. L a minoría selecta vivía cerca de allí. Sus casas no necesariamente revelaban todo su esplendor al exterior, sino que más bien se volvían hacia dentro, lejos de las pululantes masas de las clases bajas. Éstas tendían a habitar en áreas más periféricas, y ello ocurría especialmente con quienes tenían ocupaciones poco limpias, como los carniceros y curtidores de pieles. Aunque con frecuencia había un mercado cerca de los edificios principales, como el templo, los artesanos y comerciantes a menudo combinaban su hogar con su lugar de trabajo. Aparte de la general diferenciación del espacio entre las clases, había otra diferenciación más fina de modo que las familias, ocupaciones y grupos étnicos coincidían en calles o barrios particulares. El sistema de dos clases era rígido. M ientras la minoría selecta se ocupaba del gobierno, la religión y la educación, la clase inferior incluía a todos los demás. El contacto entre los dos estratos era mínimo en la medida en que la élite limitaba sus interacciones a las necesarias con los sirvientes, astrólogos, músicos, comerciantes y artesanos. Además, la gente tendía a indicar su posición mediante el vestido, el habla y otros medios de manera que pudieran mantenerse las formas apropiadas de deferencia y conducta. El anonimato, en la medida en que es cosa de categoría social más que de identidad per­ sonal, no. era una característica de la ciudad preindustrial. Desde luego, dentro de la clase inferior había gradaciones de rango, pero ninguna tan importante como la brecha entre las clases. Ocasionalmente los comerciantes podían convertir su riqueza en influencia, e incluso abrirse camino, o abrírselo a sus descendientes, hacia la clase privilegiada. No obs­ tante, una razón por la que la minoría selecta intentaba mantenerlos a distan­ cia y limitar su influencia era que los comerciantes, mediante sus contactos con todo tipo de personas, incluidos los forasteros, podían ser una amenaza al orden existente. Quienes se dedicaban a vender diversión también eran considerados como un elemento más o menos subversivo. Por debajo de los comerciantes más ricos había una variedad de merca­ deres y artesanos, así gomo trabajadores no calificados: sirvientes, mensajeros, cargadores, conductores de animales, cavadores y otros. Y mezclados con éstos, per supuesto, mendigos, criminales menores y otras personas con inde­ terminadas formas de vida. La forma típica de organización entre estas ocu­ paciones de clase baja (incluso entre los ladrones y pordioseros) era el gremio. Según las necesidades de la ocupación, el gremio servía para diversos

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propósitos, como el control de las oportunidades de trabajo, la regulación del reclutamiento y la socialización ocupacional, el control de los conflictos internos y la ayuda mutua. Los negocios que lo integraban eran pequeños. La tecnología apenas permitía economías de escala dentro de los oficios. En virtud de las circunstancias en que vivían, las personas de la clase pobre no podían mantener fácilmente grandes casas ni lazos familiares muy estrechos. Los más pobres podían carecer totalmente de cualquier vínculo familiar. Entre la minoría, por el contrario, las extensas redes de parentesco tenían la mayor importancia para mantener la cohesión de grupo en general y para el reclutamiento de personas que ocuparan cargos en particular. Los cargos que ejercía el grupo selecto tendían a mezclarse con sus personas, y los campos de autoridad estaban vagamente definidos. H abía pocos con­ flictos de clase notables: los divisionísmos dentro de la élite y las amenazas externas eran a veces más significativos. Tal vez habría que decir también que la clase baja estaba en realidad más dividida. Su organización eco­ nómica creaba escasa cohesión general; podía ser rota tanto por la diver­ sidad étnica como por la sectaria, y carecía de la influencia homogeneizadora que la cultura letrada tenía sobre la minoría selecta. Los pregoneros, narra­ dores de cuentos, cantantes callejeros y actores tendían también a establecer lazos de conocimiento, creencias y valores que unían a las personas de clase inferior con el grupo selecto más que con ellas mismas. The Preindustrial City ha tenido muchos lectores, considerable influencia y cierto número de reseñas desfavorables.7 L a idea de sacar el término “feudalismo” de sus acostumbrados referentes políticos, legales y sociales no ha sido bien recibida; algunos preferirían ser más cautos en cuanto a las bases tecnológicas del primer urbanismo; y la afirmación de que los grupos selectos urbanos de todas partes basaban su control en su instrucción es dudosa. Los historiadores se han quejado también por el uso que hace Sjoberg de las fuentes. Aparte de esto, lo que ha resultado más controvertido es la extensión de sus generalizaciones, la yuxtaposición de datos de tiempos y espacios muy separados. Cuando el debate en torno a estas cuestiones resulta enfrentar a sociólogos e historiadores, demasiado ansiosos de concordar con sus reputaciones de generalizadores y particularizadores respectivamente, nin­ guno de los dos muestra mucha simpatía o siquiera percepción del punto de vista del contrario, y la discusión se vuelve estéril. Aun ignorando otras cuestiones, el problema sigue siendo cómo ordenar nuestra comprensión de las principales variaciones urbanas que el factor de la tecnología no explica del todo. 7 Véanse algunas de las reseñas del estudio de Sjoberg en Thrupp (19 6 1 ), Wheatley (1963), Fava (1966), Cox (1969) y Burke (1975).

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Dado que la ciudad occidental m oderna no sólo se describe normalmente como industrial sino también como capitalista, parece natural buscar un mayor conocimiento de la economía política del urbanismo. Nos ocupamos e ntonees más explícitamente de las bases de la existencia urbana; de los m edios de vida de las ciudades o, más concretamente, de los medios de vida d e los habitantes de la ciudad. Esto nos lleva de vuelta a los fundamentos absolutos del urbanismo. Cuando, a pesar de todas nuestras vacilaciones al intentar definir el urbanismo transc ulturalmente, seguimos arrojando ese término en una variedad de contextos, s in duda tenemos en mente la noción que tiene el sentido común sobre las poblaciones y ciudades como asentamientos densos de cierto tamaño. Por l o menos a partir de W irth, ha sido desde luego un problema si este dato de la demografía, del uso del espacio o incluso de la arquitectura podía concordar de un modo preciso con datos sobre las relaciones sociales. Pero, e n esta perspectiva, la ciudad era ya un fait accompli*. El inicio de la línea de investigación se puede retrasar paso a paso: ¿por qué tienen lugar los a sentamientos densos y grandes?, ¿por qué la gente en las sociedades se reúne p ara hacer un uso más intensivo de un espacio que de otro? Como l as respuestas a esta simple pregunta, y a las que de ella derivan, se vuelven c ada vez más complejas, el resultado final puede ser más que una simple antropología del uso del espacio. Siendo nuestras ideas cotidianas acerca de los lugares urbanos lo que s on, parece de todas formas lógico empezar por aquí,8 De manera un poco dramática y muy general, se puede considerar el uso que hace el hombre del espacio como una ecuación que implica sus rela­ ciones con la tierra y con otros seres humanos. SÍ los hombres y mujeres fueran autosuficientes, Robinsones Crusoes sin Viernes, y si vivieran en un paisaje distribuido equitativa y no muy abundantemente, tal vez se disper­ sarían de modo que tuvieran entornos personales igualmente grandes con los que ganarse la vida, con una competencia mínima por sus recursos. Pero en la medida en que dependen los unos de los otros en varias maneras, maximizar así la distancia física es inconveniente. Siempre será m ejor man­ tenerse cerca unos de otros. La gente siempre toma en cuenta este último hecho en alguna medida, al reunirse, por ejemplo, en las casas y aldeas. Sin embargo, desde este punto de vista, la ciudad es la máxima adaptación a la interdependencia humana. * Literalmente, “hecho consumado”. Esta expresión francesa se emplea, sobre todo en inglés, con el sentido de “hecho consumado, al cual, por lo tanto, es inútil opo­ nerse”. [Editor.] 8 Para un tratamiento bastante más detallado del urbanismo preindustrial en esta línea, véase Trigger (1972).

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Se puede entender por qué sobre esta base la agricultura tiende a ser considerada como una ocupación fundamentalmente no urbana. El cultivador arquetípico se encuentra en una doble oposición con la ciudad. Por una parte, la agricultura es generalmente extensiva en espacio, y si resulta con­ veniente vivir cerca de las tierras, los cultivadores se congregarán menos. Por otra parte, si su ocupación los hace más o menos autosuficientes, tendrán menos transacciones que hacer con los demás. Es decir, el cultivador no tiene razones para estar en la ciudad, y sí tiene razones para no estar en ella. Entre paréntesis, podemos anotar que los presupuestos que sostienen tal razonamiento son sin duda bastante limitativos. La agricultura moderna es tan interdependiente como cualquier otra forma de producción; las nece­ sidades de espacio de la horticultura pueden ser modestas; y hay diversas razones por las que un cultivador puede optar por vivir en la ciudad, razones que, para pensar en ellas, no requieren de grandes conocimientos etnográ­ ficos. Sus tierras pueden estar tan dispersas que casi cualquier residencia le resulte igualm ente conveniente o inconveniente; la tenencia de cualquier parcela particular puede ser demasiado insegura para que decida su instala­ ción permanente en ella; puede ser un cultivador de sólo medio tiempo, o pue­ de preferir la residencia urbana por razones distintas de su aprovisionamiento material básico —rituales, recreaciones o seguridad, por ejemplo—, de modo que la conveniencia en el trabajo se contrapese con estos otros factores. En el cultivador que vive en la ciudad no hay, por lo tanto, tal contradicción de términos, como lo muestran, por ejemplo, las agrociudades de la región m editerránea o del Yoruba, en el oeste de África. Tampoco es él, sin embargo, la fuente principal del desarrollo urbano. La mayoría de los urbícolas están a un paso o más de distancia de la relativa autosuficiencia que mantienen algunos de estos agricultores que viven en ciudades y satisfacen —más o menos— sus necesidades de productos del campo mediante relaciones con otras personas. El hecho ligeramente descon­ certante es, en otras palabras, que aunque el modo urbano de existencia se predica de la interdependencia, no puede haber lugar dentro de la ciudad para todos los eslabones que ésta implica. Muy esquemáticamente, podemos decidir que hay dos formas principales de resolver el problema mediante contactos externos: dando algo a cambio de algo o consiguiendo algo a cam­ bio de nada. En el primer caso, la gente del campo ofrece parte de su pro­ ducto a la gente de la ciudad, para obtener a cambio parte de los bienes y servicios que ésta proporciona. Es una relación más o menos libremente trabada: por lo menos en teoría, la gente del campo podría decidir no entrar en ella. En el otro caso, las personas de la ciudad tienen alguna clase de poder sobre las del campo, y pueden hacer que éstas les den de comer; la forma más clara sería la coerción física. Pero el dominio también puede

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alcanzarse mediante el control y la manipulación de símbolos, a los que la gente del campo deba tal lealtad que la relación pueda tomar una calidad consensúal. El papel del habitante de la ciudad en este caso implica el procesamiento de la información, la tom a de decisiones y aplicación de san­ ciones. El hombre del campo puede o no pensar que recibe un trato justo. Puede haber aquí, en consecuencia, una zona gris entre las relaciones basadas fcn el poder y las basadas en el intercambio, donde los participantes, así como los analistas exteriores, pueden diferir en las definiciones. Esta forma simple de representar las relaciones entre las personas concen­ tradas y las personas dispersas, entre las ciudades y la sociedad que las rodea, nos permite considerar el papel de la ciudad como el de un centro. H asta por lo menos recientemente, tal punto de vista frente al urbanismo, que contrasta pero en realidad complementa aquel en que la ciudad es vista como un concentrado determinado de población, h a tenido mayor influencia entre los geógrafos e historiadores que entre los sociólogos y antropólogos de la vida urbana. Gomo Jo ha expresado John Friedm ann (1961, p. 92) en un famoso enunciado, una “mera área” se convierte en “espacio efectivo”, organizado social, política y económicamente, a través de la acción de las instituciones urbanas que llevan sus influencias hacia fuera y vinculan a las regiones circundantes con la ciudad central. Es tentador pensar en las ciudades de poder y las ciudades de intercambio como dos tipos básicos distintos. Aunque veremos que tal concepción a veces corresponde a tendencias reales/ es un tanto demasiado simplista. Hay obvia­ mente centros urbanos cuyas variadas relaciones con la sociedad circundante van desde las que implican principalmente poder hasta las que implican un intercambio tangible y libre. En otros casos, el vínculo típico puede reunir elementos de ambos tipos: tal vez, un intercambio de más por menos en vez de por nada, regulado por el poder urbano. La situación no tiene que ser estable, y las evidencias no carecerán de ambigüedad. Gran parte de la his­ toria urbana y del debate sobre el papel de las ciudades en la sociedad se refiere a la tensión entre las dos formas de vinculación. Podemos tal vez dignificar nuestra ru d a distinción relacionándola con los tipos de economía de Polanyi (1957a, pp. 47-55; 1957b, pp. 250 ss.) : domésti­ ca, de reciprocidad, de redistribución y de intercambio mercantil. La visua­ lización de Redfield convierte a las dos primeras en formas económicas, características de la sociedad comunal. Producir lo que uno consume y con­ sumir lo que uno produce es economía doméstica; la reciprocidad existe en las relaciones simétricas en que individuos y grupos se ofrecen unos a otros regalos de buena voluntad.9 Como hemos visto que en la ciudad puede 9 El paralelismo entre la breve formulación de Redfield y el clásico tratamiento de Mauss (1967) sobre la reciprocidad es obvio.

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haber elementos de la sociedad comunal, la economía doméstica y la recipro­ cidad pueden existir como formas suplementarias en los intersticios de la estructura social urbana. Pero no crean por sí mismas ciudades. Las formas económicas críticas para el crecimiento del urbanismo, en cambio, son la redistribución, la apropiación y administración de bienes y servicios por un centro poderoso, y el intercambio mercantil, con su determinación de los precios por las fuerzas de mercado. Seguramente es fácil darse cuenta de que hay una conexión, aunque no necesariamente una perfecta congruencia, entre estos conceptos y lo que hemos mencionado acerca del poder y el intercambio. En años recientes, la tendencia ha sido considerar el primer surgimiento de grandes y densos asentamientos en el pasado remoto como resultado de las economías redistributivas. Los padres originales de la ciudad fueron eviden­ temente un grupo selecto que debía su existencia a la recolección de un excedente de la mayoría de la población. T al interpretación ha sido sucinta­ mente enunciada por Paul Wheatley (1971), en T h e P ivot of th e F o u r Quarters, dedicado particularmente al urbanismo emergente en el norte de China durante el periodo Shang, pero que también lo compara con las regio­ nes de “generación urbana prim aria” en otros lugares: las áreas clásicas, Mesopotamía, el valle del Nilo y el del Indo, Mesoamérica y los Andes, pero además con las ciudades del Yoruba.10 Cuando surgieron centros urbanos en estas áreas, con la transformación de las sociedades relativamente iguali­ tarias, organizadas sobre todo por el parentesco en estados estratificados, políticamente organizados y con una base territorial, un rasgo recurrente, si no universal, fue la tem prana interpenetración entre estos principios de organización, a menudo con una creciente desigualdad entre segmentos dentro del sistema de parentesco.11 Estos centros eran sobre todo focos ceremoniales. El cuerpo sacerdotal y los monarcas divinos y, por debajo de ellos, un cuerpo de funcionarios y guardias controlaban un amplio estrato de cam­ pesinos de la región circundante. D urante las fases de florecimiento, los que pudieran haber comenzado como modestos santuarios tribuales se elaboraron hasta convertirse en complejos de arquitectura monumental: templos, pirá­ mides, palacios, terrazas y cortes, “instrumentos para la creación de un espacio político, social, económico y sagrado, a la vez que son símbolos del orden cósmico, social y moral” (Wheatley, 1971, p. 225). Aquí se desarrollaron las ciencias exactas y predictivas, así como los oficios especializados. Las po­ blaciones yorubas, ultimas de la especie que emergieron independientemente y las únicas que todavía existen como referencias en una forma semejante a la 10 El caso específico de los yorubas lo analiza más ampliamente Wheatley en un artículo por separado (1970). 11 Esta transformación la analiza en detalle Adams (1966, pp. 79 j s . )

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original (y a las cuales volveremos brevemente en el capítulo siguiente), aunque no exhiben la complejidad de tecnología arquitectónica y de otros tipos que tienen los casos clásicos, m uestran similitudes en la forma social. M ucho puede discutirse sobre una interpretación como la de Wheatley. El grado preciso de uniformidad en ese tipo urbano de centro ceremonial que él delinea es necesariamente difícil de establecer, en las siete áreas origi­ nales o en otras áreas donde apareció en formas derivativas.13 Las pruebas materiales son desiguales. En la medida en que se ha de confiar en la arqueología, no se puede estar seguro de que lugares que tuvieron diferen­ tes funciones dejaran tras de sí depósitos igualmente ricos, o de que las diversas funciones de un lugar estén igualmente representadas en los hallazgos. Podría por tanto haber una sobrerrepresentación de los restos de la vida ceremonial e n comparación con otras facetas del antiguo urbanismo. Además, el con­ junto acumulado de estudios dedicados a estas pruebas ha seguido variados paradigmas teóricos y metodológicos. Esto también hace más difíciles las comparaciones. U na cuestión que resulta tal vez particularm ente importante para nosotros es qué hay detrás del poder apropiador de la minoría sacerdotal. Wheatley no está muy dispuesto a señalar nada más que los recursos simbólicos mismos. Ju n to con otros autores, rechaza la sugerencia de que es la presencia de un excedente lo que produce una minoría gobernante, ya que hay aquí un pro­ blema como el del huevo y la gallina,13 Puede requerirse una clase selecta para extraer un excedente de una población que de otro modo se confor­ maría con producir menos. Respecto a eso, lo que se puede designar como excedente también podría emplearse de otras maneras menos centralizadas. Aun así, es posible sostener que ciertas condiciones materiales podrían ser valiosas para un grupo abocado a m antener su estilo urbano de vida mediante el ejercicio del poder. U n sistema productivo de cultivo y una facilidad de comunicación dentro del territorio apenas podrían estorbar. Y si la población que ha de ser controlada es relativamente inmóvil a causa de un entorno circunscrito, rodeado por el desierto, como en el caso del valle del Nilo, o tal vez por nómadas hostiles, como en el caso mesopotámico, ello también haría más fáciles las cosas.14 13 Tal vez hay que ser cautelosos con la clasificación de los urbanismos tempranos en “originales” y “derivados”, ya que puede cambiar con los nuevos descubrimientos arqueológicos; los asentamientos de Mesopotamia y el valle del Indo, por ejemplo, podrían tener un antepasado común (véase Service, 1975, p. 240). 13 Sobre este problema versa una serie bastante extensa de textos sobre la noción -dél excedente; véanse, por ejemplo, Pearson (1 9 5 7 ), Harris (19 5 9 ), Dalton (1 9 6 0 ), Orans (1966), Wheatley (1971, pp. 268 ss.), y Harvey (1973, pp. 216 íj .). 14 Harvey (1973, pp. 206 ss.), quien desarrolla un estimulante análisis marxista sobre las formas de urbanismos dentro del marco de referencia de las categorías de

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Lo que es más, la redistribución en el sentido que le da Polanyi, no siem­ pre es sólo un movimiento desde la periferia hacia el centro. En la medida en que éste devuelve bienes o servicios a los grupos o áreas periféricos, se puede establecer en una posición clave dentro de una división del trabajo que reconocidamente ofrece beneficios para todos. Tal vez Wheatley ha subestimado un tanto la importancia de esto en algunas regiones del antiguo urbanismo; puede tener comparativamente poca significación en la llanura del norte de China, más bien homogénea, que fue el área donde él realizó su investigación más intensiva. En el México antiguo o el Alto Perú, por otra parte, parece probable que la diferenciación ecológica ofreciera alguna base para el poder del grupo que podía encargarse de organizar la produc­ ción y la distribución dentro del área en su conjunto. U na situación similar podría crearse también, desde luego, en lugares donde la diversidad de entornos es menos notable, si la diferenciación de la producción se impone de todas formas, como parece haber sido el caso de Egipto. Esto significa que la redistribución en las primeras ciudades podía incluir cierta medida de intercambio. Pero, como insiste Polanyi, y con él Wheatley, esto no es lo mismo que el intercambio de mercado. La gente común y corriente sólo en muy modesta escala podía disponer de su producto por su propia cuenta y perm itir que los precios se vieran influidos, mediante el rega­ teo, por factores de oferta y demanda. El continuo comercio en gran escala estaba políticamente controlado por el aparato del Estado, y el comerciante típico era un funcionario del gobierno que fijaba los términos de acuerdo con los intereses de ese Estado. Así pues, el tipo de relación antes descrito como una fusión de factores de intercambio y poder es considerado aquí como una parte del sistema de redistribución. Posiblemente esta concepción del comercio administrado se ha repetido demasiado. Adams (1974) ha advertido que la distinción entre redistribución e intercambio de mercado puede no haber sido tan aguda en el m undo antiguo como la entiende Polanyi: que el burócrata comerciante puede haber tenido algo de empresario también. De todas maneras, difícilmente puede ser del todo erróneo considerar a estos primeros centros como ciudades prin­ cipalmente de poder, más especialmente del tipo de poder basado en el control de los símbolos. Pero evidentemente algunos centros se dedicaban más a propósitos militares que otros; y, tal vez a causa de las crisis militares, con el tiempo había una tendencia de los dirigentes de los centros ceremo­ niales a secularizarse. La guerra también era un factor importante tras las variaciones de modelos de asentamiento, entre los distintos lugares y épocas. En algunos casos, sólo un pequeño número de personas —los miembros de Polanyi, comenta también estos factores. Para un análisis ulterior del papel de los entornos circunscritos, véase en especial Cameiro (1970).

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la clase selecta y sus asistentes— se establecían en la inmediata vecindad de la planta ceremonial. En los términos de una definición centrada en el tamaño y la densidad de la población, éstos podrían ser casos marginales de urbanismo. Gomo centros organizadores, sus cualidades urbanas serían más obvias. Para las grandes celebraciones, se reunirían mayores cantidades de gente de las regiones circundantes, y toda esa población dispersa bajo el dominio del centro contaría también como ciudadanos de la comunidad. No se establecía ninguna línea divisoria cultural clara entre quienes vivían en el territorio que aquel centro gobernaba. Se trata de la “ciudad de límites extendidos" , frecuente forma de la antigua ciudad-estado, la polis (cf. Miles, 1958; Finley, 1977). El volumen de Wheatley, cabe señalar, está dedicado a la memoria de Fustel de Coulanges, que había descrito los inicios de la comunidad urbana en Grecia y R om a en términos similares, más de un siglo antes, en T he Ancient C ity* En otros casos, apareció una forma más compacta de asentamiento. Atenas realizó al parecer los últimos pasos del cambio de una comunidad dispersa a otra compacta antes de iniciarse la segunda guerra del Peloponeso. El modelo de urbanismo político-ceremonial se extendió así en la Antigüe­ dad europea, aunque en una forma modificada. La clase selecta estaba ahora compuesta por terratenientes y guerreros que controlaban una enorme fuerza de trabajo esclavo. Los artesanos y comerciantes vivían de una manera poco notable. En comparación con los otros logros de las ciudades del mundo grecorromano, el comercio y la industria quedaron casi sin desarrollar; eran en el fondo ciudades consumidoras. Y sin embargo, los antiguos imperios y sus ciudades declinarían, y en la Edad M edia surgiría en Europa occidental un nuevo urbanismo, apenas independiente de las viejas formas, pero en condiciones lo bastante diferentes para perm itir que se desarrollara otra configuración. Henri-Pirenne, el autor de M edieval Cides (1952, publicado por primera vez en 1925) y muchos otros trabajos, puede ser su mayor intérprete histórico.15 L a política, al iniciarse esta Era, se dirigía desde los feudos; los asuntos del intelecto tenían sus bases en los monasterios. El comercio, al despegar, era al principio móvil, tal vez realizado en gran parte por la descendencia ambulante de los siervos. Aquí también, como en el caso de los centros ceremoniales, las ma­ yores concentraciones de población podían ser de una naturaleza temporal y periódica, bajo la forma de ferias. Pero gradualmente los comerciantes se volvieron más sedentarios y se reunían a menudo en alguna fortificación. No hay que subestimar (como tal vez hizo en ocasiones Pirenne) la medida * Fustel de Coulanges, La ciudad antigua; Editorial Porrúa, México, 1983. 13 Pero lo que se ha escrito sobre el urbanismo medieval es, por supuesto, muy extenso, López (1976) y Rorig (1971) son dos de los útiles sumarios.

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en que pesaba también en estos centros comerciales la regulación y la pro­ tección de los gobernantes políticos, por lo menos en ciertas fases. Pero allí donde los comerciantes se volvieron con el tiempo el elemento más fuerte, emergió un urbanismo construido sobre el intercambio mercantil, sobre el capitalismo. Los que tenían el poder eran los intermediarios y financieros del comercio internacional a grandes distancias; sus ciudades estaban con frecuencia estratégicamente situadas para combinar diferentes regiones comer­ ciales. Como los beneficios se reinvertían en las empresas, las economías urbanas adoptaron una forma nueva de expansión. Los inicios de una manu­ factura en escala relativamente grande podían percibirse en algunos lugares. Sin embargo, también las ciudades tenían, por supuesto, sus pequeños co­ merciantes, artesanos, jornaleros y otros, a menudo más vinculados localmente con el campo circundante. Tales centros han llegado a definir el primer urbanismo para muchos estudiosos cuya concepción del mundo se ha concentrado más o menos exclu­ sivamente en la experiencia occidental. Para Pirenne, un historiador belga que repensaba el pasado europeo más o menos en la época de la prim era Guerra M undial, los fundamentos que esos centros proporcionaron a la idea de una democracia burguesa tenían además un significado patriótico. Al parecer, algunos historiadores soviéticos prefieren subrayar el papel de los artesanos en el crecimiento urbano y no el de los intermediarios comercia­ les.16 M ax Weber, ciertamente más dedicado a la historia comparativa de las civilizaciones que la mayoría de sus contemporáneos, obviamente consideraba a la ciudad europea medieval en el contexto de su continuado interés por el crecimiento de la racionalidad. Su obra The City (1958, publicada por prim era vez en 1921) se vincula bien, por ejemplo, con T he Protestant Ethic [La ética protestante].17 Según Weber, este tipo de ciudad era el exponente del urbanismo en su forma más rígida. Era una comunidad cons­ truida en torno al intercambio regular de bienes, donde el mercado se había convertido en un componente esencial de la subsistencia de los habitantes. El mercado era, además, parte de un complejo de instituciones que, juntas, definían la integridad de la comunidad urbana. Weber propuso que el asen­ tamiento urbano, para ser completo, debía tener no sólo un mercado sino también una fortificación, un sistema legal al menos parcialmente autónomo, 16 Véase, por ejemplo, Gutnova (Í9 6 8 ). 17 The City [La ciudad], de Weber, salió por primera vez publicado en alemán después de la muerte del autor en Archiv für Sozialwissenschaft und Sozialpolitik, y después se incorporó a Wirtschajt und Geselhckaft. Bendix (1960, p. 92) opina que fue escrito originalmente en 1911-1913; Mommsen (1977, p. 13) también sugiere que alrededor de 1911. Sennett (1969, p. 5) evidentemente se equivoca al decir que apareció por primera vez en 1905.

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una forma de asociación relacionada con las peculiaridades de la vida urbana (el gremio era un ejemplo obvio) y, por lo menos, una autonomía y autocefalia parciales en la administración. Esta famosa formulación constituye, con seguridad, una definición altamente restrictiva del urbanismo. Maximi|zaba la distinción entre ciudad y campo, pero sus expresiones institucionales no sobrevivirían ni siquiera en las ciudades del mundo occidental de los periodos posteriores. En estos términos, Weber contrastaba también las ciudades occidentales y orientales; éstas, internamente fragmentadas en comunidades separadas y al m ismo tiempo, por lo general, íntimamente integradas a la administración de los imperios, eran a menudo sedes de las cortes imperiales,18 L a falta de autonomía y cohesión, desde su punto de vista, les impedía ser ciudades completas. Y sin embargo, eran, desde luego, en la forma en que Weber las describía, una variedad de nuestras ciudades de poder: simbólicas, po­ líticas, militares, en una u otra combinación. Fue el esplendor de sus palacíos lo que impresionó a M arco Polo durante sus viajes por el Lejano Oriente, y fue la relación entre su fortuna y el ascenso y caída de las dinastías el tema de Ibn Jaldún* (1969, pp. 263 « . ) , como teórico urbano medieval, enel Mugaddimah. A una de sus formas se refiere Geertz (1967) con su " doctrina del centro ejemplar” y el papel dramatúrgico de la capital en los listados del sudeste asiático. Y obviamente Sjoberg pensaba sobre todo en ellos, y en menor medida en los antiguos centros ceremoniales, cuando escribió T h e Preindustrial City. Su concepción de los comerciantes inferiores bajo él feudalismo difícilmente podía hacer justicia a las importantes aristocra­ cias y burguesías mercantiles, que a veces mantenían la autonomía urbana frente a un complejo de poder político externo a la ciudad: realidad histórica de Flandes, Italia del Norte y de la Liga Hanseática. La tendencia a distinguir entre urbanismo oriental y occidental, ciudades de poder y ciudades de intercambio, ciudades-corte y ciudades-comercio, vuelve todavía en otro par de conceptos que tienen la pretensión de ser clásicos en el estudio del urbanismo. El artículo de Redfield y Singer (1954), “The Cultural Role of Cities” [El papel cultural de las ciudades] representa una etapa posterior en la evolución de los intereses de Redfield que la integrada por la mayoría de sus escritos sobre la sociedad comunal; aquí el tema central 18 El contraste entre urbanismo oriental y occidental ha seguido interesando a los investigadores. Para exposiciones recientes, véanse, v. gr.} Murphey (1954), Murvar (1969), y Bryan Turner (1974, pp. 93 ir.). * Ibn Khaldun, en el original. En inglés se usa el grupo kh para representar el sonido velar fricativo sordo que en español nos da la letra (especialmente en la pro­ nunciación castellana; la andaluza y americana suelen ser más relajadas). Corresponde a la ch alemana de Bach. [Editor.]

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son las civilizaciones. El contraste entre ciudades “ortogenéticas” y “heterogenéticas” tuvo por resultado una visión más diferenciada del efecto de los centros urbanos sobre las tradiciones culturales que la anterior perspectiva, que insistía en la desorganización: Como “distrito com ercial central”, la ciudad es obviam ente un mercado, un lugar donde vender y comprar, donde “hacer n egocio”, donde intercambiar, trocar y comerciar con personas que pueden ser perfectos extraños y de diferen­ tes razas, religiones y credos. La ciudad funciona aquí para crear relaciones bastante im personales entre diversos grupos culturales. Como centro religioso e intelectual, por otra parte, la ciudad es un faro de los fieles, un centro del saber y, tal vez de la doctrina que transforma las “pequeñas tradiciones” im ­ plícitas de las culturas no-urbanas locales en una “gran tradición” explícita y sistem ática [R edfield y Singer, 1954, pp. 55-561.

El urbanismo cambió, sin embargo, con el “ecumene u n iv e r s a l” , la revo­ lución industrial y la expansión occidental. Antes de esta línea divisoria, existían las ciudades administrativo-culturales y las ciudades de comercio nativo. Las primeras eran ciudades de literatos y de la burocracia indígena; Pekín, Lhasa, Uaxactún, Kioto, y tal vez Allahabad, fueron ejemplos de Redfield y Singer. Las segundas, las ciudades del empresario, eran lugares como Brujas, Marsella, Lübeck, el antiguo Cantón y las ciudades-mercado del Occidente africano. En el periodo posterior hubo grandes ciudades metro­ politanas, “en la main street * del m undo” como Park lo había expresado, ciudades de una clase empresarial y administrativa que abarcaba el mundo entero: Nueva York, Londres, Shanghai, Yokohama, Bombay, Singapur, lo mismo que, en menor escala, ciudades y poblaciones más pequeñas que tam ­ bién dirigían el comercio mundial. Asimismo, había ciudades de adminis­ tración moderna, las sedes de las nuevas burocracias, como Washington, D. C., Nueva Delhi y Camberra, así como un gran número de pequeñas ciudades administrativas, cabezas de condado y sedes de gobiernos coloniales. De estas cuatro clases de ciudades, sólo la primera, la ciudad de los buró­ cratas indígenas y los literatos, era una forma clara de “ciudad de transfor­ mación ortogenética” o, abreviado, ciudad crtogenética. Las demás tendían a ser ciudades heterogenéticas: se distingue entre las que “llevan una vieja cultura hacia dimensiones sistemáticas y reflexivas” y las que “crean formas originales de pensamiento que tienen autoridad más allá de las viejas cul­ turas y civilizaciones o en conflicto con ellas”. Naturalmente, el cambio cultural ortogenético y heterogenético podía tener lugar en el mismo sitio, pero muchas ciudades tendían a constituir un tipo u otro. Las primeras * Véase la nota de la p, 60. [Editor.]

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ciudades — los centros ceremoniales— eran aparentemente ortogenéticas en su mayoría. U na sociedad comunal se transformaba en una sociedad campe­ sina con un centro urbano correlacionado, pero la matriz cultural común seguía emergiendo, para las dos corrientes de vida social, de la herencia comunal compartida. U na gran tradición se constituía en la ciudad mientras sus especialistas religiosos, filosóficos y literarios reflexionaban sobre los ma­ teriales tradicionales, hacían nuevas síntesis y creaban formas que la gente común podía considerar auténticos desarrollos de lo antiguo. Manifiesta en las escrituras sagradas y la geografía de los lugares sagrados, la gran tradi­ ción también se comunicaba mediante los relatos que los padres y abuelos contaban a los niños, mediante canciones y proverbios, mediante recitadores y narradores profesionales y a través de las danzas y actuaciones dramáticas. Daba legitimidad a nuevas formas administrativas y m antenía a otras insti­ tuciones, como el mercado, bajo el control cultural local. Si no todos los lugares podían ser importantes centros de desarrollo ortogenético, al menos podían limitarse las tendencias heterogenéticas. (Esto, desde luego, era tam ­ bién lo que Sjoberg quería decir cuando señalaba que, a los ojos de la minoría selecta preindustrial, los comerciantes eran un elemento potencialmente sub­ versivo, culturalmente impuro.) La relativa fidelidad a la herencia comunal también limitaba, según Redfield y Singer, la discordia urbano-rural. “La ciudad m alvada” es una idea que puede prevalecer más fácilmente entre la gente del interior de una ciudad heterogenética. Porque en una ciudad de este tipo, la vida intelectual, estética, económica y política está liberada de las normas morales locales. Es un lugar de reunión de personas de muy diversas procedencias. Por una parte, la conducta está gobernada por el interés, la rapidez y la conveniencia administrativa —lo que recuerda a Simmel y W irth— ; por la otra parte, hay una reacción contra tales rasgos urbanos bajo la forma de humanismo, ecumenismo o nativismo. L a ciudad heterogenética es un centro de heterodoxia y disidencia, de desarrai­ go y anomia. Sus intelectuales no son literatos sino la clase intelectual; su pariente más cercano en la ciudad ortogenética es el hereje ocasional. Los h a­ bitantes típicos de la ciudad heterogenética son los hombres de negocios, los administradores de lo ajeno, los rebeldes y reformadores, los planifica­ dores y conspiradores. Sus nuevos grupos están vinculados por pocos pero poderosos intereses y sentimientos comunes, en vez de las relaciones de posición social complejamente entretejidas de una cultura inveterada. La me­ trópoli occidental es obviamente este tipo de ciudad, pero también la pequeña ciudad de la sociedad colonial no occidental, con (en el tiempo en que escribían Redfield y Singer) su funcionario distrital, sus misioneros y maestros de escuela. Es más bien dudoso que uno pueda encontrar ahora algún centro urbano con un carácter predominantemente ortogenético. Redfield y Singer

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se preguntaban si las ciudades no-occidentales, una vez alcanzada la inde­ pendencia política, podrían volverse hacia dentro y convertirse en centros ortogenéticos de la naciente cultura nacional, pero lo encontraban cuestionable en vista de su historia y su posición dentro de un marco internacional. Lo más valioso del ensayo de Redfield y Singer pueden ser sus sugerencias sobre los procesos culturales de diferentes urbanismos, que complementan la concepción más bien estática e institucional de muchos otros autores. Aun así, forma también claramente parte de un consenso relativo sobre el esquema principal del pasado urbano que ha sido bastante estable durante cierto tiempo, y que se puede discernir a pesar del énfasis en las variantes tradi­ ciones del pensamiento histórico sobre la tradición regional, periodización, función, tecnología y trazado físico como principios reguladores del estudio del urbanismo. Podemos verlo de nuevo en las dos series más o menos paralelas de tipos urbanos sugeridas en el contexto europeo por Robert López (1963) y Fem and Braudel (1974, pp. 401 ss.). López describe en prim er lugar la ciudad am urallada; dentro de sus muros, sólo había un tem­ plo, una fortaleza y un almacén, además de espacio vacío. Los dirigentes políticos, religiosos y militares eran los únicos habitantes permanentes, y toda la población del área circundante acudía en las ocasiones festivas o en tiempos de guerra, ham bruna o calamidades naturales. L a ciudad agraria pudo surgir, en el esquema de López, cuando los propietarios de tierras empezaron a hacer sus casas dentro de los muros por razones de seguridad, comodidad y prestigio; tenían empleados que se quedaban en las tierras y las trabajaban para ellos. Los artesanos y comerciantes también vinieron entonces para servir a los habitantes de la ciudad. L a “ciudad abierta” de Braudel, que se mezclaba con su campo, parece abarcar a los dos primeros tipos de López, y llama la atención sobre la forma en que el prim er urba­ nismo implicaba a personas que tenían un pie en la plaza de la ciudad y el otro en la tierra rural: gente que veía el centro urbano como sede de algunas actividades particulares más que como un lugar donde vivir. En la ciudad-mercado de López, que es la “ciudad encerrada en sí misma" de Braudel, nos reunimos con Weber y Pirenne. El comerciante se ha con­ vertido en líder, desarrollo que, según López, ha cambiado drásticamente el talante urbano. Eliminada la superioridad del terrateniente “las comunas medievales con más éxito eran abiertamente gobiernos de hombres de nego­ cios, por los hombres de negocios, para los hombres de negocios”. Los capi­ tanes del comercio estaban inquietos y activos, despreciaban el ocio y des­ deñaban a los aristócratas que habían perdido su riqueza y a los artesanos que tenían pocas posibilidades de adquirir alguna. Para Braudel, esta ciudad era, en su autonomía, “una tierra natal liliputiense y exclusiva” con los gremios por amos.

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Aunque López nos deja en este estadio, Braudel nos lleva todavía a otro: las ciudades súbditas, disciplinadas por los Estados-naciones emergentes, con la corte claramente dueña del control. Pero Braudel también cuida de señalar que no quiere imponer como universal, ni como inevitable secuencia para el mundo entero, un esquema derivado de Europa. En la antigua Rusia observa el paso de algo como la ciudad abierta directamente a la ciudad sometida, sin que llegue a surgir en realidad la ciudad cerrada y autónoma, dedicada febrilmente al comercio, en su form a plenamente desarrollada. En Hispanoamérica, considera las ciudades coloniales como centros remanentes de administración, ceremonia y recreación; en cierta medida, como las ciu­ dades abiertas de la Antigüedad. En el Oriente, desde la civilización islámica hasta China, las ciudades eran casi siempre parte de reinos o imperios, “ciudades abiertas y sometidas a la vez”. Braudel por tanto utiliza sus tipos como instrumentos más bien provisionales para desplegar la diversidad, y está perfectamente dispuesto a sugerir modos alternativos de clasificación: políticos (capitales, fortalezas, ciudades adm inistrativas); económicos (puertos, ciudades de caravanas, ciudades-mercado, mercados m onetarios); sociales (ciudades de rentistas, ciudades eclesiásticas, ciudades-corte, ciudades de artesanos). Así, pues, puede haber variaciones, pero parecen variaciones sobre un tema recurrente en la historia urbana escrita. Aproximadamente un siglo antes, M arx lo había formulado de un modo muy similar en Grundrisse: 19 La historia de la Antigüedad clásica es la historia de las ciudades, pero de ciudades fundadas sobre la propiedad de la tierra y sobre la agricultura, la historia asiática es una especie de unidad indiferente de ciudad y campó (las ciudades verdaderamente grandes deben ser aquí consideradas como cam­ pamentos reales, como obras de artificio [ ...] erigidas sobre la construcción económica propiamente dicha); la Edad Media (periodo germánico) empieza con la tierra como asiento de la historia, cuyo posterior desarrollo avanza en la contradicción entre campo y ciudad; la [Edad] moderna es la urbanización del campo, no la ruralización de la ciudad como en la Antigüedad [Marx, 1973, p. 479].

L ugares

centrales

y

l u g a r e s e s p e c i a l e s : p e r s p e c t i v a s g e o g r á f ic a s

Al cam inar por las estrechas calles de la Brujas de Pirenne o al subir a las pirámides de Teotihuacan, nos hemos alejado mucho de la ciudad de W irth. A pesar de las tendencias hacia el orden que percibimos en la visión his­ tórica del urbanismo, podemos desear todavía otras concepciones útiles que 19 El cuaderno en que Marx hizo este comentario está fechado diciembre de 1857•nero de 1858.

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den mayor rigor al análisis de la forma en que se reúnen las comunidades urbanas. En geografía; también con una perspectiva de las ciudades situadas en un contexto más amplio, hay una teoría del lugar central, de la que fue pre­ cursor el geógrafo económico alemán Walter Christaller (1966; edición original, 1933). Dicha teoría incluye dos variedades básicas ligadas obvia­ mente a las nociones de urbanismo basadas en la redistribución y el inter­ cambio mercantil.20 Volveremos después a la diferencia entre ellas. Lo que comparten es un interés por las relaciones asimétricas que crean modelos espaciales de centricidad. Hay, por ejemplo, un médico para muchos pacien­ tes; así, una multitud de relaciones convergen en un punto. La localidad donde ocurre este tipo de interacción, a través de la presencia de una per­ sona o un conjunto de personas que son interdependíentes con un gran número de otras personas, se convierte en una especie de centro de atracción dentro de ese territorio en el que estos otros están dispersos. Según la teoría del lugar central, que emplea generalmente el lenguaje más abstracto y un tanto deshumanizado de la “función” (para la parte en la relación que corresponde a uno o a unos pocos) y “mercado” (para las muchas personas que en un momento u otro tom an el papel de la otra p arte), la distribución de los puntos donde las relaciones convergen se puede conceptuar en los términos esenciales de “umbral” y “alcance” ( range). U n umbral es el mercado mínimo necesario para hacer viable una función; el alcance es la distancia máxima a la cual una función localizada se puede ofrecer con eficacia: normalmente, la distancia que un consumidor está dispuesto a viajar para adquirirla. En otras palabras, cuando el uso de una función dentro de su alcance es menor que el umbral requerido, la función no puede existir en ese lugar. Pero con frecuencia, naturalmente, el alcance de la función abarca más que el tam año del umbral de mercado. Obviamente algunas funciones tienen umbrales más altos y alcances más amplios que otras. Se requiere un mercado más grande para vivir de la venta de muebles que para vender abarrotes. Pero la gente probablemente también está dispuesta a viajar más lejos para comprar sus muebles que por una barra de pan, dado que no tienen que hacerlo tan frecuentemente. Dentro del área atendida por una tienda de muebles, puede haber en con­ secuencia lugar para varías tiendas de abarrotes. A partir de la suposición fundamental de que es más práctico tener diferentes funciones agrupadas que tenerlas dispersas, es probable que una de estas tiendas de abarrotes se sitúe como vecina de la mueblería. 20 Respecto de perspectivas generales de geógrafos sobre la teoría del lugar central, véanse Berry (1967), Berry y Harris (19 6 8 ), Johnson (1970), y Cárter (1972, pá­ ginas 69 jj.).

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Trabajando de esta manera, se llega a una jerarquía de los lugares cen­ trales. En el lugar de prim er orden, una o más funciones tienen umbrales tan altos que no pueden existir en ningún otro lugar del área en cuestión. En los lugares de segundo orden se sitúan aquellas funciones cuyos umbrales son los siguientes más altos, pero lo bastante bajos para que pueda caber más de uno en el área atendida por las del nivel más alto. Y así en adelante. Aparte de aquellas funciones que dem andan' más en cuanto al tam año dei mercado y que por tanto definen el lugar de un centro en la jerarquía, éste también tiene todas las funciones de orden inferior, de manera que los lugares centrales se pueden ordenar idealmente en una escala de Guttm an en términos de sus ordenamientos de funciones. La teoría del lugar central y los métodos con ella relacionados se apoyan, naturalmente, en su form a convencional, en las premisas e ideas típicas de los geógrafos. Éstos se interesan por los modelos de localización de los lu­ gares centrales como un problema en sí mismo, y los materiales empíricos que usan son generalmente datos globales, un tanto divorciados, por su modo particular de abstracción, de una concepción de los seres humanos y sus interacciones personales. Así pues, puede ser necesaria una versión ínterdisciplinaria para adaptar la teoría del lugar central al pensamiento antro­ pológico. Y sin embargo, si el hábito de la mayoría de los antropólogos y sociólogos ha sido pensar en una comunidad urbana aislada o en relación con un interior tal vez vagamente definido, este cuerpo teórico permite una visión general de un sistema de centros que organizan una región. Ésta es ciertamente una de las razones por las que dicha teoría se ha convertido recientemente en fuente de inspiración para los antropólogos que intentan encontrar formas de tratar analíticamente regiones como éstas,21 Si lo que nos interesa aquí, por otra parte, es todavía el orden social de la comunidad urbana individual, podemos verla emerger, en parte, por una interacción con sus alrededores rurales así como, directa o indirectamente, con otros centros. Volviendo a los términos de una definición wirthiana del urbanismo, se podría decir que la teoría del lugar central se refiere al ordenamiento acumu­ lativo de heterogeneidad, si se consideran las distintas funciones, con una perspectiva ligeramente diferente, como diversos medios de vida de los habi­ tantes de la ciudad. Es decir: esta teoría implica específicamente una hetero­ geneidad ocupacional, más que una heterogeneidad en general. No es en un sentido estricto una teoría del tam año y la densidad de los asentamientos humanos, ya que se centra en la concentración de funciones más que de 21 El trabajo precursor es el de Skiriner (1964-1965), que trata sobre mercados y la estructura social en China. Para desarrollos más recientes, véanse, y. gr., Carol A. Smith (1974, 1975, 1976), Blanton (1976) y Oliver-Smith (1977).

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gente. En estos términos, la gran diversidad ocupacional de una M inas Velhas parecería convertirla más decididamente en un lugar central, aunque sea marginalmente urbana según criterios únicamente demográficos. Pero puede no parecemos demasiado difícil salvar esta brecha conceptual de una manera general. En una explicación antropológica, las funciones son cumpli­ das por seres humanos, a quienes normalmente esperamos encontrar esta­ blecidos en Jas localidades donde se cumplen esas funciones. Sin plantear una relación exacta de aquéllos con éstas, lo cual inevitablemente tendría que calificarse mediante muchos factores sociales organizativos, podemos por lo menos pensar que es probable que cuantas más funciones tenga el lugar central, mayor será la población de la localidad. La idea general, según la teoría del lugar central, de que debe ser posible identificar una serie de tipos de comunidad con constelaciones más o menos elaboradas de medios de subsistencia, diversamente poderosos en la confor­ mación de las tendencias centrípetas de la sociedad y el espacio, se puede asimilar fructíferamente a n u e s tro acervo de ideas. Por otra parte, debe ciertamente evitarse cualquier noción mecanicista de un acrecentamiento altam ente predecible de funciones en la vida real. Además, hay otros presu­ puestos en la versión ortodoxa de la teoría de Christaller con los que debemos ser cuidadosos. Los modelos geométricos de localizaciones de lugares centrales a que llegó mediante razonamientos deductivos se darían sólo en un “espacio puro”, difícilmente con exactitud en los paisajes reales. Requieren u n terreno uniforme donde el alcance de una función se pueda calcular “en línea recta”, sin que le afecten ríos y montañas, de m anera muy parecida al esquema de círculos concéntricos de la ecología urbana diseñado por Burgess. M ás interesante es el hecho de que suponen una población homogénea, no socioculturalmente diferenciada, y además homogéneamente distribuida sobre la superficie de la Tierra. Esto último, para empezar, es poco probable en parte por la misma razón que acabamos de señalar: donde hay una concentración de funciones, tam ­ bién es posible que haya una concentración de gente. Este hecho fortalece en realidad otro importante presupuesto de la teoría del lugar central: la agrupación de diferentes funciones en el mismo lugar. Si los lugares centrales sólo contuvieran funciones y no habitantes, aquéllas se situarían juntas sólo por la conveniencia de la población dispersa sobre el territorio atendido. Y sin embargo, como las funciones encam an en personas, hay una concen­ tración parcial del mercado en el lugar central mismo, un centro de apoyo para el cual las consideraciones de alcance no interesan. Existe la posibilidad de un efecto de carga extra o “multiplicador” : cuantas más funciones se añaden a un lugar central, más probable es que se llegue al tam año del umbral de mercado para otras funciones.

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El hecho de que la teoría del lugar central según Chrístaller no tome en cuenta en su forma más pura estas concentraciones de consumidores —en contraste con el hincapié que hace W irth en la demanda urbana interna— puede ser una de las razones por las que su geometría a menudo se adapta mejor a sistemas de mercados periódicos del tipo que frecuentemente se encuentra en las sociedades campesinas. Aquí, el mercado no tiene que im­ plicar en la misma medida concentraciones permanentes de población. El fun­ damento de esto es que donde la dem anda es pobre, se puede hacer que la población dentro del alcance de una función llegue al nivel del umbral moviendo la función de lugar. L a presuposición de una población indiferenciada plantea otros problemas; más en unos lugares que en otros. Aquí tal vez sea mejor señalar la diferencia entre las dos variedades de la teoría del lugar central que mencionamos ai principio. El modelo de localización al que se han orientado la mayoría de los estudios inspirados en la teoría del lugar central, y que está implicado en gran parte de lo dicho hasta aquí, es el que está gobernado por un “princi­ pio de mercado” . La idea es que los lugares centrales satisfacen una dem anda consumidora dispersa con un espíritu competitivo y empresarial. Todo el diseño emerge conforme cada proveedor de una función hace su propia elec­ ción estratégica de una localización. Siendo iguales todas las demás cosas, tiene sentido que elija un lugar tan lejano como sea posible de otros de la misma línea, para asegurarse que un número suficiente de consumidores cércanos encontrarán conveniente llevarlo por sobre el umbral de la super­ vivencia. Esta localización, en términos de “espacio puro”, estará probable­ mente a medio camino entre los centros de orden superior más cercanos, donde hay competidores.22 Pero esto significa que el centro de orden inferior no está vinculado de m anera unívoca a ningún centro de orden superior en especial. Su alcance se mezclará con el de más de uno de estos últimos. M ientras nos mantengamos dentro de la sociedad occidental moderna, tal vez sea correcto partir de las nociones que generan lógicamente tal modelo. Aquí incluso la mayoría de la población rural ha pasado de la autosufi­ ciencia a una división de trabajo más avanzada. En gran medida, ésta es la “urbanización del campo” a que M arx y otros se han referido. Los consu­ 23 Según el “modelo de mercado” ideal, un centro de orden inferior se situaría a medio camino entre tres centros de orden superior, a fin de cubrir el espacio con la máxima eficacia. El “modelo de transporte” sitúa el centro inferior a medio camino en una línea recta entre dos centros de orden superior. Pero éste no deja de ser un modelo de relaciones competitivas, aunque conecta los centros más fácilmente unos con otros por caminos o ferrocarril. Podríamos añadir que los últimos teóricos del lugar central han trabajado con modelos matemáticos más flexibles que sustituyen a la geometría de Chrístaller. Así se pueden encarar mejor las realidades de viaje y comportamiento del consumidor.

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midores están en todas partes, y los servicios que requieren pueden por tanto expandirse. Sin embargo, a lo largo de gran parte de la historia hum ana y en gran parte del mundo actual, la demanda rural crea solamente una magra base para un sistema de lugar central de este tipo. Según palabras de Fernand Braudel (1977, p, 19), el cam pesino mismo, cuando vende regularm ente una parte de su cosecha y compra herramientas y ropa, forma ya parte d el mercado. Pero si v ien e a la población-m ercado a vender unas pocas cosas — huevos o un pollo— para obtener unas pocas m onedas con que pagar sus im puestos o comprarse un arado, no está más que apretando su nariz contra el escaparate del m ercado. Permanece dentro del vasto m undo de la autosuficiencia.

Si se considera a los sistemas de lugar central solamente en términos del “principio mercantil”, no hay que esperar que en tales condiciones lleguen a desarrollarse bien. Sólo los habitantes de la ciudad parecerían profunda­ mente implicados en la red de interdependencias que permite que un mayor número de especializaciones supere el nivel de umbral, y estas funciones tal vez no llegarían a establecerse en mayor número de lugares donde tuvieran que depender más del mercado rural circundante.23 Aun así, los sistemas de lugar central no siempre se extienden para atender a la gente, sino, a veces, para hacer que la gente les sirva a ellos. La cuestión de poder vuelve a plantearse aquí, lo m ismo que el “principio administra­ tivo” de Christaller. Cuando un centro urbano dominante lleva al máximo su control efectivo sobre un territorio más amplio, su relación con los cen­ tros de orden inferior no es de competencia parcial sino de delegación en interés de una distribución más segura. Los centros dependientes reciben la tarea de recolectar impuestos, ejercer cualquier forma existente de justicia, reclutar mano de obra o diseminar información en sus subáreas. Las consi­ deraciones acerca del alcance de una función siguen siendo importantes (aupque uno puede considerarlo un problema de traslado del centro a ,1a periferia, más que al revés), mientras que el significado de conceptos como mercado y umbral puede modificarse sutilmente. Este tipo de sistema de lugar central no tolera ninguna ambigüedad. Los lugares de orden inferior deben estar directamente bajo un lugar de orden superior, y sólo uno, para que la jerarquía del mando funcione. Por esta razón también puede orga­ nizar el paisaje de manera distinta que los centros del “principio mercantil” : los lugares más pequeños no deben estar cerca de ningún otro lugar mayor que aquel al que se subordinen. 33 Se comenta más sobre esto en conexión con el examen del concepto de “ciudad primada” (primate eity) en el capítulo iv, n. 9.

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En el estudio comparativo del urbanismo, es obviamente im portante no dar por supuesto el “principio m ercantil” en los sistemas de lugar central. Hay hoy día, como los hubo en el pasado, incontables casos en que aquél y el “principio administrativo” coexisten de una u otra forma y, ocasional­ mente, con alguna tensión, dentro del mismo sistema. Pero en gran parte del pasado urbano, como Sabemos, ha habido una gran desigualdad entre la ciudad y el campo, donde el poder de uno u otro tipo y la apropiación de los recursos rurales han sido la base de la afluencia urbana. Y hoy día, especialmente en el Tercer Mundo, tales relaciones continúan apareciendo bajo formas nuevas. El propio término “principio administrativo” puede pare­ cer con frecuencia engañoso, en la medida en que las relaciones son clara­ mente de naturaleza comercial. Los monopolios comerciales, dedicados a la extracción del producto local, se expresan en sistemas de mercado dendríticos donde, de nuevo, el mercado más pequeño y periférico está en una posición claramente subordinada respecto de un centro mayor, parte de una nueva política económica global. Éste es el tipo de estructuras que los antropólogos, junto con otros, encuentran en los diversos marcos de la “teoría de la depen­ dencia”, una frontera de investigación interdisciplinaria de gran vitalidad, especialmente en los estudios latinoamericanos.24 Todavía hay que observar otro aspecto de la teoría del lugar central. Se relaciona de una m anera un tanto problemática con una concepción del urbanismo en general, porque abarca más y abarca m enos. Si consideramos como urbanas sólo las comunidades relativamente grandes, ello ignora nuestra línea divisoria. Según la conveniencia analítica, el sistema de lugares cen­ trales podría incluir cualquier cosa desde una metrópoli hasta una aldea. Por otra parte, la teoría se refiere sólo a esa estructura funcional de comuni­ dades que es afectada en un grado notable por los cálculos de alcance dentro del mercado potencial. No toma en cuenta las funciones cuyas locali­ zaciones están determinadas por rasgos del medio natural. Comunidades en­ teras pueden construirse en tomo a ellos: poblaciones mineras, lugares de descanso, puertos. Y puede haber otras funciones que, por alguna razón, se encuentren situadas lejos del patrón de lugar centra!, pero cuyo atractivo no parece disminuido por consideraciones de costo o dificultad del viaje. Algu­ nas ciudades universitarias serían ejemplos de esto; tal vez separadas de los 24 Algunos escritores recientes que siguen esta línea son Gomelíus y Trueblood (1 9 7 5 ), Walton (1976a) y Portes y Browníng (1 9 7 6 ). Existe también en este caso, claro está, una reacción en contra de la idea de que los centros urbanos aporten crecimiento económico a sus entornos rurales. Es obvio que a veces así es y otras no. Hoselitz (1955), en un temprano artículo sobre esta cuestión, lo relaciona también con lo que se ha dicho más arriba sobre modelos históricos urbanos, comparando en parte su concepto de ciudades “generadoras” y “parasitarias” con el de ciudades “heterogenéticas” y “ontogenéticas” de Redfield y Singer.

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lugares centrales a propósito, para que los habitantes de la torre de marfil no sean corrompidos por quienes persiguen el poder y la riqueza. En consecuencia, también tenemos que distinguir entre las comunidades urbanas con más funciones generales que se extienden a un área local en la que las comunidades están íntimamente integradas, y las que proporcionan servicios especializados a un sistema societal más amplio, no siempre tan claramente definido en el espacio. Aunque las sugerencias de Braudel sobre una clasificación más variada de poblaciones y ciudades en la historia mues­ tran que alguna diferenciación de este tipo ha existido desde hace mucho, es obvio que tanto el industrialismo, con sus economías de escala, como el avance de la tecnología del transporte han aumentado las posibilidades de tal especialización.25 L a clasificación funcional de las ciudades es otro juego que los geógrafos practican con más asiduidad que otros investigadores urbanos, con diversos propósitos o, a veces, quizás (como ha señalado un crítico ocasional) como un fin en sí mismo.26 U n ejemplo representativo es la conocida clasificación de las comunidades urbanas norteamericanas que hace Ghauncy Harris (1943), quien distingue ocho tipos: de venta al por menor, de venta al por mayor, de m anufactura, de minería, de transporte, de reposo y retiro, de universi­ dad y diversificado. T al categorización apenas parece superar el nivel del sentido común; y sin embargo, ha enfrentado a los geógrafos urbanos con enredados problemas metodológicos. ¿C uán dominante tiene que ser una fum ción individual para que una comunidad corresponda a una clase? ¿Qué proporción de la población h a de ganarse la vida en esa función dominante?, ¿debe ser una mayoría?; ¿puede ser el mismo número para todas las esper cializaciones? En cualquier caso no hay ninguna ciudad minera donde toda la población trabajadora esté constituida por mineros; ninguna ciudad dé retiro donde sólo vivan ancianos; ninguna ciudad universitaria compuesta sólo de profesores y estudiantes. L a ciudad de menudeo puede concebible­ mente corresponder más al “principio mercantil” de la teoría del lugar cen­ tral. Pero también en cualquiera de los demás casos se puede esperar que la concentración de población impulse a adquirir el tipo de funciones que tienen los lugares centrales en relación con las áreas circundantes, ya que pueden ofrecer en sí mismas por lo menos una considerable por­ ción de mercado de tam año del umbral. Con la excepción de entidades como una ciudad minera en un lugar silvestre alejado de cualquier otra habitación hum ana, esos centros podrían incluso ordenar jerarquías de lugar central completas en tom o a sí mismos y seguir siendo lugares especializados 25 Esta opinión la expresa Sjoberg (1960, p. 9 1 ). 28 Pueden verse revisiones críticas de las clasificaciones que hacen los geógrafos de la ciudad funcional en Robert H . T, Smith (1965) y Cárter (1972, pp. 45 ss.).

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primero y lugares centrales en segundo lugar. Pero también puede haber funciones que se vuelven totalmente hacia el interior para servir sólo a la comunidad urbana. Así se distingue entre los componentes “básicos” o “con­ formadores de ciudad” de una economía urbana y los componentes “no básicos” o “servidores de la ciudad”.27 Aquí, por otra parte, se puede decir que W irth tendía a pasar por alto los primeros al subrayar la división interna del trabajo en la ciudad; los dos sectores podrían estar representados de otra forma, en el Chicago que nos expone, Jurgis Rudkus, por el trabajador inmigrante de la industria de la carne que hemos visto en T he Jungle, de Upton Sinclair, y por la taxi-dancer de Cressey.

D

iv e r s id a d

y

a c c e s ib il id a d

Las ciudades han surgido y desaparecido y vuelto a aparecer en otro lugar, con características levemente distintas. Se han reunido de diversas maneras, a partir de diferentes elementos. El urbanismo mundial exhibe, pues, muchas variaciones y excepciones, pocos universales o regularidades. Los intentos atrevidos, como el de W irth, de form ular un patrón urbano común han proporcionado al final espantapájaros más que paradigmas duraderos. Sin em­ bargo, tal vez el smorgasbord * de tipos de urbanismo y maneras de pensar que hemos ejemplificado en este capítulo tras abandonar la ciudad de W irth, puede permitirnos concluir con ciertas ideas más generales relativas a la conceptualización de la vida de la ciudad, sensitivas más que analíticamente rigurosas, pero con implicaciones para u n a antropología urbana que en parte h a de ser más elaborada en adelante. La heterogeneidad formó parte de la definición del urbanismo que hizo W irth, Sin embargo, la ciudad presumiblemente podría existir sin variabili­ dad de temperamentos, aficiones, platillos favoritos, sentidos del humor, iden­ tidades étnicas, predilecciones sexuales, nociones del honor, cultos religiosos o modelos de habla. L a única clase de heterogeneidad que está en una relación especial con el tam año y la densidad del asentamiento que carac­ terizan a la ciudad es la división del trabajo (si el término puede ocasional­ mente ampliarse para incluir también la relación entre las clases trabajadora y ociosa), la cual ha creado interdependencias ante todo entre los urbícolas y los campesinos, pero también entre los propios urbícolas, de la misma ciudad o de distintas ciudades. Las especializaciones en las formas de subsistencia constituyen juntas no sólo una diversidad, sino una organización de la diver­ 27 Cárter reseña las diversas conceptualizaciones de esta distinción nas 54 ss.). * Entremés sueco; bufé (buffet) de platillos diversos. [Editor.]

(1972, pági­

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sidad, y sacan a algunas personas del campo para concentrarlas en el asen­ tamiento urbano. Tres transformaciones de la sociedad han desempeñado papeles impor­ tantes en el desarrollo de esa diversidad organizada; podemos intentar conec­ tar cada una de ellas con una clase de arquetipo urbano. Dos de ellas se refieren a principios de orden político-económico. Con la redistribución como principio dominante, surgió la ciudad de poder, la ciudad-corte (Courttown) ; aparentemente tal es la ciudad original. El desarrollo del intercambio mercantil nos da la ciudad comercial (Commercetown). La tercera transfor­ mación es tecnológica: con el industrialismo, generalmente en combinación con el intercambio mercantil, nació la ciudad del coque ( Coketown). Se puede pensar que no se trata más que de tres etiquetas; pero a veces incluso éstás pueden ser útiles para ordenar burda pero rápidamente el m apa conceptual. Conforme la complejidad social se ha desarrollado y difundido en la his­ toria, las formas de urbanismo han aparecido mezcladas con artículos tales como la organización estatal, la desigualdad social, el aumento del alfabe­ tismo y los avances en la manipulación de la energía. Algunos de ellos con el tiempo han suscitado más y mejores estudios que otros por parte de los intérpretes de la vida hum ana, y al tratar de identificar como tal una aproxi­ mación al urbanismo, uno puede llegar a considerar estos puntos de vista como poderosos rivales. Es posible distraerse al m irar por encima del hombrouna y otra vez, para adaptar el propio pensamiento a algún conjunto teórico más completamente desarrollado, intrincado y, sin embargo, no interesado primariamente con descubrir qué puede ser el urbanismo. Si se adopta et marco de referencia de la economía política, es factible quedarse absortoen la manipulación de ideas relativas a las fuerzas y las relaciones de pro­ ducción, y la diferenciación puede tender a redefinirse como m era desigual­ dad. La clase, más que la ciudad, atrae la atención de uno. Si nos interesa la tecnología, se puede optar por hacer hincapié en la influencia de la pro­ ducción masiva, las telecomunicaciones y los transportes rápidos sobre la vida, particularm ente en la sociedad occidental contemporánea. Obviamente el estado de la tecnología y la economía política en el sistema social más amplio sí implica una organización de la centricidad de la que la concentración de la población en la ciudad puede parecer un simple epifenómeno. Además, como tal estado supone dicha organización de diversas maneras, tendemos a pasar de la noción wirthiana de un urbanismo singular a una concepción de urbanismos plurales. Pero ¿es imposible identificar al­ guna manera en que la forma de asentamiento mismo desempeña una parte más activa para determinar la configuració n de la experiencia urbana? Volvemos a la idea de un sentido del lugar , Hay razones por las que la antropología urbana podría centrarse en la idea de q u e la vida en un espacio-

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limitado particular tiene características diferentes de las que prevalecen en otros lugares, y usar esto como un marco de referencia significativo para la observación e interpretación. En cualesquiera términos que las personas sean separadas unas de otras o reunidas según otros principios de organi­ zación, quienes terminan en la ciudad también se rozan los hombros y se ven unos a otros en su localizada vida cotidiana. Y esto puede no ser simple resultado de que la accesibilidad se sume a la diversidad; puede ser la acce­ sibilidad en la diversidad, y la diversidad en la accesibilidad. La gente reacciona no sólo al hecho de estar cerca, sino a estar cerca de tipos par­ ticulares de personas. Inversamente, cuando la gente tiene características distintas, algo puede ocurrir si tienen una buena oportunidad de emplear sus ojos y oídos para darse cuenta de ello. Sólo la división del trabajo puede entonces haber creado la ciudad; pero una vez que ésta existe, puede muy bien servir de catalizador a nuevos procesos precisamente porque allí está todo, en un solo lugar. Además, este lugar utilizado de modo intensivo no es simplemente cualquier lote baldío de la superficie de la Tierra. Es un físico complicado, conformado para coincidir con su sociedad tanto material como simbólicamente. Este ambiente también puede llegar a afectar la vida a su m anera. En un sentido mucho más amplio, es una obra de arte. De cualquier forma, podemos usar hasta cierto punto las ideas de la geo­ grafía como sustento para convertir los hechos de la división del trabajo en concepciones de tipos de marcos locales: híbridos o variaciones de la ciudadcorte, la ciudad mercantil o la ciudad del coque. Esas ideas clarifican la •distinción entre los lugares centrales y los lugares especiales; entre quienes se ganan la vida dentro del sistema m ás amplio agregando muchas fun­ ciones y quienes se dedican más estrictamente a una función particular. Además, nos hacen distinguir, entre los primeros, las diferentes composiciones ele las comunidades en los diversos niveles de la jerarquía de los centros. Empleando el vocabulario de la teoría del lugar central, discernimos sin embargo cómo el umbral para muchos servicios se puede alcanzar dentro de la propia población urbana. Esto tendería a hacer más semejantes a las ciudades que se encuentran dentro de un sistema sociocultural, sin que im­ porten sus relaciones particulares con dicho sistema. Sin embargo, no nos interesan temas como la teoría del lugar central o la clasificación funcional de las ciudades para convertir a la antropología urbana en geografía urbana. M ás bien, puede ser útil pensar acerca de las for­ mas en que la etnografía urbana y el análisis antropológico pueden engan­ charse a los resultados o perspectivas de otras disciplinas urbanas, dadas las diferencias de objetivos, formas de abstracción y metodología. Aquí el in­ terrogante sería qué implican, para la vida y la cultura comunitarias, las con­

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centraciones de funciones que se producen de diversas maneras dentro de los sistemas sociales más amplios. Empezaremos a tratar de resolverlo desarrollando un poco la conceptualización de ese punto de vista relacional que, según afirmamos en la intro­ ducción, es central para la antropología. Será un enunciado de orientación y no lo detallaremos más de lo necesario para nuestro propósito. No obstan­ te, es fundam ental; este libro está en gran medida construido en torno a él. Lo que no quiere decir que las ideas que así haremos explícitas sean particu­ larmente originales. Sí constituyen un primer paso, en cambio, en nuestra antropologización del urbanismo. L a vida social urbana, como cualquier tipo de vida social, consta de sitúa* ciones. Los individuos participan en estas situaciones en busca de una cierta gam a de objetivos. Así pues, puede considerarse que la parte de cada uno en estas situaciones consiste en participaciones situacionales intencionadas; intencionadas en el sentido de que hayan o no entrado los individuos en las situaciones voluntariamente, su conducta está guiada por alguna idea de lo que quieren o no quieren que ocurra en ellas. Las relaciones surgen cuando un individuo influye en el comportamiento de uno o más de los otros indi­ viduos que participan en la situación, o cuando es influido por el comporta­ miento de ellos, o bien cuando influye y es influido a la vez; la conducta visible es, pues, un a dimensión de la participación situacional. Pero también queremos distinguir otrás dos dimensiones, de ésta: la conciencia y los recur­ sos. L a conciencia (en la cual incluiremos aquí, cuando sea pertinente, lo que está “por debajo del nivel de la conciencia” ) dirige el comportamiento, pero la participación situacional también implica las experiencias con las que es realimentada. Con mayor o menor importancia, los recursos de utilidad directa o indirecta para el sostén del individuo también pueden verse afec­ tados por la participación situacional; algunos pueden ganarse, otros per­ derse. Nos referiremos a tal participación situacional intencionada, con sus dimen­ siones diversamente notables, como un papel o función (role), así sea una denominación poco ortodoxa. En los años recientes, es cierto, los conceptos de papel no han estado del todo de moda en la sociología y la antropolo­ gía, ya que tienden a no hacer plena justicia a las sutilezas de la interacción hum ana. Pero necesitamos identificar algún tipo de ladrillos básicos para construir un panoram a general de estructuras sociales incluso muy compli­ cadas, y para este propósito tendremos que considerar algunas de estas sutilezas más bien como de importancia secundaria. Así, adoptaremos el punto de vista de que cuando el comportamiento manifiesto de diferentes individuos en un tipo de situación es en esencia comparable y adopta una form a aproximadamente estandarizada (sin im portar cómo se produce esta

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estandarización), se puede decir que desempeñan el mismo papel. Esta comparabilidad puede ser menos cierta en cuanto a la conciencia y los recursos. Es decir: una persona puede llegar a una situación con otros motivos y obtener de ella distintas experiencias que otra persona que, frente a ella, desem­ peñe el mismo papel. Y, por lo menos dentro de ciertos límites, lo que uno hace, más que lo que en ello se invierte o lo que de ello se obtiene, es lo que define el papel de uno. Sin embargo, las tres dimensiones estarán incluidas en nuestro abarcador concepto de papel, y admitiremos inmediatamente que podríamos tener dificultades si no estuviéramos conscientes de su compleja y cambiante estructura interna. La práctica antropológica convencional consiste, claro está, en emplear alguna versión de la distinción entre papel (role) y posición social (status), y en asumir que el comportamiento visible corresponde en la conciencia a derechos y obligaciones normativamente definidos. Pero preferiríamos evitar las implicaciones consensúales y estáticas de esta corriente principal del aná­ lisis de papeles. Queremos reconocer que mediante las entidades que llamamos papeles, las personas pueden negociar unas con otras, regatear, amenazarse y luchar unas contra otras, modos de interacción que no coinciden entera­ mente con la noción de derechos y deberes claramente definidos. Tales con­ frontaciones pueden producirse porque la gente difiere en las orientaciones de su conciencia, o porque sus intereses en el manejo de sus recursos están en curso de colisión. También queremos librarnos de prejuicios en cuanto a qué tipo de conciencia dirige el comportamiento. De qué manera y en qué medi­ d a cualquier estandarización de la conducta visible en las participaciones situacionales está normativamente basada en algo que uno querría idealmente investigar, ya que es concebible que suceda de otras formas (por ejemplo, mediante la noción repetida de que la conducta de cierto tipo será más probablemente efectiva). E incluso cuando las intenciones se filtran a través de las normas para llegar a la acción, las intenciones mismas surgen contra un fondo de experiencia más amplio. El concepto de papel que subraya la tarea más que el propósito oscurece gran parte de esto, no menos que el hecho de que los papeles a veces son más bien fabricados que asumidos. Posiblemente podríamos trabajar un poco más la distinción entre posición (status) y papel (role), para hacer que expresara más plenamente nuestra idea un tanto preliminar de la relación entre conciencia y conducta: hay veces en que los conceptos gemelos pueden ser útiles para una mayor disec­ ción de la parte de un individuo en una situación. No lo haremos, sin embargo, sobre todo porque es conveniente tener que trasladar una pieza menos de equipaje conceptual. Además, en el término “posición social’ ( status) hay esa irritante ambigüedad producida por el hecho de que tam ­ bién puede referirse al rango, o incluso a un tipo particular de rango.

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La gente tiene muchos papeles; a los tipos de participaciones situacionales intencionadas que constituyen la ronda de la vida de un individuo los llama­ mos su repertorio de papeles. A la totalidad de tipos de participaciones que se presentan entre miembros de una unidad mayor, como una comunidad o una sociedad, lo llamamos el inventario de papeles de esta comunidad o so­ ciedad. Como burda clasificación del inventario de papeles de la ciudad occidental moderna, podemos tal vez dividirlo en cinco dominios o ámbitos, cada uno de los cuales contiene numerosos papeles: 1) doméstico y de parentesco, 2) de aprovisionamiento, 3) de recreación, 4) de vecindad y, 5) de tránsito. Cualquier categorización de este tipo es necesariamente un tanto arbitraria, y los límites entre los dominios pueden ser a menudo difusos.28 Sin embargo el esquema tal vez sea suficientemente claro para servir con fines heurísticos. U n hecho que puede ser útil señalar de inmediato es que algunos ámbitos implican tanto contratos externos como internos. U n am a de casa trata con los miembros de su hogar, pero también va a comprar la comida y la ropa de ellos. Cuando “la pandilla” va a tom ar una copa, sus miembros gozan su m utua compañía, pero también tienen transacciones con el que atiende el bar. Y detrás del mostrador de los establecimientos que proporcionan al consumidor las mercancías para el hogar y los refrescos al grupo de amigos, también hay relaciones entre los compañeros de trabajo. Nuestras etiquetas p ara los dominios se refieren, por lo tanto, primariamente a los papeles, más que a las relaciones o situaciones, que pueden aparecer de distinta forma según nuestro punto de vista. En bien de la claridad, sin embargo, empleare­ mos el término “relaciones de aprovisionamiento” sólo para las relaciones asimétricas que regulan el acceso de la gente a los recursos materiales en la división político-económica del trabajo más general; en otras palabras, las re­ laciones en que la gente ofrece bienes o servicios a otros (principalmente a otros que no son del mismo hogar) o los coercionan o manipulan su con­ ciencia para ganar, por ese medio, toda su subsistencia o una parte signifi­ cativa de ésta.39 Las relaciones de aprovisionamiento incluyen, por tanto, las 28 Southali (1959, 1973b) presenta otra clasificación posible de los ámbitos o domi­ nios: de parentesco y étnico; económico y ocupacional; político; ritual o religioso; recreativo, de tiempo de ocio o voluntario. Coincide parcialmente con la que sugeri­ mos aquí; pero con fines de estudios urbanos se podría pensar que el esquema de Southali enturbia ciertas similitudes y variaciones y desdeña algunos tipos de inter­ acción. Algunos papeles políticos y religiosos implican aprovisionamiento y trabajo; otros puede que sean sólo algo diferentes de los recreativos. Las interacciones de vecindad y tránsito suelen ser más importantes como fenómenos relativamente autóno­ mos en la ciudad que en cualquier otra parte. 29 Habría que observar aquí que en el dominio del aprovisionamiento incluimos también interacciones de un tipo análogo al consumo de servicios, aun cuando la

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relaciones externas que conectan los papeles de aprovisionamiento por una parte a los papeles del hogar o de la recreación por otra; pero incluyen asimismo las relaciones internas del ámbito de aprovisionamiento que, por ejemplo, conectan a los productores con los intermediarios. Las relaciones que, dentro de este dominio, se producen entre personas cuyas actividades productivas se coordinan en un resultado común y que son, por tanto, de cierta m anera análogas a las que existen entre los miembros de un hogar o de un grupo de camaradas, las llamaremos —no muy sorprendentemente— relaciones de trabajo. Los dominios del tránsito y la vecindad, y la parte relativa al parentesco en el dominio de los asuntos domésticos y la familia, no ofrecen problemas de este tipo, ya que sólo pueden implicar relaciones internas. Reconocemos que los cinco dominios o ámbitos están relativamente diferen­ ciados en la vida urbana del Occidente contemporáneo; un papel puede estar contenido dentro de los límites de uno de ellos. En contraste con esto están las sociedades donde los papeles se extienden típicamente a varios dominios y, en consecuencia, no están tan estrechamente identificados con ninguno de ellos. L a sociedad comunal de Redfield es obviamente de este último tipo. Los principios de parentesco, en particular, sirven para organizar tantas actividades, que este dominio tiende a com prender varios de los demás. Pero no queremos sólo la polarización de lo comunal y la ciudad. Lo que nos interesa es más bien que las diversas formas de ciudad no distinguen los dominios en la misma medida. El ámbito del aprovisionamiento emerge gra­ dualm ente; sus relaciones de aprovisionamiento surgen particularmente, con­ forme los principios de la redistribución y el intercambio mercantil vinculan los medios de subsistencia de grandes números de personas mediante las complementariedades de la producción y el consumo, y el hogar ya no se puede considerar como más o menos autosuficiente. Basándonos en lo que antes hemos dicho, esto parecería haber sucedido en todas las condiciones de urbanismo, aunque sus formas variaran mucho. Las generalizaciones relativas a los asuntos de que nos ocupamos aquí corren el riesgo de ser demasiado crudas. Sin embargo, puede ser razonable sugerir que los principios de redistribución y de intercambio mercantil no implican, por otro lado, en si mismos, una diferenciación entre la otra parte del dominio del aprovisionamiento, las relaciones de trabajo, y el ámbito de los asuntos domésticos y el parentesco. Por lo menos con relativa frecuen­ cia, la unidad de producción puede ser una unidad de consumo, incluso prestación mediante la cual se ganan los recursos implique una forma más o menos clara de control del “cliente” (por ejemplo, juez-acusado, trabajador de caso-cliente, policía-peatón) más que un servicio estrictamente definido, y aunque los recursos en reconocimiento de la prestación se distribuyan indirectamente.

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si ya no se produce lo que se consume. Gomo Sjoberg lo expuso, la gente de las ciudades preindustríales puede a menudo combinar el hogar y el lugar de trabajo. U na consecuencia de la llegada del industrialismo es que el dominio del aprovisionamiento se vuelve para muchos más plenamente autó­ nomo, e implica tanto un escenario separado como un conjunto separado de personas que interactúan en torno al trabajo.30 O tra consecuencia es, obviamente, que las relaciones de aprovisionamiento entre consumidores y por lo menos algunos de los que participan en la producción se hacen más frecuen­ temente indirectas mediadas (entre otros) por los administradores y propie­ tarios de los medios de producción. La diferenciación del dominio de la recreación (que es, incluso conceptual* mente, una empresa un tanto problemática, pues es posible que tienda a convertirse en una categoría residual de relaciones) no se puede relacionar tan fácilmente con las transformaciones sociales. Aun en las ciudades occi­ dentales modernas, está generalmente poco diferenciado, ya que la mayoría de la gente dedica parte de su “tiempo libre” —y algunas personas casi todo— al círculo de los miembros del hogar y los parientes. Otros perma­ necen en la compañía de los colegas incluso después de las horas de trabajo, aunque las actividades de trabajo y juego pueden distinguirse tajantemente. Necesitamos una teoría del ocio —y tal vez una teoría bastante pluralista de él— para explicar la relativa separación social que la vida ociosa alcanza a veces, y los vínculos entre otros ámbitos y la elección de formas de recreación; Mas no podemos desarrollar el tema aquí.31 Es posible considerar que los dos últimos de nuestros cinco dominios, constituidos por los papeles y relaciones de vecindad y tránsito, cubren di­ ferentes trechos en un continuo de relaciones de proximidad. Las primeras son relaciones de proximidad estable. L a consecuencia probable de tal esta­ bilidad es que los individuos implicados se reconozcan personalmente los unos a los otros. Las actividades más sustantivas pueden ser sobremanera variables tanto en cuanto a la forma como en cuanto a la extensión. Hay lugares donde todas las personas que viven cerca son parientes, y se tienen por tales. En ese caso, el dominio de la vecindad puede no diferenciarse ni implicar un tipp particular de relación. De otra forma, las relaciones de vecindad pare­ cen ser un rasgo recurrente de los asentamientos humanos, en una u otra forma. Allí donde está diferenciada, la intensidad de las relaciones de vecin­ 30 No cabe duda de que sería prudente tratar este contraste entre Jas vidas de tra­ bajo antes y después de la industrialización con cierta precaución, aun cuando sea razonablemente válido; véase la crítica de Pleck (1976). 31 Pero existe un conjunto de obras extenso y más o menos analítico sobre el ocio al cual se puede recurrir; v. gr.: algunas de las colaboraciones al volumen compilado por Smigel (1965).

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dad puede depender, para empezar, del grado de exposición m utua de la gente, de modo que también puede estar afectada por las diferenciaciones de escenarios que acompañan a la diferenciación de los dominios. Cuando el lugar de trabajo de un hombre ya no es su hogar; también se vuelve menos visible en el vecindario donde está situado su hogar. Por otra parte, como las relaciones de asuntos domésticos y de trabajo, las de vecindad pueden extenderse al ámbito de la recreación. Las relaciones de tránsito, por su parte, se producen en situaciones de interacción mínima y puede parecer que están en la frontera misma de no ser relaciones en absoluto. Los participantes pueden no estar siquiera conscientes de que “se están tomando mutuamente en cuenta” ; son interacciones desen­ focadas; idealmente, no son encuentros en el sentido de Goffman (1961b, pp. 7-8).32 Ya sea uno o los dos participantes —si sólo están implicados dos— carecen de interés por atraer la atención del otro. Uno realiza rela­ ciones de tránsito al evitar los choques en la acera; al seguir las reglas para hacer cola, tom ar la última posición de la fila al llegar a ella, sin impor­ tunar al individuo que se encuentra inmediatamente delante; al no molestar haciendo llamadas innecesarias a los sentidos de los demás, como mediante el olor o el ruido (sea como sea que éstos puedan definirse) ; no buscando el contacto visual, excepto tal vez momentáneamente para determinar cómo puede uno anticiparse a otras formas más intensivas de contacto. Uno toma precauciones así o de otros innumerables modos, si quiere dejar pasar la relación como una simple relación de tránsito. Pero en cada interacción par­ ticular, puede haber que tomar sólo muy limitadas medidas para pasar pqr ella sin problemas. El periodo de tiempo empleado puede variar, pero es generalmente breve: una fracción de segundo para no golpear a alguien al cruzar la calle, unas cuantas horas con un extraño en el asiento vecino en un concierto. Y cuando la interacción, haya ocurrido con ella lo que haya ocurrido, concluye, los participantes no suponen que se volverán a en­ contrar otra vez. De los cinco ámbitos de papeles que hemos identificado, dos parecen espe­ cialmente significativos para que la ciudad sea lo que es: los de aprovisio­ namiento y los de tránsito. En correspondencia con cualquier función que pueda tener un centro urbano dentro del sistema social general, hay una mezcla más o menos distintiva de relaciones de aprovisionamiento, que en parte forman la ciudad y en parte la sirven. M edíante las primeras, en térmi­ nos generales, la ciudad como colectividad recibe sus recursos; a través de las últimas, éstos son internamente recolocados. Lo que entraña prim ariamente ese sentido del “urbanismo como orden social”, que echamos mucho de 32 En el capítulo vi se analizarán otras contribuciones de Goffman al estudio de las (elaciones de tránsito.

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menos en el ensayo de W irth, es una comprensión de la organización de esta mezcla. Por lo que se refiere a las relaciones de tránsito, hay una frase de M ax Weber en The City (1958, p. 65), de la que W irth se hace eco, según la cual podríamos considerar la comunidad urbana como “una localidad y denso asentamiento de viviendas que forman una colonia tan extensiva que el conocimiento personal recíproco de los habitantes no existe”. Por supuesto, no falta siempre entre todos ellos. Pero las relaciones de tránsito casi no existen cuando hay otros términos para la definición de la co-presencia física, donde todos son parientes o compañeros de trabajo o vecinos o compañeros de juegos, o están presentes con el propósito de realizar alguna interacción reconocible de aprovisionamiento. En suma, son una forma pura de encuen­ tro entre extraños, un resultado del amontonamiento de gran número de personas en un espacio limitado. Aunque también puede aparecer un extraño en un pueblo pequeño y un tanto aislado (y tal vez causar gran expecta­ ción), en la urbe esto es un lugar común.33 Gran parte de la investigación de las ciencias sociales sobre las ciudades está hoy, como ha estado en la mayoría de los periodos durante el siglo pasado, dedicada a los fenómenos del dominio del aprovisionamiento. Dado el alcance transcultural de la antropología, un interrogante obvio aquí para sus practicantes urbanos es qué funciones intervienen en la organización social y espacial de la centricidad en una sociedad con una tradición cultural particular, y cuáles son sus formas sociales. En la sociedad tradicional hindú, como señalaba Pocock, era en la ciudad donde el sistema de castas con su refinada división del trabajo se podía observar en sus constelaciones más desarrolladas. Sin embargo, en este contexto uno tiene también que darse cuenta de que después del “ecumene universal”, según la frase empleada por Redfield y Singer, los sistemas urbanos en las diferentes partes del mundo se han vuelto en algunos sentidos más semejantes. El análisis del ámbito de aprovisionamiento puede ser, sin embargo, sólo una parte de la antropología urbana. Por lejos que haya llegado la diferen­ ciación de los dominios, todas las ciudades son estructuras sociales de dominios múltiples; nuestra posición aquí es que una antropología que intente ser de la ciudad más que simplemente en la ciudad h a de intentar ocuparse de m anera sistemática precisamente de este hecho. En otras palabras, para hacer 33 El predominio de forasteros se podría considerar incluso como un rasgo carac­ terístico del urbanismo. Lyn Lofland (1973, p. 3) se acerca a este punto de vista y Gulick (1963, p. 447) adopta un enfoque aproximado en su primera exposición programática de la antropología urbana; propone que el punto de separación entre las comunidades urbanas y no urbanas podría situarse allí donde los habitantes más prominentes de una comunidad conocen sólo a una minoría de los habitantes y sólo esta minoría los conoce.

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justicia tanto a la diferenciación como a la coherencia de la estructura social urbana, deberíamos investigar las formas y grados de interrelación de los papeles (roles) , no sólo dentro de los dominios, sino también —en realidad, especialmente— entre ellos,34 Para captar mejor las implicaciones de este enunciado programático, puede ser útil considerar lo que nuestra visión general de los ámbitos sugiere respecto al tam año de los inventarios de papeles y los repertorios de papeles en la ciudad. El hecho de que haya una mayor diferenciación de dominios parecería implicar en sí mismo un aumento del tamaño de los repertorios de papeles: por cada nuevo dominio que aparece, se añade un mínimo de un nuevo papel. Pero los repertorios pueden crecer más si hay una variedad interna dentro de los ámbitos, y una persona puede asumir varios papeles pertenecientes al mismo dominio. Los inventarios de papeles, naturalmente, aumentan de tamaño siguiendo los mismos lincamientos. Sin embargo, si distintas personas tienen diferentes papeles dentro del mismo dominio, esto aumenta más aún el inventarío de papeles de la comunidad. U na revisión dominio por dominio ilumina mejor este argumento. En el ámbito del aprovisionamiento, la división político-económica del trabajo en la ciudad puede tender a aum entar significativamente el inventario de pape­ les, ya que la gente se gana la vida de maneras distintas. Por otra parte, suponiendo que cada persona tenga sólo un trabajo, la contribución al tam año del repertorio de papeles puede no ser tan grande. Sip embargo, está claro que aquí puede haber variaciones. Las comunidades que realizan funciones de lugar central pueden tener proporcionadamente muchos papeles en este dominio, con un número mínimo de personas que ejecutan cada uno de ellos; mientras que las comunidades dedicadas a cumplir una función particular con relación a la sociedad en general pueden contar con muchas personas para desempeñar por lo menos algunos de sus papeles. Existe la posibilidad adicional de una multiplicidad ocupacional, que se encuentra más a menudo en algunas ciudades que en otras. En el dominio doméstico y del parentesco, no parece probable que el número de papeles que se desempeñan en las relaciones internas aumente mucho en la ciudad. Si W irth está en lo correcto (lo cual en este caso puede ocurrir a veces, pero no siem pre), los papeles de parentesco fuera del hogar tenderán más bien a recibir menos reconocimiento social. Los pa­ peles domésticos que se desarrollan externamente, en relaciones de aprovisio­ namiento, por otra parte, probablemente aum entan en número, reflejando en cierta medida la variedad del dominio del aprovisionamiento. Es probable que haya un alto grado de repetición de repertorios en este ámbito, y que 34 La perspectiva desarrollada aquí está inspirada de un modo general por la visión de Barth (1972) de la construcción de las organizaciones sociales.

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los papeles se presenten en un número más bien pequeño de agrupamientos uniformes. Los papeles de la recreación pueden darse en número bastante grande en la vida urbana, pero probablemente — como hemos señalado ya— más en las ciudades occidentales e industriales, que en las no-occidentales y preindustriales. Donde tienen mayor influencia, pueden aum entar de modo considerable los repertorios individuales (especialmente en el caso de las personas que se contentan con ser aficionadas), y también la variabilidad de los repertorios. En el caso de los papeles de vecindad y los de tránsito, el problema de cuántos tipos de papeles puede haber se convierte en una cuestión más bien sutil de conceptuación. ¿Se desempeñan diferentes pa­ peles, por ejemplo, estando sentado junto a un extraño en un partido dé fútbol, en un teatro de ópera o, si de eso se trata, en un autobús? De la res­ puesta a tales preguntas depende la contribución de estos dominios al tam año tanto de los repertorios de papeles como del inventario de papeles. En general parece justo decir que las ciudades tienen con probabilidad inventarios de papeles comparativamente mayores; o para expresarlo de otra manera, en la vida urbana ocurren muchísimas clases diferentes de situacio­ nes. Pero el tamaño de los inventarios varia entre tipos de comunidades urbanas. De m anera igualmente significativa, algunos urbícolas tienen reper­ torios de papeles mayores que otros: participan en más situaciones diferentes. Tal vez las diferencias de tamaño entre los repertorios son uno de los rasgos más notables de la vida urbana. También podemos ver que, dentro de un repertorio, los papeles pueden pesarse de diversas maneras. Pasamos mucho más tiempo en algunos de ellos, o los adoptamos con m ás frecuencia, o pen­ samos que son más importantes que otros papeles. Para decirlo de otro modo, el repertorio de papeles tiene su centro y su periferia. Sugerimos, pues, que debemos atender con más persistencia, en el análisis urbano antropológico, las formas en que la gente de la ciudad combina los papeles en los repertorios. En el otro extremo, podemos imaginar el caso en que los papeles están enteramente separados unos de otros. Ensamblar a una persona a partir de un inventario de papeles amplio y variado sería un acto de perfecto bricolage. Ésta persona pensaría y se comportaría en una situación de una forma que nada tendría que ver con lo que sucede en otra, y la forma en que construiría sus recursos o echaría mano de ellos en cada situación tampoco tendría ninguna relación. En el otro extremo encontraríamos a la persona con un repertorio tan altamente integrado que no se podría intercambiar ningún papel por otro. Podemos considerar un poco menos probable encontrar a un individuo con un repertorio de papeles perfectamente aleatorio en la vida real que a uno que tenga un repertorio totalmente determinado. Pero entre uno y otro encontramos muchos cuyas vidas están hechas de diferentes mezclas

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de determinación y de variación libre. De acuerdo con lo que hemos dicho, cuando intentamos ocuparnos de esta combinabilidad, no hemos de presu­ poner que cualquier desviación de la aleatoriedad que encontremos debe conceptualizarse en los términos normativos de la prescripción o la proscrip­ ción. Éstas pueden tener un papel, pero preferimos tom ar en cuenta más generalmente las consideraciones relativas a los recursos y las orientaciones de la conciencia que pueden ordenar las combinaciones incluso allí donde hay una libertad formal de elección. Lo que interesa aquí es que aunque la conciencia de una persona puede no ser por completo una e indivisible, apenas si estará tan plenamente seccionada como la absoluta aleatoriedad implicaría. De la misma forma, es obvio que lo que una persona puede permitirse en una situación a menudo depende de lo que ha ganado en otra. Ésta es nuestra perspectiva general hacia la diferenciación urbana. Como una aplicación más particular, se podría tom ar como hipótesis de trabajo que la manera como se presenta el dominio del aprovisionamiento tiene una in­ fluencia p a rticu la r en la formación y selección de otros papeles, en los reper­ torios y en el inventario en su conjunto. Si, como primer paso en el trazado de un m apa de las formas urbanas, se categorizan las comunidades basán­ dose en sus combinaciones de funciones y las correspondientes relaciones dentro y fuera del ámbito del aprovisionamiento, el conocimiento de este último también ayudaría por tanto a la comprensión de la forma y el proceso de otras relaciones. Esto podría ser una estrategia para un análisis antro­ pológico de los urbanismos de arriba abajo, lo cual salvaría la división con­ ceptual entre la biografía del urbícola y el lugar de la ciudad en la sociedad. Si se sigue tal línea, obviamente habrá especiales razones para prestar atención a la función que desempeña la administración de los recursos. Puede no haber ninguna basé a priori para suponer que ios motivos de la conciencia que constituyen un papel particular necesariamente tendrán un efecto domi­ nante al ordenar otras participaciones. Este es un problema de la sociología del conocimiento, aunque hay muchas pruebas de que las experiencias en las situaciones de aprovisionamiento pueden ser de gran importancia. Por defi­ nición, sin embargo, a través de los papeles de aprovisionamiento la gente obtiene los recursos materiales (o al menos la mayoría de ellos), de los cuales entonces procede a echar mano, más o menos extensivamente, también en otros papeles. Esto da a los papeles de aprovisionamiento una posición do­ minante. Aunque tal vez su influencia en otras zonas del repertorio no es muy específica: otros papeles pueden a veces dem andar pocos recursos, y los recursos también pueden ser distribuidos de diferentes maneras en­ tre ellos. Tam bién podemos señalar aquí que, sea cual fuere la forma de las interrelaciones dentro de un repertorio de papeles, éstas pueden ser una explicación

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parcial de la diversidad urbana de papeles más general que también encen­ tramos fuera de la división del trabajo en el ámbito del aprovisionamiento. Si hay diferenciación en un dominio y los papeles que lo componen tienen una influencia determinante dentro de los repertorios, esto parecería acarrear una diferenciación también en otros dominios. Los papeles de aprovisiona­ miento, por ejemplo, se pueden vincular a formas particulares de recreación. Lo que acabamos de decir sugiere una manera de pensar acerca de los urbanismos, en plural y como entidades. Tendremos oportunidad de volver a este tipo de análisis. A esta altura tal vez sólo habría que añadir una nota precautoria. Ciertamente algunas áreas de relativa indeterminación se pueden encontrar en casi cualquier estructura urbana. En conjunto, pare­ cería que con esta indeterminación e inventarios de papeles más bien amplios, el urbanismo permite más variabilidad en las constelaciones de papeles que la mayoría de los ordenamientos sociales. Y difícilmente puede esperarse que cualquier tipo de construcción urbana definida con precisión a partir de la su p osición de cadenas de interrelaciones específicas, desde una clasificación funcional mediante el dominio del aprovisionamiento y a través de los demás ámbitos o dominios, sea transculturalmente aplicable, por razones relacio­ nadas. El puerto de Singapur, por ejemplo, apenas si se parece en algún de­ talle al puerto de Amberes. No hay una relación unívoca entre alguna función urbana o conjunto de funciones, definidas a grandes rasgos, y un conjunto particular de formas sociales en la organización del aprovisiona­ miento. Además, aun cuando las ciudades portuarias fueran un tipo unitario en lo que se refiere a la organización del aprovisionamiento, otros domi­ nios de la vida también podrían estar expuestos a otras influencias. Puede haber situaciones en una ciudad en las que las formas de pensar, comportarse e interactuar sean muy semejantes a las de la sociedad que la rodea, en sí misma relativamente homogénea o relativamente heterogénea en lo cultural. El parentesco urbano de los afganos puede ser muy afgano, pero no tiene que ser muy urbano. H asta aquí, por el momento, por lo que se refiere a la necesidad de reco­ nocer la variedad de urbanismos y su diferenciación interna. También existe una unidad del urbanismo cuya consideración se refiere al tamaño y la densidad del asentamiento. U n enunciado como el de Weber sobre la falta de relaciones personales entre la gente de la ciudad sugiere una forma de traducir los datos de la demografía y el espacio a un lenguaje relacional. Allí donde se concentre una población grande, un individuo tendrá acceso a relativamente más personas, y será accesible para ellas, que en un lugar más pequeño y de población más dispersa. Empero, si suponemos, como Weber, que hay algún límite superior para la cantidad total de participaciones de un individuo en las relaciones

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sociales, no es seguro en qué medida estas relaciones con personas accesibles lleguen a realizarse. Podemos considerar esto como una especie de posibi­ lismo demográfico; las ciudades y los urbícolas hacen diferentes usos de la accesibilidad directa de persona a persona mediante sus formas de organi­ zación social. (Y, desde luego, éstas también intervienen para conformar ciertos vínculos entre urbícolas y personas un poco menos accesibles física­ mente, alejadas de la ciudad en cuestión.) Así pues, de la reserva de compañeros potenciales de interacción com­ puesta por toda la población urbana, el habitante de la ciudad toma un número mayor o menor de aquellos con quienes emprenderá las actividades domésticas y de parentesco, aprovisionamiento, trabajo, recreación y vecindad. El resto son extraños, compañeros de relaciones de tránsito, si realmente los llega a encontrar. Las diferentes formas de organización urbana pueden, sin embargo, no producir todas la misma proporción de extraños para determi­ nada población urbana. Varían en su capacidad de cubrir a la población a través de otros tipos de relaciones. U n individuo ingresa en muchas más relaciones si tiene un puesto en el mercado, y probablemente un número menor si es un obrero industrial en la línea de montaje. Pero ambos con­ juntos de relaciones pueden ser distintos de las que se centran en su hogar, y sus vecinos y amigos pueden constituir todavía otros círculos separados. Con las relaciones así desplegadas, todavía habrá extraños; pero las caras conocidas pueden no ser tan pocas ni estar tan alejadas. Tal vez es aquí donde debemos retom ar la proposición de W irth de que las relaciones sociales urbanas son típicamente impersonales, superficiales y segmentarias (palabras tan similares en su significado que amontonarlas unas encima de otras no constituye sino un juego retórico). A pesar de todas las críticas válidas que se le han dirigido, podemos ver ahora más claramente el grano de verdad que contienen. C uanto más lejos ha llegado la diferen­ ciación de dominios y también cuanto más lejos ha llegado la diferenciación de los papeles (roles) dentro de los dominios, mayor es la segmentación de las relaciones sociales, casi por definición. La diferenciación, para repe­ tirlo, no lleva a todas las relaciones a tornarse muy estrechamente definidas. Por lo menos algunas relaciones de parentesco y asuntos domésticos casi nunca lo son; y ya hemos señalado que en las relaciones fundamentalmente definidas en términos de trabajo o vecindad hay también cierta propensión variable a adoptar un tono de sociabilidad, lo cual significa que entran en el ámbito de la recreación al mismo tiempo que éste puede también contener sus relaciones separadas. {Esto significa, además, que los vínculos entre ve­ cinos, conforme adquieren el contenido de una naturaleza recreativa o cuasidoméstica, son parcialmente trasladados a los dominios basados en el interés por oposición a los de mera proximidad.)

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Sigue siendo un hecho, sin embargo, que a través de diversas participaciones en relaciones relativamente segmentarias y concentradas en dominios particu­ lares el urbícola puede aprovechar la accesibilidad de otros habitantes de la ciudad, en relaciones que no sean de tránsito. Las clases de vínculos entre dominios que hemos enumerado antes pueden volver a entrar en escena aquí. M uy posiblemente, la gente extiende sus tratos con otros habitantes de la ciudad más ampliamente cuando las relaciones entre los distintos dominios tienden a la indeterminación. Para algunos urbícolas, los vínculos más deter­ m inados pueden no sólo especificar combinaciones de participaciones situacionales, sino implicar también una interacción con las mismas personas en dos o más dominios; los que son colegas pueden también elegir ser vecinos unos de otros y acudir a los mismos encuentros deportivos durante sus horas de ocio. Se convierten más bien en algo semejante al típico pueblerino urbano, de la vecindad * mexicana de Oscar Lewis o de otros lugares, que tiende a reclutar al mismo puñado de personas como compañeros en uno y otro tipo de situación. Las fronteras entre los dominios se pueden tornar d e nuevo difusas.35 Pero en un aspecto por lo menos, estas personas son diferentes de un pueblerino de verdad. Porque en torno a ese pequeño grupo, como descubrirán si se mueven así sea un poco por la ciudad, hay un «océano de extraños y de relaciones de tránsito. Casi no hay forma, pues, de que un habitante de la ciudad pueda evitar tener alguna relación de carácter segmentario, impersonal y superficial. Con sus contactos dispersos, algunas de sus otras relaciones pueden incluso llegar a parecer en cierto grado relaciones de tránsito, encuentros entre extraños. Esto parece particularmente probable en el dominio del aprovisionamiento. Cuanto mayor sea la centricidad de un individuo en cierta función, más estrechamente propenderá a planear sus participaciones con sus muchos pró­ jimos. Como algunos críticos de W irth han señalado, la lucha por esa centri­ cidad y la falta de interés personal entre las partes por una relación se pueden explicar más directamente, por ejemplo, por los principios del intercambio mercantil que por el tipo de asentamiento. Pero para llevar la especulación un poco más lejos, uno puede considerar a la gran ciudad como el medio ideal de las relaciones centradas en un nexo monetario. Las personas que participan en ellas pueden no encontrarse en ningún otro contexto, y el flujo de gente desconocida en las relaciones de tránsito proporciona un modelo para las interacciones instantáneas en las que las personalidades no cuentan. El intercambio mercantil y el urbanismo pueden formar una simbiosis, de * Casa de vecindad. Véase la nota de la p. 85. [Editor.] :36 Pero ésta no es necesariamente la consecuencia, en la medida en que las per­ sonas pueden interactuar con los mismos otros en tanto que definen las situaciones como distintas.

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manera semejante a la burocracia que, con sus ideales de imparcialidad y estrictas definiciones de lo que es pertinente, se dice que trabaja con menor distracción cuando la escala de la vida social no es demasiado pequeña. De todos modos, una parte de la antropología urbana futura debe referirse a las relaciones entre extraños, relativos o absolutos36. El anonimato es aquí una noción clave. W irth le dedicó cierto énfasis pero no m ucha considera­ ción analítica; para muchos de sus lectores debe de haber parecido princi­ palmente un término emotivo. Pero el papel exacto del anonimato en las relaciones sociales sigue siendo problemático. U na de sus facetas es la falta de predecibilidad en el encuentro anónimo: no sabiendo nada de la biogra­ fía de otro individuo, es difícil prever sus acciones, ya sea en términos de competencia o de predisposición. La incertidumbre parece ser, pues, una característica bastante común de la interacción social urbana, y uno puede preguntarse de qué forma se podría tratar esta incertidumbre. O tro aspecto del anonimato puede ser que las interacciones de un individuo que per­ manece no identificado implican en un sentido un bajo grado de carga futura para él37. Los actos anónimos son actos disociados de la presentación de un yo determinado. El conocimiento de sus acciones no se suma para una futura referencia al expediente que, figurativamente hablando, guardan los demás de él. Los usos del anonimato y los pasos que la sociedad urbana puede tom ar para limitarlo podrían ser problemas que investigar. Uno debe estar consciente, no obstante, dé que el anonimato no es un fenómeno de todo o nada. Si un individuo no puede ser personalmente identificado por la conexión entre un rostro y un nombre, el anonimato puede por lo menos limitarse en algunas de sus consecuencias por el reconocimiento de alguna identidad menos exacta, como la etnicidad, la clase, la ocupación, la edad o el sexo: Sjoberg señalaba esto en The Preindustrial City. Estas cualidades que se captan con impresionante significado en el extraño naturalm ente variarán de una sociedad a otra. Sin embargo, la accesibilidad de otras personas en la vida de la ciudad no implica solamente el manejo de contactos con extraños en tanto que individuos. Si para cualquier urbícola en cualquier momento la ciudad tiene un excedente de personas que no forman parte de ninguna de sus relaciones más significativas, estas personas pueden sin embargo ser relevantes de otras maneras. Es posible, por ejemplo, pensar en la gente de la ciudad como maniquíes que exhiben una variedad de significados de manera que cualquiera pueda inspeccionarlos, aceptarlos o rechazarlos, sin comprometerse intensamente en 35 A World of Strangers de Lofland (1973) es una contribución a este punto. 37 Hay algunos comentarios sobre este aspecto de la vida urbana en un ensayo de Jacobson (1971).

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la interacción o identificación con el personal en cuestión. Las relaciones de tránsito pueden producir tal tipo de desfile de impresiones, en particular porque a menudo son sólo una acción lateral de personas ocupadas al mismo tiempo en otras actividades. Caminando por las calles de la ciudad, uno puede zigzaguear a través de un juego de pelota, entrever a un artesano que da el toque final a sus productos, escuchar trozos de media docena de conversaciones, echar un vistazo a una variedad de escaparates y pararse un momento a valorar el talento de un músico callejero. Apenas se puede evitar ponderar el papel que desempeñan tales experiencias en el proceso cultural urbano. Otro aspecto de la accesibilidad, de fundamental importancia para la com­ prensión de las potencialidades de la estructura social urbana, es que allí donde una vez no habían relaciones pueden surgir nuevos contactos; las rela­ ciones entre extraños pueden cambiar de forma, tornarse más íntimas y más personales, con un nuevo contenido. U n ejemplo iluminador es la “visión de la calle” en el Lyon del periodo de la Revolución Francesa, tal como la describe Richard Cobb (1975, pp. 125-126), historiador de la vida cotidiana con inclinaciones etnográficas. A partir de las declaraciones de embarazo y seducción presentadas ante los magistrados por las mujeres trabajadoras, Cobb traza un cuadro de las posibilidades para observar el espectáculo calle­ jero, hacer nuevas relaciones y emprender encuentros furtivos, que eran inherentes a una práctica ocupacional naturalmente ambulante: L a brodeuse, la dévideuse, la coupe use, la tailleuse, la blanchisseuse, la appreteuse, la marchande de modes* in clu so la sirv ien ta dom éstica, com o sus diverso* e q u iv alen tes m asculinos, e stán c o n sta n te m e n te c am in an d o p o r la c iu d a d , e n especial d e n tro d e la p e n ín su la cen tra l, con la cóm oda y visible excusa d e alg ú n en cargo: u n chaleco a m e d io acabar,' u n so m b rero de tres picos q u e espera sus ad o rn o s y p lu m as, u n vestido q u e a ú n hay q u e b o rd a r, u n so m b re ro d e m u je r q u e se tie n e q u e p la n c h a r p a ra d a rle fo rm a, u n a ca n asta d e ro p a m o ja d a , u n ra m o d e flores co n u n a n o ta , u n a d o cen a de b o te lla s de v in o , u n a b a n d e ja con u n a co m id a p re p a ra d a p o r u n gargotier** u n a b a n d e ja d e pasteles y pastas, u n p a r d e faisanes, u n a caja d e h erra m ie n ta s, u n saco lle n o de ro p a vieja: los supuestos p asa p o rtes a la lib e rta d d el e x te rio r d u r a n te horas d e tra b a jo .

En este caso particular uno puede ver qué tipos de relaciones de tránsito corruptibles para otros propósitos dependían de una organización deí domi­ * Bordadora, devanadora, cortadora (de ropa para damas), modista (de alta costura), lavandera (de ropa blanca), aprestadora (la que da el apresto a las telas) y dueña de tienda de modas, respectivamente. [Editor.] ** Cocinero de fonda de mala muerte. [Editor.]

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nio del aprovisionamiento que podemos considerar como casi totalmente preindustrial. El punto que interesa es que la accesibilidad hace posible cierta fluidez de la estructura de relaciones. En la pequeña comunidad, una persona podría concebiblemente pasar toda su vida conociendo a las mismas personas —a toda su población— , con el nacimiento y la muerte como únicos factores de cambio. En la ciudad puede haber una mayor rotación de los compañeros de uno en cualquier ámbito de actividad. El total de las rela­ ciones de un individuo puede crecer o disminuir, pero incluso si se mantiene estable en su tamaño, nuevos rostros pueden unirse al círculo mientras otros se abandonan. O en las relaciones segmentarias, pueden aparecer caras vie­ jas en contextos nuevos. La nota de W irth sobre la transítoriedad de las relaciones en la ciudad puede leerse como si se refiriera a las relaciones que terminan después de apenas un único contacto, tal como el amontonamiento en los lugares públicos o en el apresurado intercambio entre un tendero y un cliente. Podría también referirse al hecho de que muchos vínculos entre los urbícolas pueden también empezar y acabar en una medida mayor que en otros lugares. Sobre la base de la demografía solamente —pero, por otra parte, esto es una cuestión de posibilismo demográfico— la condición urbana crea notables oportunidades para las relaciones sociales logradas en com­ paración con las adscritas.38 Caben aquí un par de comentarios sobre la forma en que tales oportu­ nidades pueden propender a alimentar la heterogeneidad urbana, incluso fuera de la organización de diversidad del dominio de aprovisionamiento. U na posibilidad es que, en combinación con tendencias determinadas hacia la variación de la población, puedan afectar la evolución de subculturas. Si la propensión hacia algún modo de pensamiento o acción es muy dispersa, sólo la ciudad puede contener un número suficiente de personas interesadas en darles una mayor oportunidad de reunirse para interactuar respecto de lo que comparten. Y de toda la gente accesible en la ciudad, pueden elegirse m utua­ mente como compañeros en bien de esa oportunidad. Esta interacción puede conducir tanto a la estabilización del punto de vista o tipo de conducta de que se trate (ya que ahora gozará de un apoyo grupal) como a su posterior desarrollo acumulativo. En otras palabras, los que pudieran ser intereses latentes o apenas visibles de uno o unos pocos individuos en una comunidad más pequeña se pueden am pliar y desarrollar cuando hay muchas personas 38 El umbral en el que el tamaño de la población es suficiente para permitir una circulación considerable de compañeros en las relaciones no tiene necesariamente que ser muy alto, de modo que no existe una relación muy precisa entre esta circulación y el urbanismo. Pero parece probable que una población grande conduce a ello, en parte por las mayores posibilidades de atenuar fructíferamente los vínculos con compañeros del pasado.

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de mentalidad semejante. La noción de Robert Park sobre el “contagio social’* muestra que se daba cuenta de este hecho. En la gran ciudad, uno suele encontrar no sólo a un único pianista, sino una cultura ocupacional de los músicos; no un silencioso disidente político aislado sino una secta o un movimiento organizado en torno a una ideología; no un homosexual solitario, sino u na cultura gay. Esta explicación de la heterogeneidad en realidad implica una variante de los conceptos del lugar central. Como cada persona en el grupo interactuante es simultáneamente un proveedor del servicio de que se trata y parte del mercado de ese servicio, los miembros se alzan juntos por encima del umbral necesario para su surgimiento, dentro del conveniente alcance de acce­ sibilidad que sugieren los límites de la ciudad. También podemos considerar cuál sería la ventaja del desarrollo de una forma divergente en una situación donde la posibilidad de reordenar los alineamientos sociales siempre estuviera presente. Podemos ver en la búsqueda de una individualidad bien visible de un lugar como Minas Velhas un deseo de llamar la atención de los demás, para alcanzar una selección satisfactoria de relaciones sociales y no quedarse fuera cuando los compañeros cambian. El lanzamiento de un nuevo estilo de conducta, vestido u otra forma visible podría llevar a una ventaja competitiva (y aquí nos acercamos a la pers­ pectiva darviniana de W irth acerca de la diferenciación); sólo si uno tiene demasiado éxito y la innovación es adoptada por muchos, el propósito no se cumple y hay que intentar alguna otra cosa. L a diversidad de la vida urbana, desde este punto ventajoso, no es estable. Como lo expresaba Kroeber en su Anthropology (1948, p. 283), se caracteriza por “las fluctuaciones de la moda, no sólo del vestido, sino de los caprichos, novedades, diversiones, y la huidiza popularidad tanto de las personas como de las cosas” . Así pues, en estos sentidos es posible que la mayor accesibilidad de la gente en la ciudad importe por sí misma. Por lo que se refiere tanto a las for­ mas de comportamiento como a los individuos específicos, la ciudad puede ser un sistema de reconocimiento y elecciones. Al afirm ar esto, también es necesario señalar algunas de las salvedades. La accesibilidad, como hemos dicho, no siempre se realiza; depende no menos de formas de organización social. Cuando hay determinadas conexiones entre relaciones y actividades en diferentes dominios, como hemos ejempli­ ficado arriba, esto limitará las opciones que la accesibilidad habría hecho posibles. Las inversiones materiales y la construcción de la competencia en ciertas relaciones y líneas de acción podrían ser de otro modo tales que. 39 Véase sobre este punto también la interpretación que hace Rainwater (1966) sobre el fomento de un yo dramático en las circunstancias de inestabilidad de la vida social entre los afronorteamericanos de dase baja.

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el costo del cambio sería demasiado alto. Y lo que un individuo puede hacer y con quién puede emprender las diversas actividades puede estar tan cultural­ mente regulado en otros términos también que las opciones disponibles en el hábitat inmediato estén simplemente excluidas por delimitación. Es muy posible que el reclutamiento para ciertas relaciones sea adscriptivo dentro de una población más pequeña (o que esas relaciones sólo sean alcanzables dentro de tal población) aun cuando el reclutamiento mediante un logro abierto parezca hacer mejor uso de la situación urbana. L a eficacia de limi­ taciones como éstas merece tomarse en consideración, así como cualesquiera tensiones que puedan detectarse entre ellas y las tentaciones de un medio ambiente más abundante. También sigue siendo una posibilidad que la gente simplemente rutinice sus relaciones sociales así como sus repertorios intelectuales y conductuales, al no ver razón para cambiar sólo porque las oportunidades se presentan por sí solas. Es posible que la ciudad ofrezca tal riqueza de impresiones y contactos que el individuo no pueda responder activamente a todos ellos, y por lo tanto se vuelva menos capaz de reaccionar a cada nuevo impulso; la atención se relaja. Esta posibilidad h a sido enunciada por Milgram (1970), que al aportar el concepto de sobrecarga, procedente de la teoría de siste­ mas, parece acercarse más a poner a Simmel y a W irth al día en relación con el tedio urbano. Además, el mero hecho de que los individuos estén a una conveniente cercanía no significa que siempre estén o quieran estar a la vista o dispo­ nibles para la interacción. Allí donde la accesibilidad excesiva es el problema, la vida privada se convierte en valor. Sin embargo, también es una cuestión de organización social para qué actividades o relaciones se busca protec­ ción, o contra quién se da esa protección. El medio urbano construido sirve como un componente en esta regulación del acceso. Sjoberg, recordamos, señalaba cómo las casas de la minoría selecta se volvían hacia dentro en la ciudad preindustrial. Algunos tipos de actividad tienen asignado un espació al que el acceso está severamente limitado; otros escenarios se pueden usar para indicar una apertura menos condicional a nuevos contactos. El urbícola puede también estar cansado de los acercamientos directos de los extraños, mientras que éstos pueden tener más oportunidad de ser aceptados si el contacto se realiza mediante intermediarios conocidos. U n punto ligeramente paradójico es que tal modificación de la accesibilidad, en una situación donde una gran parte de las relaciones de una persona, si no todas, pueden ser logradas más que adscritas, se puede m anejar de manera que le haga inacce­ sible para el contacto significativo con casi toda su comunidad. Esto no es menos útil a los grupos que desean cultivar su vida propia, sin que otros se inmiscuyan. El hecho de que los miembros pueden allí ganarse la vida

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mediante relaciones impersonales contribuye a convertir a la ciudad en un refugio para ese tipo de grupos. Hay una última complicación} la cual, al parecer, podría ser la más seria tanto para el urbanismo como para un sentido del lugar como marco de referencia. La accesibilidad depende no sólo del factor espacial sino también de la tecnología de la comunicación. Allí donde los automóviles y los telé­ fonos están disponibles, la distancia cuenta menos que donde la interacción tiene que darse cara a cara y donde se viaja a pie. En el caso extremo, la concentración física de personas ya no tendría objeto. En algunos sentidos (por ejemplo el de la defensa) incluso sería disfuncional. Boulding (1963, pp. 143-144) señala esto en un ensayo sobre “la muerte de la ciudad” que tal vez traerá el futuro: Podem os incluso visualizar una sociedad en la que la población está esparcida con m ucha uniform idad por el m undo en hogares casi autosuficientes, cada uno de los cuales hace circular y procesa perpetuam ente su propia provisión de agua m ediante sus propias algas, cada u n o de los cuales ob tien e la energía que requiere de sus propias baterías solares, cada u n o en com unicación con cualquiera que quiera com unicarse m ediante su televisión personalizada, cada un o con acceso inm ediato a todos los recursos culturales d el m undo m ediante canales de com unicación con bibliotecas y otras fuentes culturales, cada u n o con el disfrute de la seguridad de un Estado m undial invisible y cibernético, en el cual cada hom bre viva bajo su parra y su higuera y sin m iedo de nadie.

Así pues, las condiciones que sirven de base a la ecuación del uso que el hombre hace del espacio habrían cambiado. Aunque ya no muy constreñida por su relación con la tierra, su interdependencia con otros seres humanos podría continuar sin prestar mucha atención a la distancia. La ciudad podría desaparecer, mientras que, a lo que parece, la urbanización del campo seguiría adelante. Ciertamente podemos estarnos moviendo en esa dirección, pero no con la misma rapidez en todas partes del mundo ni en todos los segmentos de cada sociedad. La tecnología no está distribuida muy equita­ tivamente. Además, es posible comentar que el intento de tener accesibilidad sin densidad, ya sea mediante coches, teléfonos o televisión personalizada, difícilmente puede recrear la experiencia urbana en su plenitud. Tiende a ser sólo una accesibilidad planeada: se encuentra sólo a la persona particular en quien se piensa. La accesibilidad urbana contemporánea e histórica puede ser en parte planeada, pero también hasta cierto punto involuntaria. Encon­ trarse a personas que uno no buscaba o presenciar escenas para las que no se está preparado puede no ser eficaz ni siempre placentero, pero tiene sus propias consecuencias personales, sociales y culturales. Con esta reflexión

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podemos tal vez term inar esta inquisición preliminar sobre la naturaleza del urbanismo. La serendipity * —el descubrimiento de una cosa por azar cuando se está buscando otra— puede formar parte de la vida urbana hasta un grado peculiar.

* Serendipity es término acuñado por Horace Walpole (1754) a partir del cuento de hadas The Three Princes of Serendip (nombre con que se conocía a Sri Lanka), cuyos personajes tenían eí don de hacer precisamente descubrimientos felices e ines­ perados.

IV. PERSPECTIVA DESDE EL COPPERBELT

A p a r t e d e la obra de la primera escuela de Chicago, tal vez ningún otro cuerpo localizado y diferenciado de etnografía urbana pueda igualarse a los estudios que durante varios años se realizaron en el África central. Ese con­ junto de investigaciones fue el producto del Rhodes-Livingstone Institute, fundado en 1937 y transformado, a raíz del triunfo de la independencia de Zambia, en 1964, en el Instituto de Investigación Social de la nueva Univer­ sidad de Zambia.1 En su conjunto, sigue siendo la más importante excursión de la antropología social británica en un medio urbano. Aunque sus estudios no ofrecen la riqueza de detalles descriptivos sobre una variedad de grupos y escenarios que se encuentra en los de sus colegas chicaguenses, son también importantes por su percepción de problemas de método, conceptualización y análisis. Hay considerable variedad en el urbanismo africano, y los antropólogos del Rhodes-Livingstone no cubrieron todo el espectro. En el capítulo m seña­ lamos que las ciudades de Yoruba en el África occidental, han sido identi­ ficadas recientemente como exponentes de un tipo urbano primordial: el centro ceremonial. Un poco antes, en las décadas 1951-1960 y 1961-1970, funcionaban como casos experimentales para concepciones del urbanismo que seguían líneas wirthianas.2 Incluso entonces, en Ibadán, que se convertía en una metrópoli con una población de cerca de medio millón (hoy consi­

1 No hay un a serie de comentarios reunidos sobre el Instituto Rhodes-Livingstone o la escuela de M anchester de antropología social como sucede con la escuela de Chicago. Aparte de los textos a que nos referimos en este capítulo, se ha de prestar atención a las colecciones de memorias algo ambiguas de antiguos directores del Insti­ tuto, tales como Richards (19 7 7), Wilson (1977), Colson (1977a, b ), M itchell (1 9 7 7 ), Fosbrooke (1977) y W hite (1 9 7 7 ), en un número de aniversario de African S o c i a l R e se ar c h , al estudio de Brown (1973) sobre los primeros años del Instituto, al breve ensayo retrospectivo de Frankenberg (1968) y a la crítica al trabajo de la “Escuela de M anchester” en el África central e Israel hecha por Van Teeffelen (1978). Tam ­ bién me ayudó una charla de seminario sobre el tema pronunciada por Clyde M it­ chell en el Departamento de Antropología Social de la Universidad de Estocolmo en 1971. Le estoy agradecido a J o h n Comaroff por invitarm e a discutir los estudios urbanos de la escuela de Manchester en dos sesiones de su curso sobre el África Central cuando yo era investigador de la Universidad de Manchester en 1976, ya que me ayudó a formular mi punto de vista general sobre estos trabajos. 2 Aparte de la interpretación de W heatley (1970) de la ciudad de Yoruba como centro ceremonial a que nos hemos referido con anterioridad, existen otros escritos sobre el urbanismo yoruba, como los de Bascom (1955, 1958, 1959, 1962), KrapfAskari (1 9 6 9 ), Lloyd (1973), M abogunje (1962) y Schwab (1965). 138

PERSPECTIVA DI',SDK EL COPPERBELT

derablemente mayor), uno de cada dos varones trabajaba en la agricultura. Y en otras grandes comunidades yorubas, las cifras del censo indicaban que hasta un 70 u 80% de los hombres pertenecían a esta categoría ocupacional. ¿Se podía llamar ciudad a un lugar cuyos habitantes, si bien eran varias decenas de miles, trabajaban la tierra? Ni trae consigo esto, una gran heterogeneidad urbana. En lo que se refiere a la diversidad étnica, en las agrociudades yorubas apenas si la había. Además, el parentesco era el prin­ cipio fundamental del orden social, también en conflicto con los conceptos aceptados del urbanismo. Las comunidades tradicionales consistían sobre todo en los compuestos formados por grupos de linaje, cuyos miembros se podían contar por cientos, o hasta por miles en las grandes colonias. Las no­ ciones yorubas acerca de los límites de la comunidad urbana también parecían extrañas. Los yorubas ciertamente distinguen entre ciudad y campo, y apre­ cian más la primera. Pero un cultivador establecido en un área exterior y que pasa allí la mayor parte de su vida, “pertenece” sin embargo a la ciudad (o, inversamente, la ciudad le pertenece a él) si es miembro de uno de los grupos de parentesco que tenga allí un complejo de personas. Para fines rituales, políticos y de otros tipos, es tan urbícola como el que tiene un trabajo no agrícola o el que vuelve de su granja al interior de las murallas todos los días. En otros sentidos, las ciudades yorubas se conformaban mejor a las expec­ tativas del teórico urbano occidental. Había, después de todo, un buen grado de diferenciación social. Tenían una monarquía sagrada que simbolizaba 3a unidad de la comunidad, así como otros cargos políticos y rituales. Aunque la sociedad yoruba tradicional apenas tenía un sistema de clases en sentido estricto, no era tampoco una sociedad igualitaria, sino que tenía elaboradas ideas de la precedencia y la deferencia. Existían también muchas especia­ lidades artesanales, así como una rica vida de las asociaciones bajo la forma de grupos de culto, de edad, y gremios ocupacionales. En algunas áreas de la vida, se podía incluso encontrar el tipo de relación instrumental y manipu­ ladora con otras personas que se ha identificado como característicamente urbana. Eran grandes los mercados, localizados en el centro de la mayoría de las comunidades, cerca de los edificios reales. Bascom (1955) ofrece ejem­ plos de complicadas prácticas entre comerciantes y taimados negociantes; Wirth y Simrnel tal vez se habrían sentido especialmente complacidos con un rasgo del simbolismo urbano yoruba: en cada gran mercado, se dedi­ caba un altar al embaucador Esu, deidad de las encrucijadas, el comercio, las querellas y la incertidumbre en general. El modelo del centro ceremonial disipa las anomalías más manifiestas del urbanismo yoruba. El aparato institucional de la monarquía sagrada constituye un punto de centricidad social y espacial que no debemos permitir

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que se borre tras la presencia de una gruesa capa de población campesina que lo rodea y es organizada por él. Y el hecho de que las personas sean consi­ deradas miembros de la comunidad urbana ya sea que vivan dentro o fuera de ella hace de la ciudad yoruba una forma intermedia entre el poblado compacto y la ciudad de límites extensos, dos tipos representados entre los centros ceremoniales del pasado. El urbanismo yoruba existía ya cuando aparecieron los primeros visitantes europeos en las costas del África occidental, y muchas de Jas ciudades han mantenido casi la misma forma hasta el presente. África ha tenido sus centros urbanos tradicionales. Otro de ellos, Tombuctú,* ha sido la sede de uno de los primeros estudios antropológicos urbanos, ya que Horace Miner (1953) fue allí para probar las ideas de Redfield sobre el continuo comunal-urbano.** Pero también había ciudades más fuertemente influidas por la ex­ pansión europea. La clasificación más conocida de los pueblos y ciudades africanos sigue siendo la que hizo Southall (1961, pp. 6 ss.) en un sim­ posio del Instituto Africano Internacional que resumió una etapa temprana de los estudios urbanos en esta parte del mundo. Dividía las comunidades en, a saber: tipo A, antiguamente establecidas y de lento crecimiento, y tipo B, ciudades nuevas de rápida expansión.3 Las primeras eran de origen indígena o por Jo menos se habían integrado tanto a la sociedad indígena que había considerable continuidad de cultura y estructura social entre el campo y la ciudad. (Aunque esto no forma parte del vocabulario de Southall, se puede decir que eran lugares centrales de sistemas locales). Algunos habi­ tantes podían ser agricultores; aparte de esto, dominarían las actividades comerciales y administrativas. Podía dominar un grupo étnico africano, nor­ malmente aquel en cuyo territorio se localizaba la ciudad, y otros grupos estarían más débilmente representados en caso de existir. Tal vez hubiera comparativamente pocos residentes europeos. La ciudad del tipo A era carac­ terística del África occidental y partes de África oriental. El urbanismo yoruba sería un caso extremo, y Tombuctú también caería en esta categoría. Las ciudades de tipo B se presentaban particularmente en el África meri­ dional y central. Muy relacionadas con el poder europeo, eran también los principales centros industriales del continente. Muchos de ellos tenían por base la minería. Había, por lo tanto, una aguda discontinuidad entre ellas y la sociedad africana circundante, y las ciudades miraban más bien hacia un sistema económico internacional por lo menos en lo concerniente a sus principales funciones. La vida en ellas tendía a estar íntimamente regulada * En francés, T o m b o u c t o u ; en inglés, Timbuktu. ** Véase la nota de la p. 73. 3 L a clasificación abarcaba únicamente las comunidades urbanas africanas a l sur del Sáhara.

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por los colonos blancos, de los cuales había gran número. Los habitantes afri­ canos de estas comunidades urbanas a menudo representaban una variedad de grupos étnicos, algunos de los cuales tenían su base rural lejos de allí. Cualquier clasificación tan simple como la de las ciudades tipo A y tipo B debe estar abierta al debate en ciertos sentidos. Algunas de las ciudades del primer tipo y todas las del segundo son ejemplos de un modelo más o menos elaborado de urbanismo colonial que se extendía también fuera de África. King (1976, pp. 71 ss.), en un intrigante volumen sobre la ciudad colonia! hindú, señala que dentro de los imperios había cierta difusión interconti­ nental de las instituciones, las formas arquitectónicas y las ideas sobre la planeación.4 A ojos vistas, siempre •que los europeos y los indígenas compar­ tían una ciudad, el dominio europeo tendía a inscribirse tanto en la estructura social como en el ambiente físico. La segregación residencial de las razas era casi Universal. En la India, los europeos vivían en las “'líneas civiles” y los “acantonamientos” ; en Nigeria, en “áreas residenciales del gobierno”. Ciertamente, estos barrios y sus instituciones estaban siempre bajo el estricto control del grupo dominante, aun si en las ciudades de tipo A podía tomar una actitud más relajada de lo que sucedía en la “ciudad nativa” en que había sido injertado. En otros aspectos, los tipos A y B podrían ser, sin embargo, demasiado amplios. Especialmente, lo que cabía tal vez, dentro del tipo A era dema­ siado variado.5 Algunos años después de la formulación de Southall, la pequeña ciudad moderna, administrativa y comercial, que él había situado a última hora dentro del tipo A, quedó definida como un tipo C aparte, 4 Para más comentarios acerca del urbanismo colonial en general, véanse, v. g r .: Ilorw arth (1969) y McGee (1971, pp. 50 ss.). 5 Rayfield (19 7 4), ciñendo su campo de estudio al urbanismo del África o c c i d e n t a l y sólo refiriéndose de paso a la clasificación de Southall, delinea tres tipos en esta zona, en términos históricos por lo general: las ciudades del Sudán occidental, cuya fundación se remonta al siglo ix, centros del comercio transahariano, como Gao y Tombuctú; las ciudades de la costa de Guinea, que surgieron alrededor del año 1600 y se involucraron en el comercio de esclavos transatlántico (y algún otro tipo de comercio) ; y las ciudades coloniales modernas, que datan de finales del siglo x ix o comienzos del xx. Algunas poblaciones de los primeros dos tipos han recobrado fuerzas en la época colonial, pero Rayfield considera que también otras iniciaron un ciclo de ascenso, florecimiento y decadencia. Este conjunto de tipos (¿los denominare­ mos A j, A2, As ?) nos llam a la atención sobre el considerable desarrollo de la inves­ tigación histórica y antropológica referente, por ejemplo, a las ciudades-estados del delta del Níger en los últimos años, comunidades que florecieron en ¡os años en que la expansión europea fue en gran parte comercial pero que hacia mediados del siglo xx muchas veces no eran más que ciudades fantasmas ( c f . Dike 1956, Jones, 1963, Nair 1972, Plotnicov 1964, y otros). Pero la tipología de Rayfield no es exhaustiva y en ella no tiene ningún lugar obvio rl urbanismo yoruba.

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después desarrollado con más detenimiento por Joan Vincent (1974).6 Esta ciudad combinaba una gran variedad de servicios para el área circundan­ te y concentraba las instituciones por las que estaba política y económi­ camente integrada en la sociedad más amplia y cambiante. Aunque la concepción de Vincent estaba situada en un contexto propio del África oriental, el modelo podía también recurrir casi en la misma forma en otras partes del continente.7 Sin embargo, como tal tipo procedía del tipo A, éste se convirtió en poco más que una categoría residual de no-B y no-C. Y esto se haría todavía más claro al progresar la independencia africana. La tipología fue en algunos sentidos superada por los acontecimientos, al presentarse nuevos desarrollos en algunas poblaciones antiguas y al perder fuerza los mecanismos coloniales para regular el crecimiento.8 Entre las comunidades de tipo A, algunas se volverían entonces lugares estancados, como Tombuctú y varias- de las ciu­ dades yorubas menos vivas. Otras se convirtieron en capitales de naciones nuevas, y emprendían una expansión continuamente acelerada que se basaba en el crecimiento del comercio, la industria, la burocracia estatal y, no menos, las grandes esperanzas de los inmigrantes. Estos lugares —Dakar, Abidján, Lagos— se unían a otros que antes habían sido clasificados eviden­ temente en el tipo B - Nairobi, Leopoldville, que se convirtió en Kinshasa— al conformarse a otro tipo recurrente de urbanismo tercermundista, la ciudad ]¡rimada (primate city), por lo cual atraían una parte sobremanera grande de los recursos de sus respectivos países y dejaban muy atrás a los demás centros.9 6 Parece que el primero en hacer la sugerencia de distinguir un tipo C fue M iddlelon (1966, p. 3 3 ). 7 En la investigación que yo mismo llevé a cabo en K afanchan, ciudad nigeriana relativamente nueva, pude identificar muchas de las características mencionadas por Vincent. 8 El reciente crecimiento de asentamientos ilegales (m ediante ocupación) en Lusaka, i .ipital de Zambia, ha sido descrito hace poco por Van Velsen (1975). 9 Un panorama general reciente de estos desarrollos en el África occidental aparece en Gugler y Flanagan (19 7 7). El concepto de “ciudad prim ada” ( p r i m a t e c i t y ) fue aniñado en 1939 por el geógrafo M ark Jefferson, quien determinó que “la ley de la ciu­ dad prim ada” es que “la ciudad principal de un país siempre es desproporcionadamente grande y excepcionalmente expresiva de la capacidad y el sentimiento nacionales”. Jeffer­ son prosiguió rápidamente a observar excepciones a esta regla, y en su artículo hay otras proposiciones adicionales dudosas. Lo que ha sobrevivido es, pues, más bien el con­ cepto de la ciudad primada, no una teoría. Aun así, el hecho obvio de que en muchas zonas una ciudad ha crecido mucho más que las otras y se ha vuelto más importante exige explicación, y tiene consecuencias que a su vez merecen interpretación. Linsky (19 6 5), intentando explicar el fenómeno encuentra que no existe un único modelo sin ambigüedad del surgimiento de las ciudades primada». No obstante, cuando en un

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Pero no tendremos que preocupamos más aquí de los problemas de clasi­ ficación de las ciudades africanas, mientras podamos situar los escenarios urbanos de investigación de los antropólogos del Rhodes-Livingstone en un modelo histórico general. Su trabajo constituyó una antropología característica de las ciudades de tipo B. especie de ciudades de coque africanas. Aunque estudiaron varias comunidades, dos centros mineros fueron objeto de la documentación más intensiva: Broken Hill (que después recibiría el nombre de Kabwe) y Luanshya.10 La primera, cuya base era la minería del zinc país un centro urbano tiene una población mucho más numerosa que cualquier otro, Se trata casi siempre de un país pequeño, o por lo menos de uno en el que la zona densamente poblada es pequeña. Además, es muy probable que las ciudades primadas se den en países con pasado colonial, ingreso p e r c api ta bajo, economía agrícola orientada a la exportación y rápido crecimiento de la población. L a interpretación de Linsky a estas relaciones es que sólo cuando la zona a la que se han de prestan servicios es bastante pequeña puede un solo centro proporcionar todos los servicios de gran ciudad. U na población pobre creará menos demandas de estos servicios que una rica, de modo que no habrá gran necesidad de muchos centros con funciones paralelas. L a economía orientada a la exportación tiende a concentrar esta población en la ciudad y así m inimiza los problemas de distribución de los servicios. Los países con estas características suelen ser o han sido coloniales; pero el colonialismo contribuye al modelo de prim acía mediante la centralización de las funciones políticas y adm i­ nistrativas. Podría surgir un modelo más multicéntrico si hubiera una mayor indus­ trialización; en tal caso, pueden surgir centros más pequeños cercanos a las fuentes «le materias primas (de lo cual son un ejemplo las ciudades del Copperbelt, que se analizan en este capítulo) ; si la economía es agrícola, resulta menos probable que esto suceda. Por último, es posible que el rápido crecimiento de la población dé por resultado la migración urbana en gran escala desde el campo, bien sea porque éste ya no pueda mantener a su población o bien porque ya no interese que la mantenga, en los casos en que se han dejado atrás formas de agricultura de trabajo intensivo. Observemos que las ideas de Linsky acerca de las funciones de servicio de la ciudad prim ada se podrían formular fácilmente con los términos “umbral” y “alcance” de la teoría del lugar central, pese a que el supuesto de la homogeneidad de la población de los modelos originales de Christaller no se aplican aqu í; hay una fuerte concen­ tración del tipo de gente que consume servicios específicos en la ciudad prim ada misma. Por lo que respecta a la formulación original de Jefferson de la ciudad prim ada, el predominio de tales ciudades en el Tercer M undo desmiente obviamente la noción que parecía considerar en su “ley” de que las ciudades primadas son ortogenéticas y no heterogenéticas en sus características culturales. Pero este error se hizo lo suficientemente palpable en uno de sus propios ejemplos: Nueva York. Puede que haya atraído a algunos de los mejores y más brillantes individuos, personas de todos los Estados Unidos que sienten que han sobrepasado sus circunstancias locales; es, o por lo menos lo ha sido, “la gran manzana” . ¿Pero sienten los norteamericanos que es una concentración de la personalidad estadounidense? Lo dudo. 1(1 Después del estudio de Broken H ill de Wilson (1941, 1942), la ciudad fue el escenario cíe los estudios de Kapferer (1966, 1969, 1972, 1976) sobre antropología urbana c industrial. Las publicaciones acerca de Luanshya abarcan tres monografías

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y el plomo, era una comunidad más antigua, considerada como más estable, y más diversificada, pues se trataba asimismo de un importante entronque ferroviario. Luanshya estaba más al norte, en el Copperbelt [cinturón de cobre], y había surgido apenas en los años veinte. Pero ya había sufrido periodos de auge y casi ruina, así como serios enfrentamientos entre la admi­ nistración de la mina y los trabajadores africanos.

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La iniciativa para establecer un instituto de investigación para estudios so­ ciales y culturales, en lo que había sido en los años treinta el África Central Británica, provino de un gobernador de Rhodesia del Norte, que logró lanzar el proyecto sólo tras algunos años de estira y afloja con la Colonial Office de Londres. Tanto en Inglaterra como en Rhodesia del Norte había quienes, por una parte, consideraban la investigación pura como un lujo y, por otra, sospechaban que cualquier política sugerida por los futuros antropólogos (que tendrían que desempeñar un papel dominante en un instituto de ese tipo) sería impráctica o inoportuna. No obstante, al final el gobernador se salió con la suya. El instituto se sometió a una comisión presidida por el propio gobernador y compuesta por lo demás por funcionarios coloniales y repre­ sentantes de los intereses de los colonos blancos. Nombraron primer director a Godfrey Wilson, quien venía del trabajo de campo, en equipo con su esposa Monica Wilson, entre los nyakyusas del África oriental. Muchos observadores de la sociedad nordrrodesiana daban por sentado, y otros consideraban deseable, que el nuevo instituto debía concentrar su interés en la vida rural africana más o menos tradicional, por lo menos en parte, para proporcionar información útil a los administradores. Sin embargo, W il­ son pronto dejó claro que otorgaba gran importancia al estudio del urbanismo y la urbanización, y a su influencia en la vida rural. Él quería originalmente hacer su primer trabajo de campo en el Copperbelt, pero esto fue vetado por el comisionado provincial, quien temía que un antropólogo pudiera hacer comentarios adversos sobre las disposiciones administrativas. En con­ secuencia, Wilson se fue en cambio a Broken Hill. La principal publicación resultante fue An Essay on the Economics of Detribalization in Northern Rhodesia [Ensayo sobre la economía de la destribualización en Rhodesia del Norte], publicado en dos entregas (Wilson, 1941, 1942). antropológicas extensas: Epstein (19 5 8), Powdermaker (1962) y Harries-Jones (1975), así como el estudio de la danza kalela de M itchell (1 9 5 6 a), un artículo de HarriesJones (1977) y e l precoz relato de un administrador de. minas (Spearpoint, 1937).

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En la primera parte del estudio, a manera de introducción, Wilson esbo­ zaba los cambios que se habían producido en el África central en las décadas precedentes y los supuestos teóricos que guiaban su análisis. Un modo de vida casi totalmente determinado por el parentesco se había transformado en virtud de su incorporación a la comunidad mundial: una comunidad en que las relaciones impersonales son las más importantes; donde los negocios, la ley y la religión hacen a los hombres dependientes de millones de otros hombres a los que nunca han conocido- una comunidad articulada en razas, naciones y clases; en la cual las" tribus, que ya no son, como antes, casi mundos en sí mismos, toman el lugar de pequeñ as unidades administrativas; un mundo de escritura, de conocimientos especializados y com­ plejas capacidades técnicas [Wilson, 1941, p. 13]. A esta situación, Wilson aplicó la noción de equilibrio, que era fundamen­ tal para la antropología funcionalista de su tiempo. El equilibrio, proponía, es el estado natural de la sociedad. Sus relaciones, grupos e instituciones com­ ponen un sistema coherente y balanceado. Están todos inextricablemente conectados y se determinan entre sí. Pero la sociedad centroafricana alrede­ dor de 1940 no estaba, claramente, en semejante estadio. Se habían producido cambios en unas partes del sistema, creando contradicciones, oposiciones y un estado de desequilibrio. Con el paso del tiempo, según el punto de vista de Wilson, el sistema se movería de nuevo hacia el equilibrio y se resolverían las tensiones. Sin embargo, quedaba abierta la cuestión de qué tipo de equi­ librio se alcanzaría.11 Una fuerza importante de desequilibrio era obviamente la introducción de una economía industrial de base urbana en una sociedad rural de agri­ cultura simple, y éste era el centro sustantivo del ensayo. Así pues, su primera parte se ocupaba de las interrelaciones urbano-rurales creadas en particular a través de la inmigración laboral, la segunda se refería a la vida en la ciudad misma. Broken Hill, en la época del estudio, tenía una población de unos 17 mil ha­ bitantes, de los cuales cerca de una décima parte eran europeos. Como en el Copperbelt, el patrón de asentamiento se relacionaba directamente con la organización de la economía, dominada por los europeos, y ésta regulaba a la población africana. Tanto la mina como el ferrocarril tenían habitaciones para sus empleados. Otros europeos —empresas o particulares— que emplea­ ban africanos en menor escala podían alquilar cuartos en la parte de la 11 En el segundo fascículo, Wilson (1942, p. 81) citó la reacción de un funcionario del distrito a su supuesto: “M e gustó su ensayo (Parte I) — dijo— porque es ende­ moniadamente optim ista; todo lo que tenemos que hacer es esperar sentados a que llegue el equilibrio.”

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ciudad controlada por la municipalidad, donde los africanos podían también alquilar habitaciones para sí mismos. Sin embargo, los alojamientos urbanos para africanos estaban limitados, y por tanto se hallaban atestados. El su­ puesto básico de la política urbana en el África Central colonial era que la población de la ciudad africana consistía solamente en residentes temporales: trabajadores varones capaces que dejaban a todos o casi todos los que depen­ dían de ellos atrás, en el poblado, al partir hacia los centros urbanos, donde ellos misinos pasarían sólo breves periodos de su vida. Así pues, las casas no estallan en general planeadas para más de un hombre, su mujer y un niño o dos, como máximo, en una sola habitación. Los salarios y las raciones de comida, que las empresas más importantes daban a sus trabajadores, tampoco bastaban ¡jara una familia entera. Broken Hill permitía de hecho a algunos de sus pobladores africanos una vida doméstica un poco más normal que las ciudades del Copperbelt, ya que se había destinado cierta cantidad de parcelas a los africanos, quienes podían construir en ellas su propio aloja­ miento y complementar las raciones con algún cultivo. Esta política se había introducido, evidentemente, para competir con las comunidades del Copper­ belt donde los salarios eran más altos. Con todo, la gente no permanecía en los pueblos en la medida en que el gobierno y las empresas pretendían. En los primeros años de industrialización el modelo de residencia urbana temporal intercalada en la vida rural puede haber sido dominante; pero en la época del estudio de Wilson, gran parte de la población urbana pasaba más tiempo en la ciudad que en el campo; y, aunque hasta la mitad de la población africana de Broken Hill consistía en adultos varones, muchos de ellos tenían familias mayores que lo previsto por el alojamiento, los salarios y las raciones. Si la fuerza de trabajo africana aún parecía inestable, ello se debía en parte a los cambios de empleo en las ciudades y a los movimientos entre distintos centros urbanos. Esta situación tenía también notables efectos sobre la vida en el campo. Grandes áreas perdían una parte importante de su población, especialmente a los hombres en los mejores años, y no podían mantener su agricultura en un nivel satisfactorio. Audrey Richards (1939), otro precursor de la antro­ pología centroafric.ana, había señalado ya que el hambre prevalecía entre los bembas, cuyos emigrantes constituían gran parte de la población en las nuevas comunidades urbanas. Puesto que los emigrantes devolvían sólo una pequeña porción de sus ganancias urbanas a sus áreas rurales de origen — la mayor parte en forma de bienes de consumo— la pérdida de mano de obra no se veía adecuadamente compensada. La situación era menos favora­ ble para las áreas más distantes a las que los emigrantes tenían menos oportunidades de volver con cierta regularidad. Tampoco podían estas zonas beneficiarse de los mercado» que proporcionaban los centros urbanos para sus

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productos. Pero, en cualquier caso, éstos tenían escasa importancia, ya que las granjas de propiedad europea tenían un cuasimonopolio sobre el abaste­ cimiento en gran escala de comestibles para las ciudades. Wilson afirmaba que se podía alcanzar un equilibrio en las relaciones urbano-rurales permitiendo la estabilización de la población africana de la ciudad: tanto de la fuerza de trabajo como de sus dependientes. Esto impli­ caría no sólo hacer más seguras las condiciones de vida en las áreas urbanas, sino que, al crear así una gran población urbana, se podría también esperar que como consecuencia tendría lugar en las áreas rurales una revolución agrícola que permitiera alimentar a las ciudades. Tal como ocurrió, la brecha entre la tecnología agrícola y la industrial fue un importante ingrediente del desequilibrio del África Central. En la segunda parte de su ensayo, dedicada más estrictamente a la vida de la ciudad misma, Wilson trazó una distinción entre las relaciones imper­ sonales o, de manera un tanto imprecisa, de “negocios”, y los “círculos personalmente organizados de vida doméstica, de parentesco y de amistad”. Pero no llevó la conceptualización de las primeras muy lejos en términos interaccionales; de modo que es más bien indirectamente, a través de una relación de gastos de los africanos, como conocemos algunas facetas del orden social amplio. Un punto fundamental era la importancia de la ropa: "los africanos de Broken Hill no son ganaderos, ni cabreros, ni pescadores, ni leñadores, son gente vestida” (Wilson, 1942, p. 18). Más o menos un 60% de los ingresos en efectivo de los africanos, estimaba Wilson, se gastaban; en ropa. Era cierto que el uso instrumental de tales pertenencias no se podía ignorar. C uando la gente iba a su casa en las áreas rurales de origen, llevaban ropa como regalo para sus parientes y así mantenían su posición en las comuni­ dades, de las cuales en fin de cuentas dependían para su seguridad. La ropa también se podía usar en los intercambios con otras personas de la ciudad, para obtener comida y alojamiento si uno quedaba desempleado. Así, algunas de las prendas adquiridas por los urbícolas de Broken Hill no se usaban, sino que se guardaban, a veces incluso en la tienda donde se habían comprado. Sin emb a rg o el punto principal seguía siendo que la ropa de moda señalaba un lugar en el sistema urbano y “civilizado” del prestigio. Wilson consideraba la forma de vestir como la manera más obvia en que los afri­ canos de la ciudad podían emular el prestigioso estilo de vida europeo. No había forma de obtener una casa europea; los muebles eran difíciles de trasladar para estas personas móviles. Una nueva chaqueta o un vestido, por otra parte, se podía lucir en un paseo por la ciudad, de visita o en un club de baile frecuentado particularmente por quienes estaban más expuestos a las costumbres europeas. Estos clubes merecen mención especial como

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arenas donde los ciudadanos medían mutuamente su grado de sofisticación. Los clubes de distintas ciudades competían entre sí; preferían tener visi­ tantes europeos en los bailes, para que dieran un reconocimiento implícito a los logros sociales de los participantes. Pero los europeos en general hacían poco caso de los africanos que buscaban cierta posición en términos de cultura europea. La descortesía blanca para con los africanos parecía aumen­ tar cuanto más “civilizados” parecieran estos últimos. En cuanto a otros patrones de consumo de los africanos de Broken Hill, Wilson señalaba también cuán rápidamente se deterioraba la economía de una familia cuando se le añadían más miembros no asalariados, ya que los sueldos y raciones no estaban calculados para cubrirlos. También en el caso de la comida había cierta tendencia a atribuir prestigio a los artículos rela­ cionados con el estilo de vida europeo, como el pan blanco. La cerveza africana, en cambio, continuaba siendo popular. Y aunque oficialmente se suponía que las cervecerías municipales disfrutaban del monopolio, era muy común la destilación doméstica, en gran parte destinada al consumo privado. Era costumbre beber en casa, con los amigos y parientes: la cervecería estaba situada en lugares poco convenientes para muchos y su producto era un tanto débil. Además, las mujeres de la ciudad, privadas (o emancipadas) de muchas de sus tareas rurales, tenían tiempo suficiente para realizar la destilación. Una gran parte del ensayo, dedicada a las relaciones personales, se cen­ traba en el tema del matrimonio africano urbano. Todavía no había ninguna forma reconocida y “moderna” de matrimonio civil para los ciudadanos africanos; las autoridades coloniales afirmaban que “la costumbre nativa” regulaba el matrimonio también en las áreas urbanas. Wilson demostró, sin embargo, que las relaciones conyugales del tipo rural tradicional no se adap­ taban fácilmente a la matriz urbana de relaciones. El proceso común por el que se establecía un matrimonio en la aldea, el cual implicaba vínculos económicos próximos y continuos con los parientes, tendía a ser remplazado' por una unión establecida con más rapidez y considerablemente más autó­ noma. Los parientes podían estar a cientos de millas de distancia, y aun si estaban representados en la ciudad misma tenían poca importancia como socios en el negocio de ganarse la vida, una vez que se había entrado en la esfera urbana del comercio y la industria. Wilson pensaba que a causa en parte del desequilibrado cociente de los sexos en la ciudad, el matrimonio era también menos estable que en las áreas rurales. Había cierta propensión de las relativamente pocas mujeres a circular entre los hombres y, así, muchos habitantes de la ciudad estaban en su segunda o tercera unión. Una proporción más bien grande de estas últimas uniones eran interétnicas. También era de esperar que la prostitución flore-

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ciera en estas condiciones; aunque no todas las mujeres africanas solteras de Broken Hill eran prostitutas, como los europeos de la ciudad solían creer. Y algunas uniones pasaban de la prostitución, a través del concubinato, al matrimonio estable. Wilson tenía relativamente poco que decir acerca de otros vínculos per­ sonales. Mencionaba que varias familias solían reunirse para las comidas, generalmente basándose en la afinidad. En tales grupos de comensales, eran en general los hombres quienes tenían vínculos más estrechos entre sí, mientras que sus esposas los seguían. Sobre todo los miembros de la misma tribu compartían así las comidas. El vecindario y la afiliación étnica compartida coincidían a menudo, ya que algunos alojamientos se asignaban sobre la base de esta última y en otros casos las personas buscaban casa cerca de sus compatriotas étnicos. Como otro componente económico más de las relaciones personales, Wilson observó una forma simple de arreglo que se encuentra con frecuencia en las sociedades en que faltan instituciones de ahorro más formales: los amigos se turnaban el usufructo de una parte mayor de sus ahorros combinados, de modo que en vez de gastar su dinero en pequeñas compras tenían la posibilidad, a intervalos, de conseguir algo más sustancial. Lo que sucedía en Broken Hill tenía aparentemente una escala menor que “las asociaciones de crédito rotante” tan frecuentemente descritas en muchas partes del mundo, pero el principio era el mismo.

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En un librito publicado algunos años después de la investigación sobre Broken Hill, Godfrey y Monica Wilson (1945) desarrollaron más el tipo de análisis del cambio social esbozado en la obra anterior, basándose en una gama más amplia de datos antropológicos sobre el África Central. La idea del equilibrio aún era central; al expresar gran parte de su ensayo en tér­ minos de un concepto de escala y al contrastar sociedades en pequeña y en gran escala, los Wilson llegaron a algunas formulaciones muy próximas a la distinción comunal-urbana de Wirth y Redfield. Pero no hay razón para que entremos en ello aquí. El estudio sobre Broken Hill resultó ser tanto el primero como el último que Godfrey Wilson realizaría bajo, los auspicios del Instituto Rhodes-Living­ stone. El Imperio estaba ahora en guerra y se le hizo obvio que no resultaba deseable que él, objetor de conciencia, se interesara de cerca por los temas coloniales. Así que Wilson renunció al instituto (y murió pocos años después). Su dirección fue asumida, al principio sólo provisionalmente, por otro antro­ pólogo social, Max Gluckman.

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Gluckman, un sudafricano que había llegado a la antropología tras algunos estudios de leyes, provenía como antropólogo de Oxford, y era sobre todo un estructural-funcionalista con influencia de Durkheim. También era de alguna manera un teórico del equilibrio.12 Pero tenía más simpatía por los puntos de vista históricos que algunos de sus contemporáneos y, al criticar el anterior funcionalismo antropológico, subrayaba la importancia de los conflictos en la vida social. En este sentido, reconocía a Marx como fuente de inspiración. Dado que a menudo hacía hincapié en la forma en que los alineamientos situacionales en los diferentes conflictos se cruzaban entre sí y, por tanto, limitaban la acción en cada conflicto individual, se puede discu­ tir si su concepción de los conflictos no tenía también algo en común con Simmel. La amplitud de la visión de Godfrey Wilson sobre la sociedad centroafricana y su lugar en el mundo era compartida por Gluckman en algunos aspectos importantes. En una de sus publicaciones del tiempo en que fue director del Rhodes-Livingstone, una recensión crítica sobre el análisis insti­ tucional más bien simplista que hacía Malinowski el “contacto cultural”, insistía en que la sociedad colonial africana debía ser considerada como “un solo campo social” que incluía todo desde la vida y las formas de mando pueblerinas, aparentemente tradicionales, hasta los funcionarios distritales europeos y las condiciones de vida en los centros mineros del oro en Sudáfrica, y continuó afirmando este punto de vista en otros escritos. También llamó la atención sobre las similitudes entre el proceso de industrialización y de migra­ ción laboral en la Europa del siglo xix y en el África del Sur y Central del siglo xx (Gluckman, 1963a, pp. 207 ss.). Cuando el mundo salía de la guerra y podía esperar la vuelta a un estado de normalidad, Gluckman (1945) propuso para el instituto un plan de investigación de siete años que se basaba en esta perspectiva. Era, decía, “el primer plan de ese tipo en el Imperio Británico” ; también citaba a un colega que sugería que el proyecto propuesto era “el mayor acontecimiento de la historia antropológico-social desde la expedición Rivers’ Torres Straits”. La intención era cubrir los principales desarrollos sociales de la región, pre­ sentar la gama más amplia posible de materiales comparativos sobre la orga­ nización social tanto indígena como moderna y ocuparse de los problemas sociales más importantes que confrontaba el gobierno del territorio. Esto significaba la inclusión de la sociedad urbana junto a la rural; los grupos africanos de diversas culturas tradicionales; áreas rurales diferencialmente afectadas por la migración de la mano de obra y la expansión de diversos 12 Para una presentación de sus puntos de vísta ya desarrollados sobre el tema, véase Gluckman (1968a).

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tipos de economías monetarias locales; y ciudades de diferentes bases eco­ nómicas. Había, también en el África Central, comunidades urbanas con menos industria que Broken Hill y las comunidades del Copperbelt. Había que intentar ocuparse de la familia y el parentesco, la economía, la política, las leyes y la religión; asimismo —un tanto vagamente—, los europeos, los hindúes y otros grupos debían ser “considerados” en la investigación. Este programa, sobremanera ambicioso, nunca se cumplió del todo, y cier­ tamente estaba apenas iniciado cuando Gluckman dejó la dirección del Instituto Rhodes-Livingstone. Pero mientras que la asociación de Godfrey Wilson con el instituto había sido en comparación breve, la de Gluckman llegó a extenderse más allá de los años en que fuera su director. Volvió a Oxford en 1947, pero un par de años después tomó un puesto nuevo de profesor en la Universidad de Manchester, y desde entonces existió una es­ pecial relación entre el instituto y el departamento de antropología de aquella universidad. Dos de los sucesores de Gluckman como directores del instituto —Elizabeth Colson, y C ly d e M itc h e ll y un número considerable de quienes realizaron erí diversos periodos investigaciones bajo los auspicios del insti­ tuto estuvieron también relacionados en algún momento con el departamento de Manchester. Esto incluye a John Barnes, Ian Cunnison, Victor Turner, A. L. Epstein, William Watson, M. G. Marwick, Jaap van Velsen, Norman Long y Bruce Kapferes, todos los cuales contribuyeron, tanto con monogra­ fías como con otras publicaciones, a trazar el mapa de la vida centroafricana. Mientras que los miembros del grupo ciertamente tenían sus enfoques individuales y se movieron en diversas direcciones en sus posteriores carreras intelectuales, sus años de interacción dieron por resultado un cuerpo de método y análisis que evolucionaba de continuo sin perder coherencia y que reunía estudios tanto rurales como urbanos. Si el plan de siete años de Gluckman puede recordar por su escala el trabajo sobre la ciudad en que Robert Park estableció en 1915 el programa de investigación de Chicago, los prefacios de Gluckman a varias de las monografías centroafricanas, en las que subraya la forma en que contribuyen al trabajo del grupo en su con­ junto, desempeñaban una función similar a la de los prefacios de Park a muchos estudios chicaguenses. Para algunos de los volúmenes posteriores, Clyde Mitchell cumplió una tarea semejante. Al pasar de la dirección del instituto a la cátedra de Estudios Africanos de la Universidad de Rhodesia y Nyasaland, Mitchell vinculó durante una época todavía otra institución más a la red, antes de trasladarse él mismo a Manchester. Tanto organiza­ tiva como intelectualmente, los investigadores del África Central formaron, así el núcleo de lo que se ha llegado a conocer en la comunidad mundial de antropólogos como “la Escuela de Manchester”.

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Ignoraremos ampliamente aquí los estudios rurales del Rhodes-Livingstone, aunque en el horizonte de muchos de ellos podía divisarse la ciudad. Gomo preveía el plan de siete años, por ejemplo, se investigaron más profundamente los efectos de las economías rurales sobre la inmigración urbana, expuestos por Wilson en el estudio sobre Broken Hill. Al parecer, en comunidades con diferente tecnología agrícola y organización de parentesco, las consecuencias pudieron ser menos dañinas que en el caso de los bembas, que él había descrito (véase Watson, 1958; Van Velsen, 1961). Al ocuparnos de la infor­ mación y conceptualización de la vida urbana como tal, dejaremos también de lado, en la medida de lo posible, el proceso migratorio y la noción de estabilización urbana, para lo que Mitchell recogió algunos de los problemas señalados por Godfrey Wilson.13 Los estudios rurales del periodo de la posguerra se desarrollaron al prin­ cipio; pero a partir del inicio de los años cincuenta, se dedicaron considerables esfuerzos al estudio de las modernas ciudades de Rhodesia del Norte, cuyos resultados en los casi diez años siguientes revisaremos aquí. En el siguiente capítulo, nos referiremos a la contribución algo más tardía de la escuela de Manchester al desarrollo del análisis de red. Y debemos tener presente que siguen apareciendo nuevas publicaciones basadas en las investigaciones del grupo del África Central, aunque ahora a un ritmo más lento, ya que los miem­ bros individuales continúan trabajando sobre materiales reunidos años atrás.

E s tu d io s

de

caso s

a m p lia d o s , a n á l i s i s

s it u a c io n a l y

la

danza

kalela

Wilson no fue muy explícito acerca de sus métodos para reunir los datos de su estudio sobre Broken Hill. Aparte de algunos trabajos de tipo encuesta, sus interpretaciones parecen basadas en observaciones relativamente distan­ ciadas, más que en una intensa participación en la vida de los africanos de la ciudad. Sus sucesores en la investigación urbana del Rhodes-Livingstone to­ maron un interés más consciente por las cuestiones de método; y tanto su reper­ torio metodológico como la gama de sus preocupaciones sustantivas eran amplios. Realizaron encuestas sociales en gran escala y los datos cuantita­ tivos que resultaron de ellas hicieron posible, por ejemplo, ampliar al con­ texto urbano el trabajo del grupo acerca del matrimonio y el divorcio en el Á frica Central (véase Mitchell, 1957, 1961). Por una parte, esto arrojó ciertas dudas sobre la noción de Wilson, según la cual el divorcio era más fre­ cuente en la ciudad, ya que también resultó ser muy común en las comu­ nidades rurales matrilineales. Los investigadores del instituto también se 13 Véase, por ejemplo, M itchell (1956c, 1969a).

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sumaron al creciente interés, en la sociología comparativa, por el grado de prestigio de las ocupaciones en diversas sociedades (Mitchell y Epstein, 1959; Mitchell, 1966a). Pero también había disposición para el análisis cualitativo le manifestaciones culturales particulares. Epstein (1959) describió el argot urbano que estaba surgiendo en el Copperbelt; demostró que una nueva forma de vida estaba naciendo (y, podríamos decir, contenía evidencias de los procesos culturales de un urbanismo heterogéneo). Mitchell (1956a) desarrolló una concepción de la estructura social urbana del Copperbelt a partir de un estudio sobre una danza popular, la kalela. Este último estudio se puede ver en el contexto del trabajo general e inno­ vador de la escuela de Manchester sobre el formato de presentación de los análisis.14 El tipo dominante de explicación de la estructura social en la antropología social británica, por alguna razón, había estado desde hacía algún tiempo estático, era morfológico, estaba sobremanera abstraído de la vida real. Gluckman y la gente que trabajaba con él empezaron a usar materiales más amplios sobre casos concretos como parte integrante de sus análisis, y no como meras ilustraciones, sino para proporcionar al lector una mejor oportunidad de examinar sus interpretaciones y tal vez proponer otras soluciones. Las diversas formas de utilización de los “casos” pueden haber sido naturales para algunos de ellos p o r razones personales: tanto Gluckman como Epstein habían hecho estudios legales, y Mitchell contaba con experien­ cia en trabajo social.15 Pero también t enían motivos intelectuales y situa­ ionales para emplear de modo más explícito los materiales sobre casos. Aunque tendían a sostener puntos de vista más bien reformistas que revolu­ cionarios acerca de cómo debía analizarse la estructura social, pensaban que, dentro de un marco estructural duradero, surgían otros rasgos de la vida social mediante secuencias de interacciones más o menos complejas en que los individuos, hasta cierto punto, podían ejercer cierta elección. Así pues, en los estudios sobre sociedades centroafricanas un tanto más tradicionales vemos que Mitchell (1956b) hizo amplio uso de materiales sobre casos en su monografía sobre los yaos, Turner (1957) en la suya sobre los ndembus y V an Velsen (1964) en la suya sobre los tongas de las costas lacustres. En los estudios que se ocupaban más directamente de la situación colonial o de la vida en las ciudades industriales, la dificultad para presentar su 14 L a bibliografía importante abarca Gluckman (1940, 1961a), M itchell (1956a, 1964, pp. x i s s . ) , V an Velsen (1964-, 1967), Garbett (1970) y Johnsen (1970). 15 L a aportación del grupo Rhodes-Livingstone al desarrollo de la antropología legal, como el trabajo de Gluckman (1955, 1965) sobre la ley barotse y el de Epstein (1953) sobre los tribunales urbanos, sólo la mencionamos de paso, pero obvia­ mente estaba relacionada con sus antecedentes personales.

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naturaleza compuesta y contradictoria con las formas convencionales de descripción y análisis tendía a hacerse todavía más obvia. Hay, sin embargo, dos tendencias relativamente distintas en el uso de materiales sobre casos dentro de los trabajos del grupo. Una de ellas pre­ fiere un foco bastante estrecho sobre un único acontecimiento, claramente demarcado en el tiempo y en el espacio. El primer ejemplo de este tipo fue él “Analysis of a Social Situation in M o d e r n Z u l u l a n d " [Análisis de una situación social en la moderna Zululandia, 1940], de Gluckman, basado en un trabajo de campo realizado en Sudáfrica antes de que se incorporara al Instituto Rhodes-Livingstone. Aquí, Gluckman empezó por describir la cere­ monia de inauguración de un puente en Zululandia, realizada por un alto funcionario blanco. Al referirse a las personas que asistieron a la ceremonia y a los diversos elementos de ésta, pudo usar la descripción de esta situación como punto de partida para un análisis social e histórico más amplio de la sociedad zulú. La idea, pues, es encontrar un caso que pueda servir xomo instrumento didáctico, iluminando de una forma particularmente efectiva los rasgos dispares que intervienen en la construcción de un orden social complejo y en general más bien opaco. La técnica parece muy similar al uso que hacía Clifford Geertz, en The Social History of an Indonesian Towrt [Historia social de una ciudad indonesia, 1965, p. 154], de unas elecciones en un pueblo como documento, “una actualización única, individual, pecu­ liarmente elocuente: epítome” de un modelo amplio de la vida social. La otra tendencia es tal vez más radical en sus implicaciones teóricas, ya que más o menos claramente implica una concepción de las relaciones socia­ les centrada en los procesos, más que morfológica. Éste era un estudio de caso ampliado, que se refería a algunas series de acontecimientos que abar­ caban un cierto tiempo y que no sucedían todos en el mismo espacio físico. Es el analista quien, viendo que juntos constituyen una historia, los abstrae pomo unidad del flujo sin fin de la vida. Aquí podemos discernir cómo un conjunto de relaciones se conforman mediante la influencia acumulativa de diversos incidentes, mientras los participantes navegan a través de una sociedad donde los principios de conducta pueden ser en parte conflictivos y ambiguos. Tras dos ensayos de Van Velsen (1964, p. xxiii ss.; 1967) que emplean los casos en la última forma descrita, los términos “estudio de caso am­ pliado” y “análisis situacional” se han empleado como sinónimos para re­ ferirse a ella. Esto parece un tanto infortunado; puesto que, en vista del título del estudio de Gluckman sobre los zulúes, habría sido razonable reservar la frase “análisis situacional” para el tipo de interpretación de que aquél es paradigma: estudio de un acontecimiento único, casi naturalmente delimi­ tado y de importancia social sintética. Sea como fuere, tal es el modelo de

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The Kalela Dance [La danza kalela]. Tal como Mitchell (1956a, p. 1) describió su propio procedimiento: Empiezo por u n a descripción de la danza kalela y luego relacio n o los rasgos dom inantes de la dan za con e l sistem a de relacio n es en tre los africanos del C o pp erbelt. P ara h acer esto debo, en cierta m edida, ten er en cuen ta el sistem a g e n eral de las relacio n es en tre blancos y negros en R h o d esia d el Norte. Como trab ajo h acia afu era, a p a rtir de u n a situ ació n social específica en el C opper­ b elt, todo el tejid o social d el territo rio q u ed a por lo tanto incluido. Sólo cuan d o este proceso se h a seguido h asta su conclusión podem os volver a la d an za y ap reciar p len am en te su sign ificado .

Mitchell vio la kalela bailada varias veces por un grupo del pueblo brisa en Luanshya. El equipo tenía unos veinte miembros, casi todos hombres de vein­ titantos años, trabajadores relativamente incalificados, y actuaba en un lugar público de la ciudad, los domingos por la tarde, ante un público étnicamente heterogéneo pero, en general, totalmente africano. Los más de los hombres llevaban camisetas limpias, pantalones grises bien planchados y zapatos lus­ trosos. Uno iba vestido como “doctor”, de traje blanco con una cruz roja en el frente; estaba allí para alentar a los danzantes. Una “hermana enfer­ mera”, la única mujer del grupo, también de blanco, llevaba un espejo y un pañuelo de bailarín en bailarín para permitirles conservarse limpios. Aparte del tambor, el baile estaba acompañado por canciones compuestas por el director del equipo. Algunas de las canciones llamaban la atención del público (y particularmente de las mujeres) sobre las atractivas personalidades de los danzantes. O t ras se referían a diversas características de la vida de la ciudad. Las más, sin embargo, estaban relacionadas con la diversidad étnica; elogiaban las virtudes de la tribu de los danzantes y la belleza de su tierra natal, y ridiculizaban a otros grupos y sus costumbres. Según Mitchell, la compañía de la kalela y su actuación iluminan la naturaleza del “tribualismo” tal como se presenta en circunstancias urbanas. Allí había un grupo de gente reclutada sobre una base étnica — con la única excepción de un miembro ngoni— ; sin embargo, la danza misma apenas se podía llamar “tribual”, en el sentido de que derivara del antiguo modo de vida de los bisas. La inclusión de funciones como las del doctor y la enfer­ mera identifican la kalela como un tipo de danza inspirada en el contacto con los europeos y difundida por el África Central y Oriental en la primera mitad del siglo xx.16 En su general preocupación por una apariencia cuidada, los participantes mostraban su adhesión a ideas de prestigio orientadas según 16 El estudio más reciente de estos bailes y la parte que desempeñan en la vida social colonial africana lo ha realizado Ranger (1 9 7 5 ); merece conocerse junto con T h e K a l e l a Dance.

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patrones europeos y propias de los urbícolas centroafricanos; lo cual Godfrey Wilson ya había encontrado expresado en los patrones de vestido de Broken Hill. Así pues, este tema se prestaba para el análisis de Mitchell; podía tejer aquí el hallazgo paralelo de los estudios sobre la categoría ocupacional, que muestran cómo se relaciona mayor prestigio con los trabajos que im­ plican un grado mayor de capacidades de tipo “europeo”. Los trabajadores del equipo parecían estar haciendo una afirmación simbólica de identifica­ ción con el modo de vida más “civilizado” de los empleados de oficina. La dama no tenía como fin, señala Mitchell, expresar antagonismo contra los europeos ni ridiculizarlos imitando su comportamiento. La cultura tribual y la estructura social tradicionales estaban cediendo ante los valores y los requisitos organizativos de la comunidad minera. Pero la idea de la tribu, o tal vez más exactamente, de las tribus en plural, tenía todavía mucho que ver con la danza kalela. La experiencia urbana de los inmigrantes a las ciudades del Copperbelt implicaba mezclarse con extraño! de muchas procedencias étnicas y encontrar formas de tratar con ellos. Ésta podría ser una percepción más inmediata que la del sistema de prestigios urbano, al que los recién llegados tal vez empezaban a responder más gra­ dualmente. Categorizar a los extraños y conocidos por su tribu era una forma de hacer más comprensible y previsible su comportamiento, y de regular el tipo de interacción que uno podría tener con ellos. Algunos grupos, desde luego, habían estado ya en contacto. Cuando dos pueblos habían tenido anteriormente conflictos pero ahora estaban forzados a tratarse en la vida cotidiana de la ciudad, tendían a desarrollar relaciones de bromas y burlas interétnicas. Conforme Mitchell desarrollaba una escala de las distancias sociales de acuerdo con la vida africana, descubrió que la gente estaba más dispuesta a establecer relaciones relativamente próximas con miembros de grupos cuyas formas de vida eran culturalmente similares a las propias o al menos que les eran relativamente familiares. Con pueblos más distantes podían no ser capaces de hacer discriminaciones finas entre grupos similares. Para un chewa del Oriente, los bisas o los aushis u otros pueblos del Norte podrían ser todos bembas. Algunos pueblos también resultaban tener un grado absoluto más alto de aceptabilidad que otros, y unos pocos, un grado más bajo. Los primeros eran particularmente los grupos que en el torbellino de la historia centroafricana se habían ganado una reputación por sus proezas militares, como los ngonis, los ndebeles y los bembas. Algunos de los grupos occidentales, de las áreas que limitan con Angola, como los luvales, tenían un bajo nivel de aceptabilidad. La razón aparente era que en las áreas urba­ nas habían tendido a dedicarse a ocupaciones bajas y despreciadas, como la limpieza de fosas sépticas.17 17 En una publicación posterior (19 7 4a), M itchell ha desarrollado su análisis de

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Así Mitchell podía volver a los danzantes de la kalela. Las tribus no fun- ' cionaban en las nuevas ciudades como grupos cohesionados con objetivos compartidos y una organización formal que lo abarcara todo. Equipos como el de los jóvenes bisas que hacían la kalela, con paralelos en otros grupos, eran en realidad las expresiones más organizadas de etnicidad que había cn el Copperbelt. Pero estas danzas eran significativas como enunciados acerca del encuentro interétnico en las ciudades, acerca de la necesidad de conocer, evaluar y manejar a la gente en términos de su identidad étnica. La ridicu­ lizaciónación de otras tribus en las canciones de la kalela se podían considerar como una especie de declaración unilateral de una relación bromística por parte de los bisas, y parecía ser así comprendida por los espectadores. La ne­ cesidad urbana de categorizar a la gente, concluía Mitchell, citando a Wirth, era el contenido del “tribualismo” en la ciudad del Copperbelt. V e in t ic in c o a ñ o s d e

p o lít ic a

en

L u an sh ya

E1 libro Politics in an Urban African Community [Política en una comunidad urbana africana], de Epstein (1958), también se refería a Luanshya y seguía líneas de análisis que Mitchell había tocado en su estudio sobre la kalela. Aquí se presentaba más ampliamente a Luanshya como comunidad. En rea­ lidad consistía en dos poblaciones dentro de una: la ciudad minera, erigida en torno a la mina de cobre Roan Antelope, que era la razón de ser de la ciudad en su conjunto, y el municipio, más pequeño, que había crecido junto a aquélla.18 La ciudad minera era una ciudad-compañía del tipo más puro, donde la administración de la mina proporcionaba no sólo empleos, sino también alojamiento e instalaciones sanitarias, de recreo y beneficencia para sus empleados. Durante un largo periodo, como en Broken Hill, había distribuido también raciones de alimentos a sus trabajadores africanos. Los africanos que vivían en la ciudad minera estaban bajo el control, en todos estos aspectos de sus vidas, del Jefe de Personal Africano, que era, por supuesto, un europeo. Tal como Epstein lo expresó, la ciudad minera tenía una estructura unitaria. La ciudad municipal, por otra parte, era atomística, con una variedad de oficinas y negocios, aunque las empresas africanas siguieron siendo muy escasas hasta ya avanzados los años cincuenta. Tanto la ciudad minera como la municipal estaban también divididas por una las ideas de distancia social en el Copperbelt; examina, asimismo, las bases de dichas ideas. 18 Harries-Jones (1975, pp. 231-232) disiente un tanto a l respecto. Pese a la di­ visión adm inistrativa con sus implicaciones en la vida política, dice, estos municipios o poblaciones de Luanshya funcionaban como una comunidad en la m ayoría de los. casos.

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separación racial, y los componentes blancos —de los que Epstein no se ocupa— eran muchos menos pero mucho más ricos. El aparato adminis­ trativo del gobierno colonial de Rhodesia del Norte estaba controlado por la ciudad municipal, mientras que la administración de la mina no favore­ cía su intervención en los asuntos de la ciudad minera. Epstein describía el desarrollo general y la diferenciación de la vida afri­ cana en Luanshya centrándose en los cambios habidos en su administración y su política durante los aproximadamente veinticinco años de su existencia que habían pasado cuando hizo su trabajo de campo allí, a principios de los años cincuenta. La política del gobierno respecto de la administración de las nuevas áreas urbanas parecía no basarse nunca en ninguna estrategia amplia ni dirigida hacia alguna meta definida, sino que, al parecer, se producía como reacciones fragmentarias a las circunstancias en evolución. Tampoco l a incierta división de las responsabilidades entre el gobierno y las compañías mineras ayudaba a clarificar la situación. Para empezar, en los primeros años de la existencia de Luanshya como comunidad fronteriza más bien cruda y violenta, la mina mantuvo el orden en su campo de trabajadores inmigrantes mediante la propia policía africana de la mina. Sin embargo, ésta era muy impopular, evidentemente a causa de su corrupción y otros abusos de autoridad. Así pues, la administración instituyó un sistema de diri­ gentes tribuales, elegidos como representantes de las diversas tribus de proce­ dencia de los trabajadores, y los utilizó como eslabones de comunicación entre éstos y la compañía minera. En general, eran hombres relativamente viejos que tenían algún grado de prestigio en el sistema social tradicional; por ejemplo, a través de sus lazos de parentesco con los jefes. Estos “ancia­ nos” también resolvían conflictos menores dentro de sus grupos y aconse­ jaban a los recién llegados a la mina. El sistema fue considerado como un éxito y se adoptó en la ciudad municipal y también en otras comunidades mineras del Copperbelt. Sin embargo, en 1935, cuando los dirigentes llevaban varios años en su cargo en la ciudad minera de Luanshya, sobrevino un acontecimiento que dejó entrever una debilidad del sistema. Los mineros africanos se declararon en huelga en otras dos ciudades del Copperbelt. Los dirigentes tribuales de Luanshya aseguraron a la administración de la mina que nada sucedería allí. Sin embargo, la huelga se extendió a Luanshya, la oficina del adminis­ trador en los locales de la mina fue asaltada, y los dirigentes tribuales huyeron tras fracasar en sus intentos de influir en los huelguistas. La policía aparen­ temente se sobrepasó en su reacción, y seis africanos fueron muertos en los disturbios.19 19 H ay dos estudios más recientes de los primeros ejemplos de conflicto industrial en el Copperbelt: véanse Henderson (1975) y Perrings (19 7 7).

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Ninguna nueva forma de representación de la fuerza de trabajo africana surgió como resultado de la huelga. A l parecer, aún no había desarrollado u n a organización capaz de cohesionarla suficientemente. (Hay indicios de que los grupos de danza como el de la kalela habían tomado parte en la movi­ lización para la huelga.) Los dirigentes tribuales volvieron para continuar con sus tareas normales. Pero la huelga había mostrado que en un conflicto laboral no podían ser el tipo de figuras de autoridad que la administración d e la mina deseaba. Desempeñaban, según el vocabulario de Epstein y de oíros antropólogos del Rhodes-Livingstone que habían encontrado fenómenos similares en otros sitios, un papel intermediario: representaban a los traba­ jadores ante la administración, pero representaban a la administración ante los trabajadores. Y para éstos, por tanto, en la situación de huelga, eran traidores a la causa. Había diferencias de opinión en la estructura de poder europeo de Rhodesia d e l Norte en cuanto a las implicaciones de tal inquietud para la adminis­ tración urbana. Algunos pensaban que la autoridad de los jefes tribuales debería extenderse a las ciudades; pero esta idea no fue llevada a la práctica, por lo menos en lo que toca al gobierno local. Por otra parte, se estableció un tribunal urbano para administrar justicia según el derecho consuetudi­ nario, con miembros enviados por los jefes más importantes de las áreas rurales para representarlos. A pesar de que no podía realmente esperarse «pie la ley tribual cubriera todas las situaciones que podían producirse en una comunidad urbana, el tribunal funcionaba relativamente bien, en parte por que basaba su trabajo en principios morales lo bastante flexibles para ser aplicados a las nuevas circunstancias. Los miembros del tribunal también solían ser respetados en virtud del respaldo de los jefes. Un problema era que había cierta superposición de las funciones del tribunal con las de los dirigentes tribuales, de modo que éstos a veces expresaban resentimiento por la mayor autoridad que tenía el tribunal. Entre tanto, nuevas formas de articulación política empezaron a surgir espontáneamente, y éstas se arraigaban en lincamientos urbanos más que tribuales. Los “comités de jefes”, constituidos por los que encabezaban las cuadrillas de trabajadores africanos de la mina, empezaron a ocupar su lugar como canal de contacto entre los trabajadores y la administración al lado de los dirigentes tribuales. En la ciudad en su conjunto, una sociedad de beneficencia fue constituida por africanos mejor preparados: empleados, maestros y otros. Hubo procesos similares en otras ciudades del Copperbelt. listo también condujo a cierta superposición de funciones. Los Consejos A sesores Urbanos habían sido creados a principios de los años cuarenta, ron una membresía nominal africana que debía lograr que la opinión afri­ cana acerca de cuestiones relativas a la ciudad llegara hasta la adminis­

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tración. Sus miembros eran sobre todo dirigentes tribuales, de la mina y del municipio. Pero los miembros de la sociedad de beneficencia, en general mal representados en el Consejo, tenían a menudo más capacidad para expresar su interés en los asuntos cívicos. En sus periodos más activos, la sociedad de beneficencia parecía asumir una posición cuasioficial. Éste fue un estadio intermedio. Después, más o menos en la época en que Epstein estuvo en Luanshya, los procesos se habían dirigido hacia una orga­ nización social de base urbana. En ello influyeron ciertos estímulos externos. El gobierno laborista de la Inglaterra de la posguerra había enviado un organizador sindical a Rhodesia del Norte, y, como consecuencia, los afri­ canos habían empezado a sindicalizarse, si bien con algún retraso de los. mineros, que sin embargo lograron un buen sindicato. Los trabajadores euro­ peos de la mina ya éstaban organizados en su propio sindicato. El sindicato de los mineros africanos tendió gradualmente a convertirse en la contra­ partida de la administración, en la estructura unitaria de la ciudad de la compañía, y también en cuestiones ajenas al área de trabajo. Con su ascenso pronto opacó al sistema de dirigentes tribuales, y, al percibir que éstos podían funcionar como rivales del sindicato, insistió en la abolición del sistema de dirigentes en la organización de la mina. La administración, tras intentar durante un tiempo definir a los dirigentes tribuales de un modo menos ambiguo, como verdaderos representantes de los mineros, cedió finalmente. A l principio, la dirección del sindicato quedó en manos de los oficinistas y otros miembros instruidos del personal africano; pero con el paso del tiempo, los trabajadores del subsuelo empezaron a afirmarse. Desconfiaban de los oficinistas, que se asociaban demasiado con los europeos y que podían apaci­ guarlos con el solo fin de lograr favores para sí mismos. Uno de los acon­ tecimientos que Epstein describió con detalle fue la elección de un trabajador del subsuelo, militante, a la presidencia de la rama sindical de Luanshya, en el lugar de un capataz. A su vez, los empleados de oficina se alejaron después del sindicato de los trabajadores para integrar una nueva asociación de personal asalariado, y la comunidad africana de Luanshya dio un paso más hacia la diferenciación de acuerdo con la categoría industrial. Fuera de la mina, el movimiento sindical tuvo menos éxito, ya que en otros oficios de Luanshya, los africanos eran menos y estaban repartidos entre varios empleadores. Esta estructura atomística del resto de la ciudad también era un problema que el primer organismo político importante de los afri­ canos de Rhodesia del Norte tenía que resolver. El Congreso Nacional Afri­ cano tuvo su origen en una asociación de sociedades de beneficencia locales. Había luchado intensa pero infructuosamente contra la imposición de una Federación Centroafricana, dominada por los blancos, y luego había entrado en una cierta declinación. Cuando se formó una rama en Luanshya, buscó

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una cuestión que pudiera cristalizar el interés del público, pero se encontró con diversos obstáculos. Al hacer causa común con los buhoneros africanos que querían permiso para vender en la ciudad minera, no logró nada; al tratar de organizar un boicot contra las carnicerías europeas para obtener mejor tratamiento para los clientes africanos, se dividió porque el Consejo Asesor Urbano había realizado una negociación aparentemente eficaz con los carni­ ceros. El Consejo Asesor Urbano incluía entonces muchos miembros del tipo de los que solían pertenecer a la antigua sociedad de beneficencia, ahora moribunda. Tales sociedades, como hemos visto, también tomaron parte en el nacimiento del Congreso Nacional Africano. Ahora ambos organismos se encontraron en oposición, para incomodidad de las dos partes. El Consejo se arriesgaba a colocarse en una situación intermediaria, como les había sucedido en la mina a los dirigentes tribuales, que quedaron entre la admi­ nistración y el público. El Congreso podía tomar gran importancia como voz del público si eso sucedía. En la ciudad minera había poco espacio para la actividad del Congreso, pues el sindicato de los mineros ocupaba monolíti­ camente la función organizadora. Y el sindicato y el Congreso estaban en malas relaciones por motivos poco relacionados con los asuntos locales de Luanshya. Tales eran las condiciones cuando Epstein concluyó su análisis. Una im­ portante tendencia en sus descubrimientos, para citar a un comentarista posterior, fue que “los sindicatos trascendían a las tribus” (Mayer, 1962, p. 581). Es decir, que habían sido los europeos quienes habían intentado, sin lograrlo, imponer una estructura tribual por sobre la administración y la política de las ciudades. Conforme los africanos se adaptaban a su ambiente urbano-industrial, se dieron cuenta de que sus divisiones internas por tribus eran irrelevantes en su confrontación con los mineros y administradores euro­ peos, y por tanto se organizaron de acuerdo con una base clasista, con líneas claramente trazadas y no confundidas por las ambigüedades de los ancianos dirigentes tribuales. Una intelectualidad africana de jóvenes instruidos tomó el liderazgo en los asuntos de la comunidad; los ancianos, cuyo principal mérito podían ser los lazos de sangre con un jefe rural, no lo lograron. Sin embargo, la vida urbana consistía en muchas situaciones distintas, interdependientes pero no siempre con la misma lógica inherente. En una huelga, las diferencias tribuales podían borrarse. En una batalla por la dirección del sindicato, un bemba podía apoyar a otro bemba contra un lozi o un nyasalandés. A veces, además, la estructura ocupacional urbana determinaba con­ flictos étnicos. Como las misiones cristianas habían venido antes a Nyasalandia que al resto de Rhodesia del Norte, más nyasalandeses eran oficinistas; de manera que lo que un bemba pensaba de los nyasalandeses podía concebi­ blemente depender en parte de lo que pensara de los empleados de oficina.

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Pero también había casos en que la extensión de la. tribu a la ciudad er» más auténtica. Incluso un líder sindical que se opusiera fuertemente a quo los ancianos de la tribu tomaran parte en los conflictos de trabajo podía reconocer la autoridad del representante de un jefe en el tribunal urbano, ya que éste se refería sobre todo al tipo de moralidad interpersonal, en lo cual la sabiduría tradicional podía merecer reconocimiento. Aun en el municipio, con su variada estructura, incluso dirigentes tribuales podían todavía encon­ trar situaciones de prestigio propicias para continuar arreglando pausada­ mente las pequeñas rencillas.

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Max Gluckman no emprendió ningún trabajo personal de campo en el África Central, pero se interesó profundamente por los estudios realizados por otros investigadores; e, inspirándose en publicaciones como la de Mitchell sobre la kalela y la de Epstein sobre la política en Luanshya, hizo algunos enunciados teóricos que tendrían gran influencia (Gluckman, 1961b). El interés dominante del grupo, sugirió, estaba en “el problema de por qué persiste el tribualismo” . Esto tal vez no había sido realmente el caso de Godfrey Wilson, quien, mientras usaba la noción de “destribualización” en el título de su estudió sobre Broken Hill, no hizo en su texto gran cosa por conceptualizar ni aquélla ni la de “tribualismo”. Para los investigadores posteriores, en cambio, tal había sido efectivamente la cuestión. Sin embargo, su análisis de ella, subrayó Gluckman con énfasis, contradecía el saber con­ vencional de los administradores coloniales y de la anterior generación de antropólogos de África. Éstos habían supuesto — implícita o explícitamente, consciente o inconscientemente— que la destribualización era un proceso lento y prolongado, aunque avanzara siempre en la misma dirección. De modo gradual, las relaciones sociales de los inmigrantes urbanos cambiarían y su compromiso con las costumbres tradicionales se atenuaría. Gluckman no se sorprendía de que los administradores, como “hombres prácticos”, dieran por sentado tal concepto; naturalmente, veían a la gente que afluía a las ciudades en contraste con la vida del poblado que acababa de dejar. Para un antropólogo, por otra parte, debía ser evidente que la ciudad tiene que ser considerada como un sistema social aparte. Así pues, el comportamiento de los citadinos se tenía que entender en términos de los papeles urbanos aquí y a h o ra , sin que importaran factores como sus orígenes y personali­ dades. En una frase que desde entonces se ha vuelto clásica de la antropo­ logía: “un urbícola africano es un urbícola, un minero africano es un minero”

PERSPECTIVA l>ESOE EL COPPERBELT

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Tal punto de partida cambiaría radicalmente la visión de lo que realmente sucedía con la inmigración rural-urbana en África. L a destribualización, en vez de ser un proceso unidireccional, que estaba lejos de terminar cuando el inmigrante llegaba a la ciudad, era un fenómeno intermitente. (Ésta es una idea que Gluckman ya había apuntado en el enunciaado de su plan de investigación para siete años.) El inmigrante debía considerarse destribualizado, en un sentido, en cuanto tomaba una posición en la estructura urbana de relaciones sociales; y desurbanizado en cuanto dejaba la ciudad y reingre­ saba en el sistema social rural con su conjunto de papeles o funciones (roles). En la ciudad, el sistema industrial era la realidad dominante, y los puntos primarios de orientación para un urbícola eran las comunidades de interés y el sistema de prestigios que se derivaban de él. A ojos vistas, los africanos llevaban una carga de cultura tribual a la vida urbana; pero esto era ahora analíticamente secundario. Tenía que entenderse claramente que esa cultura operaba ahora en un medio urbano, y que por tanto podía tener formas nuevas y adquirir otro significado. Así pues, la “tribu” en el contexto urbano, como habían mostrado tanto Mitchell como Epstein, no se refería ta n t o j a una unidad política operativa, cuanto a una manera de clasificar y tratar a la gente que el habitante de la ciudad se encontraba en el trabajo, en el barrio o en la cervecería. En el área rural, en cambio, el sistema po­ lítico de la tribu todavía funcionaba, fundamentado firmemente en el sistema d e tenencia de la tierra, y la mayoría de los habitantes de la ciudad enfren­ tados con las inseguridades del trabajo asalariado mantenían un pie tam­ b i é n allí. Por lo tanto, en lo que tocaba a los estudios urbanos africanos, afirmaba Giuckman, su marco comparativo debía estar en los estudios urbanos en general, y debían tener su punto de partida en una teoría de los sistemas sociales urbanos. Pero estos sistemas, observó asimismo, son complejos, cons­ tituidos por subsistemas sueltos, semiindependientes y en cierta medida incluso aislados. El antropólogo urbano no tenía necesariamente que ocuparse de todos ellos. La existencia de algunos podía ser simplemente supuesta, mientras el antropólogo se concentraba en la contribución principal que podía hacer al estudio del urbanismo: la interpretación de registros detallados de situaciones sociales restringidas pero intrincadamente estructuradas, de las cuales la danza kalela o el boicot a las carnicerías podían ser ejemplos.

C O N C E PTV A LÍZA C IÓ N DE LAS RELACIONES Y LAS SITUACIONES

El trabajo de Gluckman en 1961 se vio seguido a mediados de los años sesenta por otros en los que el grupo del Rhodes-Livingstone desarrolló el marco analítico surgido de sus investigaciones urbanas. En este estadio, su

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PERSPECTIVA DESDE EL COPPKRHKLT

trabajo de campo en las ciudades del África Ceniral estaba totalmente acaba­ do. Se habían desperdigado por varias instituciones académicas, y algunos de ellos se dedicaban ya a otras regiones etnográficas. Sus afirmaciones pueden por tanto ser consideradas como correspondientes a una fase en la que podían dar algunos pasos atrás y, revisando sus experiencias, pensarlas dentro de un contexto antropológico ligeramente más amplio. Tres publicaciones pueden ser en especial útiles para delinear la postura del Rhodes-Livingstone en la teoría urbana, junto con el trabajo de Gluckman y con ciertas coinci­ dencias entre ellas. Dos de ellas son de Epstein (1964, 1967), y otra, de Mitchell (1966b). El trabajo de este último era un panorama de las “Theoretical Orientations in African Urban Studies” [Orientaciones teóricas en los estudios urba­ nos africanos]. Una sección importante estaba dedicada a la conceptualización de formas características de relaciones sociales urbanas. Godfrey Wilson había distinguido ya entre las relaciones “de negocios” y personales. Vein­ ticinco años después, había una división tripartita, en relaciones estructural es, personales y categoriales. Las relaciones estructurales tenían patrones duraderos de interacción, ordenados de un modo relativamente claro por perspectivas de papel (role). Las relaciones personales no fueron definidas —-con claridad en el artículo, pues los párrafos que se referían a ellas derivaban rápidamente hacia un esbozo de los usos del análisis de red. Es evidente, sin embargo, que el término debe de referirse a relaciones en que las partes tienen una familiaridad relativamente amplia unas con otras y en que las interacciones no están tan estrictamente definidas en términos de tareas particulares. Las relaciones categoriales eran aquellas en que los contactos resultaban mecánicos y superficiales, donde la situación no estaba definida de un modo suficientemente rígido en términos de papeles para dar a los participantes una idea clara de lo que podían esperar unos de otros, y en las cuales, por consecuencia, ellos se apoyaban en alguna característica pron­ tamente accesible a los sentidos y se clasificaban por categorías unos a otros de acuerdo con dicha característica. Las relaciones categoriales y estructura­ les obviamente se conformaban, cada una a su manera, a una noción wirthiana d e la impersonalidad urbana; sin embargo, los antropólogos del RhodesLivingstone ciertamente reconocían también la presencia de vínculos más ínti­ mos en la vida urbana, vínculos que constituían el tipo más duradero. Esta división triple también permitía un nuevo punto de vista acerca det alcance de los estudios urbanos africanos realizados hasta entonces. El tema obvio de estudio en el campo de las relaciones estructurales, observó Mitchell, era la organización del trabajo; pero mientras que la sociología industrial se había afianzado en Europa y América, había tenido un lento comienzo en África. (Desde entonces, la situación ha mejorado un poco.) Las asociaciones

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voluntarias, por otra parte, habían sido estudiadas bastante ampliamente en algunas paites del continente y se podían incluir bajo este encabezado. Un tema frecuente de la investigación sobre las relaciones personales habían sido los círculos de amigos y conocidos que se reúnen en el tiempo libre, y que son a veces personas de la misma área de origen. El campo de las rela­ ciones categoriales se refería en particular, como era previsible, a las clasi­ ficaciones étnicas por categorías. La interpretación que hacía el grupo del Rhodes-Livingstone del tribualismo urbano entraba aquí. Pues tanto en el contexto del flujo social y la clara diversidad de conductas como en las relaciones de tránsito y otros contactos entre extraños, estas designaciones podían ayudar a trazar un camino a través de la vida urbana. Mitchell también volvió a lo afirmado por Gluckman respecto de la noción de “destribualización” como un proceso: hay que distinguir entre el tipo de cambio que se da en una secuencia lenta y unidireccional y que implica una transformación del sistema social mismo, y el tipo de cambio en que los individuos hacen rápidos ajustes de sus ideas y su comportamiento mien­ tras van y vienen de una situación a otra. Se les puede llamar cambios “históricos” o “procesivos” en vez de cambios “situacionales” o, en la termi­ nología empleada por Mayer (1962, p. 579), “cambio unidireccional” en vez de “alternancia”. Como Mitchell pudo demostrar, muchas veces se había confundido un tipo de cambio con el otro. Insistía en que era necesario considerar al sistema urbano como dotado de existencia propia, junto al sistema rural, de manera que el tipo de cambio en que la gente se veía implicada al circular entre uno y otro era primariamente “situacional” o “alter­ nante”. Esta concepción se desarrollaba ahora un poco más, ya que Mitchell daba más importancia que Gluckman a los cambios normativos y conductuales entre diferentes contextos dentro también del sistema urbano. El prin­ cipio era la “selección situacional” ; aquí, una fuente de inspiración era el estudio de Evans-Pritchard sobre la brujería azande en el cual mostró cómo la gente podía aplicar diferentes ideas en momentos diferentes sin demasiada preocupación por su coherencia general. En un sistema social tan complejo como el de una comunidad urbana, tal coherencia era ya muy poco proba­ ble. El estudio de Epstein sobre Luanshya había mostrado ciertamente cómo la autoridad inspirada en la tradición de los ancianos dirigentes tribuales podía servir bien, por ejemplo, para arreglar peleas domésticas; pero se veía inmovilizada en un conflicto laboral. Algunas situaciones resultaban sin duda menos afectadas que otras por la estructura general específicamente urbana, y un habitante de la ciudad podía tal vez elegir, al menos algunas veces, una línea de acción más tradicional en dichas situaciones. En conjunto, Mitchell, como sus colegas, tendía a destacar el cambio situa­ cional más que el cambio progresivo como tema de interés analítico. Pero al

loo

PERSPECTIVA UKHUK I I. íiU l'l’I.UIU.I. l

menos como paréntesis, podemos señalar que no desatendieron ese cam bio progresivo y unidireccional tampoco, al menos tal como se produce en un nivel individual. Así, algunos habitantes de la ciudad podían ser considerados como más urbanos en cierto sentido que otros; el estudio de Epstein (1959) sobre el desarrollo de un nuevo vocabulario urbano daba pruebas de esto. Había un enorme abismo entre el tipo de sabiduría mundana que poseían los babuyasulos, los paletos de campo recién llegados (literalmente “vino ayer”), y el “muchacho de azúcar” —que se había criado en la ciudad—o la “dama de ciudad”. Observando tales diferencias en otro nivel, Mitchelf (1956c, 1969a, 1973a) añadió un método para medir la integración urbana al repertorio metodológico del grupo, método que se basaba en la propor­ ción de su tiempo que un individuo pasaba en la ciudad, la duración de sus estancias continuadas en ella, su actitud hacia la residencia urbana, su ocupa­ ción y la residencia urbana o rural de su esposa. (El método sólo se apli­ caba, obviamente, a los varones.) Tal método se podía utilizar, por ejemplo, para confirmar una hipótesis según la cual los inmigrantes que podían llegar fácilmente a sus áreas rurales de origen y tomar un papel, activo y bien recompensado en su vida social también ingresaban más de lleno en la vida urbana: la idea puede parecer paradójica, pero es evidente que, en tales circunstancias, podía permitirse mejor el relacionarse más íntimamente también con la ciudad.20

D

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Así como Mitchell había continuado la concepción que Gluckman tenía sobre el cambio situacional, así Epstein en su trabajo de 1964 trabajó sobre otra idea de Gluckman: la necesidad de aislar una unidad manejable de análisis. Éste era un aspecto del interés de Gluckman por la forma en que los antro­ pólogos delimitan generalmente sus campos de estudio y establecen supuestos acerca de temas relacionados con sus análisis pero situados fuera de su competencia profesional. Closed Systems and Open Minds [Sistemas cerra­ dos y mentes abiertas, 1964] es una colección de ensayos dedicados a estos temas por antropólogos relacionados con Manchester, con Gluckman como editor. Epstein revisó en este contexto su estudio sobre Luanshya, a la luz de las crecientes críticas sobre los “estudios de comunidad” que ignoran ampliamente la repercusión de los factores externos en la vida de la comu20 M itchell argumenta que la hipótesis se originó en el estudio de Philip M ayer (1962, 1964) sobre los xhosas urbanos de Sudáfrica. Gulick (1969, p. 150) parece mostrar una relación sim ilar entre las participaciones urbanas y rurales en Líbano, pero los pocos datos que ofrece adolecen de ambigüedad.

PERSPECTIVA DESDE EL COPPERBELT

167

nielad. Los antropólogos del Rhodes-Livingstone, desde Godfrey Wilson en adelante, habían expresado consistentemente la conciencia que tenían de la inclusión de su campo de estudio centroafricano en una economía y estruc­ tura social mundiales. Pero ¿cómo podían ocuparse en la práctica de una realidad tan compleja? La solución que Gluckman ya había intuido, y que Epstein adoptaba, consistía en concentrar su análisis intensivo en un campo local de las relaciones sociales accesible a 2a observación. Los factores externos, por ejemplo los de naturaleza política o económica, se podían tratar como determinados: es decir, su presencia y su forma general debían reco­ nocerse, en la medida en que establecían el escenario de la vida social local, pero no habría una inquisición muy elaborada o compleja acerca de ellos. Dentro del campo local, además, ciertos hechos cuyas derivaciones no pertenecieran a la competencia del antropólogo se podían incluir en su análisis de una manera simplificada. Un ejemplo era la “cruda polaridad” supuesta entre la estructura económica y administrativa unitaria de la ciudad minera y la estructura atomística del municipio, que resultó tener implica­ ciones muy importantes para las formas de vida política que se desarrollaron en Luanshya. Era por tanto justificable, sugería Epstein, de acuerdo con la argumenta­ ción general de Closed Systems and Open Minds, que los antropólogos tu­ vieran una visión deliberada y mesuradamente ingenua de los factores que quedan, por lo menos en parte, más allá de sus horizontes de observación o fuera de su campo de desempeño profesional. Sólo de esta manera podrían desarrollar al máximo su propia contribución a la división del trabajo cien­ tífico, junto con los economistas, los versados en ciencias políticas y otros. Se admitía que esto les dificultaría generalizar acerca de la sociedad en su conjunto, como algunos autores de estudios de comunidad habían estado tentados de hacer, en la creencia errónea de que el sistema local era un microcosmo del más amplio conjunto. Sin embargo, el análisis de un sistema local, hecho por un antropólogo, podía mostrar que la repercusión de las fuerzas externas podía depender de la forma de la estructura interna de la co­ munidad. Así se establecía una posición general sobre cómo delimitar un área de estudio y cómo tratar los factores que la afectan desde el exterior. Otra faceta del problema era la identificación de aquellos factores que se habrían de tomar recurrentemente en cuenta. Esto era importante entre otras cosas para realizar investigaciones comparativas, ya que los factores que se podían considerar como constantes en el estudio de una sola comunidad debían reco­ nocerse como variables independientes cuando se comparaba aquélla con otras. Así pues, se ofrecieron diversas formulaciones de “factores extrínsecos”, “determinantes externos”, “imperativos externos” o “parámetros contextua­

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PERSPECTIVA DESUK Kl. C U IT l.lU 'r.l.T

les”, no todas ellas de miembros del grupo del Rhodes Livingstone. Southall propuso una en el mismo trabajo en que delineaba los tipos urbanos A y B. Mitchell, en su ensayo de 1966, enumeró tales determinantes bajo seis encabezados: 1) densidad de población, que afectaba en particular la gama de contactos de los habitantes de la ciudad; 2) movilidad, que incluía los movimientos interurbanos e intraurbanos así como la migración y circulación rural-urbana, que conducen a un grado de impermanencia de las relacio­ nes sociales; 3) heterogeneidad étnica-, 4) desproporción demográfica en la composición de edad y sexo de las poblaciones urbanas, resultante del reclu­ tamiento selectivo de varones jóvenes para la fuerza de trabajo; 5) diferen­ ciación económica, que incluiría la diferenciación ocupacional, los niveles diferenciales de vida y la estratificación social; y 6) limitaciones adminis­ trativas y políticas, en particular la restricción gubernamental de los movi­ mientos y actividades de la población de la ciudad (especialmente de su componente africano, en la parte sur del continente). El estudio de estos determinantes en sí mismos, propuso Mitchell, podía ser tarea.de otras disci­ plinas. El trabajo del antropólogo social urbano consistía en examinar la conducta de los individuos dentro de la matriz creada por estos factores, los cuales, una vez establecidos, se podían dar por supuestos. Epstein volvió a plantear esta cuestión en su artículo de 1967 sobre estudios urbanos africanos, más dedicados a cuestiones de comparación sustantiva entre formas de ciudad y menos a los problemas de la. conceptualización. Sus categorías de determinantes eran un tanto distintas de las de Mitchell, sobre todo porque reunía en bloques algunos factores, con lo cual obtuvo al final sólo tres grandes categorías: la estructura industrial, la estructura cívica y el “imperativo demográfico” ; esta última categoría cubría al parecer los primeros cuatro factores de Mitchell. Aparte de tales diferencias, las apre­ ciaciones de los dos coincidían en apariencia. En principio, era concebible manejar tales factores como variables analíti­ cas para crear una tipología global de las formas del urbanismo africano. En realidad, esto no se ha hecho nunca de una forma muy disciplinada, y, posiblemente, los resultados no estarían en una proporción razonable, con la cantidad de trabajo que requeriría. Para Epstein, en su ensayo sobre la com­ paración, estas tres categorías de determinantes proporcionaban más bien un vocabulario para el discurso sobre la variación urbana. Pudo señalar que los determinantes no co-varían necesariamente. Las ciudades rhodesianas, por ejemplo, tenían una estructura cívica similar a las del Copperbelt colonial, con una estricta regulación europea, pero su estructura industrial (es decir, económica) había permitido un espacio ligeramente mayor para la iniciativa empresarial africana, lo cual creaba una clase más importante de hombres de negocios africanos; hecho que tal vez podía explicar por qué el primer

P líR S m iT lV A IM.SDK KL COPPKRBELT

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movimiento nacionalista que hubo allí fue más acomodaticio para con el régimen blanco. En lo que fue el Congo Belga, la administración colonial había mantenido un control sobre la migración urbana no muy diferente al del Copperbelt, pero había estimulado una estabilización de la pobla­ ción urbana y permitido más libertad para los pequeños empresarios y en las formas de alojamiento, lo que resultó en un tipo de vida urbana que parecía en algunos sentidos estar a medio camino de las formas características del África meridional y el África occidental respectivamente. Otra variante de lo que Epstein llamaba, un tanto imprecisamente, factores demográficos eran algunas nuevas ciudades, como East London en Sudáfrica, que recibían una parte muy grande de su población de las áreas rurales vecinas, lo que permi­ tía una comunidad africana mucho más homogénea. Tales posibilidades de realizar “experimentos naturales” con las variables, sugería Epstein, se podían explotar más. Había, por ejemplo, nuevas ciudades mineras en el África occidental donde la estructura industrial podía ser similar a la del Copper­ belt, mientras que la estructura cívica sería obviamente diferente. En cual­ quier caso, estas variaciones también dejaban claro que una simple distinción como la establecida entre los tipos A y B de urbanismo africano, con diferen­ tes centros regionales de gravedad en el continente, sólo podía ser útil como primera aproximación, incluso en el pasado colonial.

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Se puede considerar que este artículo de Epstein define las fronteras de la idea del urbanismo que tenían los miembros del Rhodes-Livingstone. No obs­ tante, el esfuerzo por integrar lo que era principalmente una experiencia del Copperbelt en un marco comparativo explícito para los estudios urbanos resultó ser un fenómeno un tanto aislado; de manera que quizá no siempre se ha entendido bien lo que en su conceptuación más bien vigorosa se relaciona con las peculiaridades del África Central y lo que se refiere al urba­ nismo africano en general. Las controversias que hayan surgido en tomo a tales cuestiones no tienen que demorarnos por su importancia. Veremos, en cambio, cómo la pers­ pectiva del Rhodes-Livingstone se puede relacionar con la idea del urbanismo desarrollada en el capítulo iii y cómo utilizarla para avanzar un poco más. Nos ocuparemos de nuevo, en otras palabras, del papel que una comunidad urbana desempeña en la sociedad y de las conexiones entre diferentes dominios de relaciones. Dos temas del Copperbelt son de particular interés aquí: la autonomía del sistema urbano y la persistencia del tribualismo. Basándonos en lo que

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PERSPECTIVA I)K81)K El, C!( H’PERHELT

hemos visto antes, podemos percibir que la primera es una cuestión un tanto ambigua; un centro urbano siempre tiene algo que ver con un sistema socie­ tario más amplio —a menos que, como en la antigua ciudad de fronteras amplias, se asimile su entorno— ; y mientras que los urbícolas pueden tener papeles particulares que desempeñar, éstos pueden surgir de una lógica cul­ tural subyacente compartida por toda la sociedad, como Pocock señalaba acerca del urbanismo hindú. Uno puede preguntarse, por tanto, si las ciu­ dades del Copperbelt estaban en tal sentido más separadas de la sociedad circundante que lo normal. En cierto sentido, obviamente, lo estaban. Existían, sobre todo, para reali­ zar un papel especial en un sistema económico internacional, que no las vinculaba al campo africano circundante sino, omitiéndolo a los centros financieros e industríales de ultramar. Dentro del contexto social local, por lo menos al principio, era n enclaves más que puntos_ nodales. Si se supone que la forma normal en que l a ciudad y el campo constituyen un todo cohesionado es a través de las relaciones de aprovisionamiento, en que las poblaciones distintas urbana y rural se enfrentan en complementariedad, en­ tonces dicha cohesión local era en este caso relativamente débil. Aunque un lugar como Luanshya pudiera con el tiempo llegar a tener funciones de lugar central de un tipo más general, éstas podrían todavía desempeñar un papel bastante modesto en el cuadro general. También era verdad que por lo menos aquellas actividades urbanas del dominio de aprovisionamiento que estaban más inmediatamente relacionadas con el sector de la economía que formaba la ciudad tenían una base culturalmente. distinta, en comparación con la sociedad rural. La tecnologíay la organización del trabajo propias de la minería eran esencialmente im­ portadas. Esto fue lo que hizo a Mitchell (1966b, p. 38) señalar que las ciudades de este tipo apenas eran un terreno de prueba útil de la aplica­ bilidad transcultural de las ideas occidentales sobre el urbanismo, ya que estaban ellas mismas bajo una influencia europea muy poderosa. Sin embargo, si bien comunidades urbanas como las del Copperbelt man­ tenían en algunos aspectos cierta distancia respecto de su entorno local, había obviamente una especie de integración por la puerta trasera con la sociedad africana rural, producida de otra manera: a través del personal que com­ partían. Los inmigrantes conmutaban entre las formas de vida urbana y rural, con una integración diversamente plena en los distintos dominios de actividad de cada una. Tal vez esto era menos importante en aquellos domi­ nios urbanos que tenían estructuras propias más rígidamente predeterminadas. Podía ser más significativo allí donde las circunstancias urbanas todavía ofre­ cían un margen mayor para las adaptaciones que surgiesen, basadas en la fusión de la sabiduría recibida y la nueva experiencia. Las ideas que los

PERSPECTIVA DI'iSDK 1?L COPPERBELT

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inmigrantes llevaban a la ciudad, y las secuelas de estas ideas, pedían tener algún efecto sobre lo que allí hacían y con quién lo hacían. Éste es el pro­ blema del tribualismo urbano o, para usar de aquí en adelante un término menos cargado de valores, la etnicidad urbana. Nos ocuparemos de ella, sin embargo, de un modo un tanto lateral, puesto que sólo es uno entre toda una clase de problemas relacionados que presenta el análisis de la estructura social urbana.

I n f o r m a c ió n

pe r so n a l

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p ú b l ic a s .

R

e c o n s id e r a c ió n

DE I.A S RELACIONES

Para empezar, puede ser útil ampliar el marco de referencia para volver al esquema de Mitchell (1966b, pp. 51 ss.) sobre los tres tipos de relaciones sociales urbanas: estructurales, personales y categoriales. Se describen como “tres tipos diferentes”, y uno puede tender a pensar que son mutuamente excluyentes; esto es: cada relación existente debería caber en uno u otro de estos tipos. Pero tal apreciación no estará exenta de dificultades. La rela­ ción entre compañeros de trabajo ¿es totalmente estructural y en absoluto personal? Una parte importante de la sociología industrial se ha ocupado de hecho de las modificaciones que sufren las relaciones estructurales en virtud de los vínculos personales. O ¿no pueden unos amigos que se conocen bien tratarse momentáneamente sobre la base categorial de la etnicidad, como uno de los factores incluidos en su aplicable conocimiento mutuo? Varios estudios de los antropólogos del Rhodes-Livingstone muestran preci­ samente su conciencia de tales complicaciones, y Mitchell aclaró después (1969b, pp. 9-10) que las interacciones en términos de estructura, categoría y conocimiento persona] debían ser consideradas como aspectos de las rela­ ciones. Posiblemente se podría encontrar todavía otra forma de distinguir las relaciones sociales que dejara más explícitas las interconexiones lógicas entre las diversas formas de interacción (cf. gráfica 2).21 Esto podría servir a nues­ tros propósitos generales, más allá de la revisión de los estudios urbanos del Rhodes-Livingstone. Así, las relaciones personales y categoriales parecen conceptualizadas según la misma dimensión. Es importante para la conducta de estas relaciones saber quién es reclutado para ellas, y la diferencia entre ellas consiste en la cantidad de información personal que poseen el ego y el 21 Le estoy agradecido a John L. Comaroff por orientarme h acia esta nueva fo rm u ­ lación. Los lectores notarán cierta semejanza con las ideas sociolingüxsticas de B e r n stein (1 9 7 1 ), y más remotamente con el esquema de “grupo” y “tramado” d e M ary Douglas (1970, 1978), inspirado en Bernstein.

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PERSPECTIVA DESDE EL COPPKKIUÍLT

alter, uno acerca del otro, para servir de base a sus líneas de acción. Esta dimensión se extiende, en principio, desde el anonimato absoluto, en que no existe ninguna información socialmente pertinente, hasta la total intimidad, donde se sabe todo acerca del otro. Una relación categorial se ha alejado ya un poco del polo del completo anonimato, ya que por lo menos un dato informativo ha proporcionado la base para situar al alter en una categoría específica (así esté superficialmente concebida). Las relaciones personales ocupan un estrecho en la longitud del continuo, e incluyen aquellas en que la información es compleja aunque sea imperfecta, así como las de mayor intimidad. Las relaciones estructurales implican otra dimensión, el grado de control normativo. Esto se refiere a la influencia de las normas más o menos públicas, sostenidas con respecto a la relación —o que por lo menos se cree que son sostenidas— por terceras partes o por la sociedad en su conjunto, y que no están sujetas a demasiada renegociación entre los participantes particulares. Para merecer el nombre de estructurales, las relaciones tendrían que estar a buena altura en esta escala y muy reguladas por las normas. En tales casos, la información personal tiende a quedar neutralizada, se torna irrelevante por lo que se refiere a su efecto sobre la conducta de la reía-

PERSPECTIVA DESDE EL COPPERBELT

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ción. Un extraño y un íntimo serían tratados igualmente; los alters son uustituibles.22 Por otra parte, sin embargo, el control normativo y la información per­ sonal son sólo dimensiones de las relaciones, de todas las relaciones, aun si en algún caso particular una dimensión resulta ser más claramente impor­ lunte que la otra. Como señalamos en el capítulo iii, el concepto de papel (role) en la antropología ha sido definido convencionalmente en términos normativos. Si consideramos el papel en cambio como una participación situacional con un propósito, puede ser más fácil aceptar que los papeles difieren en su dependencia relativa del control normativo y la información personal. El papel de amigo es en este sentido obviamente muy distinto del de conductor de autobús. Quién sea una persona, sin embargo, en contraste con quién pudo haber sido o quiénes son otras personas, puede no sólo influir en el curso de cierto tipo de relaciones continuadas, hasta el grado en que las limitaciones normativas lo permitan. La interacción de las dos. dimensiones puede ser todavía más sutil. Conforme la gente llega a saber unas cuantas cosas acerca de un individuo, puede responder a esta informa­ ción personal en formas más o menos normativamente estandarizadas. Estas respuestas pueden darse además en varios niveles: 1) Acceso al papel: los demás pueden no permitir al individuo en cuestión llegar a cierto tipo de participación situacional: 2) Acceso relacional: algunos, pero no todos, pueden ser considerados altcrs apropiados cuando él desempeña cierto papel; 3) Conducta relacional: si la gente establece relaciones con él, la información personal implicada en ello puede afectar, como hemos sugerido arriba, la forma en que se lleva la relación. Éstos son, obviamente, principios de gran poder en la organización de la vida social. Pero ¿cuáles son los tipos de información en que se basan? Para nuestros fines, parece conveniente dividirla en dos tipos. Uno es la informa­ ción acerca de cuáles son las participaciones situacionales intencionadas de una persona; en otras palabras, la información más o menos completa acerca 22 H ay que observar que la distinción que se sugiere entre las dimensiones del con­ trol normativo y la información personal es burda y se podría hacer más compleja. Uno de los problemas es el del lugar d el control normativo. A veces el consenso de las normas abarca a toda la sociedad, pero no siempre es así. T al vez no siempre se crea que un ladrón tenga derechos y deberes; pero entre los ladrones puede existir el honor, y en la relación entre un ladrón y un traficante de objetos robados quizá ambos se percaten bien de las expectativas convencionales de sus círculos. Otra agrupación de ulteriores problemas analíticos im plica los diversos. modos en que se puede tener a mano la información personal en una relación. En el capítulo vi retomaremos este tema.

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PERSPECTIVA DESDE 1.1.

LA CIU DAD CO M O TEATRO: CUENTOS DE GOFFMAN

control a largo plazo y más o menos estricto de la otra. Trata sobre todo de los modos en que los individuos extraños unos de otros, o a lo sumo conocidos, manejan asuntos de integridad personal durante sus copresencias intercambiando señales entre sí. En gran parte ha sido una cuestión de inte­ gridad simbólica. A veces está también implicada la integridad física, y Goffman se da cuenta vivamente de la conexión entre las dos. Lo anterior es especialmente evidente en uno de sus últimos libros, Rela­ tions in Public [Relaciones en público, 1971], en el que trata algunos temas de interés anteriores y emprende nuevos derroteros. Quizás opinemos que su campo analítico de la “vida pública” sigue estando confusamente demar­ cado; pero la capacidad del individuo para interpretar su ambiente es a ojo» vistas una importante preocupación suya. Hace un extenso análisis sobre las maneras en que se puede decir quién está con quién. Mediante “signos de vinculación” * los individuos reclaman un anclaje entre sí, y, con intención o sin ella, informan a los demás sobre ello. Algunos de los signos son sim­ ples y manifiestos, como estrecharse las manos; otros quizás no sean tan obvios. Las personas formadas en una fila pueden estar apretujadas unas con­ tra otras, vayan acompañadas o no; pero si una de ellas libera momentánea­ mente las manos y le pasa un paquete a alguien más casi sin comentario alguno o sin decirle nada en absoluto, los espectadores pueden suponer que estas dos personas van juntas. A veces se puede reconocer un vínculo sin que las personas relacionadas aparezcan juntas en lo más mínimo. En una de sus características notas al pie de página, Goffman presenta el ejemplo de las personas que van saliendo de una piscina en momentos diferentes y usan el mismo frasco de loción. Así como la gente puede estar determinada a reve­ lar sus lazos o puede que lo haga más o menos accidentalmente, es posible también que desee ocultar las relaciones existentes: volvemos a la interacción engañosa, siendo los espías ejemplos de ella. En otra de las variaciones, se puede fingir un vínculo cuando no existe ninguno, como hacen a veces los niños cuando sólo pueden entrar en algún lugar en compañía de un adulto y el adulto ni siquiera se da cuenta de la compañía. Los signos de vinculación son muchas veces de mayor interés para los demás cuando los individuos que parecen estar vinculados no les son del todo desconocidos. Se puede estar atento a indicios de familiaridad o incluso intimidad entre un amigo y alguna persona a la que no se ha visto antes, o entre dos personas a las que se conoce bien como individuos aunque se tenga incertidumbre respecto a la relación entre ellos. Pero incluso en pre* En inglés, tie-signs. T ie, en el sentido que le da el autor, significa lazo, vínculo. Así pues, “signos de vinculación” parece traducción apropiada, ya empleada en la versión al español de la obra a que se refiere el autor: E. Goffman: R e la c io n e s en p ú b l i c o ; Alianza Editorial, M adrid, 1979. [Editor.]

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senda, únicamente de desconocidos puede ser ú til saber si dos o más de ellos forman un “con” .* Porque en los contactos con éstos se pueden aplicar normas especiales. U n “con” puede tener derecho a espacio continuo, de modo que alguien que no sea miembro no se coloca entre sus miembros a menos que h aya condiciones que lo perm itan. O si uno quiere iniciar una conversación con un desconocido o m eram ente preguntarle algo, será más aceptable hacerlo con una persona sola que con un “con”, cuyos miembros tienen derecho prioritario a la atención entre ellos. Por otra parte, se puede considerar más seguro en la interacción a l “con” que a u n a persona sola: al menos los miembros aceptan estar en com pañía uno del otro, de m anera que quizá no sean completamente impredecibles. A quí, como ocasionalmente en otras partes del libro, Goffman se interesa por lo que hemos llam ado relaciones de tránsito, en las cuales la particip a­ ción deliberada la m ayor parte de veces im plica dar un a forma aceptable a la cercanía física. Gran parte de R ela tio n s in P u b lic está dedicado a este tema. En el tránsito físico, observa, las “unidades vehiculares” a veces con caparazones duros, controlados desde adentro, como los automóviles, y otras veces los caparazones más bien blandos de los seres humanos mismos. En el prim er caso, existe el riesgo de un daño considerable si hay una colisión, y part.g por razones de velocidad, los individuos pueden no tener el pleno control de sus vehículos. Si entran en colisión, quizá no logren liberarse uno de otro muy fácilm ente y pueden detener tam bién a otros transeúntes. Al mis­ mo tiempo, no es necesaria m ucha sutileza. R aras veces es necesario trans­ form ar este tipo de relaciones de tránsito, sin previo aviso, en algo más. De hecho, es m ejor que este tránsito esté regido por leyes formales. Por otra parte, cuando ¡os seres humanos son sus propios vehículos pueden tener confianza en sus habilidades p ara m an ejar hasta las maniobras corporales más microscópicas; y aun cuando a veces involuntariam ente no lo logren, las consecuencias, por ejemplo, de tropezar con alguien más no suelen ser muy serias. Existe, sin embargo, la posibilidad de que alguien quiera transform ar una copresencia en algo más que eso. Las relaciones de tránsito con estas características requieren de una gam a m ás am plia de habilidades informales. Pese a todo, los individuos muchas veces no son conscientes de usarlas. Estudiar las relaciones de tránsito es frecuentemente estudiar cómo las per* En inglés, a w ith Goffman sustantiva, pues, la preposición inglesa with. En la citada versión al español de R ela tio n s in P u b li c se traduce w ith por “compañía” .. Sin embargo, en vista de que la sustantivación de la preposición w ith resulta e n inglés tan inaudita como insólito es en español sustantivar la preposición “con”, nos ha parecido convenientes dar una traducción más apegada a l o riginal; con ía salve­ dad de que entrecomillamos siempre este “con” sustantivo, aunque e l autor rara vez. lo hace. [Editor.]

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sonas se comportan unas con otras mientras están haciendo alguna otra cosa: viendo escaparates, hablando a alguien de su “con”, o simplemente pensando concentradamente. En la mayoría de circunstancias, no se espera que todo lo que sucede esté dentro del campo de visión propio, ya se trate de cosas o de personas, que sea coordinable con el asunto de uno o incluso que le sea pertinente. De modo que, en la medida en que parezcan estar en un estado normal —lo cual puede abarcar una gran gama de variacio­ nes— se ignoran ampliamente. Los individuos desconocidos dentro del campo, con los que uno no se centra en una interacción, casi acaban transformán­ dose en no-personas. Pero cuando el individuo interpreta algo fuera de lo ordinario en su medio, lo registra conscientemente. Los extraños en el entorno propio no deben romper ciertas'reglas. Se siente cuando alguien se inmiscuye en el espacio personal, cuando se acerca más de lo que garantiza la situa­ ción. La escena física puede contener “compartimientos”, espacios bien deli­ mitados que se ocupan de acuerdo con la norma “o todo o nada”, como las casetas telefónicas o los asientos de las salas de espera; se espera que se respeten las reivindicaciones señaladas de ellos, aun en algunos casos en los que uno no está continuamente presente en el compartimiento. Existe la expectativa del “espacio para uso”, como en el ejemplo del visitante a una galería de arte qué se molesta si otra persona se interpone entre él y una pin­ tura. Y hay otras infracciones de las normas para mezclarse que pueden ser causa similar de preocupación: las personas que no esperan a que les llegue su tumo, las que miran fijamente a otra sin inhibición alguna, o las que de manera inesperada empiezan a hablar con uno. De modo que la fina línea que separa un estado de normalidad y otro de alarma se puede cruzar. Tal vez siempre esté con nosotros una especie de disponibilidad a cruzaría. Sabemos que las no personas que vemos o no vemos se pueden convertir repentinamente en personas, y como tales pueden inter­ ferir en nuestros asuntos y nuestra vida. Son una amenaza posible, y por tanto nuestra vigilancia del entorno, sea o no consciente, es un componente importante en nuestro manejo del peligro. Nos vemos más agudamente invo­ lucrados en él en unas situaciones que en otras, y hay algunas personas que están habitualmente más en contacto con él que otras: solos en una calle oscura y no en grupo a plena luz del día, por ejemplo, en el primer caso; en el último, personas que tienen buenas razones para pensar que otros obje­ tarán sus actos si son descubiertas, como rateros activos en una multitud. S i uno lleva a cabo sus asuntos en un grupo, la división del trabajo puede Incluir hasta a una persona que se especialice en vigilar si se observa la normalidad: un centinela. Y en cierta manera podemos estructurar nuestra percepción del entorno en función de posibles fuentes de alarma. Goffman llama nuestra atención a los “puntos de acceso” — como puertas, ventanas,

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o variedades más caprichosas corno túneles ocultos, por los que nuevas per­ sonas pueden entrar más o menos repentinamente en nuestro campo de visión—- y a las “líneas de acecho” — en las que puede haber peligros ocultos tras un arbusto o una esquina. Podemos tratar, pues, de estar preparados. Pero si otros, ya en nuestro campo de visión o esperando entrar en él, tratan de entrar en nuestras vidas repentinamente y sin ser invitados, sin duda prefieren tenemos lo menos preparados posible. Permanecen ocultos hasta que llega el momento de la verdad, o por su parte apelan a nuestro sentido de la normalidad: el asal­ tante no parece nadie en especial al comportarse como todos los demás; el ladrón que investiga proyectos futuros posa de repartidor. Los “personajes de reserva”, tipos de gente que al estar al servicio de una escena concreta tienen el derecho especial de una normal presencia en el lugar, se los apropian como identidades falsas personas que de otro modo serían causa de alarma. Electricistas, fontaneros, empleados de desinfección, de la lectura de p e d i­ dores, tienen acceso a territorios de los que extraños no identificados son excluidos. Así pues, el tema de la preparación, como tantos otros en la obra de Goffman, se convierte en una batalla de ingenios. . . pero sólo en su etapa inicial. Porque en este tratamiento de la alarma en las relaciones de tránsito existe también el desagradable elemento del terror físico. La violencia es la segunda etapa, cuando el otro desconocido resulta ser un asaltante, violador o francotirador. N o sólo se puede perder el rostro, sino la vida. En Relations in Public, los críticos han llegado a la conclusión de que Goffman ha re­ corrido un largo trecho desde las finezas de deferencia y comportamiento de lá sala de estar hasta la dramaturgia del “crimen en las calles”.

G o ffm an ,

u r b a n is m o

y

el

yo

Se puede reaccionar a la visión de Goffman desde muchos niveles. En tér­ minos muy generales, puede considerarse una ontología de la existencia hum a­ na. O se puede preferir considerarla en gran parte sólo como un análisis detallado de la trivialidad interaccional. Pero no es necesario entrar en esta discusión aquí. Aun cuando nos sintamos inclinados a considerarlo un teórico de amplia significación, el tema ahora es ver dónde encaja.- Goffman en la antropología urbana. Porque si hay alguna conexión especial entre su pers­ pectiva y el urbanismo, apenas es explícita en su obra. Existe un breve examen respectó a qué tipo de sociedad supone en Relations in Public (Goffman, 1971, pp. xiv-xv). En términos generales, está pensando en su propia socie­ d a d . . . ; pero ¿cuál es?: ¿las clases medias norteamericanas, el mundo de

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habla inglesa, los países protestantes, el Occidente? Goffm an transmite con claridad su conciencia del problema, mas no tiene una solución simple que ofrecer. U na unidad de referencia como la “sociedad norteamericana”, observa, tiene “algo de escandaloso conceptualmente” . Y las cosas no se simplifican cuando uno quiere señalar unidades más pequeñas dentro de ese todo confusamente demarcado como portadoras de modos particulares de con­ ducta. Clases, regiones, escalas de edad y grupos étnicos son ya de por sí bastante difíciles; entidades como “épocas” nos trastornan aún más. Pese a que Goffman extrae básicamente su material de la cultura euronorteamericana, hay también un uso ocasional y asistemático de etnografía más exótica para insinuar que sus conceptos de la ceremonia cotidiana a pequeña escala son aplicables en contextos más amplios. Si el propio Goffman es reacio a tomar cualquier posición definitiva, sea modesta o inmodesta, respecto de las fronteras del “País de Goffman”, ten­ dremos que llegar a un razonamiento más propio. Pero nos interesan menos los temas de región geográfica que losarreglos de relaciones, aun cuando los primeros merezcan análisis. Es decir, vamos a tratar de señalar algunas razo­ nes de por qué una perspectiva de este tipo puede tener una .relevancia especial cuando se trata de comprender la vida urbana y la experiencia urbana, aunque no es necesario confinarla a estas preocupaciones. Nuestro razonamiento tiene dos partes principales que son similares a las dos caras de una misma moneda. Para empezar, está el sentido del yo como construcción de la conciencia humana, construcción que Goffman en un ánimo durkheimiano modela trans­ formándolo en una pequeña deidad. ¿En qué circunstancias es más probable que la gente se llegue a preocupar de esas entidades?; ¿son variables o cons­ tantes? Aquí puede sernos de utilidad como guía una definición de George Hebert M e a d ; (1967, p. 140), otra de las figuras ancestrales de Goffman: “El yo, Com o aquello que puede ser un objeto para sí mismo, es esencial­ mente una estructura social y surge a través de la experiencia social.” Éste es un principio central de interaccionismo simbólico, y pese a que la visión que tiene Goffman de la formación del yo es quizás un poco elusiva, con­ fiaremos en que sea lo bastante similar como para que encaje razonablemente en nuestra argumentación. El concepto que tiene un individuo de cómo es o de quién es, aunque apenas determinado completamente por sus contactos con los demás, nace en las interacciones y se continúa alimentando de ellas. Se puede concebir que, en cierta medida, siempre hay una conciencia del yo; pero con frecuencia existe en silencio y sin causar problemas. Su creación y mantenimiento puede ser un proceso de rutina. Después, bajo circunstan­ cias especiales, este grado de conciencia puede elevarse, y el yo exige una atención y reflexión más conscientes.

Podemos tratar de identificar esas circunstancias, al parecer, en función de un “modelo de contraste” y un “modelo de p rivación”, ambos pertinen­ tes en nuestro pensaiíiieñto sobre el urbanismo. El modelo de contraste está relacionado con la experiencia de diversidad en la vida urbana. Se puede agrupar a los habitantes de las ciudades de muchas maneras diferentes, par­ tiendo de la gran diversidad de actividades, alineamientos y perspectivas que sirven de materiales de construcción. Ellos forjan sus conceptos del yo en tomo a las facetas mencionadas; pero en sus encuentros con los -'demás, com­ puestos de manera diferente, su autoconciencia se puede intensificar mediante la observación de la diferencia entre el y o y el otro. N o es que se exhiba toda la gama de diferencias necesariamente — muchas veces más bien existe la tendencia a amortiguarlas— , pero, en forma intencionada o involuntaria, algunas de ellas se revelan forzosamente. Hay que tener en cuenta otro hecho: las participaciones sociales del individuo en una estructura urbana sobremanera diferenciada pueden variar impredeciblernente en cierto modo a lo largo del tiempo, de modo que es mucho más probable que pondere también la diferencia entre el yo pasado y el yo actual. El modelo de con­ traste, pues, puede funcionar tanto interna como externamente. El resultado es un sentido de la individualidad mucho más parecido al descrito por Sim­ mel (1955) cuando escribió sobre la noción de que cada individuo se sitúa en su propia y exclusiva “intersección de círculos sociales” (en “The Web of Group-Affiliations” ). El argumento en su acepción global es bastante especulativo. No obstante si se quiere situar el modelo de contraste en términos comparativos, se en­ cuentran pedazos y fragmentos de pruebas del mismo en los informes de antro­ pólogos sobre sus encuentros con sociedades de estructura menos compleja. Barth (1975, p. 255), cuando escribe sobre la sociedad baktaman de Nueva Guinea, pequeña, aislada y organizada simplemente — quizás lo más cercano que se pueda llegar a una sociedad comunal redfieldiana— , sugiere que como hay pocos contactos exteriores y por tanto no existe una opción siste­ mática y conocida a su propio modo de vida, no tienen necesidad de cuestionar sus propias costumbres y supuestos; así, su imagen colectiva como pueblo es incompleta y confusa. Además, los compromisos situacionales en el seno de la sociedad baktaman son poco diferenciados. Los individuos participan como “personas totales” en la mayoría de las interacciones y no hay muchas maneras de ser una persona total. Por lo tanto, en términos individuales, la vía del contraste hacia un sentido finamente delineado del yo no es tampoco muy transitable. En la comunidad de los indios fox, constituida de modo mucho más com­ plejo, descrita por Gearing (1970, pp. 133 ss.), las personas sí pueden diferenciar situaciones y tienden a pensar de sí mismas y de los demás en

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términos parecidos a los de papel (role). Pero estos papeles no se reúnen para formar una gran variedad de individuos, y, en el transcurso de aun vidas, las personas se mueven entre papeles de manera muy similar siempre. Así pues, los fox, según Gearing, no tienen tendencia a la introspección en lo que se refiere a las historias de su vida. Dan por descontado que una vida es como otra y que se comparten las experiencias. Paul Riesman (1977, pp. 148 ss.) subraya también esto en su etnografía personal de la comu­ nidad fulani, dedicada a la agricultura y el pastoreo, en la sabana del África occidental. Los fulanis podían entenderse perfectamente unos a otros y, hacia el final de su estancia allí, también a Riesman en la medida en que compartían el estar expuestos a las mismas condiciones. Por otra parte, al comienzo de esta estancia, parece que lo encontraban ignoto e impredecible, un perfecto extraño de cuyas experiencias no tenían ni idea. Guando el yo y el otro no están habitualmente en claro contraste, parece que la empatia surge de modo natural. Mas cuando una y otra vez se en­ tienden como diferentes, surge otra empatia, una disposición no sólo para ver lo exclusivo de la situación propia, sino también para asumir indirecta­ mente la experiencia de una persona diferente, y quizás, en algunas circuns­ tancias, incluso para una curiosidad activa hacia ella. El yo contrastante, para retomar el término, implica- una conciencia del otro contrastante. Se trata, obviamente, de la “sensibilidad móvil” que preocupa a L erner en su cono­ cida versión de la teoría de la moaernización en T he Passing of Traditional Society (1958) i Que su importancia para la “modernización” misma sea tanta como -lo que él sugiere es otra cuestión. Por su parte, el desarrollo de un sentido concreto del yo se ha registrado en diversas escenas más complejas. Algunos lo han interpretado como un logro de ¡as ciudades-estados clásicas, otros lo encuentran característico del renacimiento. El historiador Colin Morris (1973) sitúa su florecimiento en la Europa medieval, y, en un paralelo con nuestro modelo de contraste, sugiere que cierta conciencia de opciones se encontraba entre sus sobremanera impor­ tantes bases; creció no con menos brío en los centros urbanos nacientes, las ciudades a las que Pirenne y Weber dedicaron su atención. Pero la forma europea característica de organización social, basada en vínculos y lealtades personales, puede haber desempeñado también un papel en “el descubri­ miento del individuo” en el siglo XII. Sea como fuere, en este periodo el sentido del.yo encontró sus propias formas sociales y culturales asociadas: en la confesión, la autobiografía, el retrato, el amor romántico y la sátira. El vocabulario de autores como los que acabamos de citar varía, pero la noción de que el yo no llega a tener interés cuando es similar al de los demás y sí cuando entraña una historia diferente propia, es un tema recu­ rrente. En nuestra opinión, es natural pensar en la ciudad como un tipo de

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lugar en el que puede surgir una diversidad de identidades; por supuesto con más probabilidad en unas ciudades que en otras, y de manera muy factible con variaciones socialmente ordenadas en la conciencia individual del yo también dentro de una misma ciudad.23 Quizás algo de la cultura europea puede haber desempeñado un papel cuando los conceptos del yo evolucionaron sucesivamente en la Antigüedad, la Edad media y el Renaci­ miento. Pero expresiones similares a las identificadas por Colin Morris en la Europa medieval aparecen también en la vida contemporánea no occidental, en parte mediante difusión, en parte inventadas de nuevo, y es muy probable que sirvan a los mismos fines a medida que los individuos, forjados en nuevas y complejas estructuras, se descubren con yoes nuevos y originales. Álbumes de fotos personales, peticiones de amigos por correspondencia, motes prove­ nientes de las películas y una mentalidad a la Horatio Alger de autoayuda parecen ser ingredientes familiares de la vida urbana del Tercer M undo en el siglo xx. Si una interpretación como la de Morris indica que el modelo de con­ traste de autoconciencia funciona por lo menos desde las ciudades-comercial en adelante y quizás desde las ciudades-cortes de la Antigüedad también, el modelo de privación parece estar más estrechamente vinculado al urbanismo de la ciudad del coque. Es quizás el modelo citado más ampliamente. En esen­ cia, propone que ciertas clases de actividad y de relaciones, aun cuando su objetivo primordial bien pueda ser algo muy diferente, son también más intrínsecamente satisfactorias al sentido del yo, el cual puede asi permanecer irreflexivamente tranquilo. Sólo cuando las personas se encuentran compro­ metidas la mayor parte del tiempo en búsquedas y contactos “sin alma” que no confortan el yo, se introduce un sentimiento de privación y los individuos empiezan a esforzarse más empeñadamente por encontrar otras experiencias que compensen la pérdida. Se trata, claro, de una especie de perspectiva de la enajenación que aparece recurrentemente en las discusiones sobre el urbanismo moderno y la sociedad de masas. La monotonía del trabajo industrial y burocrático y la imperso­ nalidad y sustituibilidad de las relaciones sociales son referentes visibles. Simmel apunta también a esta interpretación cuando observa la falta de reco­ nocimiento de la individualidad en la metrópoli. Guando Robert Park analiza la debilidad del orden moral en el urbanismo está asimismo aludiendo a estos temas. En antropología, Sapir (1924) expresó este punto de vista en su ensayo sobre culturas genuinas y falsas. U na variedad más reciente es la de Peter Berger (Luckmann y Berger, 1964; Berger, 1965, 1970, 1973; Berger Berger y Kellner, 1973). Hay un indicio del modelo de contraste en el punto 23 Viene al caso un fascinante ensayo de W right (1971).

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de vista de Berger, no desdeñable en su análisis de la movilidad social; pero sobre todo él se interesa por lo que el industrialismo y la burocracia hacen al yo. En sistemas sociales más tradicionales, propone Berger, podía existir una congruencia satisfactoria entre los papeles, definidos a través del control normativo público, y el yo subjetivamente experimentado. El individuo podía identificarse primordialmente a través de los papeles que lo situaban en el orden social. Los papeles burocráticos e industriales son, sin embargo, dema­ siado limitados en su alcance para contener al yo, y, en consecuencia, hay una disyunción entre el yo y el papel (o por lo menos algunos papeles). Dicho en otras palabras, hay un sentido de división entre el yo público y el privado en que este último es el único “verdadero” . Para constituir y validar este yo “verdadero”, en las sociedades modernas el individuo ha de participar en una serie de actividades en las que la auto­ definición se convierte en un fin prim ordial. La vida familiar desempeña ciertamente una importante función aquí/Pero ha surgido también una nueva industria, reforzada por los medios de comunicación masivos, que propor­ ciona los accesorios para esta “búsqueda de identidad” en actividades re­ creativas. U na institución como el psicoanálisis encaja especialmente en las neceside s de individuos cuyos yoes corren el riesgo de no llegar a estar definidos.24 En conjunto hay una nueva ideología del yo. Berger aduce que el antiguo concepto de honor, mediante el cual el individuo reclamaba estima en función de sus papeles y su desempeño de los mismos, se ha vuelto obsoleto. El sustituto es una noción de la dignidad humana, la valía personal de cualquier individuo independientemente de la colocación del papel y su pro­ mulgación.25 Paralelo a esto está la decadencia de lo que podría considerarse como la sinceridad del pasado y la celebración de una nueva idea de auten­ ticidad.28 L a sinceridad, por otra parte, es la marca del individuo que se identifica con sus papeles. La autenticidad lleva la marca de negarse a estar constreñido. Está presente en el culto de la informalidad y del “dejarse 24J p e podría argumentar que los psicoanalistas no encuentran a la mayoría de sus pacientes entre las categorías con vidas de trabajo más monótonas. L a observación de Goffman en Asylums sobre el análisis del yo como un privilegio cultural de clase alta parece acertado. Para una interpretación contemporánea más am plia de la preocu­ pación por el yo, véase el ensayo de Tom Wolfe (1976) “The M e Decade and the T hird Great Awakening”. 25 Este concepto de dignidad parece similar a la ideología igualitaria de los tra­ bajadores en las plantaciones de Guyana analizada por Jayaw ardena (1968), así como a algunos aspectos del concepto que tienen los negros estadounidenses de “soul” (véase Hannerz, 1968; 1969, pp. 156 ss.). En ambos casos, obviamente, las asigna­ ciones formales de papeles han dejado, por lo general, algo que desear. 20 Véase sobre este punto Lionel T rilling, S in cer ity a n d A u th en ticity (1972, pp. 10 y s s.), así como H all (1977).

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llevar” . Se idealiza el pleno compromiso sin trabas de los individuos entre sí corno personalidades plenas. Berger identifica la sociedad norteamericana como aquella en la que estas tendencias han llegado más lejos aunque a él le interesa un tipo de sociedad m ás que una tradición cultural en especial. Sin embargo, incluso en Estados Unidos, el proceso no ha llegado todavía a su fin. Puede observarse todavía el honor y la dignidad, la sinceridad y la autenticidad presentes al mismo tiempo, a veces en terrenos diferentes, ocasionalmente en un conflicto que no está necesariamente definido con claridad. No tiene por qué haber conflicto entre el modelo de contraste y el de privación. El conjunto de circunstancias que identifican como conductoras hacia una mayor autoconciencia puede estar simultáneamente presente y en parte coincide. Pero debemos tener en cuenta que la idea del yo auténtico, no mediado por definiciones de papeles, que Berger y otros consideran que surge del sentido de privación, se encuentra en una relación algo incómoda con la perspectiva de Goffman respecto al ritual de interacción. Su aplica­ ción concreta en Asylums, cuando muestra la supresión del yo del interno y su reaparición en la vida clandestina dentro de la institución, parece una aplicación casi perfecta del modelo de privación. Pero hay problemas en otros puntos. Y a hemos utilizado el término “sociología de la sinceridad” para una parte de esa perspectiva. El modo de encajar dicho concepto de sinceridad, que contrasta con el de autenticidad, quizá no sea perfecto, pero la afinidad existe. L a persona que es voluntariamente su propio carcelero no está buscando su yo auténtico. Tal vez ésta es la razón de que muchos de los ejemplos de interacción de Goffman como rituales bienintencionados, pese a ser reveladores, parecen algo superados. Sus burgueses viven en un mundo social en el que en la parte delantera del escenario y la parte entre basti­ dores están claramente marcadas las jerarquías sociales estrechamente equi­ paradas a patrones de deferencia diferenciados, y en el que las personas pueden salirse de su camino para comportarse ceremonialmente en formas que tienen poco que ver con los aspectos materiales y prácticos de la vida. Norbert Elias (1978), autor como Goffman preocupado por la importancia social de la etiqueta y cuyos escritos anteceden los suyos aunque sólo recien­ temente ha sido descubierto por los académicos de habla inglesa, autor con preocupaciones históricas más concretas, sugiere que la codificación de las formas burguesas fue parte de la transición de la época medieval a la rena­ centista, hacia una sociedad caracterizada por una mayor apertura pero no por la igualdad.27 En nuestra época, un grado más alto de igualitarismo 27 Véanse otros comentarios sobre l a im portancia de la relación de Goffman con el orden cambiante del ritu al interpersonal en Collins (1973, p. 141; 1975, pp. 163 ss.) y M anning (1976).

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ha de sim plificar por lo menos la deferencia y, desde la perspectiva de unn ideología de la autenticidad, cualquier estilización de las relaciones interper­ sonales, aun cuando esté basada en el más noble de los motivos, está fun­ dam entalm ente equivocada. No resulta difícil darse cuenta de que éstees hoy en d ía un motivo im portante de insatisfacción con la perspectiva de Gof­ fman h acia la sociedad. No cabe duda de que existe el peligro de congratularnos demasiado respeclo a los logros de la autenticidad. Algunos de los cambios que están teniendo lugar pueden implicar únicamente alteraciones en las fronteras de la sin ceridad. La etiqueta de ayer ahora puede resultar afectada. Si hoy día hay nuevas normas — que siguen siéndolo— para ser adecuadamente informal, puede que se nos escapen con facilidad. Sólo cuando las confrontamos con algunos de los internos más aberrantes del sanatorio en sus relaciones muy impredecibles entre ellos y con el personal empleado, sintamos quizás lo que la deferencia y los modales cuentan para nosotros en la vida normal. Si la “crítica de la autenticidad” está dirigida a dejar a los prisioneros de las estructuras sociales sueltos, tenemos que darnos cuenta de que se puede hacer una contracrítica. La idea de que en cualquier interacción uno ha de dar rienda suelta a los propios sentimientos y ser generoso en la trans­ misión de su biografía puede ser una bonita psicología, pero es terrible socio­ logia. Ninguna sociedad razonablemente compleja puede llevar a cabo sus propósitos si cada interacción entre sus miembros implica esa complejidad individual casi infinita. Si una de las partes es inmoderada puede cargar con un peso intolerable a la otra. Hay ya otros autores, como Richard Sennett en The Fall of Public Man (1977), que sugieren que la vida social con­ temporánea sufre de que las personas hayan olvidado las formas de trata­ miento civil sin intimidad. El equilibrio adecuado entre ceremonia y autorrevelación auténtica al buen servicio de los fines individuales y colectivos puede ser difícil de lograr Pero hay que ser consciente de que no tiene por qué ser el mismo en cada relación.. Volvemos aquí a la manera de seguir las relaciones sociales, siguiendo las dimensiones de información personal y control normativo que esbozamos en el capítulo iv. El hábitat de Goffman tiende a situarse hacia la mitad de la línea con­ tinua de la información personal o, por lo menos, nunca en sus extremos. Muchas de las relaciones sobre las que trata tienen un alto grado de control normativo aunque dejan suficiente espacio para los pequeños rituales de deferencia y modales que lubrican la maquinaria de la sociedad de modo que el individuo puede hacer que se le reconozcan su valía y su derecho a la participación. El uso de la información personal en este caso no con­ tribuye mucho a cambiar las relaciones sino que más bien las mantiene en

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una forma determinada. Hay otras relaciones en las que las revelaciones del yo se usan parcial y tácticamente — y sincera o engañosamente— para obtener nuevas respuestas del otro y agilizar así la interacción por nuevas rutas. Pero al menos mientras Goffman siga teniendo interés en las rela­ ciones, las impresiones son manejables y no abandonables. Por su parte, el modelo de privación postula que las relaciones impor­ tantes en el orden social tienen un grado tan alto de control normativo y tan bajo en aperturas para la información personal que los individuos sienten el dolor de ser eliminados personalmente y éste les lleva a otras relaciones en las que pueden compensarlo expresándose más plenamente. En términos ideales, en el continuo de las relaciones formadas por información personal, ésas se encuentran en el polo de la intimidad; especímenes al parecer de la apertura total del Yo

y el T ú en la comunidad concebida por Víctor

Turner (1969). ¿Q ué se logra, pues, para el concepto del yo en estas diferentes rela­ ciones? Para iniciar una respuesta a esta pregunta se ha de encarar más directamente el problema de la construcción del yo en oposición a la de presentación del yo a través de la interacción. Goffman tiende a no forzar demasiado la cuestión de dónde toma el individuo su idea de sí mismo, tal como es o como quiera ser. La idea simplemente ahí está y quiere que los demás la conozcan. En la sociología de Goffman sobre el engaño, esto apenas puede ser un objetivo. Presupondría una notable medida de autoengaño suponer que la aceptación que tuvieran los otros de un yo presentado falsa­ mente puede alimentar directamente el propio concepto del yo que tenga el individuo; a lo sumo, podría sentirse orgulloso de ser un hábil mentiroso. No obstante, la sociología del engaño trata fundamentalmente de un sistema más abierto de transacciones en el que las pretensiones a un cierto yo se convierten en recursos de muchos tipos tales como servicios más tangibles o bienes materiales. Pero uno puede preguntarse si incluso la sociología de la sinceridad de Goffman abarca plenamente la construcción del yo en el sentido que George Herbert Mead sugirió. No hay duda de que la construcción y el manteni­ miento del yo pueden encontrar una cierta ayuda en los rituales de interacción rutinarios. Pero con frecuencia éstos implican otros a los que el individuo no les otorga mucha importancia y las relaciones que acarrean son muchas veces segmentarias en el setido wirthiano. Hay un escenario frontal rela­ tivamente pequeño y otro posterior manejable. Si la construcción del yo del individuo basada en la interacción puede ser meramente la suma de yoes segmentarios no tiene por qué haber mayor problema. Si la integración ha de estar anclada también en la interacción, esa construcción del yo parece

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que se realiza decisivamente mediante la apertura de relaciones parecida! a la communitas. Hay una serie de autores que han contribuido a delinear estas relaciones en los últimos años.28 Denzin (1970a, pp. 262-263) aborda el tema con su concepto de “autoalojamiento”, que contrasta explícitamente con la “pre­ sentación del yo” de Goffman. La concepción del yo que tenga el individuo se siente más seguramente alojada en ciertas relaciones, y volver con alguna frecuencia a esas relaciones sería entonces uno de los motivos subyacentes a la conducta humana. En un ensayo escrito con Kellner, Peter Berger lia analizado el papel del matrimonio en la construcción social de la realidad. Mediante la larga conversación en la que consiste gran parte de su relación, les esposos siguen construyendo una visión compartida del mundo que les rodea que llega a estabilizarse precisamente porque es compartida, extemalizada. Es una actividad de construcción del mundo que incorpora todas las experiencias al margen de las relaciones importando también, para de­ cirlo de otro modo, elementos que se reelaboran y con los que se construye una cultura común y relativamente coherente. Éstos abarcan desde las ex­ periencias de la infancia hasta los acontecimientos del día en la oficina. L a actividad de construcción del mundo también en cierto sentido exporta sus productos ya que es probable que los esposos lleven esa perspectiva a acti­ vidades exteriores. En términos generales, una tal relación implica un impor­ tante “proceso nómico” que contrasta con la posible anomía de la visión del mundo del individuo aislado. No obstante, en términos más específicos e in­ mediatamente pertinentes a nuestro análisis, este proceso ofrece también a los participantes un sentido más fuerte e integrado de quiénes son que el que se puede alcanzar en la mayoría de las otras relaciones. “El matrimonio en nuestra sociedad es un acto dramático en el que dos extraños se juntan y se redefinen a sí mismos” (Berger y Kellner 1964, p. 5). Obviamente Berger y Kellner no están describiendo únicamente cualquier tipo de matrimonio. Se trata del matrimonio contemporáneo occidental de compañerismo e incluso como tal, algo idealizado. El encuentro de las men­ talidades parece funcionar mejor que en cualquier otro caso, y el trabajo de construcción de la realidad que se lleva a cabo en la relación tiene aparen­ temente poca competencia exterior. En los términos del estudio de Elizabeth Bott sobre parejas y redes, ésta es una relación conyugal conjunta entre personas cuyos vínculos externos son bastante flojos: la clase media norte­ americana más que la clase obrera inglesa. Pero el punto importante no es tanto que el matrimonio desempeñe su parte específica en la construcción Aparte de lo analizado aquí, véase también, por ejemplo, la distinción de W atson y Potter (1962) entre “presentar” y “compartir”, m uy en la linea de lo que tenemos en mente.

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del yo o de la realidad en general; es más bien que algunas relaciones, en algunas partes, se pueden llegar a especializar en realizar esos servicios, aun cuando no sean necesariamente lo mismo para todos los individuos y aunque casi con certeza no son lo mismo para todas las estructuras sociales.29 Se pue­ den encontrar paralelos también aquí con el análisis que hace Robert Paine de la amistad entre la clase media en la sociedad moderna. La noción de amistad, observa Paine, no es la misma en todas las socie­ dades, y por tanto los antropólogos, al moverse entre niveles de emics y estudios comparativos, han tenido dificultades para tratar el tema. No obs­ tante, en la sociedad moderna de clase media, el significado básico y el valor de la amistad es un sentimiento de valía; también “el amigo es alguien que lo comprende a uno, que le puede explicar cómo es uno” (Paine, 1969, p. 507). Y es una “explicación” que se torna razonablemente creíble, ya que se entiende que el amigo está al tanto del tema porque los amigos también se comunican abiertamente entre sí.30 Por otra parte, se trata de una relación fuerte en información personal y débil en control normativo. Posiblemente en esta parte de nuestro análisis podamos llegar a la con­ clusión de que el yo se puede convertir en un foco más importante de conciencia en el tipo de complejidad social más o menos fuertemente aso­ ciado con la urbanización. Es decir, el individuo puede percatarse de que es “alguien especial” en un sentido descriptivo aunque no siempre evaluativo. Puede haber una conciencia del yo en forma de un reconocimiento de las •características propias cuando menos personas llevan vidas muy similares; y la conciencia tanto de los papeles como del yo en tanto entidades distintas puede aumentar si existen papeles bajo un fuerte control normativo que de alguna manera siente intrínsecamente insatisfactorios al que le incumben. No es, pues, sorprendente si el individuo se convierte en una preocupación de actividad simbólica en estas circunstancias o si la oposición entre el yo “ verdadero” y la estructura social se convierte en un importante motivo en la retórica de la individualidad. De esta últim a idea podemos ser quizás un poco escépticos fructíferamente. Es difícil pensar en un yo ubicado comple­ tamente aparte de sus compromisos sociales. Si bien el individuo no tiene por qué ser sólo la suma de sus papeles (roles), es, al menos en gran parte, u n modo particular del reunirlos y desempeñarlos con placer en ciertos casos y quizás disgusto en otros. Asimismo, hemos visto que algunas relaciones parecen desempeñar una parte más importante en la producción de este artefacto de un yo quizás 29 En otra ocasión he defendido que los grupos masculinos de iguales se encuentran esta posición en la comunidad del gueto negro de Estados Unidos (Hannerz, 1969, p p . 105 ss. ; 1971). 30 Véase también el análisis de la amistad que hace Suttles (19 7 0). e n

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elaborado más imaginativamente, y otras una mayor parte en la exhibición del producto concluido, aunque muchas relaciones están claramente im pli­ cadas en ambas partes. La perspectiva de Goffman de la presentación del yo lia de tener como contraparte un punto de vista que considere al yo pa­ sando por un proceso de construcción social. Esto implica que la dimensión de información personal en las relaciones sociales sobre la que hemos lla­ mado la atención más arriba es bastante más compleja de lo que hubiéramos pensado a primera vista. No se trata únicamente de que una parte ofrezca información sobre sí misma a la otra para que la use en la conducción de la relación. Puede suceder también que en un individuo influyan las in­ dicaciones que otro le dé sobre sí mismo. Se puede reconocer también en esta etapa que hay más variaciones posibles y ulteriores. El desarrollo conceptual de la idea de contextos de conciencia que han hecho Glaser y Strauss (1964 ) nos muestra algunas alternativas. U na de las partes puede hacer mayores revelaciones sobre sí misma o más verdaderas, o simplemente diferentes tipos de revelaciones sobre sí misma, que la otra parte, o puede usar información personal respecto a la otra que haya recabado en otra relación que la otra parte no sabe que tiene. Para forzar un poco el marco de referencia y hablar figurativamente, a la manera del interaccionismo simbólico, en una relación un individuo puede revelar datos sobre sí mismo sólo a sí mismo — trayéndolos de una relación y vertiéndolos en otra, por ejemplo— en tanto que se los retiene a la otra parte. Y , obviamente, si son más de dos personas las implicadas, como en las representaciones de equipo de The Presentation of Self, se pueden descubrir modelos más intrincados en la distribución de la infor­ mación personal dentro de una situación dada.

S e g m e n t a l id a d

y

a u t o p r e s e n t a c ió n

Parece que hemos llegado a la segunda parte de nuestro razonamiento sobre la utilidad de la perspectiva de Goffman para la comprensión de la vida urbana. Nuestro interés ahora es el más centralmente goffmaniano: cómo parece alterarse el yo más bien que cómo se apodera de su propia conciencia del ego. Por el modo en que se conjuntan las relaciones sociales en la ciudad, el establecer una imagen propia a los demás puede ser algo muy diferente si se compara con otros tipos de formaciones sociales. Aquí es aplicable la observación de Robert Park acerca de “patinar sobre superficies endebles” y el “escrupuloso estudio de estilo y modales” en las relaciones urbanas. Pero podemos también comenzar con otra descripción, la de M ax Gluckman (1962, pp. 35-36) en su análisis sobre la preponderan­ cia del ritual en general y de los ritos de iniciación en especial en la sociedad tribual:

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. . .en las condiciones mismas de una gran ciudad, contrastada con la sociedad tribual, los diversos papeles de la mayoría de los individuos están segregados unos de otros, ya que se desempeñan en diferentes etapas. Así pues, a medida que un niño madura pasa de la casa a la escuela "de párvulos, después a la escuela primaria y secundaria, y dentro de cada una de estas fases pasa de una clase a otra. Cada año de su crecimiento está marcado por este progreso; y cada vez que avanza un paso va pasando, dentro de un edificio educativo concreto, de un lugar a otro. Después, siguiendo una comente y avanzando a través de instituciones de educación superior asentadas en sus propios edifi­ cios, llega a trabajar a sueldo; o, siguiendo otra corriente, pasa por el apren­ dizaje de algún oficio o trabaja de joven empleado para llegar a su papel de asalariado. El trabajo se lleva a cabo en oficinas y fábricas, en edificios concretos y muy diferentes a los de la vivienda o a los dedicados al culto o a la recreación o a los de participación política. El culto religioso tiene lugar en edificios permanentemente santificados. Y todas estas diversas activi­ dades asocian a los individuos con compañeros muy diferentes: en la escuela es probable que los mellizos sean los únicos miembros de una familia en la misma clase; las fábricas reúnen a personas provenientes de amplias zonas; y en la mayoría de las congregaciones religiosas sucede lo mismo. La forma en que se comporta un niño en la escuela o un hombre como trabajador en una fábrica no afecta inmediata y directamente las relaciones familiares, aun­ que, en último término, puede que así., sea. Hay una segregación de papeles y una segregación de juicios m orales. Ésta es una de las variantes del contraste comunal-urbano y otro modo de expresar la idea de segmentalidad en las relaciones urbanas. Obviamente e! punto más afín de esta descripción con Goffman es el uso de la metáfora dramatúrgica. Según Gluckman, en la condición urbana la vida tiene lugar en una multiplicidad de escenarios separados; si somos un poco más caute­ losos, podemos admitir que ésta es por lo menos la tendencia general. Y los públicos son diferentes cada vez. Podríamos decir que en tales circunstancias, la diferencia entre lo que se da a conocer del propio yo en una situación particular y lo que se podría llegar a conocer implica las partes que el indi­ viduo actúa en todas las demás situaciones. Estas últimas serían en cierto sentido la parte posterior del escenario; respecto a cualquier situación, pare­ cería que la ciudad tiene una alta relación de parte frontal/parte posterior del escenario. Por otra parte, sí es concebible una sociedad que consista solamente de un solo escenario — un tipo muy extremo de sociedad comunal o, para personas internas, una institución total sin vida clandestina— , la diferencia entre el yo que se presenta y el yo que se podría conocer tendría que centrarse en un yo “interior” que normalmente no se revela en un comportamiento abierto. Ésta es una noción bastante problemática. Parece evidente que en el modo de manejo de la impresión que implica un número

mayor de distintos escenarios, hay más lugar ¡jara maniobrar y mayores po­ sibilidades también de hacer un análisis dramatúrgico basado en hechos obser­ vables. El contraste es burdo pero apunta a que el homo goffmani es más un ciudadano que miembro de una tribu. La ciudad, en otras palabras, es un entorno en el que existen muchas y variadas maneras de darse a conocer a los demás y donde se puede manipular de muchas maneras la información de la parte posterior del escenario. Las oportunidades están ahí, en la estructura social. .Lo que la gente haga con ellas y cuán conscientemente las aproveche puede variar de modo con­ siderable. Vamos a dedicar el resto del capítulo a señalar algunas de las posibilidades. Algo que el urbícola puede hacer es desconectar las representaciones. Gomo recordaremos, los hoboes de Chicago de Neis Anderson no se contaban nada sobre sus antecedentes de vida, aunque supuestamente lo que retenían perte­ necía a sus pasados. Es asimismo posible pasar de una representación a otra; un caso extremo de esto sería la vida de Ronnie Kray, parte del hampa londinense, sintetizada por Raban (1974, p. 67) :

El comportamiento de Ronnie era espléndidamente inconsistente. Era hampón, respetable hombre de negocios, filántropo, mundano, hijo de mamá, patriota, hombre fuerte de meloso corazón, pistolero, amante de los animales, “reina” * y, hacia el final, un señor terrateniente bien vestido con hacienda propia en Suffolk. Su identidad tenía una perversa y dramática perfección en cualquier momento en que se le sorprendiera. Un asombroso número de personas no dudó jamás de que era lo que aparentaba. Para cada público tenía una voz y rostro diferentes, y las personas que lo vieron representando un papel nunca adivinaron la existencia de otros. Su repertorio hubiera sido la envidia de muchos actores profesionales polifacéticos; sin esfuerzo, podía deslizarse de un papel a otro en un solo día. El secreto consistía en mantener a sus públicos separados; sólo cuando estuvo en el banquillo de los acusados se reunieron, y fue para destruirlo. Otra variante consiste en introducir en una representación información de dudoso valor respecto de otra. Esto es aparentemente lo que sucedía en la mau-mauización del parachoques de acuerdo con la interpretación de Tom Wolfe citada en el capítulo anterior. Los burócratas no podían saber si los estrafalarios personajes que se presentaban en sus oficinas eran verdaderos dirigentes del gueto o no. Lo único que podían hacer era tragarse más o menos las demandas que presentaban. La ciudad puede ofrecer, pues, ricas oportunidades para presentaciones del yo que parecerían en algunos casos conscientemente engañosas. Desde * Q u ee n , sin duda con el significado jergal de “homosexual” . [Editor.]

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otro ángulo un tanto diferente, proporciona también oportunidades p ara evadir en algunas relaciones a un yo que no se puede eludir en otras. Pode­ mos pensar aquí en la sugerencia que hace Berreman (1978, p. 231) respecto a que la ciudad no es el entorno ideal para el sistema de castas indio, ya que puede perm itir a los individuos, por lo menos circunstancialm ente, esca­ bullirse del lugar que se le asigna en la jerarquía y que en principio es el que ha de regir toda su existencia social.31 Pero aprovecharse de esas aparen­ tes oportunidades im plica riesgos. Cuando se es consciente de quiénes son los que pertenecen a los diversos públicos, se tendrá la cautela suficiente para no hacer presentaciones contradictorias en los casos en que se sabe que en parte coinciden. Sin embargo, quizá no se tenga la suficiente conciencia de red como p ara darse cuenta de que públicos separados pueden tener zonas posteriores de contacto. No sólo la separación de escenarios sino tam- ^ bién redes dispersas son un prerrequisito para el tipo de maniobras de presen­ tación que estamos considerando. A llí donde penetra el chisme, el m anejo de la impresión puede tener que abandonarse. U n buen ejemplo de las consecuencias que acarrea el fracaso de m antener públicos separados es el chantaje, una clase de delito que se alim enta claram ente de una estructura diferenciada de relaciones como la de la ciudad.32 H ay otras formas más específicas en que las variaciones en la presentación del yo de un individuo pueden verse afectadas por el modo en que se reúnen las redes e influir a su vez en él; así pues, resulta ventajoso integrar la perspectiva dram atúrgica con el análisis de red. Podemos encontrar uña serie de ejemplos en las relaciones de de aprovisionamiento en que el servicio prestado por una de las partes consiste en recibir información personal —y actuar basándose en ella— que la otra parte le revela sobre sí m ism a; por ejem plo: la relación entre doctor y paciente o abogado y cliente. Este tipo de información muchas veces podría ser nociva a un a de las partes si estuviera perm itido difundirla; y raras veces se usa en otras presentaciones. Por eso se introduce un código profesional que supuestamente constriñe el uso de este tipo de conocimientos. L a pregunta es: ¿h asta qué punto el cliente, paciente o alguien más en un papel equivalente deposita su confianza en restricciones tan m eram ente norm ativas? Puede ser que prefiera hacer algún nuevo contacto p ara este tipo de relaciones en vez de acudir a alguien a quien ya conoce en otros términos (haciendo así la relación m ú ltip le). Esto 51 Podría pensarse que liay cierta paradoja en esto; en el capítulo iii observamos que también en la ciudad tradicional hindú el sistema de castas alcanzaba su pleno desarrollo. 32 Goffman hace algunos breves comentarios sobre el chantaje en S tigm a (1963a, pp. 75 í í .) . Hepworth tiene un tratamiento más elaborado (19 7 5), aunque no se relaciona estrechamente con nuestro marco de referencia.

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último podría significar cambiar de una presentación del yo a otra enfrente de la misma persona, lo cual probablemente no es una opción •reconfortante. Además, el individuo puede preferir que el nuevo vínculo quede aislado del resto de su red personal y no profundamente entretejido en ella. Esto signifi­ caría una doble garantía, por si acaso la restricción normativa sobre reve­ laciones al exterior de parte de su alter no fuera suficiente. Y, claro está, estas medidas de precaución pueden parecer incluso más razonables para establecer relaciones que implícita o explícitamente sean de procesamiento de la información en las que no exista ningún código profesional de dis­ creción. Hasta los hábitos de compra se pueden considerar reveladores de contenidos significativos respecto a la vida personal. U n empleado anónimo de supermercado puede no parar mientes en lo que uno compra en tanto que la señora López de la tienda de la esquina, que charla con todos sus vecinos, quizá nunca lo olvide. Llegados a este punto, deberíamos probablemente tomar de nuevo en consideración el hábito que tienen los analistas de red de considerar tan sólo las relaciones personales más duraderas como componentes significativos de red. Especialmente cuando se trata de procesamiento de la información, esta práctica puede tener sus limitaciones. Los desconocidos que el habitante de la ciudad encuentra en las relaciones de tránsito y en algunas relacio­ nes de aprovisionamiento, como el empleado del supermercado, son, como ya hemos dicho, entidades muy cercanas a las no-personas en el sentido de Gof­ fman. A veces esto puede significar que uno no cuide especialmente qué yo proyecta en las interacciones aludidas. Como ya observamos en el capítulo ni, se supone que no son fatales. En cierto modo, podemos dar por supuesto que las relaciones entre extraños son seguras. Pero existe el problema de la circunspección dramatúrgica: si uno no está actuando, quizás hubiera tenido que hacerlo, porque aun cuando no se haya reconocido a la otra persona, ella sí puede habernos reconocido. Intencionalmente o por casualidad, la copresencia al parecer inocente puede llegar a ser un caso de vigilancia en que haya información personal significativa que fluya sólo en un sentido. Y aunque nuestra conciencia de red respecto a los desconocidos sea por definición prácticamente nula (podemos notar, por supuesto, sus “con” en una copresencia), pueden estar, sabiéndolo, sólo dos o tres eslabones separados de nosotros a través de relaciones más tangibles. Como otra posibilidad, ambas partes pueden descubrir este eslabonamiento indirecto posteriormente, después de que una o ambas partes hayan aparecido fuera de la línea con sus pre­ sentaciones del yo dentro de este encadenamiento. En cualquier caso, el resultado puede ser una brecha en la credibilidad. De momento, no necesitamos seguir rastreando las conexiones entre drama­ turgia y redes. Ciertamente en la ciudad hay tanto grandes oportunidades

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para un manejo arriesgado de la impresión como desastrosas ocasiones en que se descubren las contradicciones. No obstante, es importante no pensar en la conexión entre estructura social urbana y el manejo de las impresiones sólo como una cuestión de las oportunidades que tienen las personas en la ciudad de ocultar cualquier extravagancia que hayan cometido. En primer lugar, las manipulaciones de la presentación no suelen ser de la talla de las de Ronnie Kray (a quien los psiquiatras de la cárcel después diagnosticaron de esquizofrénico). Lo que los individuos tratan de contener en las zonas pos­ teriores muy probablemente no sean secretos negros, sino grises o semiciaros; ninguna desviación espectacular sino motivos menores de humillación. O se puede tratar simplemente de información que se considera irrelevante para la representación que se está llevando a cabo. En segundo lugar, es posible que los individuos estén tan interesados en revelar como en ocultar; y si la actividad bastante rutinaria que muchas veces suele ser el manejo de la impresión tiene algo de interesante, es quizá la complejidad e incertidumbre que puede tener lugar entre estas dos ten­ dencias en la presentación de incluso un yo urbano bastante común. Hemos vuelto, desde otro ángulo, a nuestro continuo interés por las implicaciones organizativas y culturales de la diversidad de papeles urbanos y la diversidad de red que llevan consigo. Suponemos de nuevo, en aras del razonamiento al menos, que la diversidad de papeles es considerable y que permite una gran libertad de combinaciones. Podemos también hacer la suposición habitual de que cuando a un individuo le preocupa en cierta medida la repercusión de su imagen en una cierta relación, tiene por lo menos una vaga idea de lo que quiere y lo que no quiere que se vea y de qué información puede con­ ducir a cualquiera de estas opciones. Hay veces en las que la presentación se puede construir sin problemas a partir de aquellas actividades que son, por así decirlo, intrínsecas a la relación; mediante la obediencia o desobe­ diencia a las normas pertinentes y la atención al estilo personal. Ocasional­ mente se ha de invertir algún esfuerzo especial en este tipo de presentación también, como en el caso del camarero sartriano de que habla Goffman. Quizás en algunos casos esto también pueda estar relacionado con la diver­ sidad de la vida urbana. Cuando son posibles muchas situaciones sociales alternativas, puede ser necesaria una habilidosa representación para definir cuál de todas se pretende. En otros casos, sin embargo, el individuo se define a sí mismo, al menos parcialmente, permitiendo que se filtre a través de los confines circunstan­ ciales información (o desinformación) de estas otras relaciones. Y así surge el interrogante de con qué grado de elaboración y fidelidad a los hechos se presenta este yo total que puede estar constituido por el repertorio individual de relaciones sociales.

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E l problema puede ser qué tipo de consistencia uno espera de un individuo y cómo siente uno que se ha de reflejar en toda su vida. Los antropólogos son ya muy conscientes de la importancia de la selección de circunstancias en el arreglo del comportamiento; y por lo menos de una manera implícita e imperfecta, no cabe duda de que el principio lo comparten los profa­ nos. Pocos esperan realmente que haya una absoluta consistencia, por ejem­ plo, entre el comportamiento de una persona en casa y en el trabajo. Aunque existe cierto sentido de la conveniencia de diversas combinaciones de parti­ cipaciones tanto en la mente del yo como en la del alter. Precisamente por este sentido de qué va con qué, la diversidad de las relaciones del urbícola a veces puede causar dificultades. En principio, tal vez hayamos aprendido a esperar que la selección de papeles de un individuo tenga que expresar un yo unitario. En tanto que se requiere una mínima congruencia entre ellos, no deben implicar, por con­ secuencia, contradicciones agudas entre los valores y creencias personales: ser al mismo tiempo miembro de una estricta secta religiosa y un jugador empedernido sobrepasa probablemente, a los ojos de muchos, los límites de una inconsistencia aceptable. La vida de Ronnie Kray fue en este sentido algo más que una combinación de papeles; indicaba identidades múltiples. Y a partir de esto se podían forjar oscuros secretos. Pero entonces ¿cuándo se interpretará la diversidad como contradicción?, y ¿qué puede uno hacer con la información acerca de las andanzas propias que parece dar una nota de discordancia? En la ciudad, con su estructura relativamente opaca, incluso el sentido compartido y preciso de qué va con qué tal vez no se desarrolle tan fuerte­ mente. Así tienen lugar muchos diferentes tipos de participaciones sociales de los que nadie tiene una idea clara; y un individuo no lleva siempre en la manga todo su repertorio de papeles del mismo modo que sus visibles atributos discriminatorios de papeles, como raza o sexo. Así pues, no se trata sola­ mente de que la sociedad no puede estar segura fácilmente de que todos se adapten a los modelos de combinabilidad, cualesquiera que sean. Tan sólo el decidir cuáles son estos modelos es tanto menos simple cuanto más carez­ can el yo y sus alter de una visión general y mutua de sus escenarios respec­ tivos. Existe la añadida complicación de que un individuo sea atraído a papeles debidos a circunstancias que están fuera de su control y de su voli­ ción personal. U na cuestión muy diferente es que esto sea siempre claro para quienes traten de evaluar el yo de dicho individuo. Respecto a las redes la situación es similar. Es factible que una persona sea juzgada por los demás no sólo por sus propias actividades sino también de acuerdo con las compañías que frecuenta. Así pues, para un alter las características de los otros alter del ego en otros escenarios pueden ser cues­

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tión de interés. Aquí podríamos pensar de nuevo en primer lugar en la retención de información sobre vínculos con villanos y tontos bien conocidos. Pero la reserva que pueda haber para revelar las cualidades de la gente con la que uno se asocia es más probable que afecte menos desajustes con lo que es en cualquier momento dado el propio comportamiento en el frente del escenario. Las personas que hay en un eslabón o segmento de la red pueden parecer simplemente demasiado aburridas, poco serias, demasiado conservadoras, demasiado radicales, pías, ingenuas, anárquicas, evasivas o demasiado una serie de otras cosas, de suerte que no se las considera siquiera indirectamente presentables a las personas pertenecientes a otras zonas de la propia red. Por otra parte, los límites de tolerancia pueden ser confusos. Las diversas formas de manejo de la impresión en la vida urbana coti­ diana quizás se puedan relacionar muchas veces con factores como papeles y redes tales como los que se acaban de mencionar. Hay situaciones que uno preferiría mantener aisladas a causa de las contradictorias exigencias que hacen al yo, pero que chocan unas con otras, de modo que por lo menos parte del avituallamiento tiene que adaptarse para que coincida con todas ellas. En el peor de los casos, la experiencia puede ser como la de un camaleón con pedazos de todos los colores. La situación de Barbara Lamont (1975, p. 5 ), reportera neoyorquina de radio y televisión, al comienzo del día es un ejemplo esclarecedor: “Desnuda frente al espejo me pregunto con qué ropa puedo vestirme para ir a un funeral que sirva también para una investigación clandestina sobre un proyecto de vivienda y que pueda llevar también al visitar a m i psicoanalista y en frente del director de la emisora y asimismo para la cena en la Mezquita de la calle Ciento Dieciséis.” Podemos también identificar diferentes tácticas de revelación deliberada mediante las cuales un ego trata de acabar con la imagen que un alter tenga de él de un modo deseable. La información de hechos relativos a otros compromisos puede empezar a introducirse; o a veces, no pocas cuando el alter ya ha recibido este tipo de información a través de algún otro canal, como puede serlo el chisme, se puede hacer hincapié en proporcionar una interpretación que de algún modo u otro esclarece su relación con el yo. Pero otro de los ensayos de Goffman, el que trata sobre la distancia del papel (role) (1961b, pp. 85 ss.), proporciona introspecciones de cómo hacerlo con los papeles. No se trata simplemente de que uno los tenga o no. U no puede comunicar a los demás, explícitamente o de maneras menos obvias, si un papel es “verdaderamente uno mismo” o algo periférico, quizás acci­ dental o forzado, mostrando apego o distancia respecto a dicho papel. El ejemplo que da Goffman es el del niño en el tiovivo que señala a los que están mirando que él ya es demasiado grande como para que realmente le importe. Algo similar es lo que Scott y Lyman (1968) han llamado “re-

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latos”, mecanismos verbales que se utilizan para salvar la brecha entre actos y expectativas. Existen dos importantes categorías de los mismos: excusas y justificaciones. Las primeras se pueden utilizar en las situaciones de reve­ lación que estamos analizando para sugerir que un cierto tipo de compro­ miso puede no tenerse en cuenta como parte del yo. El ego reconoce que es inconsistente con la comprensión de su carácter que quiere que alter acepte, pero niega responsabilidad de uno u otro modo. En las justificaciones se acepta la responsabilidad y se hace el intento de mostrar cómo el com­ promiso encaja dentro del yo que se está promocionando. Huelga decir que hay muchas revelaciones que se pueden hacer rutinaria­ mente y sin problemas, pues se entiende que no implican alguna inconsistencia. No obstante, los diferentes segmentos de la sociedad urbana pueden tener exigencias diversas al respecto. Hay círculos en los que una conciencia de las contradicciones en la vida ciudadana fomenta tal grado de tolerancia que raras veces son necesarias las excusas. Puede llegar a ser incluso una forma de sofisticación urbana definir una identidad deseable en función de su habilidad para salir del paso y quizá derivar placer de participa­ ciones que parecerían opuestas unas de otras. En este caso, lo que podría parecer material probable de callejones secretos se puede exhibir alegremente en la presentación del yo, y cada inconsistencia se convierte en su propia justificación. Es igualmente probable que el tipo de relatos que se aceptan en una parte de la sociedad urbana sean rechazados en otra. Éstas y otras maneras de encauzar las revelaciones sobre lo que sucede en otros escenarios propios pueden llegar a verse quizá como formas culturales con alguna distribución más o menos específica. No obstante, como las constelaciones urbanas de papeles y redes pueden ser tan variadas, muchas veces habrá tentativas de in­ novación respecto de la manera de hacer las revelaciones. Nunca se puede estar seguro de si encontrarán la aprobación o la censura, y tal vez algún nuevo pensamiento ocasionalmente tenga que acarrear consigo cierto acto. Como observamos brevemente al analizar las diferencias de red en el capítulo anterior, puede haber un contraste aquí con el tipo de arreglos sociales en los que las constelaciones de papeles son pequeñas y están estandarizadas y donde las discrepancias tienen por tanto también una forma recurrente. En los casos en que el urbícola pueda tener que experimentar una presen­ tación original del yo, la sociedad tradicional en pequeña escala puede haber instituido una relación de evasión, anclada rutinariamente en la conciencia colectiva.33 33 El análisis de Barth (1971) de las relaciones padre-hijo en dos sociedades del Oriente M edio, inspirado en Goffman, es un ejemplo esclarecedor.

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¿Por qué entonces las revelaciones? Pocas preguntas pueden ser tan im ­ portantes para la comprensión de la vida urbana y esto nos remite a los temas que surgieron hacia el final del capítulo ra. Si tomamos demasiado literal­ mente el punto de vista wirthiano sobre el urbanismo, podemos quedarnos estancados en una imagen estática de las relaciones entre desconocidos. U na de las ya citadas ideas útiles de M ax Gluckman cuando interpreta el ritual es que a través de la comunicación los individuos pueden cambiar aquellas definiciones de personas que parecen inherentes a un tipo de estructura social. En su caso, el ritual de iniciación se utiliza para hacer de un niño un adulto y por tanto una nueva persona. Aunque continúen las relaciones entre los mismos individuos de carne y hueso antes y después de la inicia­ ción en el mismo escenario, se ha marcado un umbral de discontinuidad en la forma. De modo similar, en la sociedad tribual las personas pueden interactuar con los mismos otros en múltiples relaciones que cubran una amplia gama de actividades; pero a través del ritual, personas enteras pueden quedar fragmentadas hasta cierto punto en papeles, de modo que lo que sucede en un tipo de participación no necesariamente afecta a todas las demás facetas de una relación. Con las revelaciones en la presentación del yo en la vida urbana, sucede al revés. Los individuos que sólo son directa­ mente observables segmentalmente pueden convertirse en personas más o me­ nos enteras. En la ciudad es donde se han de hacer algunas de las relaciones más importantes de la gente. Los urbícolas, lo quieran o no, no se encuentran cómodos con todas las personas que les gustaría tener en sus redes más duraderas, a diferencia de otras personas que, probablemente como subproduc­ to de haber crecido en una pequeña comunidad, si lo lograrían. En vez de esto, algunas relaciones cercanas quizá se tengan que construir desde el prin­ cipio, comenzando en contextos que no necesariamente prometen m ucho al respecto y en los cuales las personas bien pueden seguir siendo muy ajenas unas a otras. Para que alguien llegue a algún lado pronto en establecerse como persona en tales condiciones, tiene que “entrarle duro”. Los antropólogos han comentado a veces las maneras especiales en que las personas de la ciudad pueden buscar el reconocimiento unas de otras. Recordemos el énfasis que hace Harris en la busca de la individualidad en Minas Velhas. Riviére (1967, pp. 577-578) indica sucintamente una variante relacionada en un reanálisis de Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, en términos de honor y vergüenza. Como en la ciudad los antecedentes de uno pueden ser desconocidos a los demás, la busca del individuo en demostrar su honor se vuelve más intensa. En México, concluye Riviére, la forma más manifiesta es el machismo. De un modo quizás más cercano a nuestra pers­ pectiva, Lewis (1965, p. 498) ha expresado, a propósito del tema de los

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clásicos contrastes comunal-urbanos de las relaciones sociales, que “en las ciu­ dades occidentales modernas, puede haber más toma y daca sobre la vida íntima y privada de cada cual en una sola fiesta social ‘sofisticada’ que en una aldea campesina durante años”. Algunos de estos intercambios pueden ofrecer simplemente entretenimiento durante un breve encuentro, y otros pueden llegar a captar la atención de un alter además de las revelaciones que afloren desde la región posterior. Pero ciertamente llenar la imagen de uno mismo revelando algo sobre las otras participaciones es un importante modo de personalizar una relación. En el proceso de hacer de un vecino un amigo le contaremos sobre nuestro trabajo y nuestra familia. Y parte de la definición de cercanía en las relaciones en curso, por ejemplo dentro de la familia, son las revelaciones que se hacen continuamente acerca de las asociaciones que se tienen fuera de ella. El pro­ cedimiento normal de construir una relación así no consiste en sacar todo lo que uno lleva dentro de una sola vez. En el proceso puede haber puntos críticos, conectados con decisiones de revelar información a la que por alguna razón se le ha asignado una importancia simbólica poco usual. Pero en su conjunto, se tratará probablemente de un proceso gradual, en el que el ego, antes de llegar más lejos, puede esperar a que el alter reaccione a las revela­ ciones y responda en la misma forma. El proceso se puede detener si la relación, en sus nuevas y extendidas formas, resulta decepcionante. Por otra parte, a medida que avanza, las demandas que haga el alter de revelaciones más complejas del ego pueden ser cada vez más fuertes, de modo que, llegado cierto punto, el ego comienza a perder control de su propia presentación. Finalmente, el conocimiento indirecto que el alter tenga de un repertorio más amplio de papeles y redes del ego, alcanzado en gran parte a través de sus revelaciones verbales, puede ya no resultar suficiente, y así el alter comienza a aparecer en persona también en otros escenarios. En esta etapa se rompen las divisiones anteriores entre las partes frontal y posterior del escenario; y si el ego ha sido consciente de esta posibilidad, esto habrá restrin­ gido probablemente durante cierto tiempo las tendencias a llevar a cabo representaciones caprichosas. Cuando ya se puede atisbar la deposición del manejo de impresión, nos hemos salido de la zona de relaciones que para Erving Goffman son de interés primordial. Podemos ver, sin embargo, que los habitantes de la ciudad mediante una u otra táctica en la presentación del yo frecuentemente huyen del anonimato y la segmentalidad en las relaciones sociales. Las revelaciones personales, elaboradas con- más _o menos arte, son un elemento dinámico en la vida urbana. Goffman ha aguzado nuestra- conciencia de sus formas y procesos; y ésta es una de las razones por las que podemos considerarlo impor­ tante colaborador del pensamiento antropológico urbano. Nos ha mostrado

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además un modo de pensar tanto sobre los peligros como sobre las oportu­ nidades que puede implicar una distribución desigual de la información personal. En su obra hay también una penetración de los rituales más modes­ t o s mediante los cuales se rinde culto a los yoes, y esto puede inspirar un ulterior análisis de la actividad simbólica en la vida ciudadana, en donde este templo puede ser ricamente variado. Obviamente, como sin duda diría Goffman, la conciencia del yo y el manejo de la información personal no es todo en lo que consiste la vida, ya sea en la ciudad o en cualquier otra parte. Pero quizá no nos damos cuenta consistentemente de ellos porque están siempre con nosotros de uno u otro modo. Si así es, Goffman ha dado muestras de ser un maestro de “la exoticización de lo conocido” , lo cual, como ya hemos señalado anteriormente, es uno de los valiosos productos de la imaginación antropológica; Tiene la habilidad, como ha dicho Bennet Berger (1973, p. 361), de “tornar extraños y problemáticos los mismos supues­ tos y rutinas que hacen posible y valiosa la vida social común”. Tal vez las observaciones de esta últim a parte del capítulo hayan facilitado el camino hacia el esclarecimiento de algunas de las conexiones de esta perspectiva con ideas que creemos cruciales en la antropología urbana.

V I I . C O N C L U S IÓ N : L A C O N S T R U C C IÓ N D E LA S C IU D A D E S Y L A S V ID A S U R B A N A S

volvamos sobre nuestros pasos. Las ideas e interpretaciones analíticas del urbanismo que hemos escogido son bastante diversas. En la medida en que meramente sugerimos que hay unas cuantas cosas que todo antropólogo urbano debe saber no podemos errar mucho, pues la educación liberal no se distingue precisamente por su lógica estricta. Pero nos gustaría deducir tam­ bién un conjunto organizado de perspectivas conmensurables haciendo énfasis en la etnografía y en un punto de vista que fuera relacionable a modo de introducción, lo cual nos podría servir de base para el crecimiento ordenado de una antropología urbana. A h o ra

Comenzamos en Chicago con Robert Park y sus discípulos. Park logró simul­ táneamente pensar en gran escala sobre el urbanismo y observarlo en detalle. Era consciente de que en la ciudad al menos algunas relaciones tienen cuali­ dades bastante peculiares; vio las posibilidades del proceso cultural en el entorno urbano y llamó la atención sobre la diversidad de “mundos sociales” que contenía. Observó la profunda importancia de la división del trabajo en la modelación de los estilos de vida y de estructura de la comunidad, y, a través de sus ideas sobre ecología, ancló sus análisis de la variación urbana en un cierto sentido dél lugar. Otros estudiosos de Chicago contri­ buyeron con diferentes elementos al plan de Park en una serie de etnografías pioneras sobre pandillas de jóvenes, habitantes de guetos, vagabundos y demás personajes. Pese a que no lograron cubrir totalmente la ciudad, mos­ traron por lo menos cuánto hay que aprender sobre los modos de vida de la gente en un lugar como Chicago. Y demostraron — unos por supuesto más convincentemente que otros— la importancia del trabajo de campo en el proceso de aprendizaje. Se podría encontrar, sin embargo, cierta falta de precisión analítica en sus trabajos etnográficos, y una de las causas importantes de esto podría ser que la teoría social de Chicago en su evolución ha prestado menos atención a las relaciones entre las personas que a las que se dan entre éstas y el espacio. Cuando estudiamos “Urbanism as a Way of Life” de W irth podemos observar que, por una parte, redefine las opiniones de Park y, por la otra, persiste en temas de organización social. Pero fue bastante incauto en sus generalizaciones sobre la naturaleza de las relaciones urbanas. La ciudad parecía una e indivisible y quizás bastante más semejante a Chicago que a cualquier otro lugar. Además, W irth estaba más interesado en las conse­ 272

CONCLUSIÓN: LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

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cuencias de la ciudad en la gente y sus contactos que en por qué el ser humano edifica ciudades; así, su ciudad se nos presenta como un hecho dado y un sistema más o menos cerrado. Sin rechazar todo lo que W irth tenía que decir, nosotros hemos seguido una trayectoria histórica y geográfica de perspectivas acerca del urbanismo buscando encontrar remedios para el etnocentrismo y otros puntos débiles. Vimos que las ciudades se podían considerar centros de sociedades y no entidades aisladas y que los diferentes sistemas de poder e intercambio creaban sus propias variedades de centros de este tipo. Tomando un punto de vista extremo, se podría decir, por lo tanto, que aun cuando se pueda definir la ciudad en todas partes como un asentamiento grande y denso, las bases de su existencia así como su forma se pueden comprender sólo en referen­ cia a las tendencias centrípetas y formas culturales del sistema social en particular en el que se encuentra. Pero un relativismo tan penetrante a lo largo de estos lincamientos tiene un apoyo bastante limitado, y los estudiosos del urbanismo han tenido la tendencia a pensar comparativamente en términos bastante amplios de economía política y tecnología. Ciudad-corte, ciudad comercial y ciudad de coque han sido las designaciones que hemos utilizado para los tres tipos más importantes en la historia del urbanismo. No obstante, tras esta etiqueta cualquier comunidad puede ocultar una estructura com­ pleja de actividades. Tomamos en consideración la teoría de los geógrafos del lugar central como un modo de pensar en cómo las ciudades y los siste­ mas de ciudades pueden llegar a agruparse, pero nos hemos dado cuenta de que estos intereses locales no siempre son igualmente pertinentes. Hay lu­ gares centrales, como las ciudades-mercado, y hay lugares especiales, como las ciudades mineras, lugares de descanso o ciudades universitarias. Esta gira por los diferentes puntos de vista nos ha dejado, pues, dos impor­ tantes conclusiones. Las ciudades tienen en común el hecho de volver a las personas físicamente más accesibles unas a otras en un espacio más o menos compartido y limitado. Difieren, en primer lugar, en las formas de ganarse la vida, las cuales han desempeñado un papel muy importante al conver­ tirlos en los tipos de asentamientos a que pertenecen. Pero hay algo más acerca de la vida urbana que la manera de ganarse el sustento. E l grado de diferenciación de las clases de papeles en que la gente se ocupa varía entre los diferentes tipos de ciudades, pero parece tener alguna utilidad práctica dividirlos en un cierto número limitado de dominios o ámbitos. Hemos esco­ gido cinco y los hemos denominado doméstico y de parentesco, de aprovisio­ namiento, de recreación, de vecindad y de tránsito. Si cierta diferenciación de esta índole es un hecho recurrente en las ciudades, de modo que ¡as per­ sonas tengan contactos sociales aparte más o menos en cada uno de los dominios, se trata de un importante factor tras el carácter estrecho de las reía-

CONCLUSIÓN: LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

dones que tanto Park como Wirtli lian observado. No obstante, al distinguir entre los diferentes dominios o ámbitos, nos damos cuenta también de que hay que seguir comprobando las generalizaciones. Las relaciones “típicamente urbanas” pueden prevalecer en conexión con papeles en los ámbitos de trán­ sito y aprovisionamiento, y pueden ser bastante atípicas en las relaciones en el seno de los de asuntos domésticos y recreación. Pero las distinciones de dominios no son únicamente una herramienta para una conceptualización más adecuada. Nos ayudan también a considerar la tarea analítica de descubrir en qué grado de ordenamiento o variación enca­ jan las diferentes implicaciones. ¿En qué medida papeles de distintos domi­ nios chocan unos con otros? Y puesto que existe la tendencia de tipificar las ciudades según lo que sucede en el dominio o terreno del aprovisiona­ miento, ¿ordena significativamente este terreno el contenido de otros domi­ nios también? Sólo hemos llegado a plantear este tipo de preguntas. De los diferentes terrenos, el. de los papeles y relaciones de tránsito se relaciona más directamente con la pura accesibilidad física como cualidad, de la vida urbana. Se trata de contactos, por mínimos que sean, entre extraños; y el manejo de ellos, tanto en la vida real como analíticamente, es un pro­ blema en sí mismo. Por otra parte, el hecho de que la ciudad, desde el punto de vista de cualquiera de sus habitantes, contenga un exceso de personas a las que 110 se conozca .y. .con quienes nada , se tenga que ver, no significa que vayan a seguir siendo extrañas para siempre. Pueden constituir, por el con­ trario, una reserva, potencial de alter accesibles con los que en algún momento posterior se pueda tener relaciones. Gomo hemos dicho, esto puede tener interesantes implicaciones también en la organización social urbana. Examinamos después los estudios de los antropólogos del Rhodes-Livingstone sobre las ciudades mineras del África Central, una variedad de urba­ nismo africano y colonial. Confrontamos por otra parte el tema de la relación entre urbanismo y tradición cultural, definido en términos de “tribualismo” y “destribualización” . Comunidades urbanas como Luanshya y K abwe no estaban, en lo que respecta a sus principales funciones, bien integradas en la sociedad centroafricana circundante, y sus dominios de abastecimiento seguían una dinámica propia. En otros terrenos se podía ver cuán peculiarmente las tendencias urbanas se iban entrelazando más obviamente con la tradi­ ción cultural africana. Esta última tenía un ulterior efecto en la organización social global en virtud de que varios grupos étnicos participaban en la creación de nuevos alineamientos que podían estar reñidos con los alinea­ mientos intrínsecos al sistema urbano (aunque a veces podían coincidir tam­ bién con ellos). Pudimos identificar este punto como la problemática mayor en el estudio de la etnicidad urbana, y esto nos llevó a formular una noción de “atributos de discriminación de papeles”, que, aunque no se definieran

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(como los papeles) en función de participaciones en situaciones concretas, podían desempeñar una función similar en la ordenación de la participación del individuo en la vida social. La etnicidad es uno de esos atributos, el sexo í y la edad otros más. Dependiendo de cómo se definan estos atributos cul­ turalmente, pueden determinar qué papeles puede adoptar un individuo, hacia quién los .va a desempeñar y de qué manera los llevará a cabo. Según nos han mostrado los estudios sobre la combinación de papeles (roles), algunos pueden tener una influencia similar en la organización del repertorio de papeles, en tanto que en sí mismos están especificados situacionalmente mien­ tras que los atributos discriminatorios de papeles no lo están. Llegados a este punto quizá podamos decir algo sobre el tratamiento que le hemos dado al concepto de “papel” (role), y podemos hacerlo en rela­ ción con la perspectiva del Instituto Rhodes-Livingstone sobre el carácter de las relaciones sociales urbanas. Los antropólogos del urbanismo centroafricano, como los sociólogos de la escuela de Chicago, observaron que algunos de los contactos significativos en las ciudades eran entre desconocidos. Pero más que generalizar globalmente acerca de cómo son las relaciones sociales, las dividen precavidamente en tres formas principales: estructural, personal y de Categorías.'Cuando revisamos esta conceptualización, sugerimos que el aspecto de la conciencia que organiza las relaciones sociales tiene dos impor­ tantes componentes: un grado de información personal y un grado de control normativo. Suponer — como han solido hacer los antropólogos al usar el con­ cepto de papel— que las participaciones situacionales se pueden definir todas en términos normativos, consistentemente y con igual precisión, es dar por sentado algo que bien puede convertirse en tema de estudio. Definir el papel simplemente como una participación situacional voluntaria, con di­ mensiones de conciencia y manejo de recursos, puede ser algo poco conven­ cional y no siempre nítido, pero puede abrirnos perspectivas. Los antropólogos del Rhodes-Livingstone plantearon también el problema de los límites de la competencia antropológica, no menos importante en el estudio de sistemas tan complejos como lo son las ciudades en sí mismas, o que constituyen partes de ella. Vimos que su conclusión fue que los antro­ pólogos no deben invadir terrenos fuera de su especialidad, sino más bien recurrir a descubrimientos basados en otros campos como fronteras y puntos de partida para el análisis específicamente antropológico. En lo que respecta a los estudios urbanos, la consecuencia práctica de este razonamiento fue la identificación de los parámetros contextúales de lo que era el sistema social de la ciudad para fines antropológicos. En el otro capítulo consideramos los usos del análisis de red. Encontramos un marco de referencia bastante detallado para describir, y en cierta medida medir, los modelos de conexión entre los vínculos sociales. Las posibilidades

CONCLUSIÓN: LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

de rigor en ]a investigación podían parecemos atractivas en sí misma*. No obstante, como este rigor a veces se conseguía a un alto precio, fue m ás importante para nuestros fines hacer hincapié en la flexibilidad del pensa­ miento de red. Con las ideas de densidad^ accesibilidad, conciencia de r ed, etc. Ipodíamos trascender algunas limitaciones del análisis de grupo, institucional y local, de un modo que podía resultar especialmente útil en el estudio de sociedades construidas a partir de muchos tipos de unidades. Por último, hemos analizado la comunicación de los. yoes y la microsocio­ logía del orden público tal como las interpreta Ervin Goffman, y hemos tra tado de especificar su relación con la vida urbana. Goffman, como ha sido fácil ver, desdeña- -bastante los marcos de referencia más amplios de la es­ tructura social. Dentro de ellos, sin embargo, lleva a cabo la etnografía y el análisis detallados de lo que la gente afirma ser y lo que entiende que son los otros; esto lo hace con una perfecta atención a las formas simbólicas y a los usos de microentornos. Si la información personal es un problema en la vida ciudadana, como se nos ha dicho desde la época de los soció­ logos clásicos, Goffman parece ser nuestro primer guía en la observación naturalista de cómo se maneja el problema. Así pues, con ayuda de las ideas que hemos sacado a colación, esperamos obtener un sentido más claro de lo que sería una antropología urbana que; haga justicia tanto a la antropología como al urbanismo. En este capítulo final, las desarrollaremos en una serie de comentarios sobre los temas que parecen ser de fundamental importancia conceptual cuando los antropólogos se debaten con las complejidades de la vida en la ciudad: las formas que en conjunto pueden adoptar las vidas urbanas, en términos de papel y red; el anquilosamiento de la etnografía de los dominios; la fluidez de la vida y los usos del análisis de carrera; las condiciones para la innovación de pa­ peles; las implicaciones de la organización social urbana en el análisis cul­ tural; el estudio de ciudades totales; y, brevemente, algunas posibles conse­ cuencias de nuestra perspectiva en el método antropológico urbano. Antes de emprender el camino en este sentido, demos, sin embargo, un vistazo rápido buscando antecedentes de lo que parece haber sido la práctica domi­ nante en las etnografías de la vida ciudadana en los últimos tiempos.

A n t r o p o l o g ía d e

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Y MODOS DE EXISTENCIA URBANA

Previsiblemente, los más de los estudios de tendencia etnográfica llevados a cabo en los contextos urbanos se pueden identificar más o menos fácil­ m ente con uno u otro de los dominios o ámbitos de papeles, que hemos

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delineado. En el dominio del parentesco y los asuntos domésticos, el trabajo le Elizabeth Bott lo han seguido en Inglaterra Collin Bell (1968), con su estudio de las familias de clase media en Swansea, y Firth, Hubert y Forge (1969), con su estudio de Londres. Estudios del Tercer M undo en el mismo ámbito son el de Vatuk, Kinship and Urbanization (1972), en Meerut, India, y el de Pauw, The Second Generation (1963), en East London, Sudáfrica; este último es complemento del estudio de Philip Mayer sobre los “rojos” y los “escuelas” * en la trilogía “Xhosa in Town” . Representando el dominio del aprovisionamiento, hay una serie de etnografías ocupacionales: la de Pilcher (1972), sobre los estibadores de Portland; la de Rubinstein (1973), sobre la policía de Filadelfia; la de Klockars (1974), sobre el traficante de objetos robados; y The Cocktail Waitress de Spradley y M ann (1975), en que se hace hincapié en una ocupación, aunque abarca un com­ plejo de papeles más amplio, como el estudio de los viejos taxi-dance halls * * de Cressey en Chicago. Estudios de organizaciones laborales en mayor escala son, en el África urbana, el de Kapferes (1972), sobre una fábrica de ropa en Zambia, y el de Grillo (1973), sobre los ferrocarrileros de Kampala. Existe también un interés creciente por el “sector informal” de las empresas en pequeña escala; el ensayo de Go uld (1965) sobre los conductores de jinrikishas * * * de Lucknow * * * * es uno de los primeros ejemplos. U na serie de es­ tudios sobre la vida de los jóvenes pueden considerarse pertenecientes primor­ dialmente a la etnografía del dominio de la recreación: sobre hippies, como el de Cavan ( 1972), en San Francisco; o sobre pandillas, muchos llevados a cabo por los sucesores estadounidenses de Thrasher y algunos de otros países, como el de Patrick A Glasgow Gang Observed ( 1973). También existen estudios sobre diversiones extravagantes de adultos, como por ejemplo el de Bartell (1971), sobre el fenómeno del swinging. Pero es quizás sorprendente c uán pocos estudios hay sobre pasatiempos más convencionales; las imágenes que nos ofrece Jackson ( 1968) del norte industrial de Inglaterra, con sus clubes obreros, bandas de música y campos de bolos, son un ejemplo. Los es­ tudios no occidentales de este dominio están representados por Meillassoux ( 1968), sobre la vida de las asociaciones en Bamako, M ali; y por T he A fter H ours de Plath (1964), sobre “la búsqueda de diversión” de los japoneses urbícolas. Los estudios que tratan, más o menos concentradamente, sobre las relaciones de vecindad no son escasos. Podrían incluirse diversos temas, como los muchos estudios sobre los suburbios : estudios acerca de la ciudad interior, * Véanse las pp. 193-195. [Editor.] * * Véanse las pp. 63-67. [Editor.] * * * Jinrikisha: cochecillo de dos ruedas tirado por un hombre. Es voz japonesa. {Editor.] * * * * Capital de U ttar Pradesh, estado de la India. [Editor.]

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CONCLUSIÓN: LA CONSTRUCCIÓN I)E LAS CIUDADES

como el de Suttles sobre The Social Urdcr of the Slurn [Orden social drl barrio bajo, 1968]; una serie de estudios acerca de las partes de la ciudad frecuentadas por vagos, alcohólicos, etc.; y el de Johnson, Idle H aven (1971), un relato de la vida en una colonia de casas móviles. Todo lo escrito sobrn los asentamientos ilegales en el Tercer M undo podría también incluirse cu este apartado, pues es un componente bastante fundamental. Por lo que se refiere a las relaciones de tránsito, con Goffman a la cabeza como maestro leórico, es en su mayoría un género de etnografía urbana estadounidenie, aunque Lyn Lofland ha hecho algún intento de desarrollar un punto de vista comparativo en A World of Strangers (1973). La tendencia puede ser considerar el tema como una cuestión de lujo y escoger problemas bastante más tangibles en las sociedades en que los investigadores son todavía menos abundantes. Es también muy probablemente cierto que las sutilezas de las relaciones de tránsito, al permanecer en un bajo nivel de conciencia y raras veces verbalizadas por los participantes, se le escaparían a un etnógrafo que sea sólo un inmigrante temporal en un sociedad extranjera y cuya competencia cultural no llegue a ser perfectn Como ejemplo de investigación en esta área está, sin embargo, el informe de Berreman (1972) sobre la categorización de extranjeros en escenarios públicos en una ciudad de la India. Tal vez porque las relaciones de tránsito son efímeras, los escritos sobre ellas suelen ser ensayos cortos en vez de largas monografías. En las publicaciones del primer tipo, hemos comenzado a ver hace poco relatos de la vida en las calles, el metro y los ascensores de las ciudades estadounidenses. En principio no hay obviamente nada erróneo en las etnografías de domi nios o ámbitos del tipo de las que hemos ejemplificado. La etnografía ha de comenzar en alguna parte y finalizar en otra, y las instituciones, grupos o redes constituidas más flexiblemente que caen dentro de las fronteras de los dominios son muchas veces focos naturales. No obstante, volvemos aquí a la cuestión de si son antropología de l a ciudad sólo en lar ciudad. El estudio de las relaciones de tránsito apenas puede evitar el pertenecer a la primera categoría, en la medida en que uno está dispuesto a considerarlas como fenómenos intrínsecament e u rbanos. En lo que respecta a las otras, podemos pensar en que sólo son antropología urbana en sentido estricto cuando pres­ tan cierta atención al hecho de que se ocupan de entidades que son partes integradas de un sistema social urbano diferenciado; cuando no son “ciegas a la coincidencia y la conexión”, como recordaremos que dijo un crítico de los primeros estudios de Chicago, sino que contribuyen a una comprensión de los modos en que este sistema se segmenta y cohesiona. Nos hemos propuesto reunir el tipo de conceptualizaciones generales y flexi­ bles que podrían ser útiles para esclarecer una perspectiva integrada de la

construcción de las ciudades y las vidas urbanas. Para nuestros fines, la_ciudad es_ jcom o otras comunidades humanas) una colección, de individuos que existen como seres sociales primordialmente a través de sus papeles y que es­ tablecen, ¿elaciones unos con otros a través de éstos. Las vidas urbanas, pues, se forman a ,medida que las personas reúnen una serie de papeles en un repertorio y, quizá hasta cierto punto, Jos adaptan unos a otros. La estructura social de la ciudad consiste en relaciones que vinculan a las personas a través de diversos componentes de sus repertorios de papeles. Se puede optar por comenzar el análisis con la ciudad como un todo o con el individuo urbícola: ambas perspectivas son útiles. Vamos a empezar por la que como antropólogos llamamos la perspectiva centrada en el ego. En su atractivo libro Soft City, el ensayista inglés Jonathan Raban (1974, pp. 1-2) tiene algunas líneas que pueden quizás definir un espíritu de investigación:

. . . l a ciudad se ablanda; espera la huella de una identidad. Para bien o para mal, te invita a rehacerla, a consolidarla en una forma en la que puedas vivir. También tú. Decide quién eres y la ciudad volverá a adoptar una forma fija a tu alrededor. Decide qué es y se te revelará tu propia identidad, como una posición determinada por triangulación en un mapa. Las ,ciudades, a diferen­ cia de las aldeas y los pueblos, son por naturaleza, plásticas. Las moldeamos en las imágenes que tenemos de ellas; ellas, a su vez,„ nos moldean por la resistencia que ofrecen cuando tratamos de imponerles nuestra propia forma' personal. La blandura, tal como conceptualizamos aquí las cosas, es indetermina­ ción; el urbícola que decide quién es escoge sus papeles libremente. Pensemos por un momento en los papeles como entidades en sí mismos. Todo el inven­ tario de papeles de la ciudad está ahí, en exhibición, como en un super­ mercado, para que el comprador reúna su repertorio. Las estanterías están llenas de mercancías de muchos tipos y uno lleva un gran carro de compras. Las variaciones que puede meter en él parecen casi interminables. No exactamente; podemos de hecho sacar todas las combinaciones que son teóricamente posibles. (Sería el tipo de tarea que en la actualidad no re­ quiere prácticamente ningún esfuerzo, va que le podemos pedir a una compu­ tadora que lo haga.) Cuando revisamos los resultados, vemos, sin embargo, que algunas de las combinaciones no tendrán lugar en la práctica; en tanto que tendremos preguntas que plantear sobre la factibilidad de otras. L a ciudad, a fin de cuentas, presenta cierta resistencia. A medida que los estudiosos de la vida urbana empiezan a preguntar qué combinaciones se pueden o no hacer y cómo se manejan las combinaciones, se abre un gran campo de sutiles análisis. Aquí sólo podemos sugerir unas

CONCLUSION: I,A CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

cuantas variaciones en el razonamiento y dar una idea ulterior de los modos en que podernos poner a funcionar nuestras conceptualizaciones básicas. Como hemos visto, a veces las causas de restricción en la combinabilidad de los papeles están fuera de lo que es estrictamente hablando el inventario de papeles mismo. U no entra en el supermercado con uno o dos atributos de discriminación de papeles y le está permitido comprar sólo ciertos pro­ ductos. Para una joven muchacha del linaje de inmigrantes italianos, en el umbral de la vida adulta y en el Chicago de los años veinte, el papel más importante probablemente fuera el cuidado de la casa, y puede ser que no tuviera ningún papel propio en el ámbito del aprovisionamiento. Quizás la recreación fuera de la casa le estuviera severamente limitada también. Tendría posiblemente bastante interacción con los vecinos en su barrio de la Pequeña Sicilia, pero no debería alejarse a otras calles, por lo menos después de oscurecer o, como dijo Goffman, sin un “con”. Si la joven proviene de familia de la Europa oriental, por el contrario, las participaciones podrían ser más amplias; es bastante más probable que la muchacha se hubiera encontrado entre los obreros de fábrica o las taxi-dancers* aunque nunca entre las debutantes de la Costa de Oro.* Si, por el contrario, se trata de un hombre anglosajón de edad mediana, puede que fuera un gerente ofici­ nista en el loop * o probablemente un hobo * en Bughouse Square. Si el primero fuera el caso, pasaría gran parte de su tiempo en papeles domésticos y de parentesco y un mínimo en papeles de tránsito. Pero si fuera un hobo, probablemente sería al revés. Si se tratara de un xhosa en East London, Sudáfrica, podría ser un obrero industrial no calificado, ya se tratara de un “escuela” o de un “rojo” , pero los papeles en el dominio de la recreación serían notablemente diferentes, Al examinar los efectos en la organización de los atributos de discriminación de papeles, vemos claramente que la ciudad es más blanda para unas personas que para otras. Sacan sus repertorios de proporciones variables del inventario de papeles. No obstante, como podemos también ver, los atributos de discriminación de papeles implican para algunas personas sólo una pri­ mera y burda selección de éstos. Puede que uno o unos cuantos compo­ nentes del repertorio se asignen de esta manera, o se pueden establecer límites más o menos estrictos para la elección. En el resto, el repertorio de papeles se ordena él mismo. El hobo pasaba la mayor parte del tiempo en las aceras de Chicago no porque fuera un anglosajón blanco, sino porque e r a un trabajador ocasional migratorio. Recordem os brevemente lo que implica este ordenamienlo de los papeles. U n individuo, extrae el estado de su conciencia — conocimiento, creencias, valores, intereses— de su ex* Véase el capítulo n. [Editor.]

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periencia. en papeles». y en éstos — especialmente en el dominio del aprovi­ sionamiento, y en cierta medida quizás también en otros— puede también construir recursos. Lo que así ha ganado le guía para decidir qué otros papeles puede pretender. Algunos pueden parecer más atractivos que otros, al­ gunos más al alcance. Pero no hay que dar la impresión de que la creación de repertorios de papeles es una actividad totalmente solitaria. No puede serlo porque existe la añadida complicación de que un papel, tal como solemos verlo, entraña una relación. No es posible tenerlo a menos que se encuentre a un a l t e r o, a veces, muchos que desempeñen un papel complementario; un alter cuya disponibilidad a hacerlo dependa de la información personal que tenga sobre el ego y no menos sobre lo que pueda discernir de sus papeles y de los atri­ butos discriminatorios de papeles. Llegados a este punto, se puede requerir de un mínimo consenso para definir cuál es la adecuada combinación de papeles. Si nadie está dispuesto a ser e l compañero del ego en una relación en la que desempeñaría cierto papel, el ego no tiene, — en los términos indi­ cados en el capítulo iv— ningún acceso al papel. Si únicamente alguna categoría de personas, definidas también en función de un papel o de atribu­ tos de discriminación de papeles, se ofrecen como compañeros potenciales, el ego tiene lo que hemos denominado acceso relacional. Pero en este caso puede haber espacio para maniobrar en forma de manejo de la impresión. Los alter pueden insistir en tener información personal pertinente antes de entrar en una cierta relación, o pueden participar en una relación que hu­ bieran rechazado de tener mejor información. Puede depender del ego el que presente su repertorio de papeles más o menos correcta y plenamente o dar alguna interpretación especial del mismo. Suponiendo que así se haya reunido un repertorio de papeles, es también necesaria una posterior organización para convertirlo en un todo completo. De uno u otro modo, se han de distribuir los recursos finitos propios, el tiempo y el interés entre los papeles. Sus requisitos a veces entran en conflicto más o menos obviamente. El tiempo extra en el trabajo se emplea, por ejemplo, a expensas de las actividades domésticas o recreativas. Pero los papeles también se pueden apoyar unos a otros. La canalización de recursos del papel de aprovisionamiento a otros es un ejemplo, y utilizar habilidades en el tra­ bajo que uno ha aprendido en el área doméstica o recreativa es otro. Estas componendas internas dentro del repertorio de papeles son también en gran [¡arte fenómenos relaciónales, pues al alter puede interesarle cómo el ego se reparte. La división del tiempo, la inversión de recursos y otros aspectos del desempeño de papeles pueden estar sometidos a n e gociacíón. U na cuestión de obvio interés es, por lo tanto, cuáles son los limites, dg, la negociabilidad de diversos papeles. Brevemente, podemos sugerir por lo me-

CO N CLU SIÓN : LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

nos dos clases de situaciones en las que los papeles tenderán a ser fijos L a primera: cuando son parte de una estructura estrechamente integrada y a menudo grande, y en donde la renegociación de una relación desenca­ denaría una cadena de reacciones indeseables casi en toda la estructura. La segunda implica el tipo de papel a través del cual el ego tratará con una sucesión relativamente rápida de alter, en contactos en los que sería muy poco práctico cambiar los términos de la interacción cada vez. Podemos ver que es probable que la primera situación se dé frecuentemente, por ejemplo, en el funcionamiento interno de burocracias o de organismos indus­ triales; la segunda en las relaciones de aprovisionamiento que impliquen algún servicio considerablemente centralizado. En tales casos, las relaciones se ordenan más por un control normativo que por la información personal, y los participantes son ampliamente sustituibles. Son relaciones del tipo que ocurren con frecuencia en las ciudades. La “teoría de la privación” de la autoconciencia a la que nos hemos referido en el capítulo anterior se relaciona con estas situaciones, ya que pueden acarrear una disyunción del papel y los conceptos sobre el yo. Por otra parte, existen también papeles que muchas veces son moldeados por los ajustes a los repertorios, o que, dicho de otra manera, se podrían describir como más permeables. Algunos de ellos simplemente forman parte de relaciones que exigen bastante poca coordinación entre el ego y el alter y, por lo tanto, poca negociación. Los contactos entre vecinos pertenecen con frecuencia a este tipo. Consecuentemente con lo dicho, es de esperar además que estos papeles entrañen con mayor frecuencia relaciones en diadas o pequeños grupos, no tan difíciles de reordenar, y relaciones en las que no existe un flujo contante de alter. Las relaciones domésticas y las amistades se pueden contar entre éstas. N o obstante, debemos exponer argumentos como éstos con suma precaución. Qué es susceptible de negociación y qué no lo es se puede decidir no sólo mediante la lógica de la organización social, sino también mediante las prioridades personales. Quizá cupiera aquí una reflexión sobre lo que podría ser una diferencia en la estandarización de papeles entre dos tipos de estructuras de los mismos. Allí donde los repertorios de papeles se repliegan en gran medida, las adap­ taciones que se tengan que hacer entre ellos pueden no variar tanto. Los papeles son permeados de maneras estandarizadas por influencias prove­ nientes de otras partes del repertorio. Cuando los repertorios son variados, la estandarización se logra haciendo impermeables los papeles. El contraste resulta obviamente burdo; es, pues, necesario modificarlo. Sobre un aspecto ligeramente diferente. Cuando el ego y el alter coinciden, las exigencias que implica mantener unido un repertorio de papeles bien pueden afectar las representaciones de uno para el otro; tal vez esto se

CO N CLU SIÓN : LA CONSTRUCCIÓN DE LAS CIUDADES

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destaque, o tal vez no. Pero existen también otras maneras de que la más amplia constelación de papeles se haga patente en una relación en curso. Aquí podemos profundizar algo más en el análisis de las revelaciones que hemos llevado a cabo en el capítulo anterior. Guando una relación implica interacciones relativamente frecuentes de cierta duración, es probable que tenga lugar alguna personalización ulterior en forma de revelaciones referentes a otras partes de los repertorios de los participantes. En tal caso, uno se las puede imaginar teniendo lugar junto con la actividad sobre la que se centra la relación, más que como parte in­ tegrante de ella. Éste, por lo menos, parece un concepto bastante claro, por ejemplo, cuando los colegas se cuentan unos a otros lo que han hecho durante el fin de semana. (No debemos olvidar que algunas relaciones pueden estar tan mal definidas en función de su contenido intrínseco que tienen que extraer continuamente revelaciones de otras relaciones exteriores. Algunas relaciones de parentesco son así; hay normas que nos prescriben no tratar a los parientes como extraños o no personas, pero tenemos que buscar en nuestro entorno el material con que expresar reconocimiento, pues quizá no se prescriba nada más.) Se podría aducir que los actos de revelación per se pueden constituir el establecimiento de la multiplicidad en una relación; sea lo que haya sido ésta, dichos actos implican una sociabilidad que, por m ínima o fugaz que sea, la lleva también al dominio o ámbito de la recreación. Pero la mayor importancia de las revelaciones personales en el crecimiento de la multipli­ cidad parece residir en su capacidad de indicar nuevos contextos de interacción entre el ego y el alter. Ofrecen un mapa de compatibilidad real o potencial, la cual permite que las partes se rechacen mutuamente de modo tácito o explícito como socias más allá de la m ínima interacción dentro de su única actividad compartida (a veces incluso en ésta) o que amplíen su relación a nuevos terrenos. Se puede jugar, como ya lo hemos hecho antes, con una noción de aleatoriedad en las relaciones sociales urbanas. Si una persona con un cierto repertorio de papeles extrajera de cada uno de ellos el número necesario de alter al azar del conjunto de individuos con el papel complementario, sería relativamente improbable que se manifestara con los mismos alter en m u­ chas relaciones, de modo que esto daría por resultado vínculos multíplices. (Al menos sería improbable si ninguno de los papeles implicara gran centricidad.) En realidad, estos vínculos serían en cierto modo más comunes en la medida en que las elecciones hechas en un papel limitan las opciones en otro: si dos personas escogen trabajar en la misma fábrica, por ejem­ plo, su deseo de vivir cérca de ella puede llevarlas también a ser vecinas. Dejando de lado estos mecanismos, parece que la multiplicidad intencional

CONCLUSION: LA CONSTRUCCION DE LAS CIUDADES

basada en revelaciones es la más importame en una estructura social urbana, cuyas unidades mínimas son papeles más estrictamente definidos y las rela­ ciones con ellos vinculadas. Es un tipo de multiplicidad que a veces surge meramente como conve­ niencia. El ego tiene una ranura vacía para un alter con el que pueda participar en un tipo especial de relación, y en otra relación encuentra a al­ guien que puede así cumplir un doble servicio. Podría decirse en cierto modo que los dos pares de papeles complementarios encajados ya existen, pero hay un par de papeles en busca de una relación. Alternativamente, es posible que el ego tenga preferencia por el alter como individuo, preferencia que podría ser unilateral o recíproca. En este caso el manejo de la multiplicidad puede adoptar nuevas formas. El ego puede llevar al máximo la unión en beneficio propio imaginando nuevos aspectos para interactuar; es decir, puede haber una búsqueda activa del repertorio de papeles del alter para encontrar más oportunidades de interacción, y el ego puede incluso ampliar su propio repertorio de papeles con algo que haga juego con un papel de la constelación del alter. Para tal relación preferencial (a veces llamada “amis­ tad” o “amor”, como podría anotar el etnógrafo marciano en su cuaderno) algunos contextos son más adecuados que otros, pues permiten una expresión más plena de las cualidades individuales y de los sentimientos interperso­ nales implicados. En tales circunstancias, es probable que la expansión a la multiplicidad ocurra en zonas que se encuentran bajo un control normativo limitado. Se cambia de una relación simple en el contexto del trabajo de la fábrica a una multíplice, que incluye también recreación compartida, por ejemplo; pero es probable que lo mismo no ocurra con frecuencia en direc­ ción contraria. En la multiplicidad intencional podemos reconocer algunas limitaciones. Aun cuando el ego y el alter puedan identificar otros papeles que hagan juego, éstos pueden implicar un número limitado de relaciones. Si estas últimas ya están vinculadas a otros compañeros, el ego o el alter o ambos tal vez no quieran o no puedan cortar estos otros vínculos. Una complicación ulterior resulta del hecho de que en contextos que no sean diadas aisladas, puede ser que el ego no sea el único que decida qué alter se ha de reclutar. Las expansiones hacia la multiplicidad pueden darse, pues, con mucha fre­ cuencia a través de papeles que impliquen un número flexible de relaciones, o cuando hay alguna rotación de alter — de suerte que se creen lugares vacantes— y a través de papeles en los que el ego es el único que decide el reclutamiento de los alter. Existen otros efectos de las revelaciones personales que se pueden describir en función de redes. Sin estas revelaciones por parte de sus alter, la con­ ciencia de red del ego puede estar muy limitada a la estrella de primer

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orden y a los vínculos laterales entre sus alter que él pueda observar direc­ tamente. Su percepción de la densidad de su red comprende únicamente los agrupamientos compactos de relaciones de papel en que él mismo es parti­ cipante, mientras que la gama de su red a través de los vínculos superiores al primer orden le sigue siendo más o menos desconocida. No cabe duda de que la vida urbana es muchas veces así, y una de las causas es que las reve­ laciones del alter referentes a su red con el ego son a menudo muy parciales. Sin embargo, cuando tienen lugar revelaciones sobre quiénes son los alter del alter, la nueva información puede adquirir importancia de varias m a­ neras. El ego puede descubrir que sólo hay un intermediario entre él y alguien a quien no conoce personalmente, a quien se acerca mejor a través de un vínculo preexistente pero en quien le gustaría influir de uno u otro modo. Puede pedir entonces a su alter intermediario que intervenga en su favor. Las revelaciones también pueden mostrar que la red personal del ego es más densa de lo que él creía, pues los alter que se encuentran en diferen­ te s ámbitos o dominios de su vida quizás estén directamente conectados unos con otros. Las revelaciones no sólo pueden llevar a la identificación de los vínculos existentes, sino que pueden también constituir la base de la formación de otros nuevos. El ego, al descubrir que su alter está vinculado a una tercera persona útil, puede pedirle que lo presente; esto aumenta el alcance de la red del ego y la densidad de la red del alter. Por otra parte, es posible que encuentre incluso una conexión indirecta con alguna tercera persona no deseable y que corte por lo tanto su propio contacto con el alter interme­ diario. Al llevar al alter a una relación multíplice, el ego también condensa muchas veces su propia red, al grado que implica la formación de vínculos directos entre segmentos de red previamente separados. Es muy posible que resulte desconcertante la variedad de formas en que se pueden unir las vidas urbanas. Si los habitantes de la ciudad pueden unir papeles de modos diferentes en sus repertorios, elegir entre alter opcionales, hacer o no revelaciones, expandir o no sus vínculos y hacerlos multíplices, poner en contacto a sus diversos socios de red o mantenerlos aparte, ¿se puede revelar algo esclarecedor sobre los círculos personales a menos que se esté dispuesto a tratar cada uno de ellos como una creación totalmente única? Q uizá sea necesario hacer un mínimo intento. En la antropología social, se han utilizado las perspectivas centradas en el ego casi siempre para esclarecer situaciones específicas en las que los individuos se valen de algunos segmentos concretos de sus redes o repertorios de papeles extraídos analíticamente del todo. La construcción de vidas completas puede parecer más una cuestión de biografía que de etnografía.

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Pero puede resultar interesante tener cierta idea de los resultados posibles como totalidades; algo que se acerque a una respuesta a la pregunta de qué significa ser un urbícola y que sea más concreto que el retrato (o cari­ catura) esbozado por Wirth. Dadas las posibilidades de variación, sólo podemos captar unos cuantos tipos amplios como inicio de una conceptualización. Denominaremos, tentativamente, estos modos de existencia urba­ na encapsulación, segregatividad, integratividad y soledad. Las vidas reales, claro está, pueden ser cruces de estos modos. La (encapsulación parece haber sido hasta ahora la preferida de los antro­ pólogos urbanos; los aldeanos urbanos, los xhosas “rojos” y las personas de la casa de vecindad de Oscar Lewis en la ciudad de México pertenecen a esta categoría. La característica que define la encapsulación es que el ego tiene un denso sector de red, conectado con uno o más de sus papeles, en el que invierte una gran parte de su tiempo e interés. En caso extremo, queda fuera de él una mínima parte de su red. Asimismo, en la encapsulación en forma pura todos los alter tienen una participación, similarmente intensiva en la red que forman juntos. Se llega al grado máximo de encapsulación, obviamente, si las relaciones provenientes del mayor número posible de domi­ nios se combinan formando relaciones multíplices o si el número menor de relaciones proveniente de uno o más dominios queda contenido en el nú­ mero más amplio de relaciones de otro dominio. Y a que no es de esperar que las relaciones de tránsito y aprovisionamiento queden contenidas dentro de estos confines (es difícil que las relaciones de tránsito se dieran allí), la encapsulación máxima implicaría a personas que vivieran, trabajaran y ju ­ garan juntas y que también encontraran a sus parientes entre ellas. Como esta situación se puede dar con mayor facilidad mediante una relativa estan­ darización de los repertorios de papeles y de los accesos relaciónales a ellos, no es sorprendente que tenga con frecuencia una base étnica. Pero, aunque haya sido motivo de observación menor para los antropólogos, se puede tratar también de un modo de existencia de la clase alta. El análisis “elitista” de las estructuras de poder de la» comunidad al que nos hemos referido en el capítulo v, enfatiza que los miembros de un estrato privilegiado pueden provocar encierro al escoger entre ellos a sus cónyuges, vecinos y compañeros de diversiones. En otros grupos, si esta multiplicidad es demasiado pedir, se puede encon­ trar por lo menos una fuerte tendencia hacia la atenuación de vínculos fuera de la “cápsula” y al desarrollo de vínculos dentro de ella. Los grupos étnicos pueden estar también incluidos obviamente en este caso (véase, por ejemplo, la descripción que hace W irth de la vida en el gueto judío, citada en el capítulo II) , pero el núcleo puede ser un papel compartido y no un atributo discriminatorio de papeles. Trabajos sobre “comunidades ocupado-

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nales”, como el de Becker (1963, pp. 95 ss.), sobre músicos de jazz, y el de Salaman (1971, 1974), sobre arquitectos y ferrocarrileros, nos proporcionan ejemplos de los diferentes grados de encapsulación. Como las relaciones de recreo son las que están con mayor certeza bajo control individual, no es muy probable encontrar algo que se pueda llamar encapsulación y que no incluya una gran parte de la vida de ocio del ego, pero qué otras zonas abarca es algo menos preciso. Es más factible que en sus relaciones encapsuladas el ego haga revelaciones sobre sus experiencias en el mundo exterior que lo con­ trario; pero puede haber variaciones: algunos conjuntos de relaciones encap­ suladas pueden ser muy autosuficientes en contenido. Tal vez parezca que el urbícola encapsulado hace un uso muy limitado de las oportunidades de la ciudad. No ha seleccionado un conjunto de alter que sean únicamente suyos; y si su repertorio de papeles no está muy unifor­ mado obtiene muy poco de lo que tengan de original. Las influencias que emanan fuera de su densa red no llegan a él fácilmente; y, a la inversa, su capacidad de llegar a otros desconocidos a través de su red, cuando podría ser ventajoso, no es grande en virtud de que sus alter suelen resultar poco útiles como intermediarios: son gente parecida a él.1 (Lo anterior es menos aplicable, por supuesto, a una minoría selecta o élite.) No obstante, en un par de sentidos, puede haber algo característicamente urbano en la encap­ sulación, como percibió Robert Park cuando describió la ciudad como “un mosaico de pequeños mundos que se rozan pero no se compenetran”. Nos hemos referido a esto en el capítulo III; una persona se puede encapsular solamente con otras de su tipo en donde estas otras existan, y es más probable que una comunidad amplia tenga más personas de diferentes tipos. Además, en la medida en que la encapsulación depende de mantener vínculos débiles con el exterior y revelar poco sobre lo que sucede dentro, el mantenimiento de los límites se simplificará con el hecho de que los alter del ego en las relaciones externas cuenten con otras relaciones en las que puedan sumer­ girse y no necesariamente tengan mucha curiosidad sobre el ego. Podríamos añadir aquí una nota sobre la existencia de una especie de encapsulación unilateral: la de los individuos cuyo círculo de vida está en un alto grado absorbido por relaciones con un pequeño número de alter interconectados que no están a su vez encapsulados. Las relaciones entre internos y personal en las instituciones totales de Goffman nos serviría como ejemplo relativamente bueno. Coser también ha tratado este tema en su libro Greedy Institutions (1974), en el que se refiere a diversos “modelos

de compromiso íntegro”. Este modelo permite al ego contactos bastante 1 Véase sobre este punto el conocido ensayo de Granovetter (1973) sobre “la fuerza
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